‘Tejero-exploitation’: El 23-F como objeto pop, del cómic a las cintas de gasolinera

La España de los 80 tenía estas cosas: casi inmediatamente después de su final, la intentona golpista de Tejero, Armada y Milans del Bosch dio lugar a una buena cantidad de canciones, películas e incluso tebeos. Y, sí, Mariano Ozores también anduvo en el ajo.

Cuando se estudia la España de los últimos 70 y los primeros 80 (con la victoria electoral del PSOE en 1982 como posible frontera) suele pasarse por alto un hecho crucial: la capacidad del espectáculo nacional, todo lo cutre y salchichero que se quiera, para asimilar sucesos de actualidad y convertirlo en productos más o menos jocosos. Con su legión de humoristas salidos (o no) del Un, Dos, Tres, y siempre dispuestos a lanzar una canción jocosa en 45 revoluciones, con una industria del cine que apuntaba aún a lo popular (o más bien a lo chocarrero) y con un panorama de cómic en el que convivían un pujante underground y los últimos coletazos de la ‘escuela Bruguera’, la cultura pop de aquellos años fue en nuestro país una máquina satírica siempre dispuesta a hacer caja tirando de titulares. Este estado de cosas podía afectar a las series de televisión de moda (sobre todo cuando el maestro Pepe Da Rosa andaba de por medio) y también a sucesos de mayor seriedad, como la intentona golpista del 23-F.

Sin ir más lejos, ¿se imaginan que un youtuber cantante, de esos que se están imaginando, lanzara un tema -a ritmo de trap, que así son estos tiempos- sobre el caso de los titiriteros o sobre Percival Manglano arrojando sus papeles sobre la mesa consistorial? En 1981, era perfectamente posible que un señor como Juan Palacios publicase un single como Tanguillos del golpe / Sevillanas del susto, en el que pasaba revista a las interacciones del teniente coronel Antonio Tejero con los políticos de la época una vez tomado el hemiciclo. Todo ello usando la melodía de Los duros antiguos, clásico himno de los carnavales de Cádiz.

El relato de Palacios se atiene bastante al relato oficial de los hechos, con lo que más de uno lo acusaría hoy de ser un ejemplo más de la pérfida Cultura de la Transición, incluyendo su alabanza al papel de Juan Carlos I como salvador de la patria. Aun así, sigue funcionando como un ‘quién es quién’ parlamentario del momento (incluyendo la referencia al teniente general Gutiérrez Mellado como ‘El Guti’)  y consigue encontrarle una rima a los apellidos del general Aramburu Topete, entonces director general de la Guardia Civil. Pero, si se buscan visiones musicales menos complacientes del 23-F, hay que dirigirse a la Cataluña de La Trinca, quienes se apropiaban de una partitura de Aram Katchaturian para las dos versiones (catalana y castellana) de esta Danza del sable.

Antes de financiar Operación Triunfo y otros engendros como cabezas de la productora Gestmusic, Josep Maria Mainat Toni Cruz sabían cantar historias tan vitriólicas como esta, recordando que el españolito de a pie pasó la noche de aquel 23 de febrero “encerrado en el retrete y escuchando el transistor”, mientras que, ya a toro pasado, “resultaba algo inaudito escuchar al más escéptico exclamar a voz en grito ‘¡Viva la Constitución!’ y ‘¡Viva el rey!’, como es de ley”. Así se construyen los relatos hegemónicos, según parece: a base de sustos repentinos y unanimidad forzada.

En su edición a 45 revoluciones, Danza del sable contaba con una estupenda portada de Kim (Martínez, el facha) que, por desgracia, nos ha sido imposible encontrar a tamaño decente. Si lo que buscamos son cómics, es necesario recordar que la revista El Víbora publicó con celérica presteza un número especial gestado durante la misma noche de autos. Muchas de las firmas estelares de la casa se apuntaron al contubernio, desde Max Martí hasta Pámies Alfredo Pons, mientras que Gilbert Shelton (Los fabulosos Freak Brothers) aportaba la solidaridad internacional. Por supuesto, el que mejor se lo pasaba era el Buitre Buitaker de Gallardo y Mediavilla, con el tricornio puesto y listo para sacar los tanques a la calle como Milans del Bosch en Valencia.

