El desierto eterno de Georgia O’Keeffe

Georgia O’Keeffe fue una de los grandes artistas del siglo XX, pionera del modernismo norteamericano y una adelantada a su tiempo. Es mundialmente conocida por tres temáticas recurrentes en su obra: flores aumentadas, rascacielos neoyorquinos y el desierto de su amado Nuevo México.

Fuente de la cabecera: Tony Vaccaro

Nació y creció en el Midwest en 1887, en la región de los Grandes Lagos, y muchos años después eligió el desierto de Santa Fe para vivir feliz. Aprendió de pintores decimonónicos, lo que la condenó a ser una vanguardista. A los veinticinco años tuvo el privilegio de ver las obras de Cézanne, Matisse, Rodin y Picasso por primera vez expuestas en Estados Unidos, en la 291 Gallery de Nueva York. Entendió los -ismos que llegaban de Europa y que nadie podía enseñarla a pintar lo que ella quería pintar. Fue una artista muy prolífica, estuvo activa durante más de sesenta años e incluso cuando ya tenía una edad avanzada y su vista empezaba a fallar, seguía trabajando de sol a sol.




Nacida en una familia de granjeros, sabía lo que era el trabajo duro. Le apasionaba el arte, pero trabajó de otras cosas durante años, incluso de profesora de arte en la Universidad de Virginia. Se podría haber quedado allí y llevar una vida cómoda. Pero su pasión por expresarse de la mejor forma que sabía ganó a toda decisión práctica. En 1918, a la edad de treinta y cinco años, O’Keeffe se traslada definitivamente a Nueva York para dedicarse a pintar y a nada más.

Music Pink and Blue No. 1 /Music Pink and Blue No. 2 (1918). Fuente: MoMA.

Por esta época inició su romance con el director de la 291 Gallery, el fotógrafo Alfred Stieglitz, quien introdujo a Georgia en los círculos de artistas neoyorquinos. Él estaba casado y siempre mantuvieron una relación tempestuosa, pero se admiraban mutuamente y se apoyaban en sus respectivas carreras. Vivían juntos en Nueva York, en un estudio de la hermana de Stieglitz. En 1921, Alfred la hizo famosa con una exposición bien recibida en su círculo artístico neoyorquino pero rechazada en otros lugares. Las fotos de Georgia desnuda junto a sus carboncillos y pinturas de motivos naturales abstractos hizo que los expertos la encasillaran y vieran en su obra significados sexuales que ella siempre negó.

O’Keeffe expresaba con “formas y colores lo que no puedo expresar con palabras”, y decía que los que veían en sus cuadros genitales femeninos era “lo que ellos veían de sí mismos”. Fue vista como una seductora oportunista que había engatusado a un hombre casado para conseguir notoriedad, cuando todo fue idea de Stieglitz, a quien Georgia adoraba. Dijeron que su obra era una expresión de sexualidad femenina y de la represión sexual freudiana. O’Keeffe, horrorizada por las críticas, aprendió la lección y se aseguró de controlar cuándo y cómo era retratada por la cámara de Stieglitz o de quien fuera. Se pasó la vida negando que su trabajo tuviera interpretaciones sexuales: “Estaban hablando sobre ellos mismos, no sobre mí”. En 1922 tuvo su primera exposición en solitario y fue reconocida por su original obra, y no por su asociación con Alfred.

Blue and Green Music (1919-1921). Fuente: Art Institute of Chicago.

O’Keeffe aprendió pronto que era mejor dejar que la gente pensara lo que quisiera. Ella tenía que dedicarse a pintar y a alternar con moderación con la bohemia neoyorquina. Lo que veía cuando pintaba eran emociones, sonidos, pensamientos que no podía expresar con palabras. En ejercicios expresionistas como Blue and Green Music, juega con la idea de trasladar la música al lienzo, inspirada por Kandinsky.  

