El mundo vs. Superman: cómo el Hombre de Acero se convirtió en asesino para ganarse tu admiración

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Con el estreno de Batman v Superman: El amanecer de la justicia (2016), las miras están puestas sobre el nuevo caballero oscuro de Ben Affleck, que causa sensación en los fans y en los inversores de Warner, y en los planes a largo plazo con La liga de la justicia. El gran damnificado de la operación es Superman, quien ha visto cómo la secuela de El hombre de acero (2013) se convertía en una película en la que cede su protagonismo al enmascarado gothamita… ¿es que el kriptoniano ya no es lo que era?

Superman es uno de los iconos más reconocibles del siglo XX y su contribución a la cultura, desde que lo crearan Jerry Siegel y Joe Shuster en 1938, no se puede discutir. Sin él, es posible que los cómics de superhéroes tuvieran una forma muy distinta, más bien como héroes y antihéroes más cercanos al pulp de Doc Savage o La Sombra, si hubieran llegado a existir. Y la actual corriente de taquillazos tendrían otros protagonistas.

Pero que sea una figura tan importante no significa que se le respete de forma unánime y por norma se percibe al héroe como un personaje bastante aburrido. Tiene superpoderes para todo y eso facilita la vida a los guionistas mediocres, en un medio que debido a su necesidad de publicar docenas de historias sobre personajes con décadas a sus espaldas, tiende al adocenamiento; es un buenazo en un contexto donde hemos pasado de advertir que hay grises en el mundo (¿hace cuánto que no oímos en una película a alguien exclamando el mundo no es en blanco y negro?) a repetirnos una y otra vez que no existen otros colores; se le percibe como un símbolo imperialista, pero más porafinidad cromática y la habilidad propagandística de los norteamericanos, capaces de convertir un éxito en la celebración del espíritu de su pueblo, que por sus historias, donde la ideología de Superman es la del Bien Supremo sin importar fronteras, hasta el punto de ser uno de los superhéroes más consistentemente progresistas de la historia.

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A sus casi ochenta años, Superman es una idea que no todo el mundo quiere conocer: es como esa parte del temario que no repasas antes de un examen porque crees que te la sabes al dedillo. Y este pequeño artículo es un examen donde vas a descubrir que, si crees que está bien que Superman asesine, estás muy equivocado al respecto.

Superman es un personaje muy interesante (cuando está bien escrito)

Uno de los muchos problemas con el hombre de acero es que se percibe que siempre va a ganar, lo que convierte cualquier historia en un devenir de acontecimientos sin mucha importancia. Uno coge un tebeo de Superman y ve que hay una amenaza, y puede dejarlo en ese mismo momento, sabiendo que al final de ese número, o de ese arco argumental, nuestro héroe salvará el mundo.

Pero el verdadero problema es tuyo si piensas así:despreciar a Superman porque sabes cómo van a terminar sus historias es como despreciar un buen filete porque ya conoces el sabor de la carne: ¿dónde quedan los matices del sabor, de la cocción? ¿Dónde queda, en esa escala superficial de valores, TU impresión sobre lo que estás absorbiendo? ¿Por qué lo llamamos simple cuando queremos decir sencillo?

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Mi historia con los cómics empezó a través del manga, y en concreto con una demostración empírica de que la idea de Superman es uno de los arquetipos más queridos y usados del siglo XX: Dragon Ball (1984-). Con cinco años adoraba la serie de animación y adoraba sus tebeos, con ese Son Goku que mezcla con acierto la leyenda china del Rey Mono (Sun Wukong) con la del último hijo de Kripton. Luego me hice un fanático de Spider-Man, una adicción que aún estoy sufriendo, y aprendí a despreciar a Superman precisamente con el cómic que inspiró Batman v Superman: ese El regreso del caballero oscuro (1986) de Frank Miller que muestra a Superman como un lacayo del poder establecido.

