Deconstruyendo ‘High-rise’: el colapso según Ballard

La polémica adaptación cinematográfica de Ben Wheatley captura la esencia del original literario. Es profundamente ballardiana en su más amplia definición y, como tal, merece ser minuciosamente analizada. Así que pónganse cómodos, porque la ocasión lo merece y ya se sabe que estas cosas llevan su tiempo…

-¿Es cierto que alguien va a filmar Crash o Rascacielos?

-Hay planes, pero todavía no han sacado a la luz ningún celuloide.

-Rascacielos es particularmente un libro muy cinematográfico; es una lástima que no se haya hecho una película.

-Por extraño que parezca, hay algo reconfortante en esto. En realidad, estoy contento de que Crash no se haya filmado. Porque me imagino empezando a creer en la versión fílmica del libro, mi propia imaginación deformada por esa maldita cosa, metida a presión en el molde de otro.

Entrevista a J. G. Ballard en Re/Search nº 8/9 (1984)

Con motivo del estreno de High-Rise (Ben Wheatley, 2015) en el Festival Internacional de Toronto, el productor Jeremy Thomas lamentó que novelista y cineasta no llegaran a conocerse: “A James le habría encantado. Ben es un gran fan de su obra. Todavía recuerdo lo ilusionado que estaba Ballard cuando David Cronenberg adaptó Crash (1996), porque supo entender la esencia del libro. Y lo mismo ocurre con High-Rise. Me encantan los libros de Ballard y el cine de Wheatley, parecen hechos el uno para el otro”. Asumido esto, comparemos el arranque de Vinieron de dentro de… (1975) con el tráiler de la nueva película del director de Kill List (2011):

Empecemos por Cronenberg: a simple vista, las similitudes entre su puesta de largo y la novela de Ballard pueden llevarnos a engaño. Son muchos los que han querido ver en ella una interpretación libre del texto cuando, en realidad, se trata de una feliz coincidencia. O mejor llamémosla sincronía. Ambas obras vieron la luz el mismo año y sus respectivos procesos de gestación tuvieron lugar al unísono, sugiriendo la peculiar sintonía entre dos creadores a los que separaban más de siete mil kilómetros de distancia. Son dos visiones complementarias del espíritu de una época; eso que los alemanes denominan zeitgeist. Y Wheatley, que es un tipo astuto, no lo pasa por alto. El tono empleado por el locutor del adelanto promocional del film nos remite directamente al publirreportaje en el que se nos detallan las comodidades de la torre Starliner. Incluso nos da la bienvenida en nombre de la promotora del edificio a través de su página web.

Tampoco es la primera vez que Jeremy Thomas extiende cheques en blanco para acometer empresas literarias aparentemente imposibles. En 1991 financió la insólita relectura (que no adaptación) de El almuerzo desnudo (1959) de William S. Burroughs, dirigida por el propio Cronenberg y que contó con el beneplácito del propio autor. Uno de los escritores favoritos de Ballard, dicho sea de paso, al que no dudó en calificar como “el más grande escritor norteamericano desde la II Guerra Mundial”. El propio Thomas intercedería cinco años más tarde para que los caminos del cineasta canadiense y el novelista británico volvieran a cruzarse. Una década antes, Ballard mostraba su descontento ante una hipotética versión de Crash para la gran pantalla: «Querían a Jack Nicholson como protagonista. (…) Iba a rodarse en Los Angeles con actores americanos, en un paisaje americano, que es obviamente donde está el dinero para hacerlo. Se trataba de una traducción auténtica, no solo en lo que respecta al lenguaje, sino en todos los detalles. En realidad no me gustaba para nada. Era casi Disney (“¡Walt Disney Studios presenta… Crash!)».

Como adaptaciones, tanto Crash como High-rise son espléndidas precisamente porque Cronenberg y Wheatley construyen sus ficciones manteniéndose escrupulosamente fieles al alma del original, sin sacrificar por ello su propia personalidad en aras de una literalidad malentendida. La secuencia final de Crash, en la que James Spader y Deborah Hunger retozan tras la colisión sobre el césped de una isleta de la autopista, ya apuntaba hacia la premisa argumental de la siguiente novela de Ballard, La isla de cemento (1974), en la que un arquitecto accidentado se convierte en el Robinson Crusoe de la M25 londinense: un nuevo hábitat de cemento que prefigura la metamorfosis social de High-Rise. “La película respeta la época en la que transcurría la historia y funciona muy bien”, concluye Thomas. Preservando el contexto histórico, Wheatley potencia su  vigencia como sátira social al yuxtaponer un discurso de Margaret Thatcher sobre los demoledores acordes del Industrial State de The Fall.

