[Crítica] ‘El ejército negro’, de Servando Rocha – La oscuridad del sueño americano.

Como si de Hunter S. Thompson se tratara, Servando Rocha se echa la mochila a la espalda y nos desvela la historia de uno de los grupos de moteros más legendarios de Estados Unidos; su ambición va más allá, mostrando en último término una historia oculta del país que todos conocemos por las noticias.


Corría el año 1966 cuando salía la venta la edición del Hells Angels: A Strange and Terrible Saga, libro que recogía la inolvidable experiencia del escritor Hunter S. Thompson (creador e icono del periodismo gonzo) cuando estuvo viviendo y rodando con los Ángeles del Infierno, la banda de moteros más peligroso de la época.

Año 2015: tenemos entre nosotros El ejército negro, una obra que recoge las experiencias de su autor, Servando Rocha, cuando conoció a los Dragones de la Bahía del Este, el clan de moteros negros más legendario (y longevo) de todos los tiempos.

Siempre se ha asociado la moto a una experiencia única, una vivencia muy distinta a conducir un coche y que conlleva un espíritu más romántico y, ¿por qué no decirlo?, más bohemio. El conductor de motos sabe que se puede convertir en un espíritu libre conduciendo una moto y la percepción se acerca a una experiencia mística. La nota del autor, según comienza el libro, es bastante clarificadora para poner el marco en el que son ubicados los moteros en Estados Unidos:

“A partir del llamado “Informe Lynch”, publicado en 1965, clubs de motoristas como los Ángeles del Infierno de California fueron presentados por vez primera por parte de un fiscal como bandas dedicadas al pillaje, la extorsión, el asesinato o el tráfico de drogas. Cinco años más tarde, se acabó por asociar a los “outlaw bikers” (motoristas forajidos) con el crimen organizado y se aprobó la RICO (Ley contra la Extorsión criminal y las Organizaciones Corruptas), dirigida inicialmente contra La Cosa Nostra, pero en la práctica aplicada a los Ángeles del Infierno. Actualmente, para las agencias del FBI, ATF (Departamento de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos) o DEA (Administración para el Cumplimiento de las Leyes sobre Drogas), todos los clubs forajidos son estructuras criminales y, en sus informes, jamás utilizan la palabra “club” para referirse a ellos, sino el genérico OMGs (Outlaw Motorcycle Gangs). Este criterio se ha mantenido hasta nuestros días por parte del aparato judicial y policial de países como Estados Unidos, Australia, Canada o el Reino Unido, entre otros. Por el contrario, la mayoría de los motoristas forajidos no reconocen pertenecer a una banda sino a un club.”

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En efecto, “motoristas forajidos” (outlaw bikers) son dos términos que aparecen indisolublemente unidos y que, además, se vinculan con corporaciones de crimen organizado y, por extensión a estructuras criminales dedicadas al pillaje, la extorsión, etc. “Gang” es la palabra que designa organizaciones de este estilo entre las instituciones dedicadas al cumplimiento de la ley. Naturalmente, los que pertenecen a estas bandas suelen denominarlas más bien clubs, eufemismo muy razonable. Es una distinción importante a tener en cuenta para valorar el trabajo de Servando Rocha, consciente de dónde se está metiendo desde el primer día en que se presenta en la sede de los Dragones. El comienzo de la aventura, sin embargo, a pesar de estas circunstancias, es tremendamente poético:

“Nuestro coche avanza bajo la fina lluvia que cae sobre San Francisco. La ciudad es un complicado mapa de avenidas y carreteras, y sus barrios se encuentran perfectamente delimitados. El nuestro, La Misión, hace tiempo que quedó atrás. Ahora pasamos junto al pequeño skyline de la ciudad, justo frente a la bahía, sorteando el tráfico de las primeras horas de la mañana, hasta que nos adentramos en el puente que la une con Oakland y, un poco más allá, Berkeley. Siento el traqueteo de las ruedas sobre la gigantesca estructura de acero y hormigón. Atrás, al girar la cabeza veo San Francisco, que se despierta y nos observa. Me despido de ella, al menos por hoy, mientras a mi derecha se extiende la vieja zona del puerto.”

