[Entrevista] Jaume Fargas: “Cuando abrí Zap no tenía ningún interés en tener una librería”

Jaume Fargas es uno de los personajes clave del underground barcelonés gracias a su librería Zap, 275, la primera que abrió en Barcelona –en el año 1974– dedicada al cómic underground. De hecho, el nombre que escogió para su negocio era una clara referencia a la mítica publicación de Robert Crumb. Nos hemos reunido con él para charlar sobre su relación con el underground y sus recuerdos sobre los convulsos años setenta.

Foto de cabecera: Eddie Woods. Archivo personal de J. Fargas

Fargas, hijo de una familia de industriales de Manresa, ha hecho muchas cosas en la vida y, a menudo, combinadas en el tiempo, como trabajar de noche en la recepción de un hotel, exportar cómics internacionales para vender, estudiar canto coral y trabajar como docente en este campo. Esta es la historia de su larga trayectoria como parte esencial del mundo underground.

Roser Messa (RM): ¿Cómo entraste en contacto con el underground español?

Jaume Fargas (JF): Fue mientras hacía la mili en Menorca. Un día, mi amigo de Manresa –Josep María Pallissa–, se encontró por Barcelona a los de El Rrollo Enmascarado, que estaban vendiendo su revista por la calle, y les compró un ejemplar para enviármelo al cuartel y demostrarme que aquí también se hacían cómics como los que me compraba en mis viajes por Europa.




RM: Antes tú ya habías conocido el underground americano a través de los fundadores de Real Free Press

JF: Conocí el mundo del cómic internacional gracias a ellos, pero fue por puta casualidad. Verás… sobre los diecisiete años, más o menos, estuve una temporada viviendo en Amsterdam pintando cuadros para vender a los turistas por la calle. Algo así como los pintores de las Ramblas en Barcelona. El Ayuntamiento nos tenía reservado un espacio en la calle, pero nosotros preferíamos ponernos delante de los museos. Así pillábamos más clientes. Al final, como acabó siendo un caos y una locura, nos sacaron de la zona de los museos y nos metieron a todos juntos en unos jardincillos que acababan de arreglar. Casualmente, mi puesto cayó junto al de los responsables de Real Free PressMartin Beumer y Olaf Stoop­– y nos hicimos muy amigos. A Martin le hizo gracia que yo fuera español. Se acordaba de cuando había estado en Ibiza y lo había echado la Guardia Civil. Cuando me vio, lo primero que pensó fue: “Hombre, ¡pero si me he tocado un español de vecino! Seguro que este me podrá explicar lo pasa ahí abajo, en su país”.

RM: Para los holandeses, lo que estaba pasando entonces en España, les parecería cosa de otro mundo…

JF: Sí… No entendían nada, pero aun con todo el jaleo que había en España, volví para hacer la mili y ahí es donde descubrí el El Rrollo Enmascarado.

RM: ¿Y después de la mili qué hiciste?

JF: Volver a Barcelona, comprar cómics underground españoles y mandarlos a Holanda. A cambio, los holandeses me enviaban cómics extranjeros.

RM: Sé que has tenido una vida muy ajetreada…

JF: Me fui de casa a los quince años, pero a los diecisiete me robaron la documentación y la policía, al ver que era menor de edad, me obligó a volver a casa, aunque duré poco. Las broncas monumentales que tenía con mis padres me hicieron marchar otra vez. En casa somos muchos, éramos seis hermanos, aunque ahora quedamos cinco.

RM: Dices que te fuiste por primera vez a los quince…

JF: Sí, me vine a Barcelona y alquilé una habitación en un piso compartido con dos personas más. Empecé a trabajar realizando tareas de negro en un sitio que se llamaba Institut Genus. Era una editorial de psicología en la que estuve haciendo trabajillos de ensobrar y tareas similares. También fui repartidor en una verdulería y, durante todo este tiempo, siempre tuve un lugar donde vivir. Incluso mientras estaba en la mili: tenía un piso en Barcelona donde guardaba todos mis cómics de Holanda y donde me instalé nada más volver de Menorca.

