Eusebio Poncela: “En el estreno de ‘Arrebato’ les faltó tirarnos piedras”

No todos los días se tiene el privilegio de hablar con uno de los grandes insumisos del cine español. En nuestra conversación con Eusebio Poncela, aprovechando el estreno de La corona partida, hemos podido hablar con él de Iván Zulueta, de terrorismo, de Eloy de la Iglesia y de cómo la cultura oficial acabó llevándose por delante a lo mejor de los 80 en España.

“…Bueno, cuando me aburra te doy una patada en la espinilla”.

Así de contundente lo aclara desde el principio. Y nosotros, encantados. Porque la oportunidad de hablar con Eusebio Poncela, aprovechando la presentación para la prensa de La corona partida, es para nosotros un auténtico lujo. Interpretando de nuevo al cardenal Cisneros (un papel que retoma de las series Isabel (2011-2014) y Carlos, rey emperador (2015-2016), así como de una intervención muy fugaz en El ministerio del tiempo), el actor nacido en Vallecas en 1947 vuelve a vestirse de púrpura y a exponer su rostro a los espectadores más jóvenes. Unos espectadores que tal vez desconozcan, pobrecillos, el pedazo de currículum de este señor.

Para empezar, Eusebio Poncela ha protagonizado tres de las mejores películas españolas de la historia: la brutal La semana del asesino (Eloy de la Iglesia, 1973), uno de los títulos fundacionales del gore de aquí, la excelsa Arrebato (Iván Zulueta, 1979) y La ley del deseo (1987), obra capital de un Pedro Almodóvar que, por entonces, aún molaba. Y sin desestimar las otras gemas que contiene su carrera (como Intacto -2001-, por la que recibió su aún única nominación al Goya, o Diario de invierno -1988- del siempre áspero Francisco Regueiro), su personalidad reviste el atractivo de un auténtico insumiso que nunca ha parecido tener un hueco claro en el celuloide nacional. Tal vez, podríamos apuntar, porque su industria no se lo merece. En este encuentro, necesariamente breve, dejamos sin tratar múltiples temas de interés, pero las declaraciones que sí tuvimos tiempo de obtener valen su peso en oro.

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YAGO GARCÍA (YG): Viéndote como Cisneros aquí en La corona partida y en Isabel, llama la atención el hecho de que interpretas a un personaje al que se ha presentado durante muchísimos años como un héroe, un arquetipo de la ‘España imperial’. Y, pese a ello, en la serie y la película lo presentáis como un sujeto muy turbio…

EUSEBIO PONCELA (EP): No tenía más remedio: era una época turbia, y él estaba en la lista de los más turbios. Pero también era un hombre muy complejo, con cosas extraordinariamente buenas. Un hombre extraordinario, directamente, para lo bueno y para lo malo. Si en realidad él no quería el poder, no quería nada… sus ambiciones eran más bien espirituales, místicas, zenutrias, ¿me entiendes?

YG: Y, sin embargo, es curioso: eso que tú dices de alguien complejo, con muchas capas y tal, ves a un político español en el Telediario y te dan ganas de decir muchas cosas, pero eso precisamente, como que no.

EP: Es que se ha caído muy bajo… Muy bajo. [Ríe]

YG: A Isabel se la toma como ejemplo de la llegada de una cierta televisión ‘de calidad’ a España. Y tú de eso sabes bastante: estoy pensando en Los gozos y las sombras (1982) y en Pepe Carvalho (1986), que eran series muy ambiciosas…

EP: Sí, eran ambiciosas. Y se hacían muy bien. Yo las recuerdo como algo más… cómo se dice… “artesanal”. La artesanía, digamos, era más fina: había más tiempo, y rodábamos en 35 milímetros. La diferencia es que, ahora, una serie llama más la atención que una película (y no digamos que una película española), salvo si hablamos de peliculones de estos de mucha acción y tal, pero, cuando nosotros hacíamos aquello, el foco de interés era justo al contrario: el cine iba primero. Así pues, Los gozos y las sombras fue de las primeras series que llamaron la atención por divinamente realizadas y hechas… Alguna habría antes, pero hablamos de hace 35 o 37 años, cuando no había un background de series con ese tipo de poder visual, literario. A lo mejor había y estoy siendo un injusto tremendo, ¿eh? Porque no soy un espectador tremendo de la televisión.

YG: Dices que se hacían “con menos prisa”. ¿Rodar un capítulo de Isabel o, ahora, de Águila Roja es una experiencia muy agotadora?

EP: No tiene nada que ver. Entonces se empleaban los tempos de un rodaje de cine. Para hacer Los gozos y las sombras estuvimos, déjame que piense… siete meses rodándola. Y luego, como la sonoridad resultaba defectuosa, hicimos postproducción de audio. Ahora, una temporada de Isabel nos la hemos podido ventilar en cuatro meses. Calcula. A mí me ha costado un poquito de esfuerzo adaptarme a todo esto: rodar con tres cámaras, las prisas…

YG: En CANINO le tenemos verdadera devoción a muchas de tus películas, y la primera de todas es una que nos flipa: La semana del asesino. Pero la primera que haces es una película colectiva titulada Pastel de sangre (1971).

