El Capitán Trueno, el terror de los caudillos

El gran héroe del cómic español fue creado para los niños de los años cincuenta, pero actualmente sólo lo leen los padres y los abuelos. Por no haberlo leído, mucha gente joven cree que el Capitán Trueno fue un icono del franquismo. Se sorprenderían si conociesen la historia de este personaje y a sus autores.

Existe una aventura ambientada en China en la que el Capitán Trueno y sus compañeros (Goliath, Crispín y Sigrid) se encuentran con un guerrero agonizante que protege con su vida un cofre cerrado con llave. Después de varias persecuciones y combates contra el malvado que quiere arrebatárselo, se revela al fin su contenido. Unos años antes, en una ciudad cercana, el tirano Yang había destronado al anterior mandarín y dado la orden de quemar la biblioteca porque contenía libros “de amor, de paz y de trabajo”. Los guerreros que se oponían a Yang tuvieron que huir a las montañas. Allí protegían el contenido de aquel cofre misterioso: una imprenta de pequeño tamaño con la que podían difundir conocimientos prohibidos.

Esta historia se publicó en un número de la colección El Capitán Trueno extra en 1964 con el permiso de un censor que no supo leer en aquellas viñetas las referencias a un golpe de Estado, las quemas de libros del franquismo, la censura, los rebeldes en el exilio ni la propaganda clandestina. Es comprensible porque, en el contexto de la colección, éste parecía un cómic más. No era muy diferente de otros números en los que Trueno derrotaba a otros caciques o en los que se enfrentaba a la ignorancia y las supersticiones.

Luis García tomó a Víctor Mora como modelo para el personaje de
Carlos en Las crónicas del Sin Nombre (1973-1980).

El joven Víctor Mora (1931-2016), que había creado con veinticinco años al Capitán Trueno era un lector apasionado, tanto que acabó recibiendo en su barrio el mote de “abogado de los pobres”. Sabía castellano y francés, aunque le costaba leer y escribir en catalán por no haberlo podido estudiar en la escuela. Devoraba todo tipo de libros, desde la literatura popular de La Sombra (1930) y Doc Savage (1933) hasta autores rusos y a su admirado Jack London. No eran muchos los españoles que, como él, hubiesen leído todos los libros de Jules Verne en su idioma original. También le gustaban los cómics, por supuesto, especialmente los del Príncipe Valiente (1937-actualidad) o Terry y los piratas (1934-1973), que eran, en su opinión, muy superiores a los tebeos de aventuras españoles de la época.

Mora sabía leer en francés porque había vivido entre los 8 y los 14 años exiliado en Francia, en la localidad de Limoges. Allí vio morir a su padre, relojero y policía de la Generalitat, con la salud debilitada después de haber estado en un campo de concentración francés en Bram. Esta experiencia, unida al adoctrinamiento del que fue testigo en las escuelas de la Francia ocupada por los nazis, despertó pronto en Mora un profundo sentimiento antifascista que le acompañó toda la vida.

El Capitán Trueno se enfrenta al vikingo Ragnar en el cuadernillo nº 3 (1956).

De vuelta a España, su madre tuvo que sacar adelante a la familia por sí misma, sin las cartillas de racionamiento que el nuevo régimen no concedía a las esposas de los que consideraba “rojos”. Para ayudarla, Víctor dejó la escuela y entró como aprendiz en varios empleos de poca monta, aunque su verdadero sueño fuese convertirse en un dibujante de cómics como Alex Raymond y Milton Caniff. Con diecisiete años llevó unas muestras de sus páginas a la Editorial Bruguera. El editor Rafael González quedó impresionado y le contrató, pero no por los dibujos, sino por aquellos textos que delataban al lector voraz que los había escrito.

Apenas unos pocos años después, en 1957, Víctor Mora fue enviado a la cárcel junto a una secretaria de la editorial. Se trataba de Armonía Rodríguez, que era su pareja sentimental y quien le había introducido en el clandestino PSUC, el Partido Socialista Unificado de Cataluña. Estuvieron seis meses en la cárcel Modelo por poseer literatura comunista que, pensando en aquella historieta del Capitán Trueno, me imagino que Víctor Mora habría definido como octavillas “de amor, de paz y de trabajo”.

Ilustración de Carlos Giménez de finales de los 70 o principios de los 80.

¡A sangre y fuego!