RM: En esa época, poca gente tenía el privilegio de poder viajar al extranjero y conocer un mundo distinto al que estaba sumido España, en pleno franquismo.

JF: Tengo un recuerdo muy concreto relacionado con un jefe de la Policía Nacional en Barcelona que era familiar mío. Entonces la policía era quien te daba el permiso para obtener el pasaporte ¡y a mí me lo dieron después de habérmelo retirado a los diecisiete años! En cambio, no se lo dieron ni a mi hermano ni a mi padre. Se lo negaron por cuestiones políticas. Yo lo conseguí gracias a Lluís Virgili i Farrà ­–fallecido a finales de 2017­–, que me llevaba de Manresa a Lleida para cantar con el Orfeó Lleidetà. Hicimos una gira por Francia y, gracias a ello, conseguí el pasaporte.

RM: Antes me hablabas de cómo llegó a tus manos El Rrollo Enmascarado, pero ¿Te acuerdas de cuando conociste personalmente a sus creadores? Es decir, a los Nazario, hermanos Farriol, Mariscal…

JF: Me interesé por ellos cuando fueron perseguidos. Max aún vivía con sus padres. Por otra parte, yo tenía unos vecinos que vivían en la calle Roig, al lado de la mía ­–calle del Carme­–, que también habían hecho un cómic underground titulado Water. Estudiaban en la Massana y eran Martí, Vallés, Rubiales y Scaramuix.  Cada uno con su estilo raro, porque Rubiales y Martí no casaban mucho, pero…

RM: En esa época se formaron varios grupúsculos de gente inquieta con muchas ganas de hacer cosas.

JF: Sí, y otro grupo interesante era el que formaban Joan Ramón Guzmán y Josep María Canti, el responsable de La web sense nom. Ellos hicieron el cómic Cantidades y lo vendían a través de Salvador PalosPicarol–, que se dedicaba a vender posters en los conciertos de rock.

RM: Picarol también fue un personaje clave que unió a la gente del underground.

JF: Gracias a sus paradas de venta de posters. A través de Jaume Puigagut –que había tenido una imprenta­–, y de Gay Mercader, nos dejaban entrar en sus conciertos para vender nuestros cómics. Solíamos ir a sus oficinas a pedirles que nos dejaran entrar en los conciertos y vender nuestras cosas por los pasillos y siempre nos decían que sí. Entrábamos y nos metíamos en un rincón a vender cómics, al lado de los posters.

RM: ¿Qué cómics vendíais? ¿Los vuestros o los holandeses?

JF: Los españoles, pero en medio de toda esta historia optimista, ocurrió todo ese jaleo con la La piraña divina, de Nazario. Era un cómic totalmente underground que contenía una recopilación de historias, de contenido sexual muy explícito, que habían sido previamente publicadas en una revista francesa. Lo pusieron a la venta clandestinamente durante el primer Canet Rock, pero la policía lo descubrió y se lio parda. Al final, todo eso acabó con una separación temporal de los integrantes del Rrollo. A raíz de aquello, la venta en la calle se puso más difícil y los autores empezaron a ir con más cuidado a la hora de hacer según que paparruchas bestias que les pudieran comportar problemas con las autoridades.

RM: Bueno, pero incluso antes de lo de la La piraña divina, la primera impresión del El Rrollo Enmascarado también fue secuestrada.

JF: Sí, y ellos lo solucionaron al cabo de un tiempo con Luís Vigil sacando el Paupérrimus en su revista, Nueva Dimensión. Poco después de lo de La piraña Divina Miguel Farriol decidió dejar el cómic.

Fotografía del interior de Zap del archivo personal de J. Fargas

RM: Entonces tú ya eras un personaje conocido entre la comunidad underground barcelonesa.

JF: Un día organicé una comida en casa, con todos los que dibujaban y hacían cosas raras. Vino mucha gente y recuerdo que incluso tuvimos que hacer dos turnos para comer porque no cabíamos todos. Allí, algunos descubrieron la gran cantidad de cómics extranjeros que tenía.