EP: Efectivamente. En esa película participamos muchos que por entonces estábamos empezando. Como Emilio Martínez Lázaro, que ahora es… Bueno…

YG: Que es Emilio Martínez Lázaro.

EP: Que es Emilio Martínez Lázaro [ríe]. También estaba Jaime Chávarri, gente que entonces empezábamos a hacer películas. Pero antes había rodado Fuenteovejuna, que no la cuento como película porque en su momento pareció más como algo para TV. Mentalmente estaba en otro rollo. Estaba en los setenta, no sé si me entiendes…

YG: Creo que sí. Hablando de La semana del asesino, digamos que tenemos pasión por Eloy de la Iglesia…

EP: No me extraña. No me extraña nada.

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YG: …Y también, en esa película en concreto, nos encanta cómo transgrede un montón de cosas impensables por entonces: la sangre, el canibalismo, poner como protagonista a Vicente Parra, al que el público había conocido por ¿Dónde vas, Alfonso XII? Para colmo, De la Iglesia te pone en un papel descaradamente gay, algo que siempre nos preguntaremos cómo pasó la censura. ¿En qué pensaba uno viéndose embarcado en algo así?

EP: Eloy era especial, empecemos por ahí. Y yo, en aquella época, cuando estaba empezando, había tenido que hacer varios loros. Pero loros papúas… Estoy hablando de películas espantosas. No muchas, ¿eh? Pero sí algunas. Eloy era muy especial, y te dabas cuenta de que su mundo, su discurso y su antidiscurso eran muy especiales. Tuvimos problemas con la Censura, no te creas, pero en general salió bien. Y la producción era un espanto, ya te puedes imaginar, todo muy precario pero siempre estaba Eloy presente, con ese espíritu tremebundo. Y eso es muy importante: si no tienes un jefe, un timonel que no sepa dónde cojones va la película, mal. Y él tenía ese espíritu, pero de verdad. Como las han tenido otros con los que he ido tropezando: estoy pensando en Gillo Pontecorvo, por ejemplo. O en Iván Zulueta. Fue un rodaje peculiar, por decirlo piadosamente. Y siempre me extrañaré de cómo pudo funcionar aquello, porque a mí Vicente Parra no me seducía en lo más mínimo.

YG: Cuando tu función en la trama era, precisamente, seducirle…

EP: Así se logran las cosas a los veintipocos, cuando las haces de una manera un poco… Porque ahora, visto desde la distancia, me pregunto cómo pude hacerlo creíble: Vicente, pobrecito, me espantaba un poco. Sexualmente, quiero decir.

YG: Vaya. Ya que has mencionado a Pontecorvo, te encontramos interpretando a un etarra para él en Operación Ogro (1979), sobre el asesinato de Carrero Blanco. Una película que, sólo unos pocos años más tarde, hubiera sido imposible de realizar…

EP: Es que los milagros de los 70 fueron unos cuantos…

YG: Y no interpretas a cualquier miembro de ETA, sino a un personaje inspirado en José Miguel Beñarán ‘Argala’. ¿Cómo se abordaba entonces una tarea así? ¿Con qué mentalidad?

EP: En mi caso particular, yo es que a los protagonistas reales de Operación Ogro los conocía en persona. ¿Qué cómo pudo ser? Pues ya ves, cosas de la vida. Un año antes del rodaje, fue. Y entonces ya conocía el ambiente, los tipos de personas que eran, por dónde se movían, esto, lo otro… Para ese papel, Gillo [Pontecorvo] quería a Michelle Placido, no te lo pierdas, pero tenía muy buen ojo para los repartos, y cuando nos conocimos cambió de opinión. Y es que yo venía… de hacer amistades. Y tenía conocimientos. De primera mano, está claro que no, pero tenía conocimientos.

YG: En esos mismos años de Operación Ogro, cuando el Caudillo está ya bajo tierra, la generación a la que tú perteneces empieza a tener acceso a más medios de producción, a más libertad y a más atención de los medios. Estás tú, está Zulueta, está una Carmen Maura que viene del teatro independiente… Gente que os habéis tenido que tirar los sesenta y los setenta ateniéndoos a lo posible, digamos. Cuando se amplía el panorama, y podéis empezar a asumir trabajos más personales, ¿cómo os lo tomáis?