Desde sus inicios, la Editorial Bruguera no había conseguido destacar con los tebeos de aventuras tanto como lo había hecho con los de humor. Por ese motivo, cuando El Cachorro (1951-1959) de Juan García Iranzo consiguió destacar, la empresa quiso probar suerte con una serie del mismo estilo. Rafael González le encargó a Víctor Mora que crease algún caballero medieval al estilo del Príncipe Valiente, que había sido uno de sus cómics favoritos de niño. Para ello, primero redactó una sinopsis de cuatro cuartillas en la que añadió unos bocetos de los personajes y propuso a Ambrós como el único dibujante posible.

En contraste con las colecciones más leídas de entonces, como Roberto Alcázar y Pedrín (1940-1976) o El Guerrero del Antifaz (1943-1966), el Capitán Trueno destacó por su optimismo y alegría. Los héroes de esta serie sonreían, se gastaban bromas y se hablaban de tú al mismo tiempo que ayudaban a los oprimidos y derrotaban a los malvados. Además, se trataba de una colección en la que era fácil subirse en cualquier entrega porque la continuidad no era muy estricta. Otra virtud era el continuo cambio de escenarios, consecuencia de que los protagonistas viajasen por el mundo cada pocos números.

La censura condicionó, por desgracia, otras de sus características. Por ejemplo, como en otras colecciones de la época, se incluyeron sólo pequeños guiños al género fantástico (como monstruos y hechiceros) porque la ley no lo veía con buenos ojos. Hubo alguna aventura en la que los personajes tuvieron que proteger una cruz o alguna viñeta en la que se paraban a rezar, pero aún así El Capitán Trueno era de las colecciones menos religiosas de la época. Por ejemplo, aunque la editorial recibía toques de atención para que Mora casase a Trueno y a Sigrid, el guionista permaneció fiel a sus valores y consiguió evitar esa imposición.

El Capitán Trueno llegó por primera vez a los quioscos en junio de 1956, en un número titulado ¡A sangre y fuego!, ambientado frente al último bastión palestino en poder musulmán durante la Tercera Cruzada (1187-1191). Lo primero que sabemos del Capitán Trueno es que se trata de un caballero español con una fuerza y una habilidad comparables a las de Ricardo Corazón de León. Junto a él viaja Goliath, un gigantón tuerto y glotón que tiene en la punta de la lengua la exclamación “¡Por el gran batracio verde!”. Juntos han criado desde que sólo era un bebé (y parece que sin ayuda) a Crispín, un adolescente con ropas de juglar que sueña con ser nombrado caballero algún día.

Sigrid aprovecha para liberarse de Erik el Fuerte en el cuadernillo nº 67 (1958).

Después de que los cristianos hayan liberado la fortaleza, Trueno descubre en los calabozos al moribundo Diego Núñez, que les pide que devuelvan un cáliz dorado a la ermita de donde lo robó. Durante esta nueva misión, Trueno y sus compañeros conocen al cuarto miembro del grupo, la nórdica Sigrid, hija del vikingo Ragnar Logbrodt y futura heredera del trono de Thule (un trono que, por cierto, había pertenecido el padre del Príncipe Valiente). La primera vez que coincide con Trueno, Sigrid quiere suicidarse en venganza por haber derrotado a Ragnar, que desaparece en el mar. En el segundo encuentro, lo intenta apuñalar a traición. Costaba imaginarse que Sigrid evolucionaría hasta convertirse en la pareja del Capitán y en una monarca querida por su pueblo, al que incluso acompañaba en el frente de batalla.

Después de que, justo a continuación, este grupo libere a los esclavos de tres traficantes africanos sucesivos, estas aventuras llegan a un punto y aparte con el reencuentro de Sigrid con su padre y la devolución del cáliz robado. Es el momento para que el Capitán Trueno y sus amigos puedan regresar a su tierra, “en las cercanías de la frontera gala, al pie de los Pirineos”, en lo que evidentemente ahora es Cataluña. Allí hace su primera aparición el que se podría considerar el quinto miembro del equipo, el globo aerostático ideado por el sabio Morgano, cuyos planos el Capitán Trueno memoriza para poder reconstruirlo en otras ocasiones.

El globo de Morgano es arrastrado por un huracán en el cuadernillo nº 14 (1956).

En ese momento, con trece números publicados, podemos decir que la colección ya estaba perfectamente encarrilada. No quedaba mucho por añadir a unas aventuras que se convirtieron en poco tiempo en un bestseller entre los niños de la época. Según algunas fuentes, las tiradas llegaron a alcanzar los 350 000 ejemplares en su mejor momento.