RM: Esto fue después de lo de la Piraña divina y entonces ya tenías la librería Zap, 275.

JF: Lo de la tienda fue aún posterior, la abrí en diciembre de 1974 pero antes, durante todo ese año, había estado intentando vender cómics yendo a los sitios.

RM: Te refieres a vender cómics personalmente a la gente, yendo a verlos…

JF: Sí. Me los enviaban desde Holanda por correo y los vendía a quien me los pidiera.

RM: ¿No tenías problemas en la aduana?

JF: No, porque tenía una buena ayuda por parte de la gente de Real Free Press, aunque ellos tampoco lo tenían todo legal. Al final me lo monté así: me hacía enviar dinero por distintas personas, porque mensualmente solo se podía mandar una cierta cantidad de dinero y solo se podía recibir un máximo de cuatro libros. Sobrepasar esa cifra se consideraba propaganda clandestina. Cuando llegaban los libros, los recogía personalmente por las distintas casas donde me los había hecho enviar y los llevaba a la gente que me los había pedido. Tenía una bici holandesa e iba con ella a todas partes hasta que me la robaron. Luego me traje otra que también me robaron y entonces ya decidí no traer más bicis desde Amsterdam, porque hacerlo era toda una aventura.

RM: ¿Cómo las traías? ¿En tren?

JF: No, no… Venía montado en ellas desde Holanda. También he hecho muchas veces el viaje entre Barcelona y Ámsterdam en auto-stop. Más de veinte veces de subida y otras tantas de bajada. ¡Y en bus ni te digo!

RM: ¿Dónde se ubicaba exactamente Zap 275?

JF: En el barrio del Born, en la calle Espartería, 17. Estaba al lado de mi casa, donde aún sigo viviendo. Me compré el piso en 1978. Era el más barato del barrio y me lo compré para tener papeles legales. Necesitaba tener un piso de propiedad porque me iba a la Unión Soviética a casarme con una chica rusa que necesitaba salir del país. Era un matrimonio de conveniencia. En esa época yo trabajaba en el Hotel Avenida Palace, el de la Gran Vía, propiedad de Joan Gaspar –el padre– porque el hijo aún no estaba muy puesto en la hostelería. De hecho, el padre vivía en el mismo hotel.

RM: ¿Te casaste para ayudar a alguien a quien no conocías?

JF: El plan consistía era sacarla del país y conseguirle papeles. La conocí a través de Miquel Riera, el de El Viejo Topo. Había leído un artículo sobre matrimonios de conveniencia en la Unión Soviética, que había sido publicado en la revista Studio 54, que dirigía Damián García Puig. A Miquel lo conocí por Claudi Montañà, el fundador de la revista Vibraciones, colaborador de Ajoblanco y creador de El Viejo Topo. Claudi era el segundo hippie de Manresa y yo fui el tercero, mientras que el primero fue un pintor: Joan Descarga.

Total, que a través de Claudi entré en contacto con Miquel Riera y Víctor Sen Samaranch, el abogado que llevaba todos los asuntos legales de las publicaciones underground españolas. Un día, Claudi le dijo a Miquel: “Conozco a un tío que tiene una librería de cómics y que si le propones casarse con esa chica para sacarla de la Unión Soviéetica aceptará porque él entiende el problema”. Se ve que lo habían intentado con otras personas, concretamente con gente de Intervíu pero no lo consiguieron porque lo que querían los de Intervíu era manipular la situación y hacer un reportaje. El plan no era ese sino montar una boda para sacar a una persona del país, pero hacerlo al máximo de creíble posible. Por eso funcionó. Eso de casarme por papeles no era una idea nueva para mí. Ya lo había intentado cuando estuve en Holanda para librarme de la mili, pero me salió mal.

RM: No habría mucha gente tan dispuesta como tú.

JF: No tenía ningún problema en moverme por Europa. Lo había hecho toda la vida.