Con los años, compré comics de muchos otros superhéroes, pero Superman no estaba invitado a mi estantería. Al menos, hasta que un día lo miré con otros ojos, gracias al ensayo más lúcido que se haya hecho sobre Superman. Y en un cómic, nada menos: Es un pájaro… (2004) de Steven T. Seagle y Teddy Kristiansen. Seagle fue guionista de Superman pero no hizo nada bueno con él, y su disertación en forma de cómic sirve a la vez para analizar al personaje y como disculpa por no haber hecho un mejor trabajo.

Es un pájaro - Canino

Es un pájaro… me enseñó que el hombre del mañana es uno de los personajes más complicados de escribir. Como lector y como narrador es un desafío apasionante, porque las historias que son normales sólo pueden tirar a mediocres, pero las que tienen algo que decir poseen un carácter épico que, simplemente, no tienen el resto de superhéroes. Como Superman es poderoso hasta niveles absurdos, sólo amenazas a escala planetaria o muy complejas pueden ponerle en un brete, y verle en apuros es como ver llorar a tu padre: algo que no te esperas y que te sacude por dentro.

Por mera estadística ante ochenta años de historias, el alter ego de Clark Kent ya cuenta con un buen puñado donde no está muy claro si podrá ganar. Se ha enfrentado a su naturaleza como superviviente de un planeta y una raza evaporados, a su mortalidad e incluso a lo que significa ser Superman en un mundo con superhéroes ultraviolentos y un chascarrillo a punto para puntuar una carnicería. Y sí, en todos y cada uno de los casos ha salido ganando o, en el peor de los casos, el combate ha acabado en tablas. La única batalla que ha perdido de verdad en las viñetas, y dentro de la continuidad, fue el arco de La muerte de Superman (1992), que no es una victoria pírrica contra Doomsday, sino la derrota del personaje frente a los años noventa.

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Así que por un lado, puedes pensar que el hecho de que Superman triunfe siempre es demasiado idealista, o quizás sea sólo que que no te gusta ver ganar siempre al mismo tío. Pero fuera de la acción y de su propio papel protagonista, hay cómics de Superman que bien analizados pueden hacerte ver que tú, con sus poderes, sólo serías otro fascista con capa, y eso está bien porque legitima al kriptoniano como una aspiración. La soberbia de mucha gente es, por tanto, una decepción con su propia persona, porque en la situación del superhéroe habrían actuado de forma muy distinta y expeditiva. Burlarse de Superman por ser un buenazo no es distinto a denostar a una ONG por ayudar a los necesitados. 

Adaptar un cómic al cine es como transformar una estatua en danza

El cómic es mucho más que la suma de ilustración y literatura; el cómic no es un puñado de fotogramas con letras incrustadas. El noveno arte cuenta con sus propios recursos estilísticos imposibles de trasladar fuera, pero ejecutivos, artistas y fanáticos se emperran en creer que es sencillo trasladar una historia de viñetas a una pantalla de cine. Se dice que un cómic se adapta al cine, pero en demasiadas ocasiones sólo se ha hecho una traducción que ha acabado en fiasco, porque pasar de las viñetas al cine no es como hacerlo del inglés al español, sino del japonés al húngaro o de un pentagrama a un lienzo: una labor ardua que exige la comprensión de ambos lenguajes y una buena dosis de interpretación.

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Por poner un ejemplo sencillo: los trajes, que incluso con los colores aplicados por ordenador de hoy se ven estupendos sobre el papel, no quedan bien en pantalla. Parecen disfraces de carnaval, no uniformes de personajes más grandes que la vida, porque los dibujos los vemos en un entorno bidimensional que imita una realidad, pero una película es un entorno tridimensional (proyectado en dos dimensiones cuando no se quieren provocar cefaleas en el público) que refleja la realidad o la interpreta. Para evitar ese efecto puedes o bien tener un personaje único como Superman, de ahí que a Christopher Reeve nunca le queden ridículas las mallas, o aplicar texturas para que tenga un aspecto asumible por el espectador.

