“El estado es para las reses”: 7 artistas geniales que eran un poco nazis

En la derecha también existen artistas. Y aunque no suelen salir del armario político, eso no significa que no existan. Por eso aquí elegimos siete de nuestros artistas favoritos que, además, resultaron ser un poco nazis. De músicos a poetas pasando por dibujantes y novelistas. ¡Hay sitio para todos al extremo de la derecha!

Ser artista y de derechas es difícil. Ya no digamos cuando esa derecha se convierte, como quien no quiere la cosa, en cualquier forma de extremismo. Pero dado que en nuestro país se ha acusado a las industrias culturales de estar abiertamente sesgadas hacia la izquierda, no es difícil imaginar que la ausencia de simpatía sea mutua. Y que la derecha tenga tan poco interés por la cultura y el arte como éstas demuestran por las políticas conservadoras. Al menos por todas aquellas artes que no impliquen a Ayn Rand.

¿Significa eso que no existan artistas de derechas? Nada más lejos de la realidad. Existir existen. Y algunos de ellos hacen cosas que nos encantan.




Esta lista va por ellos. Por todos esos artistas que, independientemente de que sean un poco nazis, nos gusta lo que hacen cuando no están enfrente de una urna, una manifestación o una bandera. Porque aunque difícil, es posible desvincular autor y obra. Al menos cuando los primeros no intentan imponerse por encima de su propio arte.

1. Varg Vikernes

Si hay alguien que personifique todo lo que es el black metal ese no es otro que Varg Vikernes. Líder y miembro único de Burzum, su música comenzó siendo un black metal árido y brutal que, rápidamente, acabó adentrándose en terrenos más ominosos y ambientales, todo ello para acabar firmando varios discos puramente ambient cuando dio con sus huesos en la cárcel por minucias tan propias de la crónica negra como la quema de iglesias o el asesinato por motivos equinómicos. Pero no es eso lo más preocupante de él como individuo. O no lo único, porque, mientras estuvo en la cárcel, Kristian Larsson Vikernes, quien se cambio el nombre por Varg por considerar poco intimidante su nombre bautismal, descubrió todo lo que tenía en común con la extrema derecha nórdica.

Aquello que tenía en común era el odalismo. Una religión sincrética que aúna el nacionalismo de corte racial, el paganismo odinista y la defensa del medio ambiente a través de la crítica del materialismo, el judeo-cristianismo y cualquier clase de mezcla racial. Y si bien sobre el papel es problemático, esgrimido por Vikernes acaba resultando más bien ridículo. O lo resulta cuando hace afirmaciones tan rotundas como que los mediterráneos son genéticamente inferiores a los nórdicos por tener de forma predominante ojos marrones ya que, en sus propias palabras, “mirar unos ojos marrones es como mirar directamente a un ojete“. Algo que nos hace preocuparnos por un sincretismo basado en metáforas sobre en qué se parecen los ojos de la gente para personas con dudosos conocimientos anatómicos.

Bromas aparte, Vikernes ha expresado su ideario tanto en artículos para las publicaciones del grupo neo-nazi Heathen Front como en su página web, en su blog e, incluso, en su muy particular juego de rol de corte fantástico: Myfarog. Un cierre ideológico perfecto para un hombre que entró al black metal y al odinismo inspirado por J.R.R. Tolkien… por haberse sentido identificado con los orcos.

2. Ezra Pound

Ezra Pound no necesita presentación para quienes estén versados en literatura del siglo pasado. Poeta americano, ensayista demencial y revolucionario de la lengua inglesa al nivel de uno de los autores a los que contribuyó en descubrir, James Joyce, es una pieza clave para entender toda la literatura del siglo XX. Sus Cantos son aún hoy uno de los textos de poesía más difíciles y satisfactorios de la lengua inglesa y su enciclopédico conocimiento de la cultura asiática le convirtió en uno de los primeros autores en reivindicar la riqueza literaria de la lengua china. Es decir, fue un revolucionario, un erudito y un hombre generoso. Brillante incluso. Por ello resulta imperativo desvincular su labor literaria e intelectual de su pensamiento político.

