Emma Goldman: la revolución permanente de la mujer más peligrosa de América

Salida de nadie sabe dónde, mujer en un medio abrumadoramente masculino, admirada por tantos como la odiaban, capaz de desafiar a privilegiados acostumbrados a la impunidad e incluso a los gobiernos más poderosos, aclamada hasta la idolatría, perseguida y castigada. No es de extrañar que a Emma Goldman a menudo se la comparara con Juana de Arco.

En la actualidad sería fácil caricaturizar el anarquismo como un movimiento marginal practicado por jóvenes protestones que queman contenedores (y que, cuando se les pasan los ardores, vuelven al chalet de sus padres) y teorizado por señores mayores que se dicen anarquistas conservadores porque no quieren admitir que se han hecho de derechas. Ninguno de estos dos grupos parece tener una base doctrinal muy sólida, e incluso los viejos sindicatos que aún resisten parecen eso, viejos, rescoldos de un pasado glorioso que a nadie parece importarle. Sin embargo, hubo un tiempo en el que el anarquismo fue un motivo de esperanza para millones de personas y una seria amenaza para el capitalismo y el comunismo que se repartían el mundo. Uno de sus rostros más reconocibles era el de una mujer con aspecto de maestra rural a la que J. Edgar Hoover, todopoderoso director del FBI, calificó como “la mujer más peligrosa de América“: Emma Goldman.




Y eso que Goldman jamás empuñó un arma (la única vez que se vio envuelta en la planificación de un atentado la cosa termino en sainete). Pero tenía el don de la palabra, la capacidad de encender los ánimos con unos discursos vibrantes y apasionados que prendían fuego, si no en las fábricas, sí en los corazones de quienes la escuchaban. Sus tesis políticas no se basaban en la frialdad de los datos, en elaborados razonamientos incomprensibles para las masas, en promesas edénicas, siempre para mañana. Hablaba de problemas que todo el mundo había vivido y proponía soluciones que estaban al alcance de cualquiera, siempre que se estuviera dispuesto a levantarse y luchar por ellas. Como Gramsci, creía que la verdad era revolucionaria, y con solo enunciarla el pueblo despertaría y tomaría las riendas de su destino.

Sería fácil encontrar una motivación psicológica a la rebeldía de Emma. Nacida en Rusia en 1869, en una familia judía muy humilde, su madre nunca le demostró cariño y su padre la maltrataba. A los trece años ya trabajaba en durísimas condiciones en una fábrica de guantes (no es difícil comparar su situación con las tremendas escenas de trabajo infantil descritas por Dickens, quien también salió traumatizado de su paso por una fábrica de calzado a una edad similar), por lo que no es de extrañar que en cuanto pudo se marchara a Estados Unidos, como hicieron dos millones de judíos rusos en esos años. Pero la situación que se encontró en el país de las oportunidades fue todavía peor y las condiciones laborales eran tan parecidas al esclavismo (con hasta doce horas de trabajo siete días a la semana, unos sueldos que apenas daban para la subsistencia y unas humillaciones cotidianas que conducían irremediablemente a la deshumanización) que sería necesario un experto para determinar las diferencias.

Así que no es sorprendente que la atmósfera de agitación política que se respiraba en todo el mundo (de 1880 a 1910, seis jefes de Estado fueron asesinados) también llegara a Estados Unidos (donde el presidente William McKinley fue tiroteado por un anarquista en 1901). No se trataba de núcleos clandestinos y minoritarios, como los que aparecen en novelas de la época de Chesterton o Conrad, sino que en un país tan conservador como los Estados Unidos el candidato socialista Eugene Debs lograría en las elecciones de 1920 cerca de un millón de votos. Fue este ambiente de exaltación ideológica el que se encontró Goldman cuando en 1889 abandonó Rochester para instalarse en Nueva York, donde por fin se encontró rodeada de “los suyos”, un grupo de activistas e intelectuales, muchos de ellos judíos, cuya obsesión era acabar con el sistema de explotación que sufrían los trabajadores y crear una verdadera democracia. Entre estos personajes variopintos se encontraban Alexander Berkman, conocido como Sasha, magnético y carismático agitador, que se convertiría en una figura central a lo largo de toda la vida de Emma; y Johann Most, editor de un periódico radical, encarcelado en la mitad de los países europeos y defensor sin tapujos de la violencia política. Poco después Most declaró a Goldman su interés romántico, y al ser rechazado intentó abusar de ella, demostrando que muchos revolucionarios todavía no habían asumido los derechos de las mujeres. A Emma todavía le quedaba mucho trabajo por realizar, incluso entre los suyos.

