Dinosaurios, caníbales y pistoleros: 13 westerns inclasificables

Aprovechamos el estreno de la estupenda Bone Tomahawk para recordar que el western es híbrido y mutante, y para demostrarlo nada mejor que estas 13 películas indispensables donde el terror, la violencia extrema o lo fantástico diluyen las fronteras de un género que, quizá, carece de ellas.

Una de las mejores películas de la pasada edición del Festival de Cine Fantástico de Sitges fue sin duda Bone Tomahawk (2015), y llega esta semana a las salas de cine españolas: un western poderoso que se sobrepone a su modesto presupuesto gracias a un reparto perfecto (Kurt Russell, Patrick Wilson, Matthew Fox, Lili Simmons y un Richard Jenkins que merecía nominación al Oscar de Actor Secundario), acompañados de un gran guión que respeta los códigos del género al mismo tiempo que se interna en terrenos propios del terror o el gore más intenso. Es la historia de cuatro hombres embarcados en una empresa suicida, que van estrechando vínculos mientras cabalgan o descansan alrededor de una hoguera y que es puro western, sí, pero el final de su viaje es una pesadilla que roza lo irreal.

En realidad, este tipo de incursiones del western en territorios en apariencia alejados de sus señas de identidad son una tradición que se remonta casi a su mismo nacimiento como género, con los relatos de terror sobrenatural que Ambrose Bierce (1882-¿1914?) situó en ese mismo paisaje y que hoy se consideran precursores de los mitos lovecraftianos. De hecho, el propio western es un territorio irreal e imaginario desde su nacimiento, forjado en la leyenda y no en el realismo. Carne de pulp y de serial, dignificado por el cine clásico, capaz de viajar a Japón para convertirse en cine de samuráis y regresar empapado de espagueti mediterráneo para hacerse crepuscular, jipi o camuflarse en películas de ciencia-ficción siderales o apocalípticas, o en thrillers urbanos como The Warriors (1979) o Asalto en la Comisaría del Distrito 13 (1976). Desde esa perspectiva mutante y heterodoxa, ponerse a listar títulos supone un nunca acabar. De entre todos ellos, hemos seleccionado una decena que por un motivo u otro establecen vínculos con Bone Tomahawk, ya sea por su violencia extrema, por acudir a ritos indígenas, dibujar zonas de pesadilla o diluir la frontera con lo fantástico: 13 westerns extraños y violentos para descubrir o revisitar.    

1. La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid; Robert Aldrich, 1972)

Empezamos con el título menos fantástico, pero de cita inexcusable por su violencia cruda, inaudita para la época, y un salvajismo apache que la corrección política haría hoy imposible. Y ojito, que estamos hablando de una película del gran Robert Aldrich, director fiero y directo, y de su aportación al western crepuscular, del que es casi ejemplo perfecto. Tenemos a un explorador veterano, cansado y pesimista (Burt Lancaster), una descripción de lo militar carente de épica y un teniente novato que empieza repleto de buenismo católico-progresista y acaba desbordado por el odio racial. Ambos dan caza a una partida apache que deja tras de sí un rastro de sangre y tripas, literalmente, comandada por el terrible Ulzana, un nativo fugado de la reserva que encuentra en la violencia desatada la única vía para recuperar la cultura tribal que le es propia. El cuadro no estaría completo sin mencionar a Kenitai, un apache que ha encontrado el modo de mantener el culto a la muerte de sus ancestros alistado en el ejército como explorador. En definitiva: un peliculón áspero y brutal.  

2. La noche de los gigantes (The Stalking Moon; Robert Mulligan, 1968)

Tras el incomprensible título español se encuentra otro de los títulos ineludibles a la hora de hablar de violencia apache. En su última misión antes de jubilarse, un explorador (Gregory Peck) rescata a una mujer que ha pasado años secuestrada por los indios y a su hijo mestizo. Como es un buen tipo y percibe el poco futuro que madre e hijo tienen en su regreso a la civilización, se los lleva al rancho donde ha planeado vivir su retiro, enclavado en un idílico paisaje montañoso. El problema es que el niño tiene un padre, un apache al que no por casualidad llaman Salvaje, que cruzará varios estados en busca de su familia, matando todo lo que se le pone por delante. Se trata de una sombra de muerte que nunca se muestra al espectador, algo que progresivamente acerca la película a terrenos propios de lo fantástico hasta desembocar en un acoso nocturno a la cabaña que tiene mucho de película de terror. El director es Robert Mulligan, otro de los grandes, que años más tarde regresará al gótico americano y el terror de paisajismo rural en la soberbia El otro (1972).

