Del blanco y negro al color: cuatro artistas que dieron el salto estético definitivo en la fotografía estadounidense

La primera fotografía en color se hizo hace más de siglo y medio, pero no empezaría a considerarse arte hasta los años 70 del siglo XX. En la lucha por ponerla al nivel que se merecía destacan varios fotógrafos a los que hoy en día se considera los padres de la fotografía estadounidense en color. Entre ellos destacan Ernst Haas, William Eggleston, Joel Meyerowitz y Stephen Shore. ¿Quiénes fueron y cómo lograron sobresalir en un mundo donde el blanco y negro era el rey?

El verdadero padre de la fotografía en color como descubrimiento científico fue el físico Clerk Maxwell, que junto al fotógrafo Thomas Sutton realizó la primera fotografía en color de la historia, en 1861. Pero su intención nada tenía que ver con el arte ni la fotografía. Como buen físico, estaba interesado en saber cuáles eran los colores primarios. Con esta fotografía en color descubrió que eran el rojo, el verde y el azul (RGB) y que, a partir de las diferentes combinaciones de estos tres colores, se podían obtener colores secundarios. Lo que en un principio tan solo pretendía ser un avance científico supuso el inicio de un arduo viaje estético.




Desde los años cuarenta del siglo XIX ya había fotografías a color, pero eran en realidad fotos en blanco y negro pintadas a mano para añadirles realismo. Este método, aunque fue creado en Europa, se hizo especialmente popular en Japón. Aunque la primera foto en color se realizó en 1861, hasta 1907 no se comercializó la primera placa que permitía realizar fotografías en color: la autocroma, inventada por los hermanos Lumière y que usaba el sistema de color aditivo para dar color a las fotografías. Este fue el único método de obtener fotografías en color hasta 1935, cuando Kodak sacó al mercado su primera película a color: la Kodachrome. Pero esta película solo podía revelarse en laboratorios especializados, por lo que no estaba al alcance de todos los bolsillos y se empleaba exclusivamente de forma profesional. Sin embargo, tan solo siete años más tarde se puso en venta la Kodacolor, por fin una más película asequible para los fotógrafos aficionados.

La primera foto en color.

Cabría esperar entonces que a partir de los años cuarenta la fotografía en color comenzase a ganarle terreno al blanco y negro, sobre todo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. ¿No estarían todos ansiosos por darle color a esta nueva etapa? ¿No se sentían hastiados del blanco y negro, que había sido el color de la guerra? Nada más lejos de la realidad: la fotografía en color se usaba exclusivamente para publicidad y moda; a ningún fotógrafo profesional se le pasaba por la cabeza usarla como medio artístico, ya que la fotografía en color se consideraba cosa de aficionados. No fueron pocos los fotógrafos de renombre que calificaron a la fotografía en color de vulgar, pues consideraban que el blanco y negro dotaba a las imágenes de objetividad, a diferencia del color, que tan solo proporcionaba falsedad. Nada de esto cambió hasta los años sesenta, cuando varios fotógrafos comenzaron a usar el color, una década en la que Kodak comenzó a estar más presente en el mercado. Pero las películas a color seguían siendo más caras que las de blanco y negro, lo que ponía trabas a un medio que estaba deseando ser redescubierto.

Ernst Haas

Ernst Haas nació en Austria en 1921 y en un principio su destino no tenía nada que ver con la fotografía por mucho que así lo deseara su padre. Comenzó a estudiar Medicina, pero nunca llegó a terminar la carrera. Tras la muerte de su padre empezó a interesarse por la fotografía. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial fotografió a prisioneros de guerra que volvían a Austria, y su trabajo llamó la atención del mismísimo Robert Capa. Emigró a Estados Unidos y allí comenzó a trabajar para las revistas más importantes: Vogue, Life, Look y Esquire, como fotógrafo freelance a pesar de que Life le ofreció un contrato que rechazó porque no quería atarse a nada definitivamente. Realizó el primer fotoensayo en color para Life en 1953, que llevó el título de Images of a Magic City. Se trataba de una serie de fotografías que representaban Nueva York de forma abstracta, usando el color y el movimiento para obtener diferentes efectos visuales. También recurrió a sus conocimientos sobre pintura, pues había estudiado Bellas Artes tras dejar Medicina. Estuvo muy ligado a la fotografía comercial, entre cuyos trabajos destaca un anuncio para Marlboro. También trabajó como director de fotografía en varias películas de Hollywood. Por todo esto, durante mucho tiempo se obvió su contribución a la fotografía en color al considerar que su trabajo no era tan artístico como el de otros fotógrafos contemporáneos.

