De Urbizu a Garci: 16 clásicos del cine policiaco español

A propósito del estreno de Toro, repasamos algunos de los mejores policiacos españoles, de El crack a Todo por la pasta, pasando por clásicos de Iquino o Miguel Iglesias, y haciendo incluso una parada en los hermanos Calatrava. Ensalada de tiros y persecuciones por callejones inhóspitos para todos los gustos y parejas con ganas de suciedad y jarana.

De sobra es conocido que nuestro humilde cine policiaco no tiene el empaque ni el encanto del poliziesco italiano, del polar francés, ni siquiera del krimi alemán. Quizá por falta de liquidez, por miedo al despropósito… y, qué demonios, porque somos unos viciosos de cuidado y nuestras películas, incluso en los años de la dictadura, siempre han mostrado más simpatía por los delincuentes que por sus hipotéticos vigilantes. El estreno de Toro vuelve a poner el foco en los cacos, y nosotros, por una vez, vamos a centrarnos en el lado bueno de la ley. En esta breve lista, haremos lo posible por representar distintas tendencias y no meter la pata hasta enfangarnos: si no incluimos ninguna de Calparsoro ya empezamos bien.

15. Tatuaje (Bigas Luna, 1982)

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Había que incluir en esta lista, de algún modo, a nuestro investigador privado más sagaz y carismático, el gallego Pepe Carvalho, creación de Manuel Vázquez Montalbán y aquí interpretado por Carlos Ballesteros. Pero también es mala suerte que el personaje no haya tenido especial fortuna en sus incursiones en la pantalla grande. Ni Asesinato en el comité central (1983) ni Los mares del Sur (1994) son para ponerse a dar volteretas. Más interesante parece un incunable como Olímpicamente muerto (1994), con Constantino Romero como protagonista pero, aunque tiene una pinta chiripitifláutica de cuidado, no he podido verla, y en estas cosas hay que ser honestos. Tatuaje tampoco es gran cosa, pero al menos tiene el reparto más chulo, la atmósfera más sórdida y pegajosa e inaugura la irregular pero fascinante trayectoria de uno de nuestros cineastas más singulares.

14. A tiro limpio (Francisco Pérez Dolz, 1963)

Thriller criminal paradigmático de los años oscuros y blanquinegros, que incluso llegó a tener un remake en los noventa tanto o más aburrido que el film en el que se inspira. Una banda de comunistas que comete atracos y pillerías en la Barcelona de la posguerra, con una puesta en escena sobria –y tan limpia que uno echa de menos la salvaje suciedad de un Iquino– y un mensaje obviamente condenatorio y moralista, paralelo a la investigación de los benditos agentes de la ley. Todo es tan gris en la película que uno puede entender perfectamente cómo en esta época, por no aburrirse, uno no tuviera más remedio que ponerse a repartir octavillas y asaltar joyerías. Al final la cosa acaba como la de Dios es Cristo, pero es relativamente fácil echarse la siesta hasta que las cosas se ponen realmente feas para los malos.

13. Makarras Conexión (Francisco y Manuel Calatrava, 1977)

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Los Hermanos Calatrava, por una vez sin Manuel Esteba tras las cámaras, deciden tomar el rumbo de su propio barco descascarillado y filman –e interpretan como buenamente pueden- esta buddy movie canónica en la que asumen los roles de poli serio y poli inepto y gracioso. El resultado es tan desmañado y feísta como irresistible. En medio del desmadre destaca la presencia de Helga Liné (por entonces Elga Liné) como señora respetable y resignada, y la presencia de inesperadas escenas de despelote: una orgía en un jardín y un número con travestis, muy raras en el cine de los Calatrava (generalmente dirigido a los niños), y que adelantaban el furor del clasificado S, pero que en cualquier caso más que buscar el calentamiento del personal sólo sirven de excusa para la consecución de chistes del peor gusto imaginable, con una puesta en escena igualmente pobre. Ideal para un programa triple con Barcelona connection (1988) y Sevilla connection (1992), a su modo también pequeños clásicos.

12. X (Luis Marías, 2002)

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Antonio Resines, en plan Torrente sufrido y atormentado, encarna a un policía alcohólico y homófobo que tiene las horas contadas para averiguar si es realmente el asesino de un gay pendenciero y encontrar al verdadero culpable. El punto de partida no es muy original y el arranque acumula todos los tópicos del género negro con una puesta de escena ampulosa y sobremusicada, pero pronto la historia gana en interés y ambigüedad con la aparición de los atractivos personajes de una espléndida Esperanza Roy y una jovencita María Adánez. Finalmente queda un thriller entretenido y eficaz, en cierto modo extraño en nuestro cine, al que se le echa en falta, quizá, más sordidez y brutalidad en su desarrollo, pero que constituye una estimable y honesta ópera prima del guionista Luis Marías que mereció algo más de atención de la que tuvo en su momento.