3. El rastro de la pantera (Track of the Cat; William A. Wellman, 1954)

Quietos paraos porque esto es impresionante, una de esas películas que te hacen dudar si el verdadero vanguardismo está en joyas del cine clásico como esta y no en el llamado arte y ensayo, y además producida por John Wayne. William A. Wellman, otro grande, jugó con el tecnicolor como si fuera blanco y negro, en el marco de un cinemascope preciosista; el resultado es una atmósfera irreal en un paisaje nevado (nieve y western raro, un maridaje de éxito, como veremos). Un rancho aislado, una familia llena de demonios y el asedio de una pantera que nunca vemos son suficientes para construir uno de los westerns más hipnóticamente extraños de la historia. La familia es puro gótico americano: una madre fundamentalista y posesiva; un padre refugiado en el alcohol por falta de amor; tres hermanos varones donde uno de ellos es macho alfa dominante; una hermana reprimida y solterona; una joven vecina que aspira a casarse con el benjamín; y un viejo indio siniestro como sirviente. Todo el mal rollo familiar toma cuerpo en esa pantera invisible en una película con escenas tan fascinantes como la del entierro, que tenéis ahí arriba.

4. El desafío del búfalo blanco (The white buffalo; J. Lee Thompson, 1977)

Wild Bill Hickok y Caballo Loco, dos mitos del Oeste, cruzan sus caminos a la caza de un búfalo tamaño king size que es todo lo simbólico que se quiera… y más. Dino de Laurentiis buscó alargar el éxito de su King Kong (1976) con una película imposible donde las diligencias parecen recorrer Transilvania, los huesos de búfalo se amontonan y Charles Bronson no se separa de sus gafas de sol. Con el habitual apelotone visual de su italiano productor y el pulso de J. Lee Thompson tras la cámara, que era otro grande aunque muchos no lo tengan tan claro como yo. Hay pasaje nevado, claro, y una a ratos muy sugerente atmósfera onírica entre lo místico y lo pesadillesco. Desde luego, se trata de un western inusual y extravagante.

5. The Burrowers (J.T. Petty, 2008)

Injustamente ignorado en su momento, este western contemporáneo tiene un punto de partida muy similar al de Bone Tomahawk. Un grupo de rancheros parten en busca de una familia desaparecida que se sospecha ha sido secuestrada por los indios. Primero acompañados de una patrulla de soldados y luego en solitario, asqueados por el salvaje comportamiento del oficial al mando. Al final del camino también les espera el terror, aunque en esta ocasión en forma de monster movie. Contundente y macabra, la película también ofrece una muy original relectura del vampirismo que merece ser tenida en cuenta.

6. El oro de Mackenna (Mackenna’s gold; J. Lee Thompson, 1969) 

Otra rareza dirigida por J. Lee Thompson, planteada como puro espectáculo y tremendamente divertida. Una expedición nutrida y variopinta (hay de todo: predicadores, desertores, tahúres) parte en busca de una mina de oro legendaria y maldita, pues está protegida por espíritus indios. Apaches al ataque, disputas internas, peripecias y percances van reduciendo al grupo hasta que llega a su destino, en un clímax propio de Indiana Jones y de las películas de catástrofes con su inaudito terremoto. La amalgama es sin duda singular: un extravagante elenco de personajes, explosiones de violencia y escarceos eróticos (desnudo submarino incluido), el absoluto giro al cine de aventuras más desmelenado, mapas del tesoro con truco y un final espectacular con terremoto y evidente guiño al cine fantástico. Vamos, una película tremenda que no siempre se valora como merece.