Palabras y hechos

Pero ella misma todavía tenía mucho que aprender. Pese a su inseguridad respecto al idioma inglés y su falta de preparación y experiencia, pronto empezó a intervenir en mítines frente a curtidos obreros que la recibían con indisimulado recelo. Fue en uno de estos encuentros cuando Goldman tuvo una revelación. Después de hablar con desdén de la pretensión de la jornada laboral de ocho horas, que le parecía una minucia frente a la revolución que estaba a la vuelta de la esquina, un trabajador le recriminó que eso de cambiar el mundo estaba muy bien, pero que a él esas dos horas le vendrían fenomenal para descansar, leer o formarse. Para sentirse persona, en fin. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su público no conectaba tan directamente con los grandes ideales como lo hacía cuando les hablaban en su propio idioma y como individuos, no como masa.

En 1892, Goldman se vio envuelta en uno de los episodios más oscuros de su carrera revolucionaria: el intento de asesinato por parte de Berkman del industrial Henry Clay Frick. Su participación en la planificación del atentado fue difusa (quiso prostituirse para conseguir el dinero necesario, pero un cliente la vio tan desamparada que le dio unos dolares y la mandó a casa), pero su mayor decepción llegaría cuando Most se negó a apoyar a Sasha, que había sido condenado a veintidós años de prisión, lo que llevaría a su ruptura definitiva. Un año después, en medio de una terrible crisis económica y social, Emma dio un discurso explosivo que la llevaría directamente a la cárcel. Al salir de allí, en la misma puerta de la prisión y rodeada de reporteros, volvió a repetir el mismo discurso casi palabra por palabra. Era imparable.

Poco a poco Goldman se fue convirtiendo en un personaje popular más allá de los círculos obreros. La prensa la convirtió en la mujer a la que amabas odiar. Fue entonces cuando conoció a Ed Brady, hacia quien enseguida se sintió atraída debido tanto a su capacidad intelectual como a su atractivo sexual. Pero Brady, que también había encontrado en la libertad sexual proclamada (y experimentada) por Goldman un motivo de atracción, una vez convertidos en pareja estable reclamaba un convencionalismo (ella en casa y obediente) que por supuesto Emma no estaba dispuesta a permitir. Así que no se lo pensó mucho cuando Brady, de origen austriaco y que proclamaba que la verdadera cultura se encontraba solo en Europa, le sugirió que viajara al viejo continente para mejorar su formación como enfermera. En Austria Emma conocería las nuevas ideas con las que Freud estaba poniendo patas arribas la sociedad (y aunque nunca le vio mucho sentido a eso del psiconálisis, no pudo dejar de sentirse fascinada por la persona) y en Inglaterra se pondría en contacto con Kropotkin, quien representaba el anarquismo humanista al que ella se sentía más próxima.

De regreso a Estados Unidos, ya podía ganarse la vida como enfermera y matrona, pero no abandonó su actividad revolucionaria. Fue entonces cuando el anarquista Leon Czolgosz, admirador confeso de Goldman, asesinó al presidente Mckenley. La defensa que Emma hizo de Czolgosz la convirtió en una apestada social. Puede que llevara una vida solitaria, pero tenía una Causa y nada la iba a amedrentar. Así, en 1906 fundó la revista Mother Earth, que utilizará como órgano de difusión de sus ideas anarquistas. A partir de este momento se convierte en una estrella del circuito de conferencias, en las que hablaba de todo tipo de temas con una gran convicción y amplitud de referencias (desde la filosofía de Nietzsche y los celos hasta la homosexualidad: su capacidad para situarse por delante de su tiempo nunca deja de sorprender), siendo en sí misma un ejemplo del poder de la autoeducación.