11. Brigada criminal (Ignacio F. Iquino, 1950)

Iquino, antes de empezar a despelotar adolescentes para solaz del espectador medio del destape, se prestó a realizar un thriller que, en aquellos tiempos del franquismo, sólo podía entenderse –indisimuladamente, como lo hace la redundante voz en off- como una exaltación emocionada de las fuerzas del orden frente al peligro de los gandules y los maleantes. La película consigue situarse por encima de la media en gran medida por su hábil y sólida construcción, el ojo de Iquino para la reconstrucción de ambientes y atmósferas cotidianas y el difuso, a veces simplemente confuso, sentido de la moral tan propio de su cínico autor.

10. Los casados y la menor (Joaquín Coll, 1975)

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Aunque su título pudiera hacer pensar en un subproducto picante como los que tan de moda se pondrían en breve por las tierras celtíberas, se trata de un curiosísimo thriller con todos los tics y recursos de la mejor novela negra, desde las mujeres perversas a los policías concienzudos, con una estética quizá en exceso pobre, casi feísta y descuidada. Con todo, un apreciable policíaco de un autor a revalorizar, con un inolvidable papel de comisario para el gran Fernando Sancho.

9. Investigación policial (Daniel Aguirre, 2013)

Inspirada comedia marginal (para no decir eso tan feo de low-cost) centrada en el día a día de un par de policías, llena de diálogos chisposos y situaciones que pretenden, con bastante acierto, deconstruir las claves secretas del policíaco canónico. El conjunto es reiterativo a ratos, más simpático que brillante, y posee gracia e ingenio intermitentes, pero el carisma de sus protagonistas y su broche de oro final la convierten en una obra más que estimable, y que, me atrevería a decir, posiblemente acabe perdurando más y envejeciendo mejor que otros títulos similares que han gozado de más atención por parte de la crítica sibarita. 

8. Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012)

¿Os esperabais la previsible e inevitable inclusión de La isla mínima (2014) en este ránking? Pues no. Aquí somos más de la anterior película del señor Rodríguez, este sudoroso, proteico y viril policiaco que hurga en las tripas de la Sevilla pre-Expo con un Mario Casas que, para variar, se sale por los bordes y un director que se redime de la pomposidad de la nefasta After (2009). Un fallo: los personajes femeninos son de cartulina. Un acierto: Julián Villagrán hace muy bien de yonqui.

7. El cerco (Miguel Iglesias, 1955)

Thriller basado en supuestos hechos reales sobre un atraco que se sale de madre. Aunque sus rótulos iniciales prometen algo parecido a un film de sketches, se trata de una historia lineal que alterna el punto de vista de los guardianes del orden con el de los malvados y desesperados delincuentes. Al final el mensaje es el previsible: el crimen se paga en la pletórica y gloriosa España del Generalísimo. Inolvidable el personaje del médico corrupto, sensacional clímax en la playa y más violencia de lo habitual en la época.

6. Al límite (Eduardo Campoy, 1997)

Tras las interesantes A solas contigo (1990) y Demasiado corazón (1992), Eduardo Campoy hace trizas el termómetro psicotrónico con este policíaco con modos (o ansias) de giallo morboso en el que una locutora de radio es perseguida y chantajeada por un asesino en serie. Tiene el indudable mérito de reunir el reparto más desquiciado jamás visto en una película española, lo que ya es decir: Lydia Bosch, Béatrice Dalle, Juanjo Puigcorbé, Mabel Lozano y Bud Spencer. Tras el libreto, tres ases: Díaz Yanes, Luís Marías y Pérez Merinero hacen lo posible por otorgarle algo de rigor a un material de partida de madre y muy señor mío.

5. El beso del sueño (Rafael Moreno Alba, 1992)

Maribel Verdú y Juan Diego asumen los roles principales de esta turbia realización del siempre interesante aunque imprevisible Moreno Alba. La relación entre un ex policía corrupto y una prostituta que droga a los clientes en trenes (¡!!) da lugar a uno de esos thrillers eróticos y malsanos que no se verían tan bien en la España moderna de ahora. Morbo a cascoporro. No os perdáis, por Dios, el tráiler que incluímos.