Los hijos del Capitán Trueno

Durante los seis meses en los que Víctor Mora estuvo en la cárcel, la producción del Capitán Trueno no se detuvo. Ricardo Acedo le sustituyó como guionista durante 20 entregas en las que los personajes viajaron del Tíbet a Egipto (donde incluso murieron y fueron momificados) y en las que el Capitán Trueno también intercedió para conseguir la paz entre el rey Ricardo y Saladino. Esto no significa que la editorial dejase de pagarle un sueldo a Mora. No sólo eso, sino que cuando se le devolvió la libertad a la pareja, Bruguera le aumentó el salario al guionista, le ascendió a jefe de redacción y le volvió a colocar a cargo su creación.

El Capitán Trueno muere durante unas horas en el cuadernillo nº 39 (1957).

Bruguera debía de imaginarse que la colección iba a funcionar porque apoyó el lanzamiento del título incluyendo más aventuras en la doble página central de la revista Pulgarcito (1946-1981) entre los años 1956 y 1962. Aparte, cuando comprobó que el recibimiento había superado las expectativas, cambió la periodicidad de la revista, de quincenal a semanal a partir del cuadernillo nº 21, y reimprimió las primeras entregas para atraer a nuevos lectores.

El éxito, sin embargo, no aportó a sus autores un beneficio económico directo. “Este personaje que creé en 1956 ha hecho ganar a sus editores unas cantidades de dinero cada vez más grandes”, explicaba Mora. “El editor se las metía tranquilamente en el bolsillo, limitándose a pagarles a los autores —escritor y dibujante—, a través del tiempo, a tanto la pieza, y haciéndoles firmar unos recibitos leoninos con un párrafo redactado por su ‘asesoría legal’, según el cual todos los derechos eran suyos y muy suyos (del editor), para toda la vida, y aún gracias si no había que darle dinero, encima…”

Portada del cuadernillo nº 5 (1958) de El Jabato.

Como la editorial no les daba a sus autores un porcentaje por cada ejemplar vendido, sino una cantidad fija por cada entrega, el pago extra a Víctor Mora fue la posibilidad de crear nuevas colecciones en las que se repitiese esta fórmula. Así nació El Jabato (1958-1966), dibujada por Darnís, en la que un gladiador íbero luchaba para recuperar su libertad, adelantándose en dos años a la adaptación de Kubrick de Espartaco (1960). Como con el Capitán Trueno, Víctor Mora había utilizado una de las épocas históricas idealizadas por el régimen franquista (en este caso, la persecución de los primeros cristianos), a la que iría subvirtiendo con sus ideas políticas en ciertos momentos.

Por su parte, El Cosaco Verde (1960-1963), dibujada por Fernando Costa, estaba protagonizada por un ruso del s. XIX acompañado por un buen número de compañeros: el adolescente Iván, el tártaro Karakán, el chino Sing-Li y la capitana mongola Sankara. Es decir, Mora no sólo centró esta serie en un personaje ruso durante una época de profundo anticomunismo en España, sino que lanzaba un mensaje internacionalista al juntar a este héroe con aliados de culturas totalmente diferentes.

Portada del cuadernillo nº 10 (1960) de El Cosaco Verde.

Las dimisiones de Ambrós

El éxito de Trueno había significado para Víctor Mora la oportunidad de crear nuevos personajes e historias. En el apartado gráfico la situación era diferente. Ambrós no era un dibujante técnicamente brillante, pero sí un perfeccionista. Necesitaba dedicarle tiempo a cada página para buscar lo que, según sus propias palabras, era la finalidad que persiguen las historietas: “Despertar y mantener el interés del lector”.

Miguel Ambrosio, Ambrós

Pasar de una periodicidad quincenal a semanal fue un aumento de la carga de trabajo que al principio pudo sortear usando más planos medios y primeros planos, que son más fáciles de resolver, pero pronto se sintió demasiado presionado por las fechas de entrega. La solución de Bruguera fue colocarle un entintador, Beaumont (Angel Julio Gómez de Segura), con el que Ambrós no se sintió satisfecho. Por ese motivo, en un primer momento dejó de firmar sus páginas. Poco después, en el cuadernillo nº 45 (1957), presentó su dimisión.

En el cuadernillo nº 127 (1959) se puede ver que
el Capitán Trueno trata con respeto a otras religiones.