La vibrante Nueva York de los años veinte no dejaba indiferente a nadie. O’Keeffe quiso pintar otra cosa aparte de flores aumentadas y abstracciones, y se atrevió a hacer algo que hasta entonces sólo habían hecho los hombres: pintar rascacielos. Cuando los críticos  decían que era la mejor mujer pintora (“Men put me down as the best woman painter…”), O’Keeffe replicaba que ella se consideraba una de las mejores pintoras, en orgulloso género neutro anglosajón (“…I think I’m one of the best painters”).

New York Street with Moon, (1925). Fuente: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Pasaron los veranos de los años veinte en Lake George, donde Alfred tenía una casa de su familia y Georgia tenía un estudio aparte. En sus obras se ve la conexión con el paisaje. No pintaba un lago, un árbol o una montaña, sino la huella emocional que el paisaje deja en las personas que lo habitan.

Georgia y Alfred se casaron en 1924, cuando Alfred consiguió formalizar su divorcio. Ella quería un hijo pero él no. Era imposible para Alfred, que había visto sufrir a su hermana y a su hija por partos muy complicados. Quería que Georgia se dedicase a pintar, y parece que esta decisión la tomó él. ¿Por qué una mujer tan independiente como Georgia aceptó que un hombre decidiera sobre su posibilidad de ser madre? Esta es una de las preguntas que dejó en el aire, pero en varias entrevistas que concedió años después, siempre destacó la importancia de haber tomado sus propias decisiones. Con más de treinta y siete años y resignada a no tener descendencia, trabajó incansablemente durante estos años y visitó Nuevo México regularmente. Pintó las montañas, las iglesias y edificios de adobe, el árbol bajo el que miraba las estrellas junto a D.H. Lawrence en un rancho donde se alojaba junto a otros artistas. Siempre jugaba con las distancias, acercándose mucho a objetos cotidianos para redescubrirlos en sus paisajes.

Black Cross with Stars and Blue (1929)/ Black Cross, New Mexico (1929). Fuentes: Georgia O’Keeffe Museum, DACS, Londres y The Art Institute of Chicago.

Stieglitz escribe cartas para que vuelva pero O’Keeffe se había enamorado del desierto y tan solo visitará Nueva York y Lake George muy ocasionalmente durante los siguientes veinte años: “No me dejó ir, yo me marché. Él nunca estuvo convencido, pero yo simplemente me fui, tenía que irme”. Alfred nunca fue a visitarla a Nuevo México pero el matrimonio siguió unido hasta el fallecimiento de Alfred.

Portrait with Georgia O’Keeffe and Alfred Stieglitz by automobile at Lake George, N.Y. (1939). Alfred Stieglitz/Georgia O’Keeffe Archive. Yale Collection of American Literature, Beinecke Rare Book and Manuscript Library. Fuente: Yale University.

Georgia dejó el rancho y a sus amigos artistas y se marchó sola al desierto. Allí encontró su hogar, el Ghost Ranch, y su montaña mágica, el icónico Pedernal. Salía a pasear y encontraba inspiración en el paisaje y en la naturaleza. Se llevó una bolsa de huesos para pintar en Lake George, donde pintó su particular visión de América en 1931 (Cow’s Skull: Red White and Blue, expuesto en el Met). A las flores que siempre le había gustado pintar le sumó huesos de animales jugando con la perspectiva del paisaje. Le gustaba especialmente observar los colores del cielo a través de los óvalos de las pelvis, un cielo que ella pensaba que seguirá igual de azul cuando todos los humanos se hayan extinguido.

Deer’s Skull with Pedernal (1936) / Horse’s Skull with Pink Rose (1931). Fuentes: Museum of Fine Arts, Boston y Los Angeles County Museum of Art.

