‘El rey león’ y el ciclo sin fin – Las explotaciones oficiales que se adelantaron al remake

Muy mal tiene que darse la cosa para que la nueva versión del clásico animado de 1994, dirigida por Jon Favreau, no arrase con la cartelera veraniega. Culmina así con broche de oro una holgada serie de continuaciones y derivaciones de El rey león que curiosamente, y en su mayoría, son bastante más originales que el calco hiperrealista que ahora nos quieren colar.

Resulta llamativo que, de entre todas las imágenes que el público recuerda con cariño del film dirigido por Rob Minkoff y Roger Allers hace 25 años, la promoción de la nueva El rey león haya utilizado con tanta insistencia aquella relacionada con Simba y la huella de su padre. El cachorro, luego de haberle desobedecido abiertamente, descubre su garra cubriendo una mínima parte de la enorme huella perteneciente a Mufasa, y es consciente de todo lo que le queda por aprender. En el original de dibujos animados, se trata de una bonita solución visual para resumir el conflicto entre ambos personajes. En el remake, sin embargo, acoge inevitablemente otros significados algo menos literales.

El acomplejamiento con respecto a la fuente original que exhibe cada uno de los remakes en acción real con los que Disney nos lleva bombardeando de un tiempo a esta parte —habiéndose excedido lo suyo en 2019, con hasta tres largometrajes de este corte— parece ser directamente proporcional a su atractivo en la taquilla. Es decir, ha sido un éxito incluso Aladdin, la prueba más fehaciente de que intentar replicar la animación en otro medio sólo puede llevar al suicidio creativo, y en lo que respecta a El rey león, su incuestionable poderío técnico queda inevitablemente sepultado por lo inane de la empresa. ¿Qué puede aportar a nadie una película cuyo objetivo principal es que el espectador objetivo diga “si es que está clavao”? ¿Cuál será el poso que deje, una vez los ejecutivos de Disney se hayan llenado los bolsillos? 

Claramente, uno menor que el de la huella de Mufasa. Una huella que los sucesores de El rey león nunca han conseguido llenar, pero que, en ocasiones, sí se han esforzado para ello. Mucho más, en cualquier caso, que Jon Favreau y su equipo diseñando animales hiperrealistas para ponerlos a cantar después. Vamos a desgranar esos esfuerzos con la intención de demostrar que, incluso dentro de la televisión y de las películas directas al vídeo, el legado de El rey león ha sido mejor entendido y más respetado que este desvarío estético que ahora nos tenemos que comer. Va sin acritud.

O bueno, con un poco de acritud igual sí.

El tesoro de Kimba… quiero decir, Simba

Cuando El rey león se estrenó en 1994, Disney invirtió numerosos esfuerzos en subrayar su condición de hito para el estudio. Escenas impresionantes como el opening o la estampida validaban la apuesta desde un punto de vista artístico, pero es que además la historia de Simba suponía el primer film de dibujos animados producido por Disney con un guión totalmente original. Sin ninguna novela o cuento popular en el que basarse, El rey león proponía un relato tremendamente ambicioso al que ningún espectador podía anticiparse, y que sólo podía haber sido posible en el marco de ese Renacimiento de Disney que iba a taquillazo por año. Aunque bueno, sí. Podíamos encontrar una posible fuente en su andamiaje: el Hamlet de William Shakespeare. Así de fuerte jugaban.

Por supuesto, nada de esto era verdad del todo, y actualmente es difícil toparse con alguien interesado en la vida y milagros de la Casa del Ratón que no tenga constancia de la existencia de un manga titulado Jan guru Taitei publicado por Osamu Tezuka entre 1950 y 1954. Las semejanzas entre su historia y la de El rey león alcanzan un punto bastante incómodo cuando echamos un vistazo a las imágenes del anime que lo adaptó en 1965, y descubrimos parecidos inconfundibles entre personajes, planteamientos de escenas y, en fin, argumentos. Sin necesidad de recurrir a la excusa shakesperiana, Kimba el león blanco —como se le conoció en Latinoamérica— trabajaba una historia similar de príncipe legítimo que lidera la revuelta contra un tirano, y no se trataba precisamente de un producto de nicho. Fue la primera serie animada a color de Japón y alcanzó un éxito internacional, de forma que ya en 1994 el estreno de El rey león hubo de motivar acusaciones de plagio desde el país.