No era la primera vez que Ambrós trabajaba en una colección con un gran éxito comercial. Este dibujante de personalidad reservada había nacido en la localidad valenciana de Albuixech, donde actualmente se encuentra una escultura del Capitán Trueno en su honor. Con sólo trece años quiso aprender a dibujar en la Escuela de Artes y Oficios de San Carlos de Valencia, pero como sus notas fueron muy malas siguió el consejo de sus padres y estudió en su lugar magisterio. Al acabar la Guerra Civil, consciente de que su ideología comunista chocaba con el régimen franquista, renunció a esta profesión y se pasó los siete años siguientes trabajando en el campo.

Con el pelo blanco y treinta y tres años de edad (muchos más años que cualquier dibujante principiante de la época), decidió probar suerte en la industria del cómic. En su primer año consiguió encargarse de El Jinete Fantasma (1947-1951), de la editorial Grafidea. Esta imitación de El Zorro vendió tan bien que, además de sus 164 entregas, se publicó una serie de novelas sobre el personaje y también una secuela, Chispita (1951-1957). Sin embargo, en 1955 Ambrós abandonó esta editorial en busca de unas mejores condiciones en Bruguera, la editorial en la que Víctor Mora vería en él al dibujante del Capitán Trueno.

Portada de El Jinete Fantasma Almanaque 1949 (1948), de Ambrós.

Cuando Ambrós abandonó al Capitán Trueno después del cuadernillo nº 45, Bruguera confió en Beaumont como su sustituto. Por desgracia, la inexperiencia se sumó con las prisas, por lo que el resultado fue terrible y las ventas se resintieron. La editorial le pidió a Ambrós que regresara, pero éste sólo aceptó después de recibir un aumento de sueldo.

Tras su regreso, Ambrós ilustró algunas de las mejores tramas de la colección, como la del asalto de Erik el Fuerte al castillo de Sigrid para secuestrarla (nºs 59-70, 1958). En ella tenemos el esperado reencuentro de Trueno y Sigrid después de 55 números sin verse, la inesperada muerte de Ragnar, la revelación de la ascendencia dinástica de Sigrid e incluso la declaración de amor entre dos de los enemigos del Capitán (el vikingo Gundar y la pirata Zaida), que se convirtieron también en sus principales aliados. También dibujó el enfrentamiento contra el retorcido conde Kraffa (nºs 117-122, 1959), uno de los poquísimos enemigos de la colección que regresó para vengarse.

El conde Kraffa encierra a Trueno en una trampa mortal en el cuadernillo nº 120 (1959).

Con los ejemplos que he mencionado se puede ver que el Capitán Trueno pertenecía a un tipo de héroe revolucionario. Al contrario de otros héroes de ficción, su lucha se dirigía especialmente a los poderosos e incluía derrocar a los déspotas, ayudar a los pueblos a elegir a sus líderes y restituir a aquellos a los que se les había alejado injustamente del gobierno. Los tebeos del Capitán Trueno no fueron en ningún momento panfletos políticos, sino aventuras, humor y romance para niños, pero el tipo de villanos que presentaba Mora, teniendo en cuenta la forma de gobierno de esa España, era muy significativo.

Merece la pena pararse en la trama de Titlán, el tirano azteca que castigaba a sus enemigos arrojándolos a una piscina de oro fundido (nºs 87-96, 1958). En esta ocasión, Trueno, Goliath, Crispín y Sigrid llegan a la tierra de Azcal, donde conocen al joven príncipe Izca. Este les explica que el codicioso Titlán ha matado a su padre y usurpado el trono de la ciudad. Los protagonistas empiezan entonces varias escaramuzas en las que alternan el ingenio con la violencia y con las que acaban derrocando a Titlán, permitiendo así que el pueblo en armas se enfrente a los secuaces del tirano. De nuevo, otra historia que parece que pasó la censura sin problemas.

Portada del cuadernillo nº 96 (1958). Seguramente la censura influyó
para que la piscina de oro hirviendo se colorease de azul.

En el cuadernillo nº 169 (1959) Bruguera sustituyó temporalmente a Ambrós por Ángel Pardo para darle tiempo en el que pudiese acumular páginas, pero el gesto le sentó muy mal al dibujante valenciano. La editorial hizo lo posible para evitar que éste volviese a dimitir. Consiguieron convencerlo para que dibujase unos pocos cuadernillos más, pero no para que formase parte de la reestructuración que la empresa tenía en mente de cara a la nueva revista: El Capitán Trueno Extra (1960-1968). Bruguera quería que Ambrós dirigiese un equipo de dibujantes a los que formaría y coordinaría, pero él se sentía demasiado agotado como para continuar de ninguna manera: «En Bruguera consiguieron que aborreciera el dibujo».

