El camino hacia ‘Han Solo’ en 11 pasos: de ‘La isla del tesoro’ a Michael Mann

La nueva entrega de la saga galáctica creada por George Lucas es una rendición a la serie B clásica en dónde cabe el western, el cine negro, la space opera y el regusto a tebeos antiguos. Evisceramos la última propuesta de Disney para ver las fuentes de las que beben Lawrence Kasdan y Ron Howard, dos militantes de la vieja guardia que han hecho su película pasada de moda usando los referentes que probablemente hubieran utilizado de rodarla hace cuarenta años.

Star Wars ha resucitado hace relativamente poco tiempo, pero da la impresión de que ha pasado ya una eternidad desde que se haya convertido en una franquicia absolutamente desbocada. El estudio de big data de Disney parece haber previsto que aunque se estrene una película al año, el mundo estará encantado yendo a cada nuevo evento sin rechistar. Por supuesto, la sensación de estreno especial se ha terminado en el momento en el que cada periodo de barbecho se rellena con una nueva aventura galáctica sin esperar a que se termine de asimilar la anterior. Si Rogue One: una historia de Star Wars (2016) se centraba en aspectos bélicos de la saga, el spin off sobre la vida de Han Solo antes de las películas que conocemos cubre una parte de la misma más centrada en la peripecia, el mundo alejado de la alianza rebelde y la Fuerza, sin sables láser ni estrellas de la muerte. En realidad, todo lo relacionado con el personaje que interpretara Harrison Ford en la primera trilogía.




A modo de una cocina de deconstrucción, la estrategia de Disney es exactamente la opuesta a la que siguió George Lucas cuando creó La Guerra de las galaxias (1977). Si el director utilizaba el cocido de géneros bien conocidos, de la ciencia-ficción clásica a Akira Kurosawa, para crear algo nuevo, ahora la gran casa del entretenimiento los desmonta para ofrecer de nuevo géneros más puros y familiares. Si no te gustan la navecitas, siempre tienes bares de mala muerte con bichos de todo tipo de planetas, y cine de atracos con tiroteos. De alguna manera, la diversificación del producto es la misma táctica que utilizan las series de televisión y plataformas como Netflix. Quieren captar a todo el público para ofrecerle a cada uno algo distinto, pero que en realidad es lo mismo. En este caso Han Solo: una historia de Star Wars cubre cierta parte que el público echaba de menos en las últimas dos películas: la ausencia de Han Solo, o alguien que pueda cubrir el puesto naturalmente, pues ni Poe Dameron ni el personaje de Diego Luna de cuyo nombre nadie se acuerda hacen las veces de Harrison Ford.

Además, la nueva película de Ron Howard se encarga de recoger parte de la decepción de algunos fans enfadados por el terremoto de Rian Johnson en Los últimos Jedi (2017) y ofrecer un poco de fan fiction del personaje favorito de los seguidores más clásicos, que puede que no salgan de verla menos cabreados que con el citado Episodio VIII, pero al menos encontrarán parte de lo que hizo a la primera algo especial. El camino hacia esta película tuvo un proceso creativo complicado, pero pueden vislumbrarse los elementos que han ido sumando para dar una sorpresa agradable cuanto menos. Una serie de ingredientes más menos conocidos, algunos sorprendentes, que se puede rastrear en el trabajo de los Kasdan y Howard para dar con una obra de clasicismo sin ironías.

La trilogía original

Claro, sobra decirlo. La trilogía original está en todas las nuevas películas. El Episodio VII era un reboot de el IV, Los últimos Jedi tenía tanto de El imperio contraataca (1980) como de El retorno del Jedi (1983), de la que Rogue One: una historia de Star Wars (2016) tomaba prestado su tercer acto, para reformularlo cambiando la posición del escudo a desactivar. Curiosamente, Han Solo puede ser la menos comparable a ninguna de las citadas, se aleja de cualquier estructura similar, aunque es la que mejor capta el espíritu de la primera. No porque lo intente desesperadamente, sino porque le sale sin querer: hay tal falta de ironía y autoconsciencia, que se crea un estado de pureza que parecerá tremendamente desfasado a mucha parte del público. Hay un componente de ingenuidad que comparte con esa falta de pretensiones, salvo la de crear una aventura trepidante, que tenía la primera. Por supuesto, también hay un momento calcado a El imperio contraataca y un meteorito y, de nuevo, se repite el plan de infiltrarse disfrazados en base enemiga, presente en dos películas de la trilogía original y los dos últimos estrenos de la saga. Si sale de nuevo en la próxima es posible que nos explote la cabeza.