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Lo cual no quiere decir que sienta miedo al ir a visitarlos: el siguiente párrafo (me he permitido ponerlo casi entero) refleja a la perfección esa primera visita. Temor inicial ante lo desconocido, ante lo legendario por descubrir, cargado de nerviosismo ante un momento único. Cada cartel es un aviso de la sensación de intrusismo en la que se encuentra, hay algo ominoso y extraño en el ambiente, se palpa la presencia futura del gran jefe, de Tobie Gene, que espera en medio de la oscuridad. Qué fascinante mezcla de pánico-alarma-pavor con el lirismo subyacente de la ocasión:

“Hemos sido puntuales (son las nueve de la mañana) y frente a mí tengo el edificio que tantas veces he visto en fotografías: la sede de los legendarios Dragones de la Bahía del Este. En la acera, a unos metros de la puerta principal, está aparcada la Harley de su vicepresidente Ali Rasheed (alias “Chief Saba”). No lo conozco personalmente, pero durante más de un año hemos intercambiado correos, fotografías, borradores y mensajes. Sigo nervioso e inseguro, ahora más aún. Me siento un extraño, un intruso, pero ya no hay marcha atrás. El símbolo del dragón preside la fachada del local, hacia donde me encamino decidido. En la entrada hay un cartel que advierte: ‘Prohibida la entrada. Solo miembros’, pero veo que la puerta está entreabierta. La cruzo, mientras pregunto si hay alguien. Está muy oscuro, o al menos eso me parece, hasta que de pronto alguien responde y grita mi nombre. Frente a mí encuentro al sonriente Rasheed, que luce una imponente imagen de forajido: su chaqueta negra de cuero está repleta de símbolos, emblemas y un parche que dice:

‘Outlaw Bikers is not a Street Gang’

Nos abrazamos y, al hacerlo, noto la dureza de su curtida y vieja chaqueta. De repente, un pequeño fogonazo de realidad, un instante que me recuerda que mi casa está muy lejos de aquí, que estoy en la guarida del dragón. Durante varios segundos intercambiamos algunas palabras hasta que, sin previo aviso, su rostro se vuelve serio y grave. Rasheed, mirándome a los ojos, me dice: ‘Servando, el presidente Mr Tobie Gene Levingston te está esperando’, al mismo tiempo que señala al fondo de la gran sala. Sigo aún encandilado y el interior del local está en penumbra.”

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A partir de ahí, a lo largo de sus cuatrocientas páginas, el ensayo transita por sitios que ni puedes esperar, sobre todo por la ambición del propio autor. No se limita a mostrar el origen y la biografía de los Dragones sino que busca la génesis de todas las bandas de moteros:

“Incendios. Agresión. Asesinatos. Ni Forkner ni tampoco ningún otro miembro de los Boozefighters tenían idea alguna de las teorías de Freud o Marcuse. Sin embargo, en todos ellos existía un profundo instinto de muerte. La mayoría de los forajidos que irrumpieron en Hollister habían sido veteranos de guerra durante la Segunda Guerra Mundial, donde la edad media de los soldados fue de veintiséis años.

La nación necesitaba soldados jóvenes y ellos fueron. Marchad y destruid, aunque nadie recuerde la razón de todo esto. Tras la sangre había más sangre. La guerra los cambió completamente. Cuando jóvenes veteranos como Willie Forkner, Robert Burns o George Manker regresaron a casa, le resultó difícil olvidar los horrores que habían visto. Seguía habiendo sangre. Era muy complicado romper con toda la vida militar. El rojo de la sangre. Para muchos de ellos eran inevitables los sentimientos de culpabilidad que surgen cuando uno ha sobrevivido mientras  muchos otros han muerto. En los inagotables ríos de sangre. Y era casi imposible lograr calmarse e intentar adaptarse después de haberse ahogado en el caos.”

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Tiene sentido ligarlo a las consecuencias de la guerra, como si el fenómeno hubiera surgido como extensión a dicha situación: volver de la guerra no conseguía calmar a los que la habían sufrido, necesitaban domar ese sentimiento de culpabilidad y una manera era unirse a las bandas de motoristas.