Finalmente, Ambrós se presentó ante Rafael González para anunciarle su dimisión definitiva, pero no se esperaba la respuesta que iba a recibir: “De golpe [Rafael González] me sube más del doble de lo que me pagaba (…) y me quedé mirando… Mora creo que estaba por allí. Digo: ‘De modo que si yo no le digo que me voy, usted todavía sigue pagándome lo que me pagaba. Es decir, robándome más de la mitad de lo que me corresponde. Ustedes lo llamarán comercio; yo lo llamo falta de honradez’”. A pesar de este intento de última hora, Ambrós se fue de la empresa.

Portada del primer número de El Capitán Trueno extra.

El mundo está al revés

Ángel Pardo, que ya había tenido experiencia en Bruguera haciendo historieta medieval, se convirtió en el sustituto de Ambrós desde ese momento hasta el final de la colección. Comparando los trabajos de uno y de otro, es comprensible que la editorial se decantase por él antes que por Beaumont. Sin embargo, el entintador se sintió tan traicionado por esa decisión que también abandonó Bruguera.

Portada del cuadernillo nº 258 (1961), con el Pulpo como villano.

Con Pardo el personaje continuó viviendo una buena etapa creativa con bastantes tramas memorables. Por ejemplo, la aparición de El Pulpo, un villano enmascarado que, para vengarse del Capitán Trueno, reunió y lideró a los criminales más poderosos del mundo. Su verdadera identidad, con la que Mora juega al despiste con el lector, se revelaba en su tenso combate bajo cubierta durante una batalla naval (nºs 251-259, 1961). Pardo también dibujó el inolvidable enfrentamiento contra un ajedrez robótico, un conjunto de piezas mecánicas y con inteligencia artificial que había fabricado el sabio Morgano (nºs 436-442, 1965).

Otro cómic destacable trata sobre la visita de Trueno y compañía al territorio de Absurdia, en el que el señor Sigerico obligaba a su gente a hacerlo todo al contrario (nºs 443-445, 1965). Es decir, los caballeros cabalgaban dando la espalda al sentido de la marcha, los pordioseros tenían que dar dinero a la gente que pasaba y las casas se debían construir desde el tejado. El argumento recuerda a la canción de Asfalto cuando dice aquello de “Ven, Capitán Trueno, (…) que el mundo está al revés”.

En Absurdia los peces pescan a los hombres (cuadernillo nº 444, 1965).

También Pardo ilustró las entregas más conmovedoras. Mientras Goliath se encuentra agonizando al borde de la muerte, Víctor Mora hizo recordar a sus dos compañeros un par de escenas de su pasado (nºs 218-221, 1960). El Capitán Trueno rememoraba cómo conoció a Goliath (el único leñador de su grupo que había sobrevivido a un ataque musulmán) y cómo juntos se hicieron cargo de Crispín. Por cierto, el encuentro entre estos personajes es un calco del primer choque que tuvieron el Príncipe Valiente y el príncipe Arn. A Crispín, por su parte, le venía a la memoria la vez en la que, siendo muy niño, quiso demostrar su valor a Trueno y Goliath viviendo una aventura en solitario.

Sobreproducción, censura y novelas autobiográficas

He querido subrayar que hubo buenos tebeos antes de profundizar en cómo este personaje entró en decadencia. Aunque hubo un bajón de ventas con Pardo, pasó bastante tiempo antes de que los lectores perdiesen el interés en la colección. En lugar de culpar al cambio de dibujante, los aficionados del Capitán Trueno han señalado tradicionalmente a dos principales responsables: la sobreproducción de la editorial Bruguera y la censura franquista.

Los plazos de entrega que sufrió Ambrós también hicieron mella en Pardo. Para mantener la frecuencia semanal, la editorial le fue alternando con un buen número de autores, entre los cuáles hubo algunos buenos dibujantes y otros no tanto. Entre los menos hábiles hubo quienes llegaron a la torpeza de calcar viñetas de Ambrós. Al mismo tiempo, para intentar fingir una unidad gráfica, la editorial Bruguera impuso a estos dibujantes el uso de «cabezas recortadas». Se trataba de unas fotocopias de dibujos de Ambrós que había que pegar encima de los personajes, con lo que la expresividad de las caras se redujo a un conjunto de recortes.