Especialmente porque, decepcionado con el capitalismo y su tendencia a la usura, acabaría abrazando los postulados del fascismo italiano.

Pasándose toda la Segunda Guerra Mundial escribiendo panfletos anti-semitas y realizando programas de radio anti-americanos fue inevitable que, al acabar la guerra, fuera arrestado por delitos de traición a la patria. Algo a lo cual no ayudó algunas de sus declaraciones como que Hitler era un santo o que el único problema con Mussolini era que había perdido la cabeza. Pues precisamente eso, haber perdido la cabeza, es lo que diagnosticaron los tribunales, internándole en un centro psiquiátrico durante doce años. Y si bien había quien pensaba que eso conseguiría doblegar su espíritu, el poeta demostró ser coherente hasta el final: al salir del hospital doce años después, dirigió sus pasos directo a Italia, y lo primero que hizo nada más bajar del avión fue saludar a la prensa allí reunida con un saludo romano. Porque, en el caso de Pound, no había nada de incoherente en ser, al mismo tiempo, un fascista, un punk y un erudito. Razones más que suficientes para que le queramos a pesar de todo.

3. Elvis Presley

Es innegable que Elvis Presley ha sido siempre un artista capaz de levantar ampollas. Primero fueron los conservadores, debido a sus bailes sensualmente cuestionables y por hacer lo que entonces se consideraba música de negros, para después ser los progresistas, precisamente por apropiarse de la música de la comunidad afroamericana siendo blanco, pero ninguna de las polémicas con las que se fue tiñendo su carrera evitaron que se convirtiera en el rey del rock’n’roll. En una de las referencias ineludibles del siglo XX. A pesar de lo cual, a nadie le extrañó que el 21 de diciembre de 1970, en los primeros estertores de una carrera que empezaría a decaer a partir de entonces, demostrara escorar peligrosamente hacia posiciones derechistas más bien incómodas.

Con Richard Nixon en la Casa Blanca, la sombra de la Guerra Fría planeando sobre sus cabezas, Vietnam siendo un absoluto fracaso y las tensiones raciales creciendo por la loca idea de que todas las personas deberían ser consideradas iguales ante la ley, Elvis Presley decidió que era hora de actuar. De personarse ante el presidente y hacer algo por su país. ¿Cómo qué? Como conseguir que le dieran una una chapa de agente federal de la lucha antidroga.

Con tan surrealista propósito apareció en la Casa Blanca, se dirigió a Nixon y, ofreciéndole un revolver como regalo, le cedió una carta donde se ofrecía a combatir contra todas las lacras que estaban atenazando a EEUU en el momento. ¿Y cuáles eran esas lacras? Las drogas, los hippies, los demócratas y la defensa de los derechos civiles de los negros. De ese modo, tras dos horas de charla demencial en el Despacho Oval, Nixon se mostró contrariado por la situación y, para asegurarse que el hombre que apareció con un revolver en la casa blanca se fuera contento, le improvisaron una chapa de agente federal de la lucha antidroga. Algo con lo que Elvis comenzaría a sepultar su carrera en unos últimos años, donde su escoraje hacia la derecha más radical no ha conseguido ensombrecer un legado de movimientos de cadera, extravagancias sin sentido y rock&roll. Ni nuestro respeto hacia un hombre tan jodidamente desquiciado.

4. John Milius

John Milius personifica cierta clase de figura relativamente común en todas las familias. El tío díscolo, más bien hippy, obsesionado con el arte y al cual le resulta difícil mantener una relación estable con nadie. Alguien que, a pesar de sus aparentes tendencias pacifistas y su gusto por citar a filósofos alemanes y pensadores japoneses, siempre acaba solucionándolo todo con un lacónico “¡a esos putos rojos habría que meterles un pepino nuclear por el culo!“.