Esta disputa no llegó a nada, sin embargo, y nada hubo de ensombrecer el estatus de la película como algo parecido a la obra cumbre de la trayectoria de Disney. Tanto, que apenas un año después el estudio anunció que ya estaba trabajando en una secuela a estrenarse en un periodo de doce meses, pero paralelamente a los retrasos de esta hipotética El rey león 2, pronto tuvimos el primer spin-off oficial de la película de Minkoff y Allers: la serie animada Timón y Pumba.

Compuesta por 85 episodios centrados en las andanzas del suricato y el jabalí, el show comenzó sus emisiones en Disney Channel apadrinado por un genial cortometraje que en los cines de EE.UU. se proyectó antes del estreno en 1994 de Tom & Huck (revisión en clave moderna de Las aventuras de Tom Sawyer con Jonathan Taylor Thomas y Brad Renfro). Dicho corto, dirigido por Steve Moore, se llamaba Timón y Pumba: Stand by me, y consistía en el suricato titular cantando el clásico de Ben E. King acompañado de un coro de ranas y de las sucesivas desgracias que le iban ocurriendo a Pumba cada vez que cantaba “stand”. Lo que se dice una chorrada encantadora que incluía más violencia y trompazos que toda El rey león, y que anunciaba de forma certera el tono de la serie.

Timón y Pumba, en efecto, aprovechaba el potencial de unos personajes que ya en la película original parecían pertenecer a la cantera de los Looney Tunes antes que a las estilizadas mascotas de Disney. Su celebrada introducción en El rey león había dado pie a chistes de pedos, bailes hawaianos y festines de insectos, y la serie de televisión no se iba a quedar atrás, entregando dos o tres historias cortas por episodio conducidas por frenéticas persecuciones y golpazos a tutiplén. De vez en cuando hacían cameos otros personajes de El rey león como Simba, Zazú o las hienas —erigidas como villanos recurrentes—, pero por lo general la historia pertenecía exclusivamente al suricato y al jabalí, y nada quedaba en ella de la gravedad y la épica de la fuente original.

A raíz de esta serie se editaron tres películas en VHS como materiales recopilatorios: Alrededor del mundo con Timón y Pumba, Hoy comemos fuera y Por fin vacaciones, suponiendo estos tres productos, por tanto, las primeras incursiones del universo de El rey león en el directo al vídeo. Con la mediación de la filial Disney Toons —hoy tristemente clausurada—, este era un mercado al que se habían ido aproximando hasta ahora de forma tímida, con productos como Patoaventuras: El tesoro de la lámpara perdida (1990) y dos secuelas de Aladdin (1992), pero el monstruoso éxito de El rey león podía llegar a amparar una obra algo más distintiva, que buscase expandir su historia antes que recrearse dentro de sus márgenes. Así es como nació El rey león 2: El tesoro de Simba.

Shakespeare vuelve a la jungla

En Disney estaban tan seguros de la rentabilidad de la secuela que ordenaron 15 millones de copias de El tesoro de Simba antes de su salida al mercado el 27 de octubre de 1998, de las cuales llegó a vender 3.5 millones en un único día. Un éxito tan rotundo (y barato) llegó a convencer a los productores de que podía ser un camino a seguir para la otra ambiciosa secuela que por entonces tenían entre manos, Toy Story 2 (1999), algo que no llegó a ocurrir pero que atestigua la dignidad que las continuaciones de Disney directas al vídeo llegaron a poseer… durante un par de meses.

El rey león 2 fue clave para promulgarla. Dirigida por Darrell Rooney y Rob LaDuca, tenía las mismas limitaciones técnicas que el resto de obras de su clase —achacables al menor presupuesto, la ausencia de los artistas originales y a la participación de Walt Disney Television Animation, la misma que había producido la serie de Timón y Pumba—, pero a cambio se percibía un notorio esfuerzo en todos los demás apartados. 

Dentro del ámbito musical, sin ir más lejos, los compositores —entre los que se encontraba, no me preguntéis por qué, Joss Whedon— diseñaron un interesante juego de espejos con respecto a la banda sonora de El rey león, en el que cada una de las canciones servía como eco y relectura de una pieza de la entrega anterior. De esta forma, Preparaos encontraba una continuación menos triunfante en Mi cantar, interpretada por Zira, la sucesora de Scar, una vez los actos de su marido habían condenado a los suyos al destierro. Hakuna Matata pasaba a ser Upendi en labios de Rafiki, conservando la despreocupación pero no la sensación de que el relax nunca acabaría. La noche del amor se convertía en la desesperada Triunfará el amor. Y El ciclo de la vida precedía a Él vive en ti, subrayando la misma filosofía pero dándole el relevo a Simba frente a la memoria de su padre. Debido, por cierto, a lo orgánicamente que esta última complementaba la narrativa de la entrega inicial, Él vive en ti pasaría a formar parte del musical de Broadway y del remake de Jon Favreau, dando cuenta del impacto que, mira tú por dónde, había llegado a tener una cutre secuela directa al vídeo. 