Si hay un trabajo tan complejo para algo sencillo y superficial como un traje, es fácil imaginar a qué se dedican los cientos de millones de dólares en las películas tanto de Marvel como de DC. Y esa labor de adaptación también incluye el guión.

El asesinato como camino del héroe audiovisual

¿Qué tienen en común los Batman desde el de Tim Burton, los Spider-man de Sam Raimi y Marc Webb, Darkman (1990), las Tortugas Ninja (1990), el Hulk (2003) de Ang Lee o, más reciente, la serie de Netflix Jessica Jones (2015)? Que sus protagonistas asesinan -o cometen un homicidio por omisión- a sus respectivas némesis. No se plantean que pueda haber redención para su enemigo o cárcel capaz de retenerlos, ni se esfuerzan en evitar un destino fatal: sólo se encogen de brazos a la espera de que la amenaza se destruya a sí misma o se presentan a tiempo para dar el golpe fatal. Aquí nadie piensa en los niños porque éstos ni se dan cuenta, y lo puedo afirmar con rotundidad porque yo he sido espectador de estas películas desde los cuatro años y tuve que pasar de los veinte para darme cuenta, y denunciar, este hecho.

Jessica Jones - Canino

Esto es así por varios motivos: uno de ellos, que el espectador quiere que el mal sea derrotado, dado el espacio de tiempo entre productos (y eso si hay secuelas), de la forma más definitiva posible. También quiere variedad, porque cada película es un mundo y nadie se conforma con dos o tres secuelas en las que sólo aparece el mismo villano: en un cómic necesitas una galería de malosos que lanzar de forma insistente sobre tu protagonista; en el cine hay tantos para elegir que es mejor centrarse en uno o dos con cada entrega. Y de todos modos, poco importa que el protagonista vea empañada su heroicidad por un homicidio, pues la muerte es asumible al ser un ejercicio más ligero en fotogramas por segundo que sobre la página.

Pongámonos en situación: durante una película, y más si la vemos en cine, un deceso nos conmueve dependiendo de una serie de factores, que incluyen la banda sonora, la actuación de los intérpretes y la duración del cadáver, o su sugerencia, en pantalla. Salvo que haya un flashback o controlemos la reproducción, pasará por nuestras retinas y se quedará en un rincón de nuestra mente con la etiqueta de «se lo merece», «me importa un pimiento» o «pobre tipo». Desde entonces, recordaremos el evento y tenderemos a dulcificarlo, porque por norma no nos gusta rememorar la muerte: por ese motivo, cuando volvemos a ver un asesinato o circunstancia especialmente cruel en pantalla, lo primero que decimos es «vaya, no lo recordaba tan escabroso». Pero una muerte en viñetas puede durar varios segundos dependiendo del nivel de observación del lector, si se produce en una viñeta superior convive con el lector durante el resto de la página y si se produce en la viñeta superior de la página izquierda se queda colgando en nuestra visión periférica durante dos angustiosas hojas. Incluso se puede volver a ella con mucha más rapidez que cualquier reproducción de vídeo. Sobre el papel, una escena de muerte pasa de elemento narrativo a ejercicio macabro en cuestión de instantes y con una facilidad pasmosa.

Hay un último motivo, no aplicable a todos los ejemplos antes expuestos, para el asesinato libre en el cine de superhéroes, y es la distancia irónica. Una gran parte de las adaptaciones de cómics reconocen que su premisa es bastante ridícula, así que para evitar la crítica del espectador más mordaz recurren a la ironía autoconsciente (en X-men -2000-, Cíclope le espeta a Lobezno en referencia a sus trajes «¿Qué prefieres, spandex amarillo?») y a la gravedad impostada. Después de todo, si hay un choque de titanes en el corazón de las películas de superhéroes, éstos no pueden rebajarse a un nivel mundano: Ra’s al Ghul no puede ir esposado a la cárcel, tiene que ir a la muerte en un tren descarrilado junto a un arma experimental a punto de estallar.