Es inevitable que Rocha realice paralelismos de los Dragones con los Ángeles del infierno, entre otras cosas porque dichos paralelismos le sirven para extraer las diferencias y semejanzas entre ellos y así explica a aún mejor su influencia; lógicamente, la banda de moteros de referencia se convierte en la mejor manera de identificar a nuestros protagonistas:

“[…] Oakland sentía que, más allá de su apariencia feroz y agresiva, cada Dragón era uno más entre el vecindario. Porque podías verlos en el supermercado, en las calles paseando con sus hijos o a la entrada de las fábricas, aunque esto no eliminaba el hecho de que se trataba de hombres capaces de desatar una ola de furia implacable. El club era un espacio misterioso, dirigido por sus propios códigos y reglas, pero en teoría cualquiera podía acudir a sus fiestas y era relativamente sencillo comprobar cómo se ganaba la vida cada uno de ellos.”

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Sorprende bastante este aire de cotidianidad, de integración con sus vecinos y, sobre todo, porque no eran tan cerrados como se pusiera pensar. El contraste es aún mayor porque la fama de la población negra iba precisamente por lo contrario: la inaccesibilidad. La comparación con los archiconocidos Ángeles es un escándalo pero es cierto que los Dragones buscaban estar unidos a la comunidad precisamente porque querían mantener a sus familias, algo que no estaba en la mente de los Ángeles:

“Los Ángeles del Infierno, en cambio, fomentaron la militarización y la apariencia feroz de una sociedad secreta, casi al mismo nivel que la masonería o el Ku Klux Klan. La ciudad fluía fuera de los muros del club como si fuese un mundo aparte. El territorio, a su vez, era una cuestión de dominio y control. Los movimientos del enemigo (la policía, los informadores, las bandas rivales) se seguían y controlaban muy de cerca. Establecer vínculos y relaciones con los vecinos no era prioritario, lo único importante era saber responder a las grandes preguntas: qué, cómo, cuándo o dónde se produciría el siguiente ataque.

A los Ángeles del Infierno les gustaba todo eso, pero los Dragones, en cambio, estaban seguros de que esa actitud atraería a la policía como perros de presa que, tarde o temprano, caería sobre el club, persiguiendo a todo el que se relacionase con éste. La ilegalidad podría involucrar a sus mismas familias en guerras tribales, a soportar la culpabilidad de caer en emboscadas, sufrir la cárcel o el chantaje por parte de las agencias federales del gobierno. Los motoristas caminaban sobre arenas movedizas. La lealtad al club era importante, pero también lo era el amor hacia la pareja y los hijos, que jamás podrían ser puestos en riesgo. […] La mayoría de los dragones estaban acostumbrados  a dejarse los brazos en trabajos extenuantes en la zona de la Bahía, pero establecieron un acuerdo práctico e inteligente, una difícil convivencia entre ser y actuar como un forajido y, al mismo tiempo, seguir conectados con el mundo real, evitando así la clandestinidad absoluta, el aislamiento, la desaparición.”

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Servando Rocha no se centra solamente en el fenómeno motero, hay un interés claro a lo largo de todo el libro de mostrar la relación de los Dragones con la población negra y los conflictos raciales. Esto funciona de tal forma que se va convirtiendo en el relato de una historia oculta, la de la comunidad de color en los Estados unidos, enfocándola en sus desventajas con respecto a la población blanca. Un ejemplo bastante ilustrativo de esto puede ser la aparición de los Panteras Negras y el cambio que supusieron para toda la comunidad en general:

“El cambio fue total: un nuevo estilo, un nuevo escenario, un nuevo punto de partida. Oakland, conocida por ser el epicentro de los Ángeles del Infierno y los Dragones de la Bahía del Este, contaba con unos nuevos bandidos. En la ciudad interior hay otro mundo que discurre invisible y subterráneo. En la ciudad interior los hombres son lobos hambrientos pero también camaradas. En la ciudad interior lo más importante es secreto. El 15 de octubre de 1966 se difundió el famoso manifiesto fundacional del Partido de los Panteras Negras. Era un texto corto, sencillo y directo, dividido entre aquello que querían y creían. Lo que todo negro leía en sus diez puntos no era otra cosa que su vida misma, sus anhelos y frustraciones, el profundo deseo de una vida mejor y más digna. Tras el texto estaba un grupo que repartía los cargos de ministros y presidentes como si se tratase de un gobierno paralelo y vestía las simbólicas chaquetas negras de cuero típicas de la juventud rebelde y las bandas motorizadas. Era una pandilla politizada provista de boinas y de aspecto impecable. Querer y creer. Todos estaban armados.”