7. Oro maldito (Se sei vivo, spara; Giulio Questi, 1967)

Sencillamente impresionante, y una muestra de los muchos tesoros del espagueti western, que pese al desprecio de muchos, cuenta con propuestas tan inauditas como esta. Ya solo el principio es fascinante, con esa mano que sale de la tumba y su conexión con el fantástico: ¿es el héroe un resucitado por la magia tribal? De hecho, la idea del pistolero como fantasma está presente al menos en un par de pelis de Clint Eastwood como Infierno de cobardes (1972) o El jinete pálido (1985). Western gótico coetáneo a la maravillosa Django (1966) —que no hemos puesto en esta lista pese a que tiene perfecta cabida—, Oro Maldito se estrenó en algunos países como secuela apócrifa de la película de Sergio Corbucci. Desde luego, si hay un western raro es este. Su director, Giulio Questi, entregaría luego dos piezas tan extrañas como La muerte ha puesto un huevo (1968) y Arcana (1972) para luego dedicarse a la televisión, por desgracia. La película parece que va a girar en torno a la clásica venganza pero cambia de rumbo y se centra en la avaricia, y de qué manera. Un pueblo fantasmal, una visión atroz y brutal de sus habitantes, una masa enfurecida entregada al linchamiento con incomoda violencia, profanación de tumbas, mujeres espectrales enjauladas en buhardillas, chamanes, mansiones góticas en llamas, héroes crucificados como Jesucristo, tortura con murciélagos… Dos detalles más. Uno: cuando se descubre que el protagonista (genial Tomas Milian) dispara balas de oro, una multitud se abalanza a destripar un cadáver en una escena propia del cine zombi aunque, ojo, la peli es dos años anterior a la fundacional La noche de los muertos vivientes (1968) de George A. Romero. Dos: algo parecido sucede cuando se abalanzan a comer asado los miembros de la banda de pistoleros que visten igual y conforman una nada disimulada y muy sangrienta comunidad gay. Obra maestra absoluta, busquen el montaje uncut que corre por internet y huyan de las ediciones a la venta pues se trata de la versión censurada (20 minutos menos, y qué minutos) que aquí se estrenó.

8. Y dios dijo Caín (E Dio disse a Caino; Antonio Margheritti, 1970)

La habitual historia de venganza del espagueti-western rodada como si fuera una película de terror. Un pletórico Klaus Kinsky regresa a su pueblo acompañado de un tornado y un vendaval de arena. Allí se enfrenta a un ejército de pistoleros que hablan de él como si fuera un monstruo o un fantasma. La campana de la iglesia no para de sonar, un cura toca el órgano, se recorren subterráneos indios, Kinsky entra en las casas por la ventana de arriba como un vampiro, cadáveres ahorcados y un duelo final con espejos. Antonio Margheriti rodó la película como si fuera una de sus anteriores cintas de horror gótico, coetáneas de la Hammer y las adaptaciones de Poe de Roger Corman.

9. Los cuatro del Apocalipsis (I quattro dell’Apocalisse; Lucio Fulci, 1975)

Entrados en territorio espagueti, del que puede ser difícil salir, mejor meterse de lleno con uno de los dos aportes que firmó Lucio Fulci, preludio de su futura condición de maestro de lo malsano.  Cuatro perdedores (un tahúr, un borracho, una prostituta embarazada y un negro que habla con los muertos) se conocen en el calabozo del sheriff mientras en el exterior unos enmascarados masacran la población. Supervivientes por casualidad, emprenden camino hacia ninguna parte, conocen a unos peregrinos cristianos que los dejan repletos buen rollo hasta que se topan con un bandido mexicano que primero les da peyote y luego los tortura sádicamente. Explicado de otra forma: los cuatro perdedores se convierten en una comuna jipi del amor hasta que aparece Charles Manson. En esta hipnótica rareza, un imposible bucolismo fulciano se ve sacudido por arrebatos de violencia y mal rollo: que si un despellejamiento en crudo, que si una violación, que si una escena de canibalismo. La película juguetea con el terror en el pueblo fantasma donde al negro espiritista se le va, definitivamente, la pinza, o alcanza cotas de inusual extrañeza en un pueblo minero (nevado, claro) donde sus salvajes habitantes se rinden al milagro de la vida de una manera que incomoda al espectador porque Fulci rueda lo idílico como si fuera algo inquietante.

