¿Debemos enfadarnos por la ‘Death Note’ de Hollywood?

La idea de ver a Light, L, Misa y el resto de personajes de Tsugumi Ohba interpretados por actores anglosajones ha puesto en pie de guerra a los fans. Recordamos el clamoroso racismo en los repartos de Hollywood... y también en el mundo del manganime.

Si hablásemos de mangas animes que han marcado a toda una generación a ambos lados del Atlántico, del Pacífico y del río Segura, Death Note aparecería seguramente en los primeros puestos de nuestra lista. Desde las viñetas y a los medios audiovisuales (tanto de animación como de acción real, en cine y en TV), el thriller sobrenatural de Tsugumi Ohba Takeshi Obata se ganó cierto desdén como «una cosa para emos», pero también se ganó una legión de admiradores dispuestos a beberse la historia del cuaderno asesino. Y muchos de esos admiradores han sacado los cuadernos de marras a lo largo de este mes, para anotar en sus páginas los nombres del director Adam Wingard (Tú eres el siguiente You’re next, 2011-) y, en general, de los mandamases de Warner Bros. ¿La razón? Que la productora y el cineasta preparan un remake de la historia hecho en Hollywood. Y que, como recuerdan en The Mary Suedicho remake contará con un reparto de actores anglosajones, empezando por Nat Wolff como Light y siguiendo (posiblemente) por Margaret Qualley como Misa.

Las protestas no se han hecho esperar: a lo largo y ancho de Twitter y otras redes sociales, múltiples fans de Death Note la han emprendido contra el proyecto. No sólo por sus comprensibles reparos a la hora de ver el manga de Ohba y Obata convertido en una producción de gran estudio, con lo que eso puede conllevar en términos de simplificación y de censura, sino también debido a un término que, últimamente, basta para poner en pie de guerra al fandom socialmente concienciado: el «whitewashing» o «blanqueamiento». Es decir, la tendencia de Hollywood a convertir a todos los personajes de sus adaptaciones en blancos y anglosajones, sin importar sus etnias en las obras originales.

Las polémicas por whitewashing han afectado hasta ahora al eternamente pospuesto remake de Akira, a la versión de Ghost in the Shell que finalmente protagonizará Scarlett Johansson y, saliéndonos del contexto manganime, Pan: viaje a Nunca Jamás –Pan, 2015-, cuando el papel de la princesa india Trigilla le fue adjudicado a Rooney Mara. En este caso, las protestas tuiteras (en las que han participado actores estadounidenses de origen asiático, como Arden Cho -Teen Wolf -íd, 2011- -) se ceban en la futura película recordando que ésta adaptará un cómic japonés, y que elementos de la cultura nipona como los shinigami o espíritus de la muerte son consustanciales a la trama. Cosas muy ciertas todas ellas, pero que también invitan a la reflexión.

Por un lado, es cierto que Hollywood se obstina en ofrecernos un panorama blanco como el papel sin reciclar en lo que a actores se refiere. La falta de diversidad étnica en el reparto de Death Note será, probablemente, clamorosa, y seguramente los productores ni se plantearán incluir a actores o actrices de origen asiático como tributo a las raíces del original. Por otra parte, cabe recordar que, como es habitual en este tipo de adaptaciones, la acción de la historia se desplazará de Japón a Estados Unidos: ¿exigen los fans que la película reconozca a las minorías que habitan en la superpotencia, o directamente reclaman que el filme esté ambientado en Japón? Recordemos, si es esto último, que el país nipón no tiene una población tan homogénea como parece… y que, a la hora de llevar historias a la pantalla, no suele molestarse en incluir a sus propias minorías, como los inmigrantes procedentes del resto de Asia (coreanos, especialmente) o los ainu de Hokkaido. Los medios japoneses tienen sus propias formas de whitewashing, y parece que el fandom occidental los acepta sin asomo de crítica.

Hasta tal punto es así que Akira Kurosawa se metió en un brete cuando rodó El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963): en esta obra maestra del cine policíaco, el personaje interpretado por Toshiro Mifune era un buraku, descendiente de la casta más bajas de la era feudal. Dado que la situación de los burakumin (discriminados y maltratados durante siglos) era y sigue siendo una patata caliente en la sociedad japonesa, Kurosawa y sus guionistas no tuvieron más remedio que insinuar apenas este aspecto de su historia. Y, por otra parte, dicha película adaptaba un relato del escritor Ed McBain. ¿Debería haberla rodado el director en EE UU? Y, ya que estamos, ¿debería haberse llevado a Inglaterra sus libérrimas versiones de Shakespeare (Ran, Trono de sangreRan, 1985- o haber rodado en Rusia El idiota –Hakuchi, 1951-, basada en la novela de Fiodor Dostoyevski? Cuando de adaptaciones se trata, pensamos por aquí, lo más importante no es adaptar el original al pie de la letra, sino leer éste con personalidad y originalidad.

Sin ir más lejos, es comprensible enfadarse cuando el rol protagonista de Ghost in the Shell va a parar a ‘Scar-Jo’, contando Hollywood con una actriz asiática tan ducha en la acción como Rinko Kikuchi (Pacific Rim -íd., 2013-). Pero, por lo que se sabe hasta ahora de Death Note, no es sólo la falta de asiáticos en el casting lo que va a doler: recordemos que el proyecto estaba al principio en manos de Shane Black (Iron Man 3 -íd, 2013-, Kiss Kiss Bang Bang -íd., 2005-)quien fue apartado del rodaje en favor de Adam Wingard por las habituales ‘diferencias creativas’. Dado lo bien que le salió Tú eres el siguiente a este último director, podemos confiar en que la película enfocará el manga de una manera creativa… si Warner lo consiente. Pero, claro, lo hará con actores de piel blanca y ojos -a ser posible- azules. Algo que no debe molestar por una mera cuestión de fetichismo, sino, sobre todo, porque niega oportunidades a actores y actrices que están allí.

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