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Su manifiesto fundacional, parece mentira que se hiciera en 1966, no es tan lejano como pueda parecer. De hecho, muchas de las cosas que querían siguen sin tenerse en la actualidad. Este manifiesto, desgraciadamente, se encuentra de rabiosa actualidad ya que se siguen produciendo los mismos abusos:

1.Queremos libertad. Queremos el poder para determinar el destino de nuestra comunidad negra.
2.Queremos total empleo para nuestra gente.
3.Queremos el fin del robo del hombre blanco a nuestra comunidad negra.
4.Queremos viviendas decentes, aptas para el cobijo de seres humanos.
5.Queremos una educación para nuestra gente que ponga de manifiesto la verdadera naturaleza de esta decadente sociedad americana. Queremos una educación que nos enseñe nuestra verdadera historia, y nuestro papel en la sociedad actual.
6.Queremos que todos los hombres negros estén exentos del servicio militar.
7.Queremos el cese inmediato de la brutalidad policial y el asesinato de hombres negros.
8.Queremos libertad para todos los hombres negros recluidos en prisiones y cárceles federales, estatales, de condados y ciudades.
9.Queremos que a toda la gente negra, cuando se la juzgue, sea por un jurado formado por sus iguales o por gente de las comunidades negras, tal y como se especifica en la constitución de Estados Unidos.
10.Queremos tierras, pan, viviendas, ropa, educación, paz y justicia.”

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Me gustaría terminar comentando otro de los fenómenos que están en el bestiario oculto histórico de Estados Unidos: la aparición de las drogas, especialmente de la cocaína. En esos momentos el gobierno norteamericano decidió utilizar traficantes para llenar de droga los sitios habitados por los moteros, ya que eran considerados una amenaza; no fue la heroína lo que les hundió, sino la cocaína. Los Dragones también sufrieron con ello como bien comenta su jefe, pero fue justo después de que perdieran su empleo en la misma época: «La cocaína fue devastadora para los motoristas negros. Después de que en California destruyera barrios negros como el este y oeste de Oakland, comenzaron las batallas entre los nuevos traficantes”, recuerda Tobie. Una guerra abierta que provocó una terrible sangría entre los clubs: “Un montón de clubs cerraron sus puertas una vez que sus miembros se engancharon”, afirma. “La heroína no fue un problema para los Dragones, pero no hicimos nada por detener el ascendente consumo de coca.»

“Tobie recuerda amargamente aquella época en la que hubo un hecho que la marcó. También en 1982, General Motors y Toyota cerraron sus plantas de automóviles situadas en las proximidades de Fremont. Muchos Dragones trabajaban allí. Al perder sus trabajos se vieron en la calle, sin un duro y con pocas expectativas de encontrar otro empleo. Tenían familias que alimentar y algunos, llevados por la desesperación, optaron por el tráfico de drogas. Primero a pequeña escala, para luego aumentar las operaciones empujadas por el reclamo del dinero fácil. Poco a poco se convirtieron en traficantes consolidados y entraron en el ambiente de las rencillas, la desconfianza y las deudas. ‘Muchos chicos marchaban por la calle con grandes bolsas de coca. Pocos fueron los que comprendieron el peligroso poder que la droga ejercía sobre sus mentes.”

Servando Rocha, el autor de "El ejército negro"

Servando Rocha, autor de ‘El ejército negro’

El ejército negro es un trabajo excelente: nos trae una historia que no conocemos , descubre algunos sucesos desconocidos de la historia del país y, además, lo hace de una manera que no parece que se trate de un ensayo. Por momentos piensas que estás ante una novela de aventuras o, mejor aún, una película de vaqueros, llena de forajidos y mucha mala leche. Rocha consigue además que seamos más conscientes de lo que significa ser negro en Estados Unidos y los problemas que se adquieren únicamente por el color de la piel. Una edición gloriosa de la Felguera plagada de fotos a cual más genuina.

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El ejército negro

Año: 2015
'El ejército negro' es un ensayo que trasciende las fronteras de su género para sumirnos en una película de vaqueros protagonizada por moteros negros.
Editorial: La Felguera
Autor: Servando Rocha