‘Devilman Crybaby’ – La fórmula de una joya del exceso

Llega a Netflix una de las grandes apuestas de la plataforma por popularizar y distribuir el anime en Occidente. Lo hace con Masaaki Yuasa a la cabeza de Devilman Crybaby, un proyecto osado, remake de un anime clásico de los setenta.

No era difícil suponer que si un gigante como Netflix apostaba por crear anime propio, no se la iba a jugar. Las decisiones de la plataforma siempre han sido más bien conservadoras tanto en el terreno comercial como en el creativo. En su momento apostaron por distribuir más anime del que creaban, estrategia harto lógica dada la enorme diferencia entre coste de distribución y producción. También maniobra importantísima para el presente del anime en países como el nuestro, como ya explicó aquí Álvaro Arbonés.




A ello cabría sumar que anuncios de títulos propios tampoco es que fuesen el súmmum de lo rupturista: entre las obras más destacadas de su futuro próximo se encontraban nuevas versiones y remakes de nada menos que títulos tan clásicos en lo comercial como Saint Seya -que está previsto que se estrene en algún momento de 2018-, o a nivel pulp con Devilman. La primera es una serie de los ochenta, la segunda de los setenta, y ambas parecen perpetuar el círculo vicioso de la nostalgia. ¿O no?

El problema del supuesto, ese impulso casi irreprimible por sacar conclusiones precipitadas, es que se sostiene menos cuanto más se rasca. En el caso de Knights of the Zodiac: Saint Seiya se trata de una futura piedra de toque de la plataforma en su trato con la industria nipona, pues de la están creando nada menos que con la Toei Animation y de lo que surja pueden nacer nuevas series de lo más interesantes. En el de Devilman, el remake venía avalado con los nombres como Ichiro Okouchi en el guión -el creador de Code Geass (2006)- y con Kensuke UshioA Silent Voice (2018)- a los mandos de la banda sonora. Pero sobre todo, con el de Masaaki Yuasa en la dirección: alguien a quien la nostalgia se la trae al pairo.

Estamos ante un nuevo y fascinante caso de “Solve et coagula” que decía Yago García en este debate sobre el fandom. O lo que es lo mismo: innovar pasa por disolver y coagular, por destruir y descomponer antes de construir algo nuevo. Devilman crybaby (2017) lo ha hecho: ha encontrado la fórmula alquímica del remake genial.

Solve: 45 años del culto a Devilman

A principios de los setenta distintas corrientes del anime se daban la mano en un panorama dominado por nuevos modelos de exhibición y progresiva expansión de la animación nipona. Series familiares como Heidi (1974) se popularizaban en el mundo entero, hecho histórico difícil de entender sin la marcha de Hayao Miyazaki e Isao Takahata, padrazos de Ghibli, del estudio Toei Animation. Abriendo, todo sea dicho, la puerta a producciones como La abeja maya (1975) o El perro de Flandes (1975) y dando lugar al llamado World Master Piece Theater, un conglomerado de series que ríete tú del universo cinematográfico Marvel.

A su vez, el público teen se dividía entre popularísimas series deportivas de Osamu Dezaki como El campeón (1970) o Raqueta de Oro (1973) y series de ciencia-ficción que recogían y renovaban el testigo de productos como Tetsujin 28-gō (1963) o Astroboy (1963). Es decir, casos como la popular Comando G (1972) o de Mazinger Z (1972). Esta última basada en un manga de Gō Nagai, nuestro hombre, el creador de Devilman.

Nagai nació en Ishikawa en plena era de la vergüenza tras la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, y no contaba ni con la mayoría de edad cuando empezó a producir y trabajar en hacerse un hueco en el manga. Así fue como firmó para Shonen Jump uno de sus primeros éxitos, que también sería una de sus primeras polémicas: Harenchi Gakuen (1972), manga precursor del género ecchi –erótico– que prefiguraba ya algunas de las características más definitorias de su obra. Hablamos de historias protagonizadas por jóvenes con las hormonas alteradísimas, escuelas en la que sucedían toda suerte de escarceos sexuales llenos de humor negro, y aventuras que terminaban como el rosario de la aurora -en este caso la escuela era bombardeada por su inmoralidad y moría hasta el apuntador-.

Sin haber cumplido los treinta, Nagai viviría un éxito arrollador con una serie que abriría las puertas de par en par al género mecha y democratizaría el público de series tokusatsu -de acción-: la ya mencionada Mazinger Z en 1972. Pero mientras su nombre disfrutaba de una fama a todas luces inabarcable, él seguía trabajando, encerrado en su estudio, para narrar aquello que más le divertía. El mismo año empezó a publicar una serie de terror gore erótico-festiva llamada Devilman, inspirada en su propia obra anterior Demon Lord Dante (1971).

Aquella serie narraba la historia de Akira Fudo, un joven adolescente de tranquilo ánimo y pacífica vida que pierde a sus padres en un trágico accidente. Superando el trauma reaparece en su vida un amigo de la infancia, Ryo Asuka, que le descubrirá un mundo plagado de demonios a los que combatir, y que despertará un arma para hacerlo: un demonio antiguo que habita en él. Akira pasa a convertirse en Devilman, un poderoso héroe con cuerpo demoníaco y corazón humano.

