El último baile de Andy Weatherall

Tras conocer la noticia de la muerte de Andy Weatherall, un auténtico gurú de la escena electrónica de baile de los últimos treinta años, no he dejado de pensar en escribir unas líneas sobre su influencia en la música contemporánea y popular. Gran parte de mi existencia ha estado ligada en lo musical-emocional con el trabajo de este productor y DJ. 

Aunque el eco en España ha sido ridículo, muchos amigos míos me han comentado sus impresiones, lo que denota que la figura de Weatherall en nuestro país es más influyente de lo que la prensa especializada y generalista ha reflejado con sus crónicas de sucesos ideadas como necrológica perezosa. Lo peor de todo es que periódicos y revistas han encabezado su discurso bajo el paraguas del titular fácil. «Muere por embolia pulmonar uno de los cerebros del Screamadelica«, como si su discurso hubiera empezado y acabado en ese disco. Esto me provoca como mínimo sonrojo y pena. ¿Es incultura o ese tipo de gandulería utilizada para cubrir expediente y nada más? ¿O ambas cosas?

Esos periodistas deberían saber que la obra musical de Weatherall va mucho más allá de su intervención nodular en esa obra maestra de Primal Scream. Es digno de advenedizos o de irresponsables que más que adulterar, castran la obra de este productor. Únicamente Javier Blánquez, como casi siempre, en su artículo de despedida (y justa reivindicación) al genio británico, ha reflejado su verdadera importancia en la escena, no solo inglesa, sino también europea.

La información me llegó como suele suceder en estos casos, a través de un amigo que en las redes sociales se hacía eco antes que muchos del bombazo. No busqué información más allá del artículo en la BBC porque sabía que no me iba a aportar mucho esas esquelas culturetas vacías de sentimiento y respeto. La nada estaba presente, y para colmo, servida en cuentagotas. Así es nuestro país, capaz de lo mejor y lo peor. 

Weatherall era el perfecto ejemplo (desconozco si se ha escrito ya estos días) de DJ y productor, de la unión de ambos conceptos, para nada desligados, y que llegaban a un camino final, un camino que tenía nombre: era Creatividad. Ser DJ no te impide ser creador o compositor. Ser remezclador tampoco te impide ser lo anterior. Ser productor no es antagónico con ejercer de chamán, de mediador entre compartimentos estanco, entre guettos socioculturales. 

Hace décadas ocurría esto precisamente. Los rockeros y poperos indies eran muy talibanes, y rechazaban violentamente la música (para ellos no era música) electrónica, la música de baile (primero disco, después el house y el techno). Aún recuerdo, porque en España se resolvió poco tiempo después, la segunda edición de ese festival ahora llamado FIB. Antes era impensable que un DJ pinchara música electrónica para una tropa de indies radicales con sus respectivos uniformes: chaquetas de chandal, y corte de pelo sixtie y mancuniano.

En uno de los bares que programaron sesiones tras el fin de la programación festivalera casi apalean a un reputado DJ por pinchar música electrónica. Tuvo que ser sustituido y todo volvió a la normalidad cuando empezaron a sonar canciones de The Stone Roses y Adorable. Las caras de satisfacción con deje agresivo de los que habían invadido la mini pista eran para enmarcar. Sus miradas reflejaban una frase, mientras meneaban el cuello como en los primero videos musicales de The Charlatans: «la pista es nuestra».

Uno de los ejemplos individuales (no el primero ni el único) y/o colectivos del trabajo de ensamblaje natural entre ambos mundos fue Andy Weatherall. Y esa es una de las razones por las que siempre admiré su figura, más allá del resultado de su obra, imperfecta, aunque casi siempre notable y en ocasiones sobresaliente. Lo más destacable de él era su creatividad y desparpajo para romper barreras y dotarnos de conocimiento que nos llevaba a contextualizar todo lo que siempre se escuchaba por separado. Ese era su fuerte. Weatherall sirvió de nexo entre varias generaciones, cultivó el antídoto contra muchos prejuicios, y dotó a sus producciones (obra derivada o no) de una magia capaz de hacernos sentir mejor al escuchar cada puto bombo y cada sonido lisérgico de sus canciones o remezclas.