George Lucas

Otra cosa que puede parecer obvia, sí. Pero es que Han Solo es tanto una película de Howard como una obra puramente George Lucas. Tómese ese comentario tal y como le plazca, pero Ron Howard director, un eficiente artesano que entiende el cine como un entretenimiento blanco, imprime la huella clásica en la película desde el primer al último minuto. En parte tiene que ver porque quizá se moría por hacer una de estas, y todo porque, al fin y al cabo, es un discípulo del director de La amenaza fantasma (1999), con ese toque de buen muchacho americano al que le gusta el rock ’n’ roll. los tebeos, casarse prontito, tener muchos hijos, un buen coche de la época y las hamburguesas. Un jodido boyscout. Por eso, la película transpira ese espíritu que se conjuró para crear Amblin y Lucasfilms, pero sin imitarlo conscientemente. Howard es un poco, reconozcámoslo, el tercer plato de ese menú y si bien un producto puramente Lucasfilm como Willow (1988), pese a quien pese, cuajaba a la altura de sus colegas, se ha visto relegado a un papel de comodín eficiente. No se olvida el director de uno de sus mayores éxitos, con alguna sorpresa simpática o en el propio modelo del personaje de Val Kilmer, que aquí se disgrega tanto en el Lando Calrisian como en Beckett.

Bajo el amparo de Lucas, Howard entiende bien cómo habría hecho Lucas una película de Han Solo. No es difícil ver el candor de Richard Dreyfuss de American Graffiti (1973) en la personalidad de Alden Ehrenreich, incluso algo de la torpeza tierna del personaje que interpretaba el propio Howard en la misma. Porque Han Solo no deja de ser una coming of age movie a la que no le falta ese amor por los coches americanos, trasladado aquí a los vehículos flotantes o las naves más rápidas de la galaxia. No obstante, la carrera de la película de Lucas se ve reflejada al inicio, en donde el director toma nota de los consejos del gran Papa de la galaxia y no los suelta. Cuando le contaba que iba a hacer una película del espacio, George le contaba a Ron que quería hacer algo “Con la magnitud de 2001: Una odisea del espacio y el realismo de esos efectos especiales, pero quizá más rápido” y ese montaje rápido es lo que parece haber aprendido para esta, que tiene un ritmo apabullante, con montaje muy ágil y que no se detiene más de lo necesario en ningún detalle de la historia.

Las aventuras del joven Indiana Jones

Hay mucho de indiana Jones en Han Solo. No solo porque inicialmente estuvieran interpretados por el mismo actor, claro, sino por el factor de aventura que tienen ambas producciones de sello Lucas. La idea de contar la juventud del arqueólogo ya había surgido en el excelente prólogo de Indiana Jones y la última cruzada (1989), pero uno de los fracasos más amargos de los experimentos de Lucas fue la serie basada en su juventud. Tenía un actor que no podía competir con Ford, sí, pero también una producción inédita en la televisión del momento, de categoría muy cinematográfica. Ahora ya no impacta, pero en su momento fue una gran apuesta y ha ido cogiendo un prestigio con el tiempo que la convierten en un objeto de culto. El paralelismo con el caso de Han Solo es evidente, incluyendo ese pasado como soldado que en la obra de Howard se recrea con un tono vintage, como si en el universo Star Wars hubiera existido una Primera Guerra Mundial de trincheras llenas de barro.

Ron Howard

En esta nueva aventura galáctica no hay duelos de sables láser, pero (perdonen) sí hay algo de duelo de pollas. El carácter retro de la historia también incluye personajes canallescos, habitantes de tugurios y jóvenes cuya máxima aspiración en la vida es ser mejor piloto que los demás, tener naves más rápidas y vehículos más potentes. El espíritu de la citada American Graffiti formaba parte de toda una generación, y entre la pandilla de sospechosos habituales del cine americano tenemos ese tipo de comedias y road movies que construyeron lo que en cierto momento se consideraba el sueño americano ideal. Un coche, carretera y manta. Loca evasión (1974) en el caso de Steven Spielberg o Frenos rotos, coches locos (1980) en el de Robert Zemeckis. Por ello, no es extraño que haya cierta fijación con la velocidad en la película de Ron Howard, y la secuencia inicial esté rodada con vértigo y maestría. Oh, seguro que hay alguien de segunda unidad ocupándose del tema, pero tal y como está planteada parece sacada exactamente de ese tipo de primeros trabajos.