Naturaleza muerta

En 1982 el novelista británico recibe en su domicilio de Shepperton a los editores de la mítica publicación punk norteamericana Re/Search. En su despacho, presidido por una inquietante palmera de papel de aluminio, los tres mantienen un apasionante y extenso diálogo que puede leerse en Para una autopsia de la vida cotidiana (Caja Negra, 2013). “¿Te gusta vivir aquí?”, le preguntan. “En realidad, no vivo aquí; de alguna manera son solo unas coordenadas en el mapa”. Un suburbio en apariencia inofensivo formado por una amplia hilera de casas de dos plantas de ladrillo rojo rodeadas de césped, a una hora en tren desde Londres, muy próximo a los famosos estudios de cine donde Stanley Kubrick rodó La naranja mecánica (1971). De fondo, el murmullo del tránsito aéreo del vecino aeropuerto de Heathrow. Y aun así, aislado del resto del mundo. “Un barrio como éste es un auténtico campo de batalla psicológico”, justifica Ballard. “Se encuentra en la frontera con el futuro, mucho más que una zona urbana”.

Su peculiar concepción del urbanismo admite una amplia variedad de relecturas psicogeográficas. Conviene recordar que uno de sus edificios favoritos era el Hotel Hilton, con vistas a la Terminal 5. Un lujoso complejo diseñado por el arquitecto modernista Michael Manser y que el autor de La exhibición de atrocidades (1970) describía como “un cruce entre un hospital psiquiátrico y una estación espacial, donde uno se convierte, brevemente, en una especie más avanzada de ser humano. Dentro del edificio uno se siente sin emociones y podría no enamorarse nunca si así lo prefiere”. En ese sentimiento de alienación consentida encontró la inspiración para gran parte de su producción literaria.

 

Edificios nuevos derrumbándose

El 16 de mayo de 1968, Ivy Hodge entró en su cocina de su apartamento en Ronan Point y acercó un fósforo al hornillo con la intención de preparase un té. La chispa provocó una explosión de gas que se llevó por delante los muros de carga, dejando sin apoyos estructurales a los pisos superiores. El edificio, un mamotreto de hormigón de veintidós plantas situado al este de Londres, acababa de inaugurarse y tres de los cuatros pisos afectados todavía se encontraban desocupados. Aun así, cuatro de los doscientos sesenta inquilinos del inmueble murieron en el acto y otros diecisiete resultaron heridos de diversa gravedad. La Sra. Hodge sobrevivió milagrosamente a la deflagración, lo mismo que una joven vecina que consiguió aferrarse a una repisa en el preciso instante en el que el suelo desapareció bajo sus pies.

James Graham Ballard erigió su particular Rascacielos (1975) sobre aquellos escombros, a la sombra de las torres de hormigón de cuarenta plantas del Barbican Estate londinense, otro polémico complejo residencial construido en un área devastada por los intensos bombardeos de la II Guerra Mundial que transformó para siempre al paisaje de la ciudad. Para el diario The Guardian, la novela debía interpretarse como “una inquietante advertencia” sobre los perniciosos efectos del auge de la arquitectura brutalista en el Reino Unido. Los rumores sobre la especulación inmobiliaria ocupaban las primeras planas de los periódicos y la pobreza de los materiales empleados en la construcción de aquellas torres despertaron las primeras suspicacias entre la población, a las que no tardaron en sumarse las denuncias relacionadas con la gentrificación urbanística y la destrucción del espacio público. Una problemática habitacional importada de los EEUU y que ya había sido abordada en 1961 por Jane Jacobs en su ensayo Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitán Swing, 2011) y cuyas consecuencias seguimos acusando hoy en día.

Lubetkin, Corbusier, van Der Rohe, Mendelssohn

Modern, modern, Brutalist architecture

Future, future, the future is clean and modern

Saint Etienne, When I Was Seventeen

En esta entrada del blog Visicisitud & Sordidez lo explican maravillosamente bien. Esas enormes fachadas de ecos distópicos, formas geométricas y dimensiones colosales heredadas del Movimiento Moderno, que deben su nombre a la expresión betón brut (hormigón crudo) atribuida al arquitecto Le Corbusier, nos remiten a Utopia on Trial (1985), el feroz retrato de Alice Coleman de los compartimentos del extrarradio londinense como potenciales focos de delincuencia y conductas antisociales. Tampoco hace falta irse tan lejos: piensen en la inspiración panóptica de las viviendas sociales del Ruedo de la M-30 y la concentración de “colmenas” del Barrio de la Concepción, claros exponentes de lo que los responsables del blog denominan como “arquitectura satánica”.