Víctor Mora empezó a firmar sus guiones bajo el pseudónimo de
Víctor Alcázar en el cuadernillo nº 284 (1962).

A esto se unió la censura previa, que seguía siendo aleatoria pero gradualmente más estricta con los años. El censor no vio pegas en el tirano Yang que ordenaba quemar bibliotecas, pero sí se quejó de que un personaje intentase matar al Capitán Trueno con una espada (El Capitán Trueno Extra nº 289, 1965) o de que una mujer no fuese lo bastante femenina (El Capitán Trueno Extra nº 307, 1965). Algo aún más ridículo fue cuando el censor le explicó a Mora cómo tenía que hacer su trabajo: “No creo que sea necesario que todo se resuelva a base de golpes” (en referencia a El Capitán Trueno Extra nº 313, 1966). Como esta presión censora aumentó al mismo tiempo que los guiones perdieron violencia y ganaron en humor, los aficionados suelen señalar que esta forma de evitar la censura arrastró la colección hacia una dirección equivocada.

Tengo la sensación de que hubo un tercer motivo. Víctor Mora acabó tan harto de que la Brigada Social ordenase registros por sorpresa en su casa que se exilió a París entre 1962 y 1968 para poder mantener su actividad política. Desde allí siguió enviando por correo guiones a Bruguera, como él mismo contaba en una trilogía de novelas basadas en su propia autobiografía: Los plátanos de Barcelona (1972), sobre su infancia, El tranvía azul (1985), sobre su estancia en la cárcel, y París flash-back (1978), ambientado en esta época de exilio.

Portada de Els plàtans de Barcelona de la edición en catalán de 1976.

A lo largo de estas novelas es evidente cómo Lluís Martí, el equivalente de Víctor Mora, va perdiendo el interés que sentía de niño por los cómics al mismo tiempo que con los años se apasiona con la escritura de novelas. Para Martí, escribir los guiones del Capitán Espacio (el equivalente del Capitán Trueno) es algo rutinario, sólo una forma de ganarse la vida. No sé si mi forma de interpretarlo es una confesión intencionada o un desliz subconsciente de Mora, pero me hace pensar que el tercer motivo de la decadencia del Capitán Trueno pudo ser que este tipo de novelas, que podía tener un contenido político y sexual sin ningún tipo de censura, eran el trabajo al que prefería dedicar su vida.

En agosto de 1968, al terminar una historieta intrascendente en la que Trueno liberaba al artesano Tah-Fung para que no tuviese que trabajar en exclusiva ni para un mandarín ni para una princesa, un letrero final avisaba de la cancelación de la serie. “Y ahora, querido lector, un simpático saludo de nuestros amigos. Debido a causas de fuerza mayor, debe suspenderse por el momento esta serie de cuadernos de aventuras de El Capitán Trueno que durante tantos años ha gozado del favor del público. No es una despedida, es un ‘Hasta pronto’”. El “Hasta pronto” duró catorce años.

Última página del cuadernillo nº 618 (1968).

Con los cierres del cuadernillo y de la revista al año siguiente, la editorial empezó a reeditar el material de la peor manera posible. Las páginas originales fueron destruidas para recortar las viñetas y remontarlas (o suprimirlas en algunos casos) de manera que una aventura completa encajase en cada número de El Capitán Trueno: Álbum gigante (1964-1969) y Trueno color (1969-1975). También la rotulación manual se tapó con otra mecánica en la que faltaban las tildes. A esto se unía que la censura que se había aplicado en los cincuenta ya no parecía suficiente para el gusto de los funcionarios de los sesenta, por lo que en la reedición se suprimieron aleatoriamente espadas, cuchillos y muertes, entre otras muchas cosas. El único aspecto que salvaba todo aquel despropósito eran las portadas de Antonio Bernal (1924-2013), que en alguna ocasión tomó como modelo las viñetas del Príncipe Valiente.

Portada de Trueno Color nº 28 (1969).

Durante este tiempo Ambrós había probado suerte con la pintura en París, pero cuando se le acabaron los ahorros regresó a Bruguera, probablemente en 1964. Se negó a volver a dibujar a su creación, pero aún así ilustró las historietas de acompañamiento de una de las novelas del Capitán Trueno, La isla de Rapa Nui (1965). Realizó otros encargos similares con novelas de Tarzán y Rin-tin-tin, junto con el título que más le desagradó como autor anticlerical que era: Juan XXIII, el papa del concilio (1968). Por fortuna, Víctor Mora acudió en su rescate. Juntos crearon una nueva serie similar a su anterior creación conjunta, El Corsario de Hierro (1970-1981), con la que volvieron a ganarse a los lectores, esta vez en una revista recién nacida titulada Mortadelo (1970-1983).