RM: Así que te casas, vienes con ella a Barcelona y continúas con tu vida repartida entre el hotel, la música y los cómics…

JF: Mi vida se resumía en trabajar de noche en el hotel, dormir por las mañanas y estar en la librería por las tardes. Iba todo el puto día sacando la lengua. Estaba agotado y la gente no entendía nada. ¡Me despertaban a media mañana para pedirme cómics!

Fotografía del archivo personal de J. Fargas

RM: Zap 275 debería ser la primera librería de España especializada en cómics underground.

JF: En cómics underground sí, pero no era la única librería de cómics. Había otras, aunque pensadas de otra forma. No solo pensadas para adultos, sino más del tipo de El guerrero del antifaz o Roberto Alcázar y Pedrín, que también tuvieron un crecimiento. Piensa que eso fue el mismo año que apareció Metal Hurlant en Francia.

RM: Los clientes de Zap 275 ¿qué venían a buscar exactamente?

JF: Cosas… Lo que fuera… Nunca se sabía lo que podría tener. Piensa que cada día recibía cómics que llegaban en paquetes de cuatro libros repartidos entre las casas de mis conocidos. Así evitábamos que fueran considerados propaganda clandestina. Al final, todo este tinglado funcionó. La prueba está en que mucha gente se acuerda de mí en esa época y, por mi parte, creo que tuve influencia sobre algunas personas de entonces. Por ejemplo, me acuerdo de Joan Navarro, que se fue a la mili y me dejó dinero a deber y luego me lo pagó unos años después. Él era uno los clientes de Zap.

RM: Acabó siendo un centro de reunión de los autores underground, supongo…

JF: Más que eso, lo que ocurría es que se encontraban allí. Todos venían a buscar cómics y era normal que acabaran coincidiendo. No quedaban en la librería, sino que se encontraban. Venían a lo largo de toda la semana, porque cada día había cómics distintos. Todo dependía de lo que me llegara en cada pedido. Un día había unos cómics y al día siguiente había otros. Como mucho recibía cuatro cómics al día y el viernes ya no me quedaba nada.

RM: ¿Qué tipo de cómics te hacías traer de Holanda?

JF: Pues todo lo que salía en esos momentos en los Estados Unidos, pero no solo contraculturales sino también cosas más clásicas como Crazy Kat de George Herriman o Litle Nemo in Slumberland de Winsor MacCay. Me traía cómics de principios del siglo XX que aún no se habían visto en España. O cómic japonés, también.

RM: ¿Japonés?

JF: Si, de todas partes. Hay que pensar que entonces aún no existía internet y que la gente se fiaba de mí por carta, a través de Real Free Press. Hoy en día es difícil de imaginar que puedas llegar a confiar en lo que te recomienda, por carta, una persona que no conoces.

RM: Luego en Madrid también abrieron una librería similar a la tuya. Era Mafalda. ¿Os conocíais?

JF: No, pero ellos sí que sabían de mi existencia. Cuando abrí Zap no tenía ningún interés en tener una librería. En realidad, lo hice para poder descansar y evitarme desplazamientos a casa de los clientes. Piensa que, hasta entonces, llevaba personalmente los cómics a quien me los pidiera y pensé que con la librería podría dejar de hacerlo, ya que serían los clientes los que se desplazarían. Luego, en 1979 hice la movida esa de la Unión Soviética y acabé muy harto de la situación porque la gente me despertaba cada mañana pidiéndome cosas, fuera cómics o hachís. ¡No había forma que me dejaran dormir!

Jaume Fargas en Zap según Javier Mariscal. Colección particular JR Guzmán

RM: ¿Todo esto que me estás contando tiene que ver con el fin de Zap?

JF: Sí. Cerré en 1979 y lo hice por cansancio. Estuvo abierta casi cinco años. Desde diciembre de 1974 hasta septiembre de 1979.

RM: Tenías claro que querías acabar…

JF: Sí, y cuando la cerré me fui al pueblo a descansar. Me instalé en Bagà, que es donde viví durante algunos de mis primeros años de vida, aunque no tengo recuerdos de esa época. Tengo un hijo que nació allí.