Autor de obras maestras como Conan el bárbaro o Amanecer rojo, no resulta extraño que sus obras sean el paradigma del tsunami de testosterona cuando él mismo se ha auto-declarado anarquista zen, que es como decir “libertario, de extrema derecha y votante del partido republicano”. Todo ello bien trufado de sus consecuentes citas a Nietzsche, con “lo que no me mata me hace más fuerte” a la cabeza, y esa especie de neo-darwinismo desnortado donde el más fuerte es siempre el que tiene la razón. Algo que está muy bien para las fantasías de poder de la ficción, con hombres ultra-musculosos y misiles en claras referencias fálicas, pero que nos resulta incómodo en una realidad donde Milius definió al estado como “algo sólo propio de reses“. Algo irónico cuando, al caer enfermo recientemente, logró salvar su vida únicamente gracias al dinero recaudado por compañeros y amigos, al no poder pagar las facturas de la sanidad privada que no hubiera necesitado de haber tendido un poco más a la izquierda y haber defendido aquello que sólo vale para los que rumian.

5. Scott Adams

A partir de aquí la polémica se vuelve más difusa, porque es innegable que Scott Adams es un hombre de gran ambigüedad ideológica. Tanto dentro como fuera de la ficción. Dilbert, la tira cómica con la que se hizo famoso, resulta aparentemente crítica con la cultura corporativa donde los trabajadores cualificados son humillados por jefes demasiado estúpidos como para comprender los méritos o deméritos de sus subordinados, pero también es cierto que esos mismos trabajadores son retratados como ineficientes, vagos o directamente estúpidos, teniendo como única excepción, pero retratados como malvados, al jefe de recursos humanos, Catbert, y la mascota de Dilbert y CEO de la empresa durante varios breves periodos de tiempo, Dogbert. Y si bien resulta difícil con qué o contra quién carga tintas exactamente, es innegable que Dilbert, especialmente en su versión animada, es una atinada sátira sobre el mundo de la empresa.

El problema es que esa misma ambigüedad se da en sus posiciones políticas. Especialmente por su insistencia en arrojar la piedra y esconder la mano.

Considerando a Donald Trump un candidato incomprendido, afirmando que sus políticas son positivas porque acerca a los extremos políticos hacia el campo de la neutralidady hablando de cómo sus métodos colindan con la hipnosis, algo que recuerda mucho a cómo Martin Heidegger hablaba de Adolf Hitler -“simplemente mira sus maravillosas manos“-, él se ha encargado, taxativamente, de negar que haya apoyado nunca al candidato presidencial más cuestionado de la historia de EEUU. Lo que no quita para que sí haya apoyado a otros miembros de la alt-right, como Milo Yiannopoulos, o que sus sátiras del mundo corporativo se nos atraganten cada día más por lo que parecen tener de un velado amor hacia la figura del jefe autoritario o en vanagloriarse en machacar al diferente. Pero eh: siempre escondiendo la mano tras tirar la piedra.

6. Skrewdriver

Dentro del suprematismo blanco no hay grupo de música más famoso que Skrewdriver. De hecho, discos como Blood & Honour o Hail the New Dawn, este segundo con una versión del himno del partido político de los años treinta Unión Británica de Fascistas, dejan poco lugar a dudas sobre su posicionamiento, ideas, y el profundo asco que suscitan en nosotros. Si además le sumamos que, en términos musicales, su interés es nulo si no eres un skinhead borracho buscando bronca, parece difícil defenderlos a ningún nivel. Entonces, ¿por qué razón están en esta lista? Porque su primer disco, All Skrewed Up, es un agradable ejercicio de punk clásico sin florituras y sí mucha conciencia de clase obrera.

Ahora bien, ¿cómo pasaron de grupo working class a skinheads descerebrados con demasiado tiempo libre? Sólo hizo falta que, tras un disco y dos EP’s que resonaba de forma particular entre el auge skinhead de la época, el grupo se desbandara en 1979 a causa de innumerables casos de violencia en sus conciertos, algo que dificultó tremendamente su capacidad para encontrar lugares dónde tocar. Algo que aprovecharía su líder, Ian Stuart Donaldson, para reformar el grupo tres años después con una alineación, ahora sí, completa y abiertamente nazi.

A pesar de todo, All Skrewed Up es un buen disco para los amantes del punk clásico. Y si bien no se derramaron muchas lágrimas cuando Donaldson murió en un accidente de tráfico en 1993, es inevitable pensar en qué pudo haber sido del grupo de no haberse sumado al surgimiento de los rapados de cordones blancos.