No es difícil percatarse de la experiencia en el sujeto de Howard gracias a la reciente Rush (2013) pero es que en realidad él también tiene una fijación con el tema que se sigue desde Pisa a fondo (1986) a su debut, Loca escapada a Las Vegas (1977). El punto de partida de aquella: una joven huye de sus padres junto a un joven temerario en un Rolls-Royce para casarse en las vegas. Un clásico. ¿Quién es el joven temerario? El propio Howard. La road movie está rodada en forma de comedia de tortas y coches chocando, un subgénero en sí mismo. El tráiler de más arriba, con el director presentando su debut es bastante desternillante. Y es que no debemos subestimar su faceta de actor en los setenta. La que le llevó a su debut, Eat my Dust (1977), fue una producción de Roger Corman en la que interpretaba a un personaje rebelde, clásico antihéroe palurdo americano que roba un coche, amante de la velocidad y las chicas guapas. Vamos pillando la idea de por qué le eligió Disney para el trabajo. Ojo al tráiler y la manita del Ron Howard fucker en los alegres setenta.

Pero si nos fijamos en su carrera exclusivamente como actor, nos encontramos que, además, tiene en su currículum un buen puñado de westerns siendo dirigido por Don Siegel o Richard Fleischer, y compartiendo pantalla con gente como James Stewart o Lauren Bacall. Clasicismo de Hollywoodd en la sangre. Curiosamente, en un par de estas películas del Oeste tardías se observa un patrón bastante alucinante, puesto que en Han Solo, muy influenciada por el género, se sigue la estructura arquetípica de joven pistolero al que acoge y enseña un ladrón, perro viejo experimentado. En Tres forajidos y un pistolero (1974) tres granjeros adolescentes, deseosos de vivir aventuras y de escapar de una vida de miseria, ayudan a un mítico ladrón de banco herido (Lee Marvin), que les enseña el oficio. Uno de los tres es Ron Howard. En El último pistolero (1976), el canto del cisne de John Wayne, un viejo cowboy enseña y acoge de forma paternal a un inexperto aspirante. ¿Quién? Howard. Al final resulta que el nuevo Han Solo es un reflejo de los papeles del director en sus años mozos.

La factoría Jim Henson

En las películas originales hay una gran cantidad de interacción con marionetas reales. Todo tipo de criaturitas simpáticas, grotescas, delirantes y deformes que se prodigaban, además en una gran cantidad de películas de la época, con coartada espacial o de fantasía derivada de cuentos y mitología. En ese paisaje de gomaespuma y plástico reinaba Jim Henson y su factoría de muñecos, marionetas y creaciones que fueron pasando de la simpatía de los Teleñecos a la oscuridad de Cristal oscuro (1982), Dentro del laberinto (1985) o la serie El Cuentacuentos (1988). En Han Solo hay algo de CGI pero la mayoría de monstruitos son reales, diseños completamente retro sacados de la chistera de ese tipo de películas en las que solía aparecer Frank Oz. Creaciones como Lady Proxima, una especie de oruga-serpiente acuática parece una variación de  alguna creación para la perturbadora Dreamchild (1985) y la guarida de Lando está plagada de personajes realmente deudores de esa manera de entender los animatronics.

Buck Rogers y Flash Gordon en la era de los Bee Gees

A nadie le sorprende ver estos nombres relacionados con el personaje del contrabandista, porque, básicamente ambos son el germen que ahora conocemos como universo Star Wars. Los seriales y cómics que consumía George Lucas le animaron a hacer su propia modernización de esos mitos y mucha de esa influencia quedó en el personaje interpretado por Harrison Ford, pero merece la pena detenerse en la importancia que tienen esas ficciones antiguas en la precuela del personaje. Para empezar su característica estructura episódica se hereda aquí en forma de pequeñas piezas encadenadas, sobre todo al principio de la película. Buck Rogers llevó al personaje de Flash Gordon, que es el que le encantaba a Lucas. Lo gracioso de esta nueva vampirización es que esta historia de Star Wars recuerda más al Buck Rogers de los setenta, que ya vino como respuesta, como no, al éxito del Episodio IV.