RM: Yo creía que eras de Manresa.

JF: Nací en la Clínica Sant Josep de Manresa. Es que allí es donde vivimos con mis padres la mayor parte del tiempo. Nos trasladamos a Manresa cuando yo era muy pequeño. Mi padre trabajaba en una fábrica textil en la Pobla de Lillet. Mi abuelo materno era médico y vivía en Barcelona. De hecho, mis padres son de Barcelona, pero cuando se casaron se instalaron en Bagà.

RM: ¿Y en el pueblo conseguiste descansar?

JF: Sí, aunque continué vinculado a los cómics y a Real Free Press, ya que seguí importando cómics a España. Los vendía a librerías como Makoki, que ya existía y la llevaba Felipe Borrallo. Luego regresé a Barcelona y monté un estudio de grafismo, donde realizamos algún que otro cómic. También alquilé una casa, que estaba muy cerca de mi piso, para utilizarla como local de ensayo de música, que es otra de las cosas a las que me dedicaba y me sigo dedicando ahora.

RM: ¿Era un buen negocio para Real Free Press?

JF: Mi amigo Martin Beumer vivía de su trabajo como traductor. Nunca nadie sacó un céntimo de Real Free Press. Traficaban con marihuana, y luego con cocaína, y todo lo que ganaban se lo volvían a gastar en drogas o en cómics.

RM: Tú tampoco hiciste el gran negocio con Zap…

JF: No. Además, trabajaba en un hotel y me ganaba un sueldo, y en Real Free Press pasaba algo similar. Cuando estuve en Menorca, vino a verme Martin Beumer. Como a él lo habían echado de España cuando estuvo en Ibiza, no entendía que yo hubiera vuelto. Entonces Franco aún vivía y Martin me preguntaba: “¿Por qué vuelves?”  Y yo le respondía: “Tranquilo, que no pasará nada”. Al final se quedó a vivir allí. Se compró una casa en Menorca y murió en Barcelona, de cáncer de piel. Pasó los últimos doce años de su vida en España, pero ya de otra forma. Además, la mayor parte del dinero lo aportaba su mujer, que creo que tenía una jubilación mucho mejor que la suya.

Martin Beumer y Joan Ramón Guzmán (bajo el cabezudo) en la tienda de Dirk Van Hasseltsteeg en 1979. Fotografía del archivo personal de J. Fargas

RM: Naciste en una familia de industriales de Manresa. Sin embargo, escogiste llevar una vida muy distinta de la que se supone que esperaban tus padres.

JF: Siempre he vivido en plan pobre, con cuatro duros. En Barcelona, cuando no tenía casa, dormía en la calle. Tenía unos 17 años y lo hacía entre mis viajes por Europa. Si tenía que estar dos o tres semanas en Barcelona antes de volverme a ir, como no merecía la pena buscarme un piso, dormía en la calle o donde fuera. Y no solo en Barcelona, sino también en otras ciudades. Por ejemplo, en París me apalanqué a vivir una temporada en el jardín de Bernhard Willem Holtrop, el dibujante holandés. Saltaba la valla de su casa y me buscaba un rinconcito a cubierto. Recuerdo que por las mañanas me saludaba desde el interior de la casa. Del mismo modo, cuando iba a visitar a mis hermanos a Manresa, también me ponía a dormir en la calle. Al final acabé conociendo todos los lugares donde no te mojas cuando llueve.

RM: Sé que tu interés por la música viene desde tu infancia. Incluso estuviste en la Escolanía de Montserrat.

JF: Sí, y al acabar me fui a Francia para sacarme el título de Dirección Coral. Ahora, en estos últimos años, también me he sacado una titulación en Finlandia de Pedagogía de Canto.

RM: Has hecho de todo en la vida.

JF: En cambio, soy más conocido por lo hecho en el mundo del cómic que en el de la música.