Con el tiempo, y dada la popularidad de otras obras de Nagai, Devilman se convirtió en objeto de culto. Su tratamiento de la acción sumado a un absolutamente desprejuiciado acercamiento a la juventud, la hicieron popular en ciertos círculos especializados pero sin llegar a gozar del favor del público generalista. Aunque puede que su enfrentamiento constante entre su espíritu lúdico y un enorme sentido trágico sea lo que realmente la ha hecho surcar décadas de anime manteniéndose extrañamente joven. Extrañamente tentadora. Elementos todos que, en manos de un animador audaz podían significar un gran hallazgo.

Coagula: Yuasa y las lágrimas del demonio

Casi medio siglo después, Masaaki Yuasa estrena una nueva visión sobre el chico diablo que mantiene casi todos los ingredientes que hiciesen grande la fórmula en 1972: violencia, erotismo, humor negro, espectáculo y tragedia. La materia prima permanece y, sin embargo, Devilman crybaby se siente absolutamente nueva, actual en su concepción visual y mordaz en su corpus temático. La mezcla de los mismos elementos ofrece algo distinto gracias a su deconstrucción.

Como Nagai, Yuasa debutó con una obra polémica y rompedora. Dio el salto al terreno internacional con lo que podría leerse perfectamente tanto como una fantasía adolescente como una variada muestra de repertorio gráfico. Un portfolio freak. Hablamos de Mind Game (2004), una película que mezclaba stop-motion, infografía poligonal, animación tradicional y amplias capas de experimentación formal para narrar la historia de un joven adicto al porno y perseguido por la mafia que termina naufragando en el interior de una ballena. Una historia que hizo las delicias de gente como Satoshi Kon o Bill Plympton.

La locura formal, no obstante, podía esconder aquello que justamente lo hermanaba con Nagai: amor por una combinación lúdica entre el erotismo más burdo, la violencia más explícita y cierto tono escatológico. Y nada en su justa medida: puro exceso expresivo. Ambos realizadores son de pedir perdón antes que permiso.

Catorce años después, Masaaki Yuasa es ya uno de los animadores experimentales nipones más reconocidos del mundo por su abanico formal y temático, pero también por su enorme productividad. Con Kemonozume (2006) jugó con el ritmo del tokusatsu de terror con monstruos y muerte. Con Kaiba (2008) probó su músculo narrativo y su funcionalidad en el terreno emocional y reflexivo, algo que siguió explorando con The Tatami Galaxy (2010). Sin por ello dejar de forzar los límites formales del medio.

A principios de 2014 ya se había rodeado de profesionales con ganas de comerse las convenciones -y que utilizaban la animación Flash- en un equipo que se llamaría Science Saru y con quien realizaría Ping Pong, adaptación del manga homónimo de Taiyo Matsumoto, y daría el salto internacional con un capítulo de Hora de Aventuras. Solamente en 2017 ha estrenado miniserie propia dentro de la serie de Pendleton Ward y las películas Night is Short, Walk on Girl y Lu Over the Wall -haciéndose con el premio gordo en Annecy con esta última-.

Sin embargo, respetando la voz de Nagai, Yuasa grita como un punk enloquecido en Devilman crybaby. A lo largo de todos sus proyectos, el animador ha diversificado tanto sus esfuerzos que es difícil rastrear en él un discurso omnipresente -o por lo menos presente- en la mayoría de sus obras. Salta a la vista que ansía forzar siempre ciertos lenguajes estéticos: el amor confeso por la psicodelia se da la mano con bruscos cambios cromáticos, tonos fluorescentes y juegos con la elasticidad de las figuras representadas. Mientras, bajo la superficie, subyace un diálogo entre dos temáticas: la necesidad de reconocimiento en quienes nos rodean y la búsqueda del gozo en el hecho de estar vivo. Ambas se tocan, discuten y se arañan en Devilman Crybaby como definición de un universo propio.

Y este universo propio se concreta desde el minuto uno en múltiples campos. En lo narrativo, Yuasa rompe con la lógica del misterio y del desarrollo narrativo progresivo para arrojar sobre nosotros a dos protagonistas impulsivos: un Akira que no puede parar de emocionarse por los demás -en el sentido tierno pero también en el violento-, y un Ryo tan educado como capaz de apuntarte con una AK-47 si le contradices lo más mínimo.

De la misma forma, donde en el Devilman original lo lúdico por impúdico siempre estaba ligado a la violencia, aquí se expande en distintas direcciones. Por una parte, no faltan visceras ni sexo, pero por otra son comunes los momentos de contemplación que suelen venir de la mano de ritmos y letras de hip hop de calle, freestyle rapero sin más. Eso sin olvidar que en la historia del personaje clásico, la experimentación plástica no existía a no ser que estuviese sometida a los designios de la acción. En cambio, en Devilman Crybaby no median excusas: hay auténticos carnavales visuales de formas y colores que no vienen precisamente motivados por la trama. Están porque tienen que estar y son deliciosos.

Todo ello se mezcla de forma brutal -e incluso burda- en esta nueva versión de la serie de los setenta, con el firme objetivo de ir más allá de lo preceptos de la misma. De crear nuevos referentes que olviden los viejos modales, que no los modelos narrativos sobre los que se crearon. Devilman Crybaby es puro exceso narrativo y visual, pero es su capacidad por reivindicar constantemente una efusiva e indomable personalidad lo que la convierte en una joya. Si este es el camino que elige Netflix para sus animes propios, nos aguardan grandes sorpresas.

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