«Dentro del laberinto»: A través del espejismo (I)

Casi treinta años después de su estreno, Dentro del Laberinto, la singular película de Jim Henson protagonizada por Jennifer Connelly y David Bowie (y un montón de muñecos) sigue reteniendo buena parte de su poder de fascinación. Repasamos por qué siempre ha sido una epopeya más adulta que infantil y de qué referentes bebe, Alicia en el País de las Maravillas en cabeza, en un análisis en dos partes.

Empecemos por lo obvio: Dentro del Laberinto es una adaptación apócrifa de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, lo que ya le confiere ciertas dobleces. Muchas de ellas, obvias para quienes conozcan los vericuetos de significaciones de este mito literario fundacional del proto-surrealismo, el librojuego y el lado oscuro de la narrativa infantil. Aparte de lo prolijo que resultaría detallarlo por aquí, y como ya nos ha ahorrado Tim Burton buena parte del trabajo banalizando su subtexto, resumamos las características del libro de Carroll que nos interesan (porque la matemática recreativa y los mensajes en código para iniciados en ocultismo victoriano, por decir un par, nos chiflan pero no vienen a cuento) en un par de puntos relacionados con su estructura narrativa y otros tantos a costa de su escurridiza temática.

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En cuanto a la narrativa, Dentro del Laberinto plantea su argumento como una reformulación de la aventura de Alicia: una jovencita se introduce en un mundo de fantasía subterránea y retorcida e inaprensible lógica interna. El riesgo conceptual de la obra de Carroll, por supuesto, va muy por delante de la mucho más convencional narrativa lineal de la película de Henson, donde la heroína tiene algo de lo que carece la anárquica demonia infantil concebida por el reverendo victoriano: un propósito. Sarah se introduce en el laberinto de su subconsciente para rescatar a su hermano, mientras que Alicia solo… bueno, sencillamente intentaba no perder la cabeza. La metafórica y la literal.

Pero guardando siempre la lógica y respetuosa distancia que separa a un inmortal clásico literario de una película algo perturbadora pero, en última instancia, dócilmente plegada a los engranajes de la industria del entretenimiento, podríamos decir que el diablo, como siempre, está en los detalles. Y así, aunque el periplo de Sarah tiene un objetivo claro -llegar al centro del Laberinto donde el rey de los goblins, Jareth, retiene a su hermano-, algo hay en el recorrido hasta allí que recuerda a los caóticos traspiés por la nada de Alicia.

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Sin ir más lejos, uno de los primeros habitantes del destartalado enigma arquitectónico con quien se encuentra Sarah es una oruga, igual que le sucedió a Alicia. Con un hilarante acento británico («Did you say… hello?” – “No, I said ‘allo, but that’s close enough«), le invita a pasar a su ridícula madriguera a «tomar un té con la parienta«, en afortunada adaptación al castellano y en inteligente referencia a los icónicos cambios de tamaño que hilvanan el ritmo de los primeros pasos de Alicia en el País de las Maravillas. Sarah se disculpa, ya que tiene prisa, y después de uno de los trampantojos visuales más deliciosos de la película, se encamina hacia el castillo. «No, no vayas por ahí, ¡nunca vayas por ahí!«, dice el gusano alarmado. Sarah da las gracias y se encamina en dirección contraria. «Menos mal«, respira la oruga cuando Sarah ha desaparecido: «Si llega a seguir en esa dirección habría ido directa al castillo del centro del Laberinto«.

Es obvio que Sarah acabará consiguiendo su propósito: esto es una aventura familiar, no Esperando a Godot. Pero Dentro del Laberinto se complace en plantar pequeñas bombas conceptuales como ésta en la lógica del relato: por ejemplo, igual que Alicia se encuentra perdida en un huracán de amenazas antropomorfas, Sarah se encamina, desde el primer momento, en la dirección incorrecta. La cosa aún se complica más cuando vemos cómo las flechas que Sarah va haciendo en las baldosas con pintalabios para orientarse son sistemáticamente saboteadas por los goblins del Laberinto, que giran las señales o las hacen desaparecer. «No es justo«, clama con infantil desesperación, en actitud no muy diferente a las resignadas protestas de Alicia cuando todo lo que le rodea pierde el sentido.