10. Condenados a vivir (Joaquín Romero Marchent, 1972)

Obra maestra absoluta del cine español relegada a un injusto olvido que, en cierta forma, supone un eslabón perdido entre La Caza de Carlos Saura (1966) y Furtivos de José Luis Borau (1975), ignorado en su momento porque muchos consideraban a Joaquín Romero Marchent el trasunto cinematográfico de las novelistas de Estefanía y Silver Kane. Tremendo error: más allá de la honra que supone esa comparación, estamos hablando de alguien que ya estaba rodando películas de vaqueros en Almería cuando apareció Sergio Leone, y casi todas muy dignas. Condenados a vivir sería eso que llaman su testamento en el género, su último western. En ella, un sargento acompañado de su hija (Emma Cohen) conducen a un grupo encadenado de despreciables delincuentes por agrestes montañas nevadas (como no), un paisaje inhóspito donde la condición de western se desdibuja y bien podría tratarse de un grupo de maquis recorriendo el Pirineo de Huesca. A padre e hija los mueve vengar el brutal asesinato de la que era respectiva esposa y madre. El problema es que saben que el asesino está entre sus criminales prisioneros pero ignoran de quién se trata exactamente. Áspera, seca e irreal, sacudida por momentos de violencia extrema y dibujando un grupo humano inmundo, vengadores incluidos, con armazón de whudunit, de adivina quién es el asesino, un marco nevado con paréntesis en cabaña la convierte en referente inexcusable de Los 8 odiosos de Tarantino (2015). No es un vínculo forzado: Condenados a vivir se conoce en el extranjero como Cut-throat Nine, es decir, Los nueve degolladores.

11. Chikara (The shadow of Chikara; Earl E. Smith, 1977)

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Quizá no sea tan buena como las anteriores, pero sin duda esta serie b merece estar en nuestra selección por su singular inmersión en el terror sobrenatural. Un grupo de soldados sudistas que no aceptan la derrota parten en busca de un tesoro que, según cuentan los indios, está protegido por el espíritu de un águila capaz de tomar forma de mujer. Por el camino rescatan a una desvalida muchacha de palidez fantasmagórica, interpretada por Sondra Locke, por entonces musa de Clint Eastwood. Sí, lo sé, no hay sorpresa por en medio y solo hay que sumar dos más dos, pero si partimos de Bone Tomahawk esta rareza es obligada: cuatro pistoleros en viaje a caballo, leyendas indias y un destino propio de una película de terror.

12. Scalps, venganza india (Scalps; Bruno Mattei, 1987)

Vaya por delante que por calidad esta película desmerece mucho de todo lo anterior. Western no ya tardío sino directamente difunto que si está aquí es por su violencia a la italiana y por algún detalle de género fantástico, sector ritos indígenas. Un grupo de renegados sudistas arrasa un poblado indio y luego se pone a perseguir a la hija del jefe, que por algo está de buen ver. Se puede considerar una rape and vengeance modosita, es decir, sin violación, y aunque alegre en el gore con los cueros cabelludos arrancados, también es bastante dócil si tenemos en cuenta que está dirigida por Bruno Mattei. Rodada con cuatro duros, pero mantiene cierta dignidad, ojo.

13. El valle de Gwangi (The Valley of Gwangi; Jim O’Connolly, 1969)

Cerramos nuestra selección con una película rebosante de sentido de la maravilla. Un grupo de vaqueros circenses de tour por México (se supone) da con un valle perdido donde se conserva fauna prehistórica. Tras capturar a un pterodáctilo, su exhibición pública acaba en el típico caos. Si bien la historia en sí no es nada del otro mundo, la idea de mezclar vaqueros con dinosaurios tiene el encanto de la mejor locura pulp. Luego, claro, está el hecho de que es una película del gran Ray Harryhausen, que además está pletórico, y ahí el placer visual no tiene parangón. La película se rodó en España, tiene escenas en la plaza de toros de Almería y un desenlace espectacular (técnicamente impresionante) en la catedral de Cuenca. Para los que son de allí debe ser asombroso ver a un tiranosaurio paseando en su interior. Además de que es muy entretenida, a la locura de la propuesta se añade esa ambientación en plazas de toros y catedrales ibéricas, que le da el delicioso tono de western raruno imprescindible.

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