Rebelión en la granja

Doomwatch

Doomwatch

“El rascacielos había sido diseñado como una vasta maquinaria destinada a servir no a la colectividad de los ocupantes sino al residente individual y aislado. (…) A salvo dentro del caparazón del rascacielos, como pasajeros a bordo de un avión con piloto automático, tenían la libertad de comportarse como se les antojara, de explorar los rincones más tenebrosos que pudieran descubrir. En muchos sentidos, el edificio de apartamentos era un modelo de todo lo que la tecnología había desarrollado, haciendo posible de este modo la expresión de una psicopatología auténticamente libre”.

J. G. Ballard, Rascacielos (1975)

A principios de los años setenta, la BBC emitió una serie de ciencia-ficción ecologista titulada Doomwatch. En un episodio particularmente siniestro de la segunda temporada, The human time bomb, el Dr. Spencer Quist (John Paul) se sorprende al comprobar que los pollos de su laboratorio se abalanzan contra los paredes de sus jaulas, en un intento por agredir a los vecinos de al lado. La resolución al conflicto planteada por el guionista Louis Marks –más conocido por sus trabajos para Doctor Who– no por eficaz resulta menos drástica: cortarles el pico para que no se despedacen los unos a los otros. Pero la reflexión más inquietante nos llega por boca del propio Quist, al equiparar la violencia ejercida por la sociedad moderna con la explotación industrial avícola. Un subtexto marxista que Guilio Questi ya había explorado un par de años antes en su inclasificable Dos menos uno tres (1968), a la que pertenecen estas dos secuencias:

Resulta demasiado aventurado afirmar que Ballard viese aquel programa o que conociese siquiera la existencia de esta película. “Pienso que las mejores cosas que hay en la televisión británica son los programas americanos”, reconocería una década más tarde en otra entrevista. Y sin embargo, detectamos cierta afinidad entre ambas y el tono alegórico de la Rascacielos. Detengámonos un instante en el pasaje en el que el arquitecto Anthony Royal contempla su creación desde su lujoso ático en la planta 40: “En cuanto al nuevo orden social cuya aparición había estado esperando, ahora sabía que aquella visión original de una pajarera que parecía un rascacielos estaba más cerca de la verdad de lo que él había imaginado. Sin darse cuenta, había erigido un gigantesco zoológico vertical, cientos de jaulas amontonadas una sobre otra. Todos los sucesos de los últimos meses tenían de pronto sentido, si uno comprendía que estas criaturas brillantes y exóticas habían aprendido a abrir las puertas.”

El personaje (interpretado en la película por Jeremy Irons) parece inspirado en la figura de ecos bondianos de Ernö Goldfinger, el excéntrico arquitecto de origen húngaro que se instaló temporalmente en el apartamento 130 de la planta 25 de una de sus más afamadas construcciones: la Balfron Tower en el East End londinense. A imagen y semejanza de su trasunto en la ficción, organizaba recepciones de bienvenida para los residentes de las plantas bajas. En sus propias palabras, trataba de “experimentar, de primera mano, el tamaño de las habitaciones, los servicios proporcionados, el tiempo que tardaba en subir un ascensor, la fuerza del viento contra la torre y los problemas que podrían surgir de mis diseños para poder corregirlos en el futuro«. Otro dato curioso: ¿sabían ustedes que el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza, autor del emblemático edificio madrileño Torres Blancas, vivió en él hasta su muerte en el año 2000?

Pero mejor volvamos a los años sesenta, cuando el etólogo norteamericano John B. Calhoun llevó a cabo una serie de experimentos con ratas en el Instituto Nacional de Salud Mental de Bethseda (Maryland). Su equipo construyó para la ocasión una “ciudad de ratas” a la que bautizó como Mouse Utopia, en la que los roedores contaban a su disposición con toda la comida e infraestructuras necesarias, a salvo de depredadores, enfermedades y rigores climatológicos. Lo único que tenían limitado era el espacio. Las conclusiones del estudio resultaron escalofriantes: el crecimiento incontrolado de la población degeneró en un hacinamiento patológico y de ahí a la extinción. Pero antes de que las ratas alcanzasen su pico demográfico, Calhoun observó la proliferación de una amplia gama de “conductas desviadas”. Las madres descuidaban a sus crías, los machos se volvían inusualmente agresivos y mientras que algunos ejemplares mostraban síntomas de hipersexualidad, otros se atrincheraban en una zona protegida, evitando la confrontación sin intentar acercarse siquiera a las hembras. Llegados a este punto, los más fuertes comenzaron a devorar a los más débiles y la utopía de Calhoun se convirtió en un infierno.