Pero la mayor virtud de El rey león 2 residía en el argumento. Queriendo seguir con la gracia de la influencia shakesperiana, los guionistas plantearon esta secuela como una adaptación de Romeo y Julieta al igual que la primera lo había sido de Hamlet, si bien, como dijo el guionista Darrell Rooney, “la diferencia es que aquí entiendes la posición de los padres de una forma que nunca llegaste a hacer con Shakespeare”. Los actos de Scar en El rey león habían provocado que toda su manada —de la cual no tuvimos absolutamente ninguna pista en el film— fuera desterrada por Simba y esta, liderada por Zira, se había reagrupado en torno al mismo cementerio de elefantes donde se ocultaban las hienas.

Ahí creció Kovu, supuesto hijo adoptivo de Scar pese a su gran parecido —dado que pronto iba a liarse con la hija de Simba los guionistas evitaron cualquier connotación incestuosa, aun cuando por lo que sabíamos Simba y Nala eran claramente primos—, cuya tormentosa relación con Kiara vehicularía la película. Dicho romance no es estimulante tanto por el romance en sí como por lo que provoca en Simba, que durante el difícil proceso para ponerse de parte de su hija y conocer a Kovu más allá de su familia y del doloroso pasado que pende sobre él, alcanza una madurez muy en sintonía a cómo concluía la primera película.

La saga de El rey león, al completo e incluso en términos metacinematográficos, gira en torno a la relación de su protagonista con el pasado. Simba, en estas dos entregas, pasa de tratar de eludirlo completamente mediante sus rezos al Hakuna Matata, a abrazarlo del todo con ese “Recuérdalo” que le espeta su padre desde las nubes al final de El rey león, a alcanzar finalmente el punto medio de descubrir que este, con la forma del rencor y la venganza, no debe limitar su futuro (ni el de su hija) en El tesoro de Simba. Ambas películas forman, por tanto, una dupla de gran hondura dramática, y la secuela tiene valor por sí misma sin dejar de engrandecer el legado de la original. La historia de El rey león —es decir, la de Simba—, quedaba cerrada del todo con la segunda parte. Y por eso, a partir de ahora, Disney iba a tener que echarle más imaginación.

Timón y Pumba han muerto

Un año antes de que El tesoro de Simba fuera comercializada, en 1997 ya se había estrenado el musical que trasladaba la historia de Disney a las tablas, y daba inicio todo un fenómeno de masas que se extiende hasta nuestros días, cuando ya se han cumplido nueve años con El rey león vendiendo entradas en la Gran Vía madrileña. Era imposible que, en estas circunstancias, alguien pudiera olvidar El rey león —ni aunque esta no se hubiera convertido en un clásico generacional al instante de su estreno—, y por eso resultaba obvio que Disney no iba a dejar de exprimir la marca. Por mucho que la secuela escalara posiciones en la memoria del público para convertirse en la mejor segunda parte producida por Disney, y por muchas localidades que el musical siguiera llenando en Broadway.

Y no obstante, no había mucho más que contar de Simba. Ni tampoco de Kiara y Kovu, en el sentido de que ambos habían sido meros accesorios para llevar al protagonista de estas dos películas a esa paz espiritual que le fue arrebatada con la muerte de Mufasa. Por ello, reparando en la buena acogida que tuvo la serie de Timón y Pumba a finales de los noventa, a los avispados productores se les ocurrió dedicar una tercera película al suricato y al jabalí favoritos de todos, y así, en el año 2004, fue tomando forma una trilogía de El rey león. Esta nueva entrega, eso sí, tenía que ser forzosamente distinta al contar con los protagonistas con los que iba a contar, y los impulsos desmitificadores llegaron hasta el mismo título del film. The Lion King 1 ½, se llamó el invento. Como si fuera una continuación de Agárralo como puedas.