Pero Haas no se conformaba con hacer las fotos que le pedían las revistas para las que trabajaba, quería experimentar por sí mismo; decidió que el color era el medio para hacerlo y la Kodachrome fue la que le abrió las puertas a este nuevo mundo. Tal fue su implicación y su dedicación que consiguió ser el primero en exponer en color en el MoMA en 1962, toda una proeza en aquella época en la que la fotografía en color era vilipendiada. A diferencia de lo que pudieran opinar sus compañeros de profesión, el propio Haas declaró que trabajar con color era más complicado que con el blanco y negro; él quería verse desafiado y romper las normas que habían reinado en el mundo de la fotografía durante tantos años. Además, había vivido en sus carnes los horrores de la guerra y deseaba marcar un antes y un después en su carrera. Ernst Haas uso la técnica dye transfer, mediante la cual se obtenía una calidad del color extraordinaria para la época. Haas, compaginándolo con su trabajo para diferentes revistas, viajo por todo el mundo para plasmar lo que se iba encontrando, y lo hizo de una forma muy peculiar, no solo innovando en el uso del color, sino también dotando a las imágenes de un movimiento muy característico y de un toque abstracto muy plástico que pasaría a la historia.

William Eggleston

De entre los padres de la fotografía en color, William Eggleston puede ser considerado el padre de los padres, el que más reconocimiento ha obtenido a lo largo de los años. Nació en Memphis, en el seno de una familia con mucho dinero. Durante su época de estudiante fue saltando de universidad en universidad (tres en tres años) sin encontrar su vocación, no llegando a presentarse a ningún examen. Su primer contacto con la fotografía fue de niño, pero al no obtener los resultados que él esperaba la dejó de lado hasta que volvió a retomarla tras su fracaso universitario. Comenzó a fotografiar en blanco y negro, pero no tardó en pasarse al color, del que jamás podría separarse.

Eggleston cogió la cámara con un objetivo muy claro: escapar de la fotografía documental y del blanco y negro. Sin duda, fueron varios factores los que tuvo a su favor pero, todo sea dicho, supo aprovecharlos. El primero era poder permitirse el lujo de no tener que trabajar, pues su familia lo respaldaba económicamente, y el segundo fue la época y el lugar: los sesenta en Memphis. ¿Qué tuvo de especial esa década? El consumismo: cadenas de supermercados y de restaurantes de comida rápida, carteles de famosísimas bebidas, gasolineras, gente comprando y consumiendo. En resumen: el imaginario común estadounidense en estado puro. Una nueva era después de tantos años de crisis. Memphis nada tenía que ver con la vibrante Nueva York, donde en cada manzana había una escena deseando ser capturada por una cámara curiosa. Allí no había nada extraordinario, solo cotidianeidad; pero justamente esto fue de lo que se aprovechó Eggleston. Supo ver más allá de lo bello del blanco y negro, de lugares impresionantes, y apuntó con su cámara a lo feo, lo mundano, lo banal, a lo que cualquiera puede contemplar en su día a día sin reparar en ello con especial interés, porque es algo que siempre está ahí, y lo hizo a todo color. Sus fotos no habrían sido las mismas en blanco y negro, ya que el color les aportaba más significados.

Así, sin tener que recorrer grandes distancias, cruzar océanos ni visitar lugares de interés turístico, desde su Memphis natal, logró ser el primer fotógrafo de la historia en exponer en color de manera individual en el MoMA. El director de fotografía del MoMA entre 1962 y 1991, John Szarkowski, que ya le había dado una oportunidad a Ernst Haas, volvió a apostar por el color a sabiendas de que la crítica se le iba a echar encima. Y eso fue lo que pasó cuando se expuso William Eggleston’s Guide en 1976. Aquellas fotografías contenían algo que por aquel entonces no era visto como arte: escenas cotidianas en color.

El trabajo de Eggleston no tenía ningún contenido social ni político, no pretendía transmitir ninguna protesta ni invitaba a una reflexión especial, pero sus formas sí que eran completamente revolucionarias. Aunque no fuese su objetivo ni su intención, Eggleston estaba protestando y proponiendo un cambio de paradigma, quería acabar con la tiranía del color y de lo hermoso, quería mostrar con su Leica las cosas tal cual eran, conforme las veían la mayoría de las personas corrientes. Y tal vez ahí radicaba el motivo de su éxito: dar color a una vida que hasta entonces había sido solo en blanco y negro y dar voz a lo común.

Joel Meyerowitz

Meyerowitz, nacido en Nueva York, renunció a su trabajo en una agencia de arte de su ciudad natal para cumplir su sueño: ser fotógrafo. Era el año 1962 y se vio influenciado tanto por Robert Frank como por Henri Cartier-Bresson. Se dio cuenta de que su estudio fotográfico era la calle, especializándose en fotografía callejera. Sus primeras obras fueron con una cámara prestada en las calles de Nueva York durante una década en la que la ciudad ofrecía instantáneas interesantes y llamativas en cada esquina. La ciudad que lo vio nacer acabó por convertirse también en su mejor escuela, y gracias a él tenemos la posibilidad de descubrir una de las épocas más intensas de Nueva York.