EP: Para hacer un poquito de historia, como decía César Santos Fontela, el crítico, “estos grandes muchachos estaban refugiados en la tele”. Hablaba, entre otros, de Carmen y de mí, que nacimos el mismo día del mismo mes, con dos años de diferencia: más generación, imposible. Entonces hacíamos teatro clásico en TV, cosas de Schiller, adaptaciones literarias con Pilar Miró para la serie Los libros (1974-1977). La primera parte de los setenta, hasta que se muere ‘mi primo’… era un poco rara. Se hacían películas muy malas: de repente nos veíamos en El asesino está entre los trece (1976), que ya ves tú. A partir del 75 empezamos a hacer cosas más interesantes: con Gonzalo Herralde (el hermano de Jorge Herralde, el editor de Anagrama) hicimos La muerte del escorpión (1976), que no es que fuese redonda, pero apuntaba maneras. Tanto en el teatro como en el cine había más alcance.

YG: Hace ya varios años, hablando de Arrebato con Marta Fernández-Muro, abordamos este mismo tema y ella me resumió la idea que circulaba en el rodaje de esta manera: “¿Qué España es aburrida, que es cutre, que es gris? Pues sí, pero no nos importa”. Me interesa saber cómo veíais aquello personas que habías viajado al extranjero, que conocíais la contracultura…

EP: Que la conocíamos y que la vivíamos, además… Pero nos castigaron bastante. En el estreno de Arrebato les faltó tirarnos piedras.

YG: La crítica del ABC fue muy cruel: “Zulueta tiene por el cine un gran, obsesivo amor que no es correspondido”.

EP: Los críticos llegaban a decir poco menos que Iván y yo nos teníamos que ir de España. Yo recuerdo haber acompañado a Cecilia [Roth] saliendo del estreno, en el Cine Azul, y haberme ido con ella Gran Vía arriba. Y haberla visto llorando por el camino.

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YG: Llama la atención ver cómo funcionáis por oposición (o por contraste, como tú veas) a toda esa cultura española de signo progre, tan autosatisfecha de su papel como oposición al Franquismo. Una cultura que, cuando llegan los ochenta, se convierte en la nueva cultura oficial…

EP: Oposición y contraste, las dos cosas. Una oposición y un contraste vivo. Pero en los ochenta muchos caímos en trampas terroríficas, me entiendes, enfermamos… y tenías que luchar contra muchísimas cosas muy graves. Pero hemos sobrevivido, lo cual fue bastante difícil. Iván, por ejemplo, siempre odió no haber llegado a los ochenta: Arrebato es del 79, y eso le daba muchísima rabia. Él quería que el estreno inaugurase la nueva década. Y, en cierto sentido, la inauguró, y a lo bestia además. Tal vez fuéramos creativos, y estuviéramos más al mando de la situación, pero nos dieron palos por todas partes, siempre.

YG: Y teníais a otra generación, cerca de diez años más joven, empujando por abajo…

EP: Te queda la satisfacción de haber abierto camino en un país que estaba bastante catetizado. Y, a pesar de todos los castigos, seguimos, porque es que no podíamos hacer otra cosa: si eres auténtico, lo eres y ya está, no hay que darle más vueltas.

YG: Aparte de Arrebato, de la que se ha hablado tantísimo, está tu segundo trabajo con Zulueta: Párpados (1989). Hablamos de una película que es maravillosa, una delicia, pero que sale como especial televisivo y a la cual apenas se le suele dar importancia. ¿Cómo fue la producción y el rodaje de aquella locura?

EP: Fue maravilloso. Fantástico. Ver a Iván preparándolo todo, porque él hacía los decorados, los dibujos y todo sobre la marcha, era ver lo que es un creador de verdad en acción. Porque aquello sale como parte de una serie para TVE [Delirios de amor (1986)], de manera que había unos plazos e Iván era más bien anárquico. El montaje tenían que quitárselo de las manos. Además, allí trabajé con Marisa Paredes, mi gemela. El otro día, cuando presentamos los Goya ella y yo, alguien nos dijo “yo siempre pensé que erais uno, pero ahora resulta que sois dos”…

YG: Para preparar la entrevista, revisé el videoclip de Matador, de Los Fabulosos Cadillacs: ahí fue donde muchos descubrimos tu vínculo con Argentina…

EP: Es que tengo una obrita argentina, no sé si lo sabrás…

YG: A eso iba: ya que tienes vínculos personales y profesionales allí, ¿nunca has pensado en mandar a España a tomar viento e instalarte definitivamente por esa zona?

EP: He mandado a España a tomar viento en varias ocasiones, pero ya sabes cómo es el viento: va p’acá y p’allá. Y, luego, no conviene echar por tierra tu memoria personal. Tu memoria eres tú. Y aunque este país sea una catetez, y además imposible de cambiar (porque, como dicen los andaluces, “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”) vuelves y ya… Lo que pasa es que yo he sido siempre aventurero, siempre he sido peculiar en todo.

YG: Para terminar: supongo que conoces la cita de William Blake, aquello de que el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría…

EP: Y excesos he tenido unos cuantos, porque yo siempre le he dado bastante a la golfería, ¿sabes? Entonces, pues aquí estamos, y estoy más de acuerdo que otro poco con don William Blake

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