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Y hay una inteligente subversión de las propias reglas del juego en este inicio de la aventura de Sarah: un laberinto, por definición, es una prueba de memoria y lógica. Sarah y el espectador lo saben: pero este laberinto sabotea las convenciones. No tiene recovecos en su pasillo inicial, sus paredes y baldosas se mueven para desorientar a Sarah… la película de Henson se complace en atomizar las ideas preconcebidas con las que el espectador de una película de aventuras puede llegar a ésta, del mismo modo que Alicia en el País de las Maravillas no era, probablemente, el libro para niños que esperaría encontrarse el lector victoriano medio.

La estructura y los temas superficiales de Dentro del Laberinto también son reflejos distorsionados (cómo no) de las aventuras de Alicia. Además de la mención a los cambios de tamaño, muy cercana al espíritu metamórfico de la heroína de Carroll, tenemos abundantes caídas por túneles y pasadizos: de la superficie al Olvidadero (en una de las secuencias más icónicas de la película, con amenazadoras marionetas-mano que sin duda habrían hecho las delicias del propio Carroll). Del Olvidadero al Pozo del Hedor Eterno, pasando por marionetas que gritan, literalmente, que Sarah se corte la cabeza a sí misma -se puede gritar más alto, pero no más claro-. Y del sueño inducido por Jareth a un despertar aún más pesadillesco, en una secuencia de sueños dentro de sueños, que recuerda a los cerebrales y metafísicos saltos oníricos sin red de A través del espejo, la secuela de Alicia en el País de las Maravillas, donde algunos soñaban el futuro y Alicia era, en realidad, el sueño de otros.

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No es todo: Dentro del Laberinto también está llena de tropos relacionados con los espejos como los que sostenían la estructura de A Través del Espejo. En el más obvio de todos ellos, Sarah rompe un espejo (en realidad, atrapada en una esfera de cristal) para salir de una turbadora secuencia onírica, pero hay mucho más. En la conclusión, cuando Sarah regresa del mundo de fantasía, vuelve a entablar contacto con sus amigos peludos, literalmente, a través del espejo; y cuando al principio reniega de sus obligaciones familiares como una niña malcriada, lo hace declamando su irritante teen angst ante ese mismo espejo en su habitación. En un sentido más metafórico, la película tiene a algunos de los personajes construidos mediante reflejos: Sarah es un reflejo minimizado de su madre, no presente, a la que vemos en recortes de periódico y triunfando en una carrera de actriz; podría decirse que Jareth es el reflejo del nuevo novio de su madre, y de hecho la novelización de la película, obra de A.C.H. Smith y recientemente editada por primera vez en nuestro idioma por Nocturna Ediciones apoya en parte este parecido y suscita una teoría de interpretación del film turbia y disparatada, como veremos más adelante.

Los parecidos con Alicia en el País de las Maravillas se redondean, en fin, con el gusto de la película por los juegos, los acertijos y los desafíos, los juegos de palabras y las discusiones de raíz absurda, sin duda rastros de la primera versión del guión de Terry Jones, que incidía en los aspectos más lúdicos y abstractos del periplo de Sarah. Hay diálogos carrollnianos repartidos a lo largo de toda la película (aunque la citada oruga hogareña es la más lograda), pero a nivel de imaginería wonderlandiana, destacan también las dos cartas de póker antropomorfizadas que plantean un problema de lógica a Sarah para que sepa cuál de ellas apunta a la dirección correcta. Las hilarantes aldabas gruñonas, el faltón gorro-pájaro o Agnes, la criatura del vertedero que pone inquietante contrapunto a uno de los momentos más tenebrosos de la película, también están influidos por Carroll.

De la devoción de Carroll por la inocencia infantil y su propia relación con las niñas no nos olvidamos, porque en cierto modo se convierte en un elemento de ficción para entrar a formar parte del ADN de la película. Hablaremos de todo ello en la segunda parte de este artículo. Cuando nos pongamos serios.

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