Portada del primer recopilatorio de El Corsario de Hierro (1977).

Las últimas aventuras (bizarras)

Víctor Mora se puso furioso cuando se enteró por los periódicos de que Bruguera estaba negociando los derechos del Capitán Trueno a sus espaldas para una película que podría haber caído en manos de Juan Piquer Simón, el director de Supersonic Man (1979). Desde su regreso de París, este escritor había estado reclamando a la editorial su derecho a cobrar royalties por su trabajo, pero al enterarse de estas conversaciones decidió llevar el asunto a los juzgados. No fue una decisión sencilla porque para Mora significaba ponerse en contra del editor Rafael González, que había sido su protector y amigo durante treinta años.

Como desafío, en esta época colaboró en La historia de los cómics nº 18 (1982) con un pequeño relato de Trueno dibujado por Ambrós y entintado (aunque sin acreditar) por Amador García. Puede parecer que se trataba sólo del origen jamás contado del Capitán Trueno, que se revela aquí como el heredero de un señor feudal que abandonó sus privilegios después de leer el mito del rey Arturo y la filosofía de Platón. Sin embargo, había bastante más. La violencia era más explícita que durante los cincuenta y sesenta y se veían varios desnudos, incluído el de Sigrid en la cama con el Capitán. Y un detalle importante: desde la propia narración, Víctor Mora reclamaba que los creadores del personaje habían sido Ambrós y él mismo.

El polémico desnudo de Sigrid en El adivino de los ojos muertos (1982).

Después de que las dos partes llegasen a un acuerdo, Bruguera inició una nueva revista, El Capitán Trueno (1986), que duró sólo trece números hasta la quiebra de la editorial. Esta vez Jesús Blasco (1919-1995) sustituyó a Ambrós, que había decidido jubilarse en 1981. O más que Jesús, el «equipo Blasco», formado por él mismo y su hermano Adrià, aunque sólo firmase el primero. Por desgracia, la colección parece fuera de su época porque las únicas novedades frente a los cuadernillos son algunos toques de erotismo y desnudos. La tercera aventura, que quedó inacabada, se interrumpe en unas páginas recuperadas en 2009 en las que Trueno reparte mandobles contra el sable láser de un extraterrestre.

Tras el cierre de Bruguera, el Grupo Zeta compró su fondo editorial para crear Ediciones B. De nuevo Víctor Mora reclamó sus derechos como autor del personaje, pero la nueva empresa le ignoró. En ese momento un conocido común, el directivo José Mas, puso en contacto a Mora con Planeta DeAgostini para incluir al Capitán Trueno dentro del sello Comics Forum, que hasta ese momento sólo había publicado cómics traducidos. Con la aprobación del guionista nació la colección Aventuras bizarras (1987), de diez números.

Portada de Aventuras bizarras nº 9 (1987), de Luis Bermejo.

Víctor Mora habría preferido que los Blasco volviesen a trabajar con él, pero como estaban ocupados con otros encargos, les pudieron sustituir Luis Bermejo y Jesús Redondo, dos dibujantes mucho más adecuados para la colección. Gracias a ellos y a un coloreado que superaba al de Bruguera, los guiones de Mora volvieron a brillar, no recordaban en nada a la anterior publicación de Bruguera.

Por cierto, incluso en democracia Mora continuaba incluyendo mensajes políticos en sus guiones, como en Aventuras bizarras nº 2 (1987). En él, Trueno, Goliath y Crispín son obligados a trabajar en el Valle de la Muerte Lenta, un monumental mausoleo de roca destinado a honrar la memoria del tiránico Emir. Cuando Crispín pregunta porqué el Emir ha ordenado esta construcción, Mora pone en boca del Capitán las siguientes palabras: “Para tener ‘entretenidos’ a sus enemigos políticos”.

Los lectores del momento estaban entusiasmados. Las ventas superaron las expectativas de la editorial y en Forum empezaron a fantasear con un futuro en el habría más revistas y series de autores españoles. Eran optimistas porque no sabían que Mora estaba cerrando a escondidas un contrato por el que concedía en exclusiva el Capitán Trueno a Ediciones B a cambio del reconocimiento de su autoría y de un porcentaje de los beneficios de cada edición. La decepción en Planeta por este giro fue el motivo por el que tardaron en volver a plantearse la edición de cómics de autores españoles.