7. Robert A. Heinlein

Autor de Tropas del espacio. Admirador de Ayn Rand. Anti-comunista convencido. Libertario, aunque si se le preguntaba prefería denominarse como anarquista filosófico o autárquico. Por todo ello, una y otra vez, se ha considerado que no ha habido escritor de ciencia-ficción en el siglo XX más hacia la derecha que Robert A. Heinlein. Hasta que uno empieza a rascar en sus contradicciones.

Apoyó activamente a los demócratas para la elección de Upton Sinclair para gobernador de California, abrazó la contracultura hippie sin pensárselo dos veces (como demuestra su famoso Forastero en tierra extraña), la raza y la segregación racial son dos temas predominantes en su obra y, además, fue quien ayudó a Philip K. Dick cuando éste cayó enfermo a pesar de sus muchas diferencias ideológicas. Porque si amamos a Heinlein no es sólo por una literatura que cabría ser reivindicada con pasión, sino también porque, con todas sus contradicciones, era un gran ser humano. Algo incómodo en algunas de sus posiciones políticas. Demasiado cuadriculado cortesía de un pasado militar. Pero un escritor interesantísimo, además de una persona que sabía que una vida humana valía más que las ideas económicas. Porque incluso su abogar sin ambages por la libertad personal no deja de caracterizar una tendencia común en todos los nombrados en esta lista: el no haber tenido que preocuparse nunca, o no hasta alcanzar la vejez, del miedo a morir por carecer de cualquier tipo de garantías sociales.

Esas garantías sociales que no tienes cuando el sistema es, al menos, un poco nazi.

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4 comentarios

  1. KlausMaria dice:

    El maniqueismo progre es maravilloso 🙂 liberal = facha = nazi… por eso luego sorprende que Scott Adams sea de derechas, o lo sea Trey Parker (el de la gamberra South Park) y más de la mitad de los cineastas de Hollywood. John Ford, Clint Eastwood, David Zucker, Mel Gibson, Stallone, Dennis Hopper, Vincent Gallo, Frank Capra, David Lynch, John Hughes, Leo McCarey, Milos Forman, William Friedkin, Sam Raimi… Es que hasta Mamet. Y más se sorprenderían si supiesen que muchos de sus popes del cine gafapasta europeo tampoco son de izquierdas, Rohmer, para muestra un botón.

    Sin embargo aquí la parroquia artista es unánime, impasible el ademán… y entre los intelectuales de la derecha sólo tenemos a Bertín Osborne, Norma Duval y Mari Carmen y sus Muñecos.

    La derecha no es una anomalía o un espacio marginal (como si lo es la extrema derecha o el nazismo). La derecha es básicamente la mitad de la gente… incluyendo artistas e intelectuales. Y la identidad intelectual = inteligencia = progre es tan falsa como la primera.

    1. Álvaro Arbonés dice:

      Sin entrar en su dialéctica particular, ¿exactamente cuántos de los nombrados se definen como liberales? Porque, de los siete nombrados, al menos cinco se plantearían seriamente ponerse violentos con quien osara llamarlos liberales. Otro de ellos diría que no se mete en política. Y el único que podemos reconocer que probablemente se reconociera como tal, Scott Adams —que, ¡vaya!, tampoco: él dice no definirse políticamente—, está ahí por lo que se dice específicamente: que aún admitiendo la ambigüedad de su inclusión, resulta peculiar cómo su discurso es exactamente igual al de otros históricamente reconocidos criptofascistas.

      Pero seamos serios. ¿Viene usted a decirnos que qué mal llamar nazis a la gente de derechas cuando usted entra con el «vosotros, los progres» en la boca? Por favor, sea coherente. Si tanto le ofenden las etiquetas, no sea usted quien las usa así de alegremente.

  2. HoldingRock dice:

    Muy interesante conocía a unos 5 de los 7 y la verdad es que me ha faltado Frank Miller su acercamiento ideologico con los halcones liberales después del 11s

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