En España obtuvo el título mucho más prudente de El rey león 3: Hakuna Matata, pero no había traducción que pudiera limitar el grado de gamberrismo que poseía la propuesta. Dirigida por Bradley Raymond —uno de los chicos de oro de DisneyToon, como demuestra su participación en Pocahontas 2, Mickey descubre la Navidad y varias películas de Campanilla—, a poco de transcurrir el metraje resultaba obvio que el título original tenía mucho más sentido que ese «3» incorporado a El rey león, pues dicho film contaba la misma historia que el clásico de 1994, pero desde el punto de vista de sus personajes secundarios. Efectivamente, El rey león 3 era una comedia pura y dura, abandonando la trascendencia de sus dos hermanas como ya hizo en su momento la serie de televisión pero, a diferencia de esta, encontrando en la autoconsciencia la munición idónea para los chistes. El film, de hecho, empezaba con Timón y Pumba viendo El rey león en el cine hasta que se cansaban de lo mucho que ellos tardaban en aparecer, y decidían contar qué había ocurrido con ellos mientras tanto, antes de encontrar a Simba en el desierto.

Así, resultaba que el suricato y el jabalí habían estado involucrados en gran parte de los sucesos de la película original aunque esta no llegara a mostrarlos, y la situación alcanzaba extremos de total insensatez cuando los protagonistas llegaban al bautizo de Simba con el que abría El rey león. En una forma que parecía reírse de toda nostalgia o reverencia al pasado —esa misma que oprime a los actuales remakes de acción real—, descubrimos que la famosa escena de los animales arrodillándose ante el príncipe de la sabana es culpa de un cuesco monumental de Pumba, cuyo olor es tan espectacular que hace que todos los que le rodean caigan desmayados. No hay respeto hacia el rey león, sólo coñas marineras de este estilo… y lo mejor es que la propuesta también se basa en Shakespeare. Concretamente, en la obra de teatro Rosencratz y Guildenstern han muerto, escrita por Tom Stoppard en 1966, que recreaba los acontecimientos de Hamlet desde el punto de vista de los dos personajes homónimos. Si existe una palabra para describir todo esto, esa es «genialidad».

Siguiendo con la fiesta, Hakuna Matata fue bien recibida por la crítica y se alzó con un premio Annie a Mejor Película Directa al Vídeo. Curioso dada su visión casi paródica de una saga que todo el mundo se tomaba tan en serio, pero lo cierto es que el film tampoco deja de ser nunca un delimitado producto Disney, con suficientes elementos para seguir enganchando a los fieles. Así, en la película se vuelven a dar tanto canciones de corte clásico —una de ellas compuesta por Elton John y Tim Rice luego de su trabajo en la primera entrega—, como los sempiternos traumas familiares, centrados en este caso en la figura de Timón. Detalles que ocasionalmente logran frenar lo extremo de la juerga, pero que tampoco alcanzan a desmerecer el estatus de Hakuna Matata como muestra última de lo bien que sabe reinventarse la saga de El rey león.

Vamos cerrando: la guardia del león

Cuatro años después de ponerlo todo patas arriba con Hakuna Matata, Timón y Pumba volvieron a pasarse por el medio audiovisual con la serie de vídeos educativos Wild About Safety, pero más allá de eso la sabana permaneció tranquila en el tiempo que transcurrió entre 2004 y 2014. Fecha en la que Disney anunció una nueva continuación de El rey león con el pitch definitivo: El rey león conoce a Los Vengadores

La película que demostró que la ocurrencia esa del Universo Cinematográfico de Marvel podía tener futuro —hasta el punto de convertirse, junto a los remakes, en la herramienta más socorrida de Disney para adueñarse de la taquilla— se había estrenado poco antes, y a un tipo llamado Ford Riley se le ocurrió que sería una idea magnífica ambientar una historia similar en la sabana, con diversos animales salvajes haciendo las veces de justicieros. La guardia del león fue el proyecto resultante, una serie que comenzaría a emitirse en los canales Disney Junior y Disney Channel a partir de 2016 y que se centraba en las aventuras de Kion, hijo menor de Simba y Nala (y hermano de Kiara) del que hasta ahora no habíamos tenido noticia. 

Tampoco importaba gran cosa, ya que a cada continuación del film original los guionistas habían introducido elementos que desafiaban la cronología, e incluso una película como El rey león 3: Hakuna Matata se levantaba íntegramente sobre estas confusiones y llegaba al punto de ironizar sobre ellas. La película de Raymond había constatado que nada importa y que el pasado era el fondo ideal sobre el que construir cualquier cosa: por eso a nadie le importó que el segundo hijo de Simba y Nala fuera un cachorro similar a Simba pero mucho más macarra. Como daba cuenta la cresta que tenía en la cabeza y el… bueno, el tatuaje que llevaba en el hombro. Pero todo tenía su explicación.