Llevaba muy pocos años en su nueva profesión cuando en 1966 viajó a España, en concreto a Málaga. Su estancia duró un año y se alojó con una familia del lugar, llegando a realizar más de 8000 fotografías tanto en color como en blanco y negro. En esta colección las fotos en color son muy importantes porque, como su autor señala, ayudan a ponerle tonos a una época y un lugar. Para él, el color tenía un potencial semántico y descriptivo que el blanco y negro no poseía. Estas fotografías de España, que entraba en la última etapa de la Dictadura, son un documento gráfico importantísimo de un lugar y una época concretas.

Tras varios años trabajando en color y en blanco y negro, en 1972 finalmente eligió el color como su medio. Su primer libro, Cape Light (1978) es todo un clásico de la fotografía en color. Meyerowitz no venía del mundo de la fotografía, por lo que desconocía lo impopulares que eran las fotos en color, y tal vez este desconocimiento fue lo que lo ayudó a lanzarse a mostrar Nueva York en color sin miedo a qué podría opinar la crítica. No estaba contenido por las formas, por la opinión de sus colegas fotógrafos ni por los expertos en fotografía. Eso fue lo que le otorgó la libertad de encontrar en el color un medio artístico nuevo.

Stephen Shore

Shore fue siempre un niño muy precoz, y aunque sus inicios se produjeron revelando en un laboratorio, comenzó a hacer fotografías desde pequeño; con tan solo 14 años le vendió tres fotos al director de fotografía del MoMA Edward Steichen. A los 17 años ya se dedicaba a fotografiar nada menos que a Andy Warhol en su estudio, al que conoció en un festival de cine de Nueva York. Esta oportunidad lo ayudó a entrar en el ambiente fotográfico neoyorquino, y con 24 años, en 1972, ya expuso en solitario por primera vez en el MoMA con su serie American Surfaces, rechazada por la crítica del momento.

American Surfaces nació cuando salió por primera vez de Nueva York para realizar un viaje que lo llevaría hasta Amarillo, Texas. Si Jack Kerouac plasmó su viaje descubriendo Estados Unidos en papel, Shore lo hizo en fotografías. Su intención era documentar todo aquello que se fuera encontrando en su camino: habitaciones de moteles, personas corrientes, ciudades y pueblos por los que pasaba e incluso lo que comía, por lo que se adelantó muchos años a la fiebre actual de fotografiar comida y subirla a Instagram; de hecho, el propio Shore usa Instagram en la actualidad. El fotógrafo explica que su intención era hacer fotos comparables con el lenguaje oral, informales, sin mucha preparación, sin esperar el momento decisivo al que se refirió Cartier-Bresson en su día. No quería que su obra fuese como el lenguaje escrito, donde la gente usa términos que jamás diría mientras charla con alguien. Pretendía que su fotografía fuese cercana, como la de William Eggleston, al que llegó a conocer en 1973 a través de John Szarkowski.

Se inició en el color tomando instantáneas con una Mick-a-Matic, una cámara para niños que tenía la forma de la cabeza de Mickey Mouse y que salió a la venta en 1971; Shore afirma que con esta cámara practicó antes del viaje que daría lugar a American Surfaces. Más allá del blanco y negro encontró que había una forma de otorgar a sus fotos más información de la época. Durante las décadas anteriores, el blanco y negro había unificado varios periodos que eran muy diferentes entre sí. La gente usaba diferentes tonos en su ropa, los colores de los estilos decorativos variaban de un año a otro, pero estas transformaciones pasaban totalmente desapercibidas a ojos del blanco y negro. El mundo se había estado perdiendo mucha información y Shore quería cambiar eso, deseaba que su trabajo fuese más descriptivo. Todo esto lo podemos ver recogido en Uncommon Places (1982), un libro que recoge 61 fotografías a todo color que realizó en los setenta durante sus viajes por Estados Unidos y que se considera la Biblia de la fotografía en color. El título de esta recopilación no miente, aunque a primera vista las fotografías que contienen parecen de sitios comunes, es ahí precisamente donde se encuentra lo poco común, en representar lo corriente durante una época en la que prácticamente ningún fotógrafo consideraba que mereciese la pena representar lo cotidiano, y mucho menos en color. Pero gracias Shore, muchos años después podemos descubrir qué color tenía la vida en el Estados Unidos de los años 70.

Desde que la fotografía en color tuvo que empezar abrirse camino han pasado unos sesenta años, pero hay algo que no ha cambiado: el miedo a lo nuevo. En la actualidad el debate se encuentra en el cine: ¿una película estrenada en una plataforma de VOD tiene el mismo valor que una estrenada en un cine? ¿Se merecen optar a los mismos premios? Muchos directores ya se han posicionado, y los que lo han hecho en contra de este nuevo formato parecen tener una memoria olvidadiza, pues al arte no se puede contener, el arte no tiene un único medio ni una sola forma. Si no, que se lo digan a estos cuatro fotógrafos, que contra todo pronóstico y sin el apoyo de la mayoría de sus colegas, consiguieron hacer de la fotografía un arte más libre y más cercano a las personas, lograron darle color a un mundo que llevaba siendo blanco y negro demasiado tiempo.

Foto de Piccadilly Circus tomada con película Kodachrome

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