Los resultados se hicieron públicos en 1962 a través del artículo Densidad de población y patología social planteando, entre otras hipótesis, que la superpoblación anuló el equilibrio de la estructura social y mental de los roedores, incluso en un entorno de condiciones favorables y abundancia de recursos. En cierto sentido, los ratones habrían dejado de ser ratones mucho antes de morir; lo que el científico denominó “la primera muerte”, expresión utilizada por el propio Ballard para bautizar uno de los capítulos clave de su novela y que supone la definitiva toma de conciencia frente al colapso del sistema que uno de sus personajes, el psiquiatra Adrian Talbor, expresa meridianamente: “El modelo no es tanto el buen salvaje como el yo post-freudiano sin inocencia, dañado por una excesiva indulgencia en el entrenamiento de las funciones del cuerpo, un destete tardío, y padres afectuosos… Sin duda una mezcla más peligrosa que aquellas que nuestros antepasados victorianos tuvieron que soportar. Todos los de aquí han tenido infancias felices, sin excepción, y sin embargo están furiosos. Quizá no les dieron la oportunidad de ser perversos…”

Arriba y abajo

La analogía sobre la lucha de clases que en Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013) se planteaba a bordo de un tren, en sentido horizontal, deviene en verticalidad en High-Rise. Y no por obvia resulta menos efectiva, más bien al contrario. El propio título de la novela jugaba con la polisemia del término anglosajón para referirse tanto al rascacielos como al componente arribista que impulsa a sus personajes a querer alcanzar la cima, no solo del edificio, sino también de la escala social. El ingenioso guion de Amy Jump plantea ese descenso atávico hacia los infiernos del capitalismo, más que como una crítica al thatcherismo, como una premonición catastrofista sobre las consecuencias del liberalismo. En ese sentido, el personaje del productor de televisión Richard Wilder (Luke Evans) encarna las contradicciones de la Nueva Izquierda de los años setenta, heteropatriarcal y machista, víctima de la testosterona y de sus aspiraciones de nuevo rico. El hombre de acción que envidia a la mujer del prójimo, antepone su egoísmo al bienestar de su familia y decora las paredes de su apartamento con un poster del Ché Guevara, deambula ahora por la habitación meciendo la cámara de un lado a otro. Se siente excitado y confundido. “La decisión de filmar el documental respondía a evidentes razones personales”, escribe Ballard. “Parte de un intento premeditado de enfrentarse con el rascacielos, aceptar el implícito desafío físico para después dominarlo”. Como le ocurre al propio Wheatley a partir del segundo acto de la película.

El caos narrativo, ya presente en la novela, debe interpretarse como un desafío hacia el lector/espectador. “Vivir en un rascacielos exige una conducta especial”, le confía Wilder a Laing (Tom Hiddleston). Conformidad, prudencia, tal vez incluso un poco de locura. Los que están en verdadero peligro son los tipos autónomos como tú. Impermeable a las presiones psicológicas de la vida en las alturas. Profesionalmente independiente, próspero, como una especie avanzada en la atmósfera neutral”. Una reflexión sobre la que Ballard reincidiría, de manera mucho más explícita, en una de sus últimas novelas, Milenio negro (2003): «La gente no gusta de sí misma, hoy en día. Lo toleramos todo, pero sabemos que los valores liberales están hechos para volvernos pasivos. Estamos profundamente centrados en nosotros mismos, pero no podemos soportar la idea de nuestro yo finito. Creemos en el progreso y el poder de la razón, pero somos asediados por el lado oscuro de la naturaleza humana. Estamos obsesionados con el sexo, pero tememos la imaginación sexual y tenemos que ser protegidos por grandes tabúes»  

highriselaing

Brillante, sarcástica y rabiosamente actual, High-Rise es plenamente consecuente con lo que nos está contando, tanto en la forma como en el contenido. Una obra de culto avant la lettre que crece con cada visionado. Y si no me creen, echen un vistazo a la prensa y saquen sus propias conclusiones sobre el proyecto de remodelación del Edificio España que el Ayuntamiento de Madrid aprobó hace un par de meses con la boquita pequeña. Wang Jianlin, magnate del todopoderoso Grupo Wanda y a día de hoy el hombre más rico de toda China, ultima la construcción de One Nine Elms, su fastuoso complejo residencial de Battersea, en una de las zonas más industrializadas de Londres. Contará con su propio hotel de cinco estrellas y cada suite estará equipada con karaoke para celebrar acuerdos multimillonarios. ¿Qué me dicen de la Torre Aykon, proyectada para 2020 siguiendo diseños exclusivos de Donatella Versace y que ya anuncian como “una fantasía hecha realidad”?

Para cuando vuelva a estallar la burbuja y sucumbamos todos a la crisis de pobreza energética, quién sabe si nos acordaremos siquiera de este párrafo final: “Laing se volvió hacia el rascacielos que se alzaba a cuatrocientos metros. Había habido un fallo en la corriente eléctrica, y en el piso séptimo se habían apagado todas las luces. Los rayos de las linternas ya se movían en la oscuridad, mientras los residentes buscaban alrededor confusamente, tratando de descubrir dónde estaban. Laing los observó satisfecho, preparado para darles la bienvenida a este nuevo mundo”.

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