La serie Buck Rogers en el siglo XXV (1979-1981) tenía efectos similares, tono parecido y un sentido de la escala bastante aparente, pero se notaba que era un producto de serie B, de segunda categoría, un poco como este nuevo experimento de Disney, al que no le han echado toda la carne en el asador que a las anteriores y parece más una de esas primeras copias. Además, el toque hortera de la época, en la que se discernía una peligrosa tendencia disco sci-fi también deja huella en esta, con los atuendos brillantes de las cantantes de los bares o del mismo Lando Calrissian. El dueño del Halcón Milenario podría ser el príncipe Barin de la nueva versión de Flash Gordon (1980), con su bigote de paladín y sus capas brillantes. Las ciudades flotantes mineras, los vórtices de colorines, la purpurina y por supuesto el romance de baratuelo, lleno de encanto inocente, el anacronismo de los ochenta en plenos 2010 y otros detalles.

La isla del tesoro

Una de las influencias confesas de los guionistas es La isla del tesoro (1882) de Robert Louis Stevenson, una de los arquetipos de historia de iniciación y aventuras, en la que un joven soñador se encuentra con un grupo de personajes turbios, piratas. En este caso, ladrones liderados por Tobias Beckett, una variación de Long John Silver, un forajido veterano que acoge a un joven lleno de inocencia y energía. Lo que no deben ignorar los Kasdan es que la idea de llevar la novela al terreno de la space opera post-star wars ya ha sido llevada al cine en dos ocasiones. Una fue Space Raiders (1983), otro exploit de Roger Corman con la historia de un muchacho que se junta con un grupo de piratas en una trama llena de visitas a bares de alienígenas extravagantes. La otra, El planeta del tesoro (2002), otra versión espacial, esta vez animada y con un despliegue técnico bastante apabullante y ambicioso que se saldó con una injusta indiferencia para una de las mejores variaciones del concepto Star Wars que se hayan hecho. Además viene de Disney, claro.

El viaje del antihéroe born in the USA

Que Han Solo es el arquetipo en el que después se han mirado decenas de blockbusters no cabe duda, pero responde a una misma variación del héroe genuinamente americano. Carismático, canalla, patoso, atractivo, simpático y arrogante. Muchos se han aventurado a decir que Alden Ehrenreich no da el pego como Solo, pero es una percepción que puede deberse, primero, a que la película cuenta como un chaval aún con cierta inocencia pasa a ser el Han que conocemos, y segundo a que el chico no intenta imitar a Ford sin más, por mucho que se estén vertiendo litros de tinta repitiéndolo como un haiku. El actor trata de dotarle de una energía mucho más juvenil, noble y picaresca. Tiene más de un Robin Hood de Errol Flynn sin formar, una sonrisa irresistible y mucho menos intenso que el de las películas que conocemos. Es como dos versiones diferentes de James Bond. Lo que tiene en común, sin embargo es esa capacidad de crear camaradería con el espectador, con el estilo típicamente americano, a pesar de ser de otra galaxia. El típico tipo que te mira con confianza cuando está conduciendo sin frenos como si tuviera todo bajo control.

La vitalidad de este tipo de antihéroes se da mucho desde los sesenta, cuando se crea una desilusión y un cinismo contra la autoridad generalizado tras el Watergate, Vietnam y los diversos escándalos que hicieron surgir el thriller político. El escepticismo se traduce en cultura pop del sarcasmo y surgen figuras como Solo, que sonríen al peligro porque saben que ya no tienen nada que perder, convirtiéndose en parias que no se casan con el poder ni con los rebeldes que acaban derivando en un gran individualismo, narcisimo y humor fanfarrón que los siguen haciendo atractivos a pesar de caerte mal. Kurt Russell y sus distintas representaciones del héroe con Budweiser en la mano como Snake Plisken o Jack Burton, la versión torpe de concepto, que también podría ser un Madmartigan, un Sawyer, un Jack Sparrow, un Lobezno e incontables previamente. La diferencia de este Solo, sin embargo, es que narra el origen de un héroe y para ello elige partir desde la inocencia, por lo que en un principio no es demasiado diferente a un Luke Skywalker. Aunque en realidad se parece también al Capitán Kirk del reboot de Star Trek de J.J. Abrams, que empieza con una persecución con drones que hace capicúa con esta introducción. El rito del pasaje que recorre en la película tiene algo del viaje del héroe tradicional