La ideología de Goldman propugnaba la colaboración y rabiaba contra el darwinismo social; defendía la autoconciencia y la liberación personal frente a la obediencia y el autoritarismo. Ante todo había que apreciar la propia vida. No es de extrañar que en una sociedad tan individualista y reticente al poder del Estado como la americana (no olvidemos que todavía hoy el movimiento libertario sigue teniendo un notable predicamento), sus ideas acabaran concitando un interés que iba más allá de los círculos obreros y llegara a suscitar el interés de profesionales liberales e intelectuales. En el cambio de siglo, Nueva York -y más concretamente Greenwich Village- se había convertido en un centro de ebullición del pensamiento radical. Para estos jóvenes artistas y pensadores (en su mayoría diletantes) el mundo era viejo y había que cambiarlo (o acabar con él). Emma no podía haber encontrado un lugar en el que sentirse mejor acogida.

Amor y exilio

Como cuenta Vivian Gornick en Emma Goldman: Revolution as a Way of Life (2011), estos revolucionarios de salón se parecían mucho a la izquierda chic de los sesenta: nada de reforma, sino acabar con el sistema. Y las feministas de los setenta recuperarían muchos de los lemas de los anarquistas como “matrimonio es opresión” y los harían suyos sin necesidad de matiz. Pero en realidad, Emma no estaba tan cercana a estos postulados como lo que podría parecer. Si el revolucionario busca la liberación colectiva, el artista se conforma con la liberación personal. Y si las feministas reivindican el empoderamiento de las mujeres, Goldman no hace ningún tipo de distinción. Como pasaba con los judíos, para ella no hay grados de opresión, no le importan las diferencias étnicas o de género, su lucha es por la humanidad. De hecho, no se la puede considerar feminista, y algunas de sus declaraciones, si ya en su época eran desconcertantes, hoy son prácticamente incomprensibles, como cuando defendía que el medio supremo para la autorrealización de la mujer era tener hijos: “Hasta que la mujer no escuche la voz de su naturaleza, ya sea una llamada hacia el mayor tesoro de la vida, el amor, el amor por un hombre, o su más glorioso privilegio, el derecho a dar a luz un niño, no puede llamarse a sí misma emancipada“. No hace falta decir que ella misma nunca tuvo hijos.

Ben Reitman

Lo que no se puede negar es que el amor (el Amor, como escribía ella) estuvo siempre en el centro de los pensamientos de Emma. Para ella amor y anarquismo eran lo mismo (y aquí no podemos evitar invocar la vieja identificación entre anarquismo y cristianismo). El amor debía ser absoluto, pero libre. Y cuando conoció a Ben Reitman creyó que al fin había encontrado a esa persona para la que estaba destinada. Reitman, médico y vagabundo, era uno de esos tipos que en un primer momento pueden seducir al alma más cínica, pero cualquiera que lo conociera enseguida se daba cuenta de que era un tipo bastante desaconsejable, cuando no despreciable. Pero Emma, que tenía una visión tan clara para otras cosas, aquí se dejó llevar. No solo Ben convirtió sus giras en una especie de circo (en 1910 dio 120 conferencias, ahora de pago, en 37 ciudades ante un público que desconocía por completo qué era eso del anarquismo), sino que la engañaba casi de manera patológica, lo que la hacía sufrir eso que tanto se negaba a admitir y de lo que culpaba exclusivamente a la institución del matrimonio: el demonio de los celos. Como era de esperar, Ben acabó largándose con nocturnidad y alevosía.

A partir de 1917, amparándose en el patriotismo despertado por la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, el gobierno aprobará diversas leyes cada vez más represivas que afectarán especialmente a los anarquistas. Y tras el triunfo de los bolcheviques en Rusia el país cayó en un estado de paranoia comparable al que años más tarde sufriría con la caza de brujas encabezada por el senador McCarthy (y que podemos apreciar en novelas como Ragtime (1975) de E. L. Doctorow o Cualquier otro día (2008), de Dennis Lehane). Nadie parecía estar a salvo, e incluso el líder socialista Eugene Debs fue condenado a diez años de prisión simplemente por protestar contra la Ley de Espionaje. Opinar se había convertido en un atentado contra el Estado, y precisamente la libertad de expresión siempre había sido uno de los caballos de batalla preferidos de Goldman. Mientras muchos intelectuales se ponen de perfil, ella redobla su activismo, siempre apoyada por Berkman.