Por tanto: en las adaptaciones al cine, los personajes de cómic han tenido y tienen barra libre para solucionar su embrollo de forma radical, porque es asumible para el espectador medio y porque muchas veces sus responsables no creen en lo que cuentan. Superman, hasta hace tres años, se había librado de este tropo incluso cuando se ha adaptado al cine la historia del general Zod y sus secuaces en Superman II (1980), filme en el que les vuelve a encerrar en el cristal kriptoniano cuando ahí sí hubiera tenido permiso para matarles con kriptonita, algo que sucede en los cómics. Pero el último hijo de Kripton no necesitaba justificarse a sí mismo recurriendo a la muerte. No hasta ahora.

Superman pasa de héroe puro a héroe randiano

Se habla mucho de que nolanizar a un superhéroe supone oscurecerle y volverle más realista, pero es una mala interpretación que algunos creadores han hecho del Batman pergeñado por Christopher Nolan. Observada al detalle, su trilogía sobre el caballero oscuro no es tanto el camino del héroe como una reflexión psicosocial y política de cómo un superhéroe afectaría a una ciudad: el cineasta no cree en el hombre disfrazado de murciélago, cree en Gotham.

Cuando Nolan, David S. Goyer y Zack Snyder se encontraron en la tesitura de relanzar a Superman en 2013, se encontraron con un superhéroe que todo el mundo conocía pero que nadie respetaba. Tenían además la obligación de establecer un punto de partida para relanzar el resto del Universo DC en cine, pues el último Batman era una visión ensimismada que no tenía sitio para los demás personajes de la editorial. Como excusa y para diferenciarse de Marvel, volvieron a tirar de oscuridad, pensando que Superman era demasiado simple como para ser adaptado tal cual al cine. Pero ya hemos visto que es, con toda probabilidad, de los personajes más complejos a la hora de ser llevado a la gran pantalla.

El hombre de acero (2013), entre sus numerosos problemas, alberga una reflexión sobre el poder cuya conclusión no puede estar más alejada del personaje: que un gran poder conlleva responsabilidad sólo hacia uno mismo. El héroe, por llamarlo de alguna manera, es un narcisista llevado por sus impulsos que sólo salva la Tierra porque vive en ella, no porque tenga un imperativo moral. No le importan los civiles ni besarse con una humana en un cráter humeante, porque está por encima de todos: es una vasija que contiene el espíritu de Ayn Rand, quien defendía el egoísmo como una forma de realización personal.

El hombre de acero - Canino

Lo peor llega en el enfrentamiento contra Zod. Hasta ese momento, Superman no había matado en pantalla grande porque sus responsables habían creído en él, pero ni Goyer ni Snyder tienen esa fe, así que optaron por el asesinato: como hemos visto antes, es un atajo a la respetabilidad y el espectador medio lo acata. Y esa fue la traición definitiva hacia el personaje, en una grotesca escena con rotura de cuello a velocidad supersónica. Al menos Nolan sí que conocía mejor a Supes, renegando de esta decisión y desmarcándose de sus consecuencias.

Lejos de arrepentirse, sus responsables explicaron que si Superman juraba no matar, necesitaba un motivo para ello, como si el contrato social que tenemos los seres humanos, expresado en leyes o mandamientos divinos, no fuera con él. Y en realidad tiene todo que ver, porque Superman representa un ideal: racionalizar su figura es desnudarlo de su potencial y, como sufrimos en el filme, convertirlo en un alienígena superpoderoso cualquiera.

Batman v Superman: El amanecer de la justicia continua por la misma senda: Superman tiene dificultades por haber usado sus poderes para salvar a los demás, desde el odio de la gente hasta el uso del cadáver de Zod para crear un arma de destrucción masiva, en lugar de seguir los consejos de papá Kent de dejar que la gente muera. ¡Cuándo aprenderá a ser un patán egoísta!  