Michael Mann y el cine criminal

Otra influencia confesa de los guionistas es el cine criminal como el cine de los hermanos Coen o películas más específicas como Gangster No. 1 (2000) de la que han rebañado la facilidad de Paul Bettany de hacer de tipo chungo y peligroso. Detallles de cine negro y notas a Casablanca (1942) en el personaje de Emilia Clarke, más allá del poso de Bogart que siempre ha tenido Solo. Pero en donde han incidido los creadores es en dos películas de Mann. La cada vez más reivindicada Heat (1995) sirvió de referente en la relación entre Val Kilmer y Robert De Niro, de nuevo en la dinámica de maestro y aprendiz, con las notas de que en el mundo de los ladrones hay que tener cien ojos. Por otra parte, Ladrón (1981), una crónica de la vida del delincuente desde dentro mientras prepara un último gran golpe que consigue que empaticemos con el criminal y establece bien las frágiles relaciones entre compañeros de crimen cuando hay tanto dinero en juego.

Space opera destartalada y macarras del espacio

Una de las variaciones más interesantes de las imitaciones de Star Wars que salieron a cascoporro en los ochenta fueron las epopeyas de a duro, con héroes remachados con costuras de Harrison Ford y canallas de toda la vída. Así, no era difícil encontrarse productos Corman como Los siete magníficos del espacio (1980) en la que el vaquero espacial que interpreta George Peppard podría ser familiar lejano del nuevo Han Solo. Rarezas deliciosas como Cazador del espacio: Aventuras en la zona prohibida (1983) incluía a un cazarrecompensas galáctico explorando un planeta destartalado, con decorados de un mundo-basurero con seres pringosos y deformes digno de imaginario Mad Max, de la que, por cierto, esta Han Solo también es deudora, con esa galaxia decadente, sucumbiendo a un mundo en la que la gasolina y el combustible es un bien tan preciado como el oro.

Quizá el culmen de estas reformulaciones de los criminales espaciales fueron los Guerreros del espacio (1984), que se soltaba a la comedia y aventura de bandidos, espadas, robots de chichinabo, bromas sexuales y diseño de vestuario trash que algo tocan a este nuevo ejemplo del subgénero, también emparentado con la delirante Space Truckers: Transporte espacial (1996). Pero quizá en donde mayores convergencias podemos encontrar es en la serie Firefly (2002) y su secuela en el cine, Serenity (2006), arquetipo de western tradicional en el espacio con una tripulación de payasos adorables que han influenciado de vuelta, irónicamente, a todas las nuevas Star Wars, pero especialmente esta última, con sus saqueadores calcados y conflictos de contrabando. También fueron, como no, el principal eslabón de tono para Guardianes de la Galaxia (2014). Es posible que uno vea Han Solo y considere que está viendo uno de estas películas-consecuencia más que algo propiamente de la saga oficial.

El western blanquito

Si hay una influencia clara en esta Han Solo es el western. No el crepuscular, ni el sucio o hiperviolento, sino el puramente americano, el cine de pistoleros que hacen piruetas con su revólver, que disparan a dos manos y sonríen. Hay notas visuales a Leone y la Trilogía del Dólar, pero principalmente mira al más clásico, de Hawks a William Wyler. Como ya vimos, Howard apareció en unos cuantos en los que nuestras simpatías están con grupo de bandidos con los que conectamos. Un western con comedia, claro, que recuerda a recuperaciones del género más amables como Maverick (1994), en las que las partidas de póquer son el combustible de la trama, o la más reciente El Llanero Solitario (2013), cuya escena de asalto del tren tardará mucho en ser igualada, ni siquiera por la vibrante alternativa galáctica que ofrece aquí Howard. La cantidad de películas del Oeste con robos al tren que pueden haber tenido en cuenta es interminable, pero quizá cabe destacar, por su aparición de la comedia, la divertida El primer gran asalto al tren (1978) o, sobre todo Dos hombres y un destino (1969) que marca una dinámica de pareja típica de George Roy Hill que nos lleva a El golpe (1973) en la que la planificación de una estafa también tiene tanta importancia en Han Solo como la pareja de pillastres de Paul Newman y Robert Redford, que aquí se ven un poco reflejados en Glover y Ehrenreich, respectivamente. Aunque el western que más importancia acaba teniendo es, indudablemente, Silverado (1985), la incursión de Lawrence Kasdan en el género.

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