Su exilio puede que la alejara de los círculos artísticos pero también la puso en boca de todos. Pocos artistas de la época se alejaban del bullicio de las grandes ciudades por voluntad propia y Georgia se cruzó ocho estados para encontrar los paisajes que sólo ella podía pintar. Su obra se revalorizaba y ella se hacía más famosa, sin saberlo. Ella pintaba, le mandaba los cuadros a Alfred y él decidía si se vendían o no y a quién.

Black Mesa Landscape, New Mexico / Out Back of Marie’s II (1930). Fuente: Georgia O’Keeffe Museum / DACS, London.

Y entonces sucedió el milagro: el MoMA, uno de los museos más prestigiosos del mundo, compró uno de sus cuadros en 1934. Durante los años siguientes pudo pintar y vender muchos cuadros y en 1946 el MoMa le dedicó una exposición en solitario, la primera exposición retrospectiva dedicada a una mujer. La obra de O’Keeffe ha estado presente en 53 exposiciones del MoMA desde entonces. También fue el año en que Alfred falleció de un ataque al corazón a los 82 años y Georgia se trasladó definitivamente a Nuevo México en 1948, donde vivió entre Ghost Ranch y su segunda casa en Abiquiú. Pintó la puerta y la ventana del patio de la casa de muchas formas diferentes.

In the Patio No IV (1948). Fuente: Museum of Fine Arts, Boston / Georgia O’Keeffe Museum/ DACS, London.

Unos años después, siendo ya sexagenaria, viajó por Europa, Perú, India y Japón. A los 74 años se fue a hacer rafting por el río Colorado y fue elegida miembro de la prestigiosa American Academy of Arts & Letters. Nunca dejó de pintar y, cuando ya había empezado a perder la vista parcialmente, colaboró con otros artistas, como el ceramista Juan Hamilton

Georgia O’Keeffe, por Yousuf Karsh (1956). Fuente: Georgia O’Keeffe Museum.

“Someone else’s vision will never be as good as your own vision of yourself. Live and die with it ’cause in the end it’s all you have. Lose it and you lose yourself and everything else. I should have listened to myself.”  (La visión de otro nunca será tan buena como tu propia visión de ti mismo. Vive y muere con ella porque al final es todo lo que tienes. Piérdela y te perderás a ti misma y todo lo demás. Debería haberme escuchado a mí misma)

Sus últimas pinturas estaban protagonizadas por curvas, espirales, líneas y puntos, volviendo a sus primeras obras abstractas. Las pintó con la ayuda de su jardinero, que seguía sus instrucciones para mezclar los colores y elegir los pinceles. Georgia falleció en 1986 dejando una cantidad ingente de cuadros repartidos por museos y colecciones privadas de todo el mundo.

Georgia O’Keeffe on Ghost Ranch Portal, New Mexico, circa 1960. Fuente: Todd Webb.

Su pintura de una humilde flor autóctona de Nuevo México se vendió en 2014 por la cifra más elevada que jamás se ha pagado por un cuadro pintado por una mujer, 44 millones de dólares. Sigue siendo una cantidad ridícula comparada con los cuadros más cotizados pintados por hombres, que alcanzan cifras aún más disparatadas, pero del clasismo en el mundo del arte ya hablaremos otro día.

Jimson Weed/White Flower No. 1 (1932). Fuente: Georgia O’Keeffe Museum/DACS, London.

Ahora la casa de Abiquiú es la sede del Museo O’Keeffe y se puede ver tal y como lo dejó su dueña. Lo dirige la hija del mencionado jardinero y la asistenta de la pintora, que mantuvieron la casa exactamente igual, con su jardín y su huerto, como si Georgia no se hubiera ido.

O’Keeffe (1953). Fuente: Todd Webb.

“Whether you succeed or not is irrelevant, there is no such thing. Making your unknown known is the important thing – and keeping the unknown always beyond you.”  (Si tienes éxito o no es irrelevante, no existe tal cosa. Hacer que lo que te es desconocido sea conocido es lo importante… y mantener lo desconocido siempre más allá de ti)

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