Para colmo, la decisión de transformar una pelea de mostrencos más-grandes-que-la-vida en un duelo de ceños fruncidos no es ya contraproducente para el personaje, es que ni siquiera encaja en el contexto del cine superheroico actual: Marvel ha tomado la delantera con un producto mejor planificado y que culmina en una especie de Nueva Sinceridad aplicada al cine de superhéroes. Por ejemplo, con esa Visión que no oculta bajo toneladas de CGI que es un tipo disfrazado de rojo, que se fabrica su propia capa sin otra justificación que porque es un superhéroe, que es ridículo y maravilloso al mismo tiempo, que es capaz de enmudecer a la platea cuando levanta el martillo de Thor. Las series televisivas de DC como The Flash o Supergirl confirman que es una tendencia en alza.

En un mundo ideal, El hombre de acero habría adelantado a Los Vengadores 2 (2015) mostrando a un Superman con una fe desmedida en los seres humanos, que antes de patear a Zod de vuelta a la Zona Fantasma le echa en cara el mal que ha hecho (algo parecido a la conversación final entre la Visión y Ultrón) y que vuela hacia el horizonte, arriba, arriba y fuera, con una sonrisa en la cara: la taquilla de Marvel nos ha enseñado que hay espectadores para esto.

Pero si volvamos a los cómics, donde la nueva DC, abonada a la oscuridad como si los noventa no se hubieran ido nunca, habla de un Superman que está volviendo poco a poco a ser el que era: el perfecto opuesto de la versión fílmica.

Superman no necesita a cierto tipo de gente

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En el Action Comics 775, escrito en 2001 por Joe Kelly y titulado ¿Qué tiene de divertido la verdad, la justicia y el modo de vida americano?, Superman se enfrenta a la Élite, un trasunto de The Authority, que por aquel entonces era lo más en el cómic generalista: un grupo de superhombres que no se conforman con defender el status quo, sino que lo alteran en nombre del bien común sin escatimar en violencia extrema.

Desesperado, el Hombre de Acero parece rebajarse al nivel de la Élite, asesinando a sus miembros y lobotomizando a su líder, al que le suelta el siguiente discurso: Soñar nos salva. Los sueños nos elevan y empujan a ser mejores, y por mi alma… juro que hasta que mi sueño de un mundo donde la dignidad, el honor y la justicia se conviertan en una realidad, no dejaré de luchar.“ Al final, Superman revela que, pese a lo sencillo que le pudiera resultar, no ha lisiado ni matado a nadie y que todo era una treta encaminada a darles una lección, a ellos y al mundo entero. Su victoria es física y moral, pero con el tiempo se ha convertido en mucho más. 

Superman contra la Élite - Canino

Quince años después, The Authority es otro capítulo más de la historia del género superheroico, con obras muy bien escritas y dibujadas, pero cuya relevancia cultural se ha diluido. Sólo alguien muy al corriente del cómic americano podría decirte si su serie regular se sigue editando (no: no tienen serie desde 2011) o qué ha pasado con sus personajes.

Mientras, el último hijo de Kripton sigue siendo un icono popular. Ha sobrevivido durante ochenta años y, en el futuro, le espera la hazaña de sacudirse de encima a esta versión oscura y pesimista que sólo el poder corporativo de Warner puede mantener en marcha durante varios años. Limpiará su nombre, embellecerá sus colores y saldrá sin miedo a proclamar su idealismo, porque no necesita a los adalides del realismo, demasiado inseguros respecto a sus aficiones. Y me gusta soñar un imposible: que será otro Henry Cavill el que encierre para siempre -en la Zona Fantasma, cómo no., al psicópata cejijunto que está ya mismo en las salas de cine.

Sea como sea, no me cabe duda de que lo conseguirá. Es un trabajo para Superman.

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