Ambos serán detenidos tras organizar una manifestación en contra del reclutamiento y tras un juicio escandaloso, que puso incluso a muchos conservadores de su parte, fueron condenados a dos años de prisión y a su posterior deportación. Goldman, que tanto había luchado contra las injusticias de la sociedad americana, había llegado a querer a su país de adopción, y ahora no podía creer que este amor no fuera correspondido. Resignada, se encamina hacia Rusia, la tierra de los trabajadores, donde al menos espera encontrarse con la materialización de sus sueños, un país libre y en el que los humildes tenían ahora el poder. Pero no tardará en decepcionarse: lo que se encuentra es un régimen autoritario en el que la libertad de expresión es vista como un fetiche burgués y en el que los anarquistas son perseguidos con la misma saña que en los países capitalistas. Tras la carnicería de Kronstadt, en la que el Ejército Rojo masacró a los marineros rebeldes de esta fortaleza, Emma y Sasha deciden abandonar Rusia (y bien que hicieron, de quedarse un poco más seguramente habrían acabado en Siberia). Pero después de que la Democracia hubiera ganada la guerra mundial, la libertad de movimiento se redujo y ambos se convirtieron en unos judíos errantes a los que ningún país concedía la residencia.

Las últimas batallas

El aislamiento de Emma fue aún mayor después de que expresara su desprecio hacia el régimen bolchevique. Mientras la mayoría de la izquierda prefería mirar hacia otro lado o justificar los crímenes del nuevo régimen argumentado que era algo necesario, o transitorio (y a la cabeza de los comprensivos, cómo no, los intelectuales como Bernard Shaw o H.G. Wells), solo algunos valientes como Goldman o Gide se atrevieron a denunciar lo evidente. Y no sin coste. Una vez más, se encontraba totalmente marginada. En 1924 se organizó una cena en su honor con lo más granado de la intelectualidad británica entre sus 250 asistentes. El recibimiento fue apoteósico, pero cuando empezó a criticar a los bolcheviques y explicar que no era que el experimento ruso hubiera salido mal, sino que el marxismo conducía inexorablemente a la dictadura, todo el público abandonó la sala, con la honrosa excepción de la admirable Rebecca West.

En Saint-Tropez

Harta de tener que ir de aquí para allá, finalmente Emma decide hacer algo que había jurado que nunca haría: casarse por conveniencia. Y lo primero que hará después de conseguir el pasaporte británico será abandonar Inglaterra, país que nunca le había gustado (y cómo tenía que sentirse allí para ponerlo en su lista muy por debajo de Estados Unidos y Rusia, con lo que la habían hecho sufrir). Su destino será Saint-Tropez, que todavía no tenía las connotaciones de lujo con las que se le asocia en la actualidad, donde la mecenas Peggy Guggenheim le compró una casa. Allí escribirá sus Memorias (1931), recibidas con aclamación general. Antes las madres asustaba a sus hijos diciéndoles que si se portaban mal Goldman vendría a por ellos. Ahora el anarquismo ya no supone ninguna amenaza y Emma es vista como una figura romántica.

En ella todavía no se ha apagado el fuego de la rebeldía, pero ya no es capaz de levantar pasiones (aunque pasados los setenta todavía tendrá tiempo de disfrutar alguna aventura amorosa). Lo que no impide que con la Guerra Civil española vuelva a encontrar un motivo para entrar en acción. En Cataluña, en Aragón, en Andalucía, el anarquismo está siendo llevado a la práctica por primera vez. Goldman no perderá la oportunidad de verlo por con sus propios ojos, y cuando visita España su entusiasmo (como el de Orwell, como el de Hemingway) no conocerá límites. Pero de nuevo la decepción no tardará en aparecer. Cuando los comunistas se hacen con el control del bando republicano el sueño libertario se acaba y Emma se concentra en organizar la ayuda para mujeres y niños refugiados.

En 1940, con un mundo otra vez en guerra, Goldman seguirá luchando por su cuenta. Su última campaña consistirá en evitar la deportación de un anarquista italiano residente en Canadá. En mayo de ese año sufrirá un infarto que consiguió lo que parecía imposible, dejarla sin habla. Pero su muerte no impedirá que sus palabras sigan resonando todavía hoy en día.

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