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Pero la auténtica repercusión popular del 23-F no debe ser buscada en el refinado humor de la ‘línea chunga’, sino en los expositores de cassettes que por entonces imperaban en las gasolineras. Si, como decían Public Enemy, el hip-hop es “la CNN de los jóvenes afroamericanos”, podemos decir que los humoristas comarcales que grababan sus chistes en cinta ocupaban una situación similar para la España de 1981. Tómese para probarlo este monólogo de Manolito Martín sobre el asunto. Avisamos que los chistes son todos ellos más malos que el cólera, y que las referencias a Leopoldo Calvo Sotelo, Landelino Lavilla y el derrumbe de la UCD de Adolfo Suárez obligan a consultar uno o varios libros de historia para pillarles la gracia. Si es que la tienen, que esa es otra.

Y, si quieren auténtico hardcore del chiste ibérico, aquí les presentamos la aportación de otro maestro de la especialidad: nada menos que Arévalo. Por desgracia, sólo disponemos de este testimonio gráfico, ya que nadie ha subido (aún) la cinta completa a YouTube. Así pues, nos tememos que la grabación que aparece con esta carátula en el sitio de streaming no incluye las bromas a costa de Suárez, de Calvo Sotelo, de Tejero y del resto de los implicados. O eso, o que hemos interpretado mal lo de “Entra un maricón en un velatorio”…

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Si hablamos de exploitation ibérica, hay un nombre que tampoco puede faltar: el de Mariano Ozores. En 1981, cuando aún no soñaba siquiera con sostener entre sus manos temblorosas un Goya de Honor, el cineasta madrileño estrenaba ¡Todos al suelo!, filme en el que reunía a sus actores fetiche (Andrés Pajares, Fernando Esteso, el simpar Antonio Ozores) para una historia que NO tenía nada que ver con el 23-F, aparte de en un título que empleaba ese ritornello popularizado por Tejero en el Congreso. En realidad, ¡Todos al suelo! sacaba tajada de un hecho relacionado con el golpe: el atraco a la oficina principal del Banco Central de Barcelona en mayo de ese mismo año. Un hecho que, ya desde una perspectiva ‘seria’, volvería a pasar al celuloide en Asalto al Banco Central (1983), dirigida por el incalificable Santiago Lapeira y protagonizada por un José Sacristán que sumaba así otro tachón más a su filmografía.

Ahora bien: si el espectador busca un auténtico grumo de caspa que llevarse a las retinas para conmemorar el 23-F, no tiene más remedio que exponerse a las radiaciones de Capullito de alhelí (1986), de nuevo dirigida por Ozores y con una premisa de campanillas. Tomen nota: tras muchos años carteándose y amándose a distancia, dos homosexuales (José Luis López Vázquez Jesús Puente) deciden celebrar su primera cita… justo en el día en el que se están imaginando. Con un elenco de secundarios muy psicotrónico (María Isbert, Florinda Chico, una Gracita Morales muy en horas bajas y ese Antonio Ozores cuya ausencia nunca hubiéramos perdonado) y una forma de abordar los temas LGBT fácil de imaginar (pista: esto no es La ley del deseo), Capullito de alhelí queda como una obra en la que se suman los estereotipos homófobos disfrazados de falsa ‘tolerancia’, el humor grueso y los requetés ancianos y demenciados en silla de ruedas. Tal vez por eso, Antena 3 TV la emitió varias veces durante sus primeros años en antena.

Con el tiempo, con la ‘cultura del pelotazo’ y con los años de extrema placidez propiciados por el gobierno de Felipe González, el 23-F pasó a ser una reliquia de nuestra cultura popular. Si bien los próceres de la joven democracia seguían dándose palmaditas en la espalda con regularidad para celebrar lo bien que capearon el suceso, su capacidad para generar materiales culturales de derribo fue extinguiéndose. Aun así, Ibáñez sacó partido de esta pervivencia histórica en 1988, cuando volvió a dibujar a sus personajes más populares para una revista Mortadelo ya en manos de Ediciones B. Ya que el número de marras salía a la calle un 23 de febrero, el dibujante tuvo la genial idea de ataviar al compañero de Filemón con un uniforme de la Benemérita, haciéndole tomar el Congreso al grito de “¡Se sienten, corcho!”. 

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Como últimos exponentes de esta Tejero-exploitation, debemos señalar tres productos audiovisuales muy pochos: dos miniseries (23-F: El día más difícil del Rey 23-F: Historia de una traición, ambas de 2009) y 23-F: La película, realizada por Chema de la Peña (Shacky Carmine) con ocasión del trigésimo aniversario de la asonada. Aparte de ver al sepiterno Fernando Cayo en el papel de Juan Carlos de Borbón, lamentamos señalar que en ellas no se encuentran ninguno de los valores apreciables en el resto de obras de este informe. Ni siquiera un triste chiste sobre tricornios, oiga.

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