En una extracción de sangre podrían aparecer entre mis elementos bioquímos, ritmos y melodías de algunas remezclas que Andy realizó para multitud de grupos de la década de los noventa, y también de algunas de sus producciones bajo el amparo de uno de sus proyectos, The Sabres of Paradise

Realmente no estuve tan enganchado a otros proyectos suyos anteriores como Bocca Junior o todo lo relacionado con su sello Boy´s Own Productions, y que luego derivó en Junior Boy´s Own, una plataforma que servía de comunión para ravers blancos que danzaban con house progresivo, algo de balearic, y bases del estilo de Soul II Soul, The Grid, o también Innocence. Eso sí, lo que más me gustaba por aquel entonces eran X-Press 2, que me pasaron unos conocidos de Bristol que disfrutaban al máximo su estancia Erasmus en Murcia. Escuchad Muzik Xpress, aún anima hasta los más rancios.

En definitiva, ellos fueron anteriores a eso que luego llamaron Big Beat.

La primera vez que escuché (y leí por subtítulos) su nombre fue en un documental sobre la escena británica en el año 1990, uno de los documentales completos de información que se colaban con cuentagotas en TVE. Back Track 90´s creo que se llamaba (aún tengo el reportaje grabado en una cinta VHS por ahí perdida, pero me da pereza buscarla). Lo curioso es que otro cabronazo, un tal Kevin Shields, le nombró como si un beato hablara de Jesucristo. Fue ahí cuando comprendí que ese tipo no era un cualquiera. My Bloody Valentine no hubieran dejado a un mediocre manipular un trabajo musical que habían parido con mucho esfuerzo y sufrimiento. Que esas remezclas y versiones club de James, o Happy Mondays no eran producto de la suerte. Weatherall era un tipo inteligente, además de talentoso. Sabía rodearse de gente interesante. 

Por aquel entonces realizó algunos trabajos para bandas de uno de los sellos indie por excelencia, Creation, que estaba empeñado en mostar una faceta dance. Para mí, una de sus obras cumbres es la remezcla que le hizo a un grupo mediocre llamado Love Corporation. Su impronta era bestial, hizo suya una canción normalita y la elevó a categoría de obra maestra. La canción se titulaba Gimme Some More, y de ese proyecto de segunda apareció una extraordinaria remezcla que entró para siempre en mi cuerpo en forma de endorfina sónica. Es apabullante, el ejemplo sonoro de los estertores químicos nadando en tu cuerpo mientras disfrutas de una puesta de sol en tu playa favorita. Weatherall en estado de gracia. Posiblemente lo mejor que ha hecho junto a Smokebelch y Wilmot. Esa canción no me abandona desde que volví a encontrarme con ella años después de casualidad, rebuscando entre mis viejas cintas de cassette. Puro éxtasis.

La reconversión para las pistas que Andy realizó de la canción Soon de My Bloody Valentine estaba incluída en un doble vinilo titulado Keeping The Faith. A Creation Dance Compilation, toda una declaración de intenciones del sello de Alan McGee, con grupos como The Fluke, Hypnotone, o Primal Scream. Aún pincho esa remezcla que fue un icono para muchos de mi generación, al igual que la versión de club (producida con anterioridad junto a uno de los DJ de moda, Paul Oakenfold) de uno de los himnos de mi juventud: Hallelujah de The Happy Mondays.

La música, según dicen, afecta al cerebro igual que el sexo o la droga, porque activa los mismos receptores opioides del sistema nervioso central que intervienen en el placer. Dudo que él supiera algo de esto, pero dió con la jodida tecla en muchos de sus trabajos. No voy a enumerar elogios infinitos, ni a terminar el artículo sobre uno de los momentos cumbres en la historia del rock de las últimas décadas, Screamadelica de Primal Scream, ese grupo indie británico surgido en la época del C86, que evolucionó drásticamente (por la gracia de Weatherall, y otros como The Orb) hasta llegar a otros universos repletos de pistas de baile psicodélicas (en su acepción más yonqui). 

