[Opinión] Elena Ferrante es Elena Ferrante (diga lo que diga Claudio Gatti)

¿Qué tienen en común Michel Foucault, Roland Barthes y Umberto Eco? Además de su interés por la literatura, su fascinación por la situación del autor con respecto a su propia obra. Específicamente, su irrelevancia en términos lectores. Para todos ellos, en alguna medida, la intencionalidad del escritor es absolutamente irrelevante. Todo texto tiene valor por sí mismo, debiendo interpretarse sólo desde sus propias coordenadas, sin necesidad de leerlo como una biografía de segunda mano de las experiencias vitales del autor. Porque si bien las experiencias del autor definen el modo de escribir su obra, eso no implica que vida y obra del mismo sean uno y lo mismo.

Esa (ausencia de) importancia del autor no parece tenerla tan clara la prensa. Sólo eso explicaría que la gran noticia literaria en una fecha tan cercana a los Nobel sea que un periodista italiano, Claudio Gatti, ha desvelado la verdadera identidad del último gran éxito literario mundial, Elena Ferrante. Y con ello, ha llegado el eco constante de la prensa languideciendo por rascar un puñado de visitas más aunque sea a golpe de sensacionalismo.

El problema es que si para los medios resulta tan importante desvelar el nombre de alguien que no desea que se conozca su identidad es porque eso tiene un valor mercantil. Un autor (o peor aún, autora) cuya identidad física se desconoce es la imagen de un autor que no se puede explotar. Si Elena Ferrante, como Banksy, es un fantasma de sí misma, de lo único que se puede hablar es o bien de su obra con hechos o bien de ella a través de especulaciones. Conocer su identidad permite descentrar su mirada de su obra, poder fijarse en cómo viste o habla o qué hace cuando acude a una gala o comprar el pan. En suma, cuando se desvela la identidad de un autor se puede dejar de hablar de su obra, que es difícil, costoso y requiere un conocimiento previo, para pasar a hablar de su persona, algo que no requiere nada de lo anterior. Y que, además, genera potenciales noticias más rápido que obras puede publicar.

Todo eso ocurre no sólo por el viraje hacia el sensacionalismo de la prensa cultural, sino también porque, aun hoy, somos incapaces de disociar la identidad del autor de su obra. El autor es importante porque no vemos el valor de la obra por sí misma. Asociamos al autor con la obra y leemos esta como un ejercicio de biografía de segunda mano que, en última instancia, no conlleva ya la mercantilización de la obra, sino también de la persona. Algo que, como resulta natural, muchos autores, como Elena Ferrante, pueden querer evitar.

Además, ese ocultamiento de la identidad puede ser, en última instancia, parte del código estético del autor. La amiga estupenda, el primer libro de la famosa ahora tetralogía de Elena Ferrante, comienza con la desaparición de uno de los personajes principales. Y sólo a raíz de esa desaparición, tan obsesiva que le lleva a volatilizar cualquier prueba de haber existido nunca -al menos, todo lo físicamente borrable: no puede borrar la memoria de su hijo o de su amiga, narradora del libro-, es posible comprender por qué puede ser irrelevante descubrir su identidad. Porque, tal vez, es parte de su performance artística, volatilizando su significado al pretender desvelarla.

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Aquí lo importante es el libro, la historia, no el autor, la persona. Elena Ferrante es Elena Ferrante. Cuál sea la identidad física de quien escribiera sus libros es irrelevante, porque decidió borrar todos sus rastros para ser sólo eso, Elena Ferrante. Si fue porque quiere evitar los efectos de la fama, porque quiere que todas las miradas se centren sólo en sus libros o por ambas razones al mismo tiempo es absolutamente irrelevante. Si su deseo es ser Elena Ferrante, no ninguna otra persona, nosotros, como todos los demás medios e individuos, deberíamos saber respetar eso. Incluso si eso supone que empecemos a hablar de los libros.

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3 comentarios

  1. manue dice:

    ¿Quien dijo marketing?

  2. Menti dice:

    Cultura de la celebridad. Al público también le chifla, eh.

  3. Elena Ferrante dice:

    Eso de que el autor no tiene importancia es un chiste mal contado y, peor aún, mal comprendido.
    El anonimato que pretende el pseudónimo debería haberse respetado no porque «la identidad del autor» carece de importancia (lo que es importante y lo que no lo es, lo determina cada persona con dos dedos de frente, no hace falta ni un decálogo ni un instructor para eso) sino por respetar el derecho al anonimato. Punto. Todo el resto es bla bla bla.

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