4. Policía (Álvaro Sáenz de Heredia, 1987)

El infatigable director de Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (1996) tuvo unos comienzos en el cine pautados por diversos flirteos con el policiaco tradicional, y con la combinación, a veces arriesgada, de suspense y humor coyuntural. Ahí quedan títulos a revalorizar como Freddy el croupier (1982), La hoz y el Martínez (1985) o esta inclasificable Policía, que tuvo la desquiciada idea de juntar a Emilio Aragón y a Ana Obregón como pareja cinematográfica. Contra todo pronóstico, la película es bastante más sólida de lo que promete y la historia de este policía novato que poco a poco va descubriendo su vocación entre atracos a farmacias y tirones de bolsos está resuelta con encanto y solvencia. Una de esas raras ocasiones en las que el hecho de tomarse más en serio a sí misma de lo que en teoría debería genera un resultado positivo en una película. Fabuloso despliegue de secundarios, entre los que destacan Agustín González y Mabel Escaño. 

3. 091 Policía al habla (José María Forqué, 1960)

En una de sus más conseguidas obras, el irregular José María Forqué deja un tanto de lado el tono propagandístico del cine policial de la época para abordar una historia coral que alterna con sorprendente habilidad humor y tragedia, violencia y costumbrismo. El arranque es bárbaro: la hija del comisario de policía (Adolfo Marsillach) es atropellada por un desaprensivo que se da a la fuga, y al que no parará de buscar durante el resto de la historia, llegando a poner en peligro su puesto. Sorprende una escena en un descampado en la que se insinúa una violación interruptus de dos jovencitas, todo ello suavizado por golpes de humor a cargo de Tony Leblanc, José Luis López Vázquez y Manolo Gómez Bur. Una rareza magníficamente filmada y, desde luego, una gozada.

2. Crimen imperfecto (Fernando Fernán Gómez, 1970)

De todas las películas “malditas” –es decir, aquellas que no han encontrado una reivindicación crítica ni siquiera con el paso de las décadas- de la obra de Fernán Gómez, creo que esta vendría a ser mi favorita. Salomón y Torcuato, detectives privados no muy diferentes a Mortadelo y Filemón, se ven envuelto en un caso criminal que se les va de las manos, en esta suerte de pastiche colorista y psicodélico que mezcla con acierto la parodia del noir de bolsilibro, las comedias detectivescas de Jess Franco y el humor de la editorial Bruguera, con un nivel de delirio y un empacho de zooms que mantiene intacto su encanto y mordiente con el paso de los años. Además, sale Rosanna Yanni. Recomiendo verla en doble sesión con Los palomos (1964), otro policiaco bufo del gran Fernando aplastado por el peso de los años.

1. El crack (Jose Luis Garci, 1981)

Hay que reconocer que en esta ocasión Garci, convertido ahora injustamente en una especie de “payaso de las tortas” del cine español que tiende a mirarse por encima del hombro a sí mismo, se lo montó bien: consiguió una película sólida y contundente que funcionaba no sólo como homenaje a sus queridísimos mitos, sino como película autónoma, sin que el exceso de nostalgia o el desmesurado respeto por sus referentes echara a perder el conjunto. A ello contribuye la notable composición de Alfredo Landa del detective Arteta, uno de los personajes más emblemáticos del cine español de los primeros ochenta. No ha envejecido nada mal, y suele contar incluso con el visto bueno de los más feroces detractores del cineasta. Seguida por una secuela que redunda en sus virtudes y no desmerece sus hallazgos.

Bola extra: Todo por la pasta (Enrique Urbizu, 1991)

Urbizu, el indomable Urbizu, el casi siempre subvalorado Urbizu, poseído por la furia creativa de un Sam Raimi cañí, se atrevió con su segunda película a dar el doble salto mortal de filmar un policiaco sin coñas en España en un momento en el que los policiacos sin coñas en España se tomaban a chufla. El público esperaba descojonarse o montar en cólera, pero hasta los más haters de las plateas se quedaron con la boca abierta y la mandíbula desencajada: el experimento funcionaba, la película funcionaba, María Barranco daba el pego, Kiti Manver tenía el papel de su vida y Resines aparecía más cabreado y cabronazo que nunca. Todos tragamos que da gusto. Después de varios experimentos fallidos en la comedia, el siempre imprevisible Urbizu decidió volver a las andadas, y volvió a hacerlo igual de bien, aunque en registros diferentes: las estilizadas y contundentes La caja 507 (2002) y La vida mancha (2003), y, después de un largo paréntesis, la más irregular pero curiosamente celebrada a tutiplén No habrá paz para los malvados (2011). Y no, no nos olvidamos de esa joya entre dos tierras que es Cachito (1996), faltaría más.

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