Kion, en efecto, había nacido después de Kiara, y los eventos de La guardia del león debían ambientarse paralelamente a la primera mitad de El rey león 2 pero antes de que Kiara creciera y consumara su amor con Kovu. Un escenario algo difícil de encuadrar, para cuya definición Disney se decidió a producir una TV Movie que serviría de episodio piloto para el nuevo formato de Ford Riley: La guardia del león: El regreso del rugido, dirigida por Howy Parkins. Este producto duraba poco más de 44 minutos y, aún así, acababan siendo suficientes para componer un argumento prometedor, y tremendamente fiel al espíritu de las dos primeras películas por muchos coqueteos con la fórmula Marvel que albergara. Aquí contábamos con la novedad de que el protagonista no era alguien destinado a ser rey, sino un hermano menor que debía plegarse a la voluntad de Kiara y que además, como ella —lamentablemente, ahora un personaje secundario— tenía que lidiar con el recuerdo de sus antepasados. Sin embargo, mientras que Kiara sólo debía medirse con Simba y, si acaso, Mufasa, a la hora de encarar su reinado, Kion debía hacerlo con la sombra de Scar. Sí, el regicida.

Kion no tenía intención de arrebatarle el trono a su hermana, pero sí resultaba ser poseedor de un rugido mágico que le conminaba a liderar la Guardia del León: un batallón de leones cuya misión era proteger al reino y a su monarca, pero que no había vuelto a ser formado desde que su último líder, Scar, traicionara a sus ideales. Kion, por tanto, debía apartarse del ominoso recuerdo de su tío pese a las diferencias que tuviera con Kiara, y lidiar con el temor de convertirse algún día en un nuevo Scar. El pasado volvía a hacer de las suyas, y la saga de El rey león seguía siendo trágica y shakesperiana incluso dentro de Disney Channel.

Por supuesto, la citada El regreso del rugido no profundiza en las posibilidades operísticas de su argumento, como tampoco lo haría luego la serie, limitando su metraje a Kion reclutando al equipo —compuesto por gran variedad de especies— y a enfrentarse con diversas amenazas como… el grupo de hienas malvadas de turno. Para la segunda temporada de la serie quisieron forzar un poco más la máquina y pusieron a Kion a combatir literalmente con el espíritu de Scar —en La guardia del león: El ascenso de Scar—, pero el desarrollo de la serie nunca llegó a estar a la altura de su argumento.

La guardia del león, apenas sopesado el éxito de su primera temporada, motivó una serie de cortos protagonizados por uno de sus coprotagonistas —el tejón Bunga, hijo adoptivo de Timón y Pumba—, de intención puramente didáctica, al centrarse It’s Unbungalieavble en metraje real de animales salvajes acompañados ocasionalmente de la voz en off de dicho personaje. Esta suerte de spin-off televisivo no tuvo continuidad, pero actualmente La guardia del león ha renovado por una tercera temporada con vistas a emitirse este agosto, un mes después de que El rey león, en versión de animación en acción real (o algo así, es todo muy confuso) haya llegado a los cines de todo el mundo.

El horror, el horror…

Jon Favreau prosigue así con una saga extremadamente peculiar, con numerosos cambios de tono, temáticas y medios, de la forma más cómoda posible. Su versión de El rey león, de enorme sofisticación en lo visual —una rara avis dentro de los live action de Disney, todo hay que decirlo—, carece de los atisbos de reinvención que hemos ido viendo en cada uno de sus precedentes a favor de la fotocopia y el temor a cualquier nota disonante, y se erige voluntariamente como la ampliación del universo del film de 1994 más perezosa de todas. Uno que, recordemos a Kimba y Tezuka en esto, nunca fue tan original como sus creadores aseguraron a mediados de los noventa, pero que siempre se preocupó en los embates siguientes por tratar de cubrir la huella en la arena de alguna forma. 

El rey león de Favreau, por su parte, ni se molesta en intentarlo, e incluso los pocos minutos que dura más que el original se deben a que se ha apropiado de una escena extra (la de Nala escapando de la Roca del Rey) que ya estaba en el musical de Broadway. Y así están las cosas. Así es el gran hit del verano, que nos impulsa a desear que, por lo que más quieran, no se acerquen a El tesoro de Simba cuando en los próximos meses se queden sin clásicos que reversionar.

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