Weatherall es más que un cruce perfecto entre Spector, Eno, Knuckles, Martin, Tubby, por mencionar a algunos maestros. Era un visionario que supo adelantarse a su tiempo, y a caminar contracorriente como esos verdaderos artistas underground que por casualidad obtuvieron un éxito que realmente no buscaban. La figura del de Windsor, auténtico productor de dopamina en los estudios, ha merodeado en momentos cruciales de mi vida con vitalidad. Algunas canciones o remezclas están en mi ADN, tienen el sello de Andy Weatherall de una manera u otra.

Puede que mi veneración hacia él se deba a mi debilidad por la idea de músico o creador no-músico desde el estudio como base de operaciones, algo que los maestros jamaicanos tan bien supieron hacer. Con realizar un rápido recorrido por su discografía podremos verificar una constante, una seña de identidad en sus producciones, que se une a un sabor intenso a psicodelia y eclecticismo. Me refiero a los guiños a las formas de trabajo que tenían los productores jamaicanos inmersos en el pantanoso dub. Escuchando atentamente el disco Screamadelica, se puede comprobar, o en una de las mejores canciones que he escuchado en mi vida, mi predilecta Wilmot del disco de Sabres of Paradise Haunted Dancehall. Menuda jodida charanga química. Si tuviera que enumerar una lista con las canciones más importantes de la década de los noventa, seguro que Wilmot estaría presente.

Todo lo mejor de su carrera está condensado en esos, con un curriculum vitae casi impecable. Pasó de ser influyente en algunas de las fiestas acid house importadas de Ibiza (otra vez la isla balear afectando de lleno a gente como Weatherall), o gestor de un sello (más que sello, colectivo) como Boys Own, a realizar remezclas que iban más allá de los típicos retoques perezosos de muchos Djs y productores, mutando las canciones y llevandolas a otra puta dimensión. Esas remezclas posiblemente le hicieron madurar y aprender para sus proyectos posteriores.

Ejemplos claros sobre ese plus de generosidad y derroche de talento en canciones redondas (y mediocres) hay muchos. Aquí algunos: la potente remezcla de un himno tremendo como Papua New Guinea de The Future Sound of London, o la festiva Come Home de James, con ese bajo carnavalero que invita al desparrame. Perpetual Dawn de The Orb. A esto le puedes sumar otras remezclas como Weekender de los Flowered Up (aparece en los créditos finales del vídeo-película), Only Love Can Break Your Heart de Saint Etienne, Hallelujah de The Happy Mondays, y la antes citada Gimme some more de Love Corporation.

Son muestras que le reafirman en la idea de que las remezclas no son un arte menor. Es chocante que este genio para las remezclas dejara su trabajo a otros músicos para que remezclaran. Ocurrió en un disco increíble de remezclas con Nightmare On Wax antes de convertirse en plasta, The Chemical Brothers, mi amado Depth Charge, o los celestiales LFO. Ahí es nada. Era bueno hasta para esto.

Por cierto, casi todos hablan de su toque magistral en Primal Scream, pero ¡casualidad!, ni pío sobre el descomunal trabajo de producción con One Dove en su album del 94 Morning Dove White. Eso sí que es patinar, porque ser rockero y hablar de electrónica y música de baile sin que se note mucho es complicado de cojones.

Lo de Sabres of Paradise y Two Lone Swordsmen es harina de otro costal. Palabras mayores que merecerían un artículo completo para destacar la importancia de esos trabajos. Smokebelch es una de las sinfonías ciberdélicas mejor paridas de la historia, una canción que nos marcó a muchos, tanto la versión sin ritmo, la primera que escuché, como las otras, incluída la del por aquel entonces productor de acid techno David Holmes, un trompazo de remezcla acidorra ideal para cerrar sesiones. Por no hablar del resto de canciones, así como de Two Lone Swordsmen, otro refugio de Andy para adentrarse en la experimentación más fina y elegante.

De momento, la cara rara que se me queda tras conocer el fallecimiento de este músico empieza a preocuparme, es una mezcla entre cara de gilipollas y de cara de pánico, por no apropiarme con vehemencia de eso del carpe diem, y por encontrarme únicamente a doce años del último minuto de vida de Weatherall. 

En fin, es una pena, además de por perdemos nuevas producciones, porque ha muerto una persona que nos hizo disfrutar de forma diferente nuestra vida, gracias a su música. Si fuera creyente diría: no ha muerto Dios, pero ha muerto un músico que sabía llevarnos hasta Él.

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