Sigrid lucha con la espada en El maleficio de las islas del viento (1993).

En Ediciones B, Víctor Mora impuso como dibujante al británico John M. Burns (1938) para los nuevos álbumes en tapa dura del Capitán Trueno. En el primero de ellos, La reina bruja de Anubis (1991), una villana egipcia llega a tener en sus manos un guantelete dorado que quita y da vida y que recuerda al Guantelete del Infinito de Jim Starlin. En el segundo, El maleficio de las islas del viento (1993), Mora volvió a enfrentar a sus héroes contra seres del espacio exterior. No se publicó una tercera entrega porque el coste de producir estos cómics era demasiado elevado para la editorial.

El ruido de un Trueno

El 27 de diciembre de 1997 Víctor Mora escribió lo siguiente en su diario: “Vuelvo a tomar Prozac. Quería dejarlo… Pero en dos ocasiones he pillado cabreos de alivio al recordar el asunto de El Capitán Trueno. Y fue cuando estaba lleno en este asunto cuando sufrí el accidente vascular cerebral grave”.

Portada de la edición en castellano de Diario de a bordo
(sin navegar y al borde del naufragio), publicado en 2001.

El año anterior Mora había sufrido un derrame cerebral que le había afectado al habla, la memoria y la escritura y le dejó secuelas durante el resto de su vida. Mientras todavía seguía en rehabilitación, a principios de 1998 se le encontró también un tumor en la vejiga. “¡Tumor y vejiga, qué contraste! Sería un buen título para una tira de cómic”, apuntó en su diario. Precisamente a partir de sus apuntes personales durante este periodo, Mora dio forma a uno de sus últimos libros, Diario de a bordo (sin navegar y al borde del naufragio) (2000), en el que habló sobre temas personales, cultura y actualidad política.

En él no le dedicó muchas líneas al Capitán Trueno, pero lo que poco que escribió sirve para explicar los motivos de aquellos “cabreos de alivio” que le provocaron el AVC: “Las empresas para las que trabajé de joven eran de lo más… fraudulentas por lo que respecta a las cotizaciones. Eso quiere decir que el día de mañana no tendré derecho a cobrar pensión alguna. (…) Soy muy famoso con El Capitán Trueno y toda la mandanga, sí, pero nunca tengo dinero… (…) Creí que tendría algo más de dinero, hace poco, cuando conseguí (al hundirse la Editorial Bruguera y quedarse con su fondo la nueva Ediciones B) el copyright de mis personajes, después de haber pasado años de lucha legal… Pero era una ilusión vana: ¡estoy como siempre!”.

La paella de Goliath en El correo de la reina Sigrid (1995).

Antes del ictus, Mora había tenido tiempo de escribir dos guiones más, aunque cortos y anecdóticos. Cita en Córdoba (1990), situado cronológicamente después del último cuadernillo de 1966, se publicó para acompañar la celebración de las Jornadas del Cómic de esta ciudad. Por su parte, El correo de la reina Sigrid (1995) fue un cómic promocional para la empresa Correos que incluía una curiosa anécdota: un Goliath que cocinaba una paella en el reino de Thule.

Desde ese momento, la presencia de Trueno en las librerías ha sido esporádica y sin un proyecto que la unifique. Al interesante Silencios (2006), de Alfonso López y Pepe Gálvez, se le puede achacar que contradice la biografía del Capitán Trueno, pero no cae en el mismo error que los otros cuatro álbumes publicados a continuación: El último combate (2010), Atlántida (2011), La espalda del invencible (2013) y El círculo de fuego (2017). A pesar de la buena voluntad de sus autores, los cuatro son demasiado deudores de un sentido de la aventura, un estilo gráfico y un diseño de página adecuados para los setenta o los ochenta, pero desfasados para los gustos del lector actual.

Portada de El último combate (2010), dibujada por Joan Boix.

También choca que en cuatro álbumes no se hayan incluido lecturas políticas como las que dos comunistas ocultaron a plena vista durante los años cincuenta. En su lugar, estos cómics apelan a la nostalgia, pero este personaje no fue creado con ese objetivo, sino para educar en ideas como la igualdad, la libertad, la protección a los débiles y el castigo a los tiranos. El Capitán Trueno no fue, como lo pintaron Miguel Bosé y muchos otros, «una fiera» reaccionaria. Fue una de las espadas progresistas de la España que algunos querían devolver a la Edad Media.

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