RM: Y eso que empezaste a cantar mucho antes que a importar cómics.

JF: Cuando nació mi hijo intenté enseñarle canto, pero en Bagà, hace treinta años, la gente me decía de todo, que sí eso era una tortura para el crío, que si tal, que si cual… Enseñar música a un niño pequeño estaba mal visto. En cambio ahora, por suerte es normal y, de alguna manera, es una guerra que he ganado. De hecho, gracias a la música, me sigo relacionando con gente de todo el mundo.

RM: Por todo lo que cuentas, supongo que debes hablar muchos idiomas.

JF: No creas… Hablarlos bien, por cuestiones familiares, catalán y francés. El castellano vino después del francés. Inglés a partir de los siete años, porque mi padre solo tenía quince días de vacaciones al año y, de esos quince, gastaba una semana viajando al extranjero para buscar nuevas máquinas para la empresa textil para la que trabajaba. Por eso tuvo que estudiar inglés: se compró un tocadiscos y discos de esos que llevaban la clase de audio grabada. Mis hermanos y yo, cuando lo descubrimos, le dijimos que también queríamos aprender y yo lo aproveché bastante.

RM: En los años setenta, saber inglés te debería abrir muchas puertas. Entonces poca gente en España hablaba idiomas.

JF: Esto que te cuento incluso ocurriría antes. Sobre 1959 más o menos. Lo recuerdo porque entré en la Escolanía de Montserrat en 1961 y ya sabía inglés. Luego también estudié japonés durante cinco años en l’Escola Oficial d’Idiomes, con Jun-ichi Matsuura. Ahora, su hijo Jun Matsuura es dibujante de cómics. También hice dos años de ruso. Y, a través de la música, el alemán es asignatura obligada: Mozart, Wagner, Beethoven

La famosa foto fundacional de El Víbora. Arriba, de izquierda a derecha: Nazario, Marián (mujer de Beà), Beà, Hoyuelos, Martí, Lola (mujer de Berenguer), Toutain, Gallardo. Abajo: Pons, Mediavilla, Max y Berenguer

RM: Entre los múltiples trabajos que has tenido, has pasado muchos años en la editorial La Cúpula ¿Cómo empezó tu relación con ellos?

JF: Ya los conocía de cuando la época de El Rrollo enmascarado. Nos conocíamos todos. A ellos les interesaba lo que yo sabía de Holanda y de autores del país como Bernhard Willem Holtrop o Joost Swarte. Este último, colaborador habitual de Real Free Press y diseñador gráfico de la librería… Además, mi hermana pequeña también trabajaba en La Cúpula, aunque luego se largó cansada de que Berenguer se pasara el día metiendo mano a todas las mujeres que tenía a su alcance.

RM: Has estado muchos años con ellos, ¿no?

JF: Bastantes, aunque no desde el principio de El Víbora.

RM: De hecho, creo que El Víbora nace cuando tú aún tienes la librería.

JF: Ellos empiezan justo cuando yo cierro Zap y me instalo diez años en Bagà. Luego, aún tuve el estudio de grafismo. Mi relación con ellos empezó después de todo esto. Coincidió con un accidente casero que sufrí y me rompí la tibia y el peroné.

RM: Debería ser cuando El Víbora ya llevaba unos diez años de existencia.

JF: Sí, nos conocíamos desde hacía años. Empecé en el laboratorio haciendo fotolitos y montando la revista. Entonces impartía clases de videografía en l’Escola de Mitjans Audiovisulas (EMAV). De hecho, fui de las primeras personas en trabajar con ordenadores e incluso realicé algunos encargos para los Juegos Olímpicos del 92. Recuerdo que utilizaba un Atari. Luego, ya en El Víbora, cuando tenía mi estudio publicamos un cómic hecho con un Spectrum. Lo imprimimos y lo montamos. Tiene el rollo ese del pixelado… Baxter era el jefe de producción, pero lo dejó cuando entré en El Víbora para montar un estudio publicitario con Gallardo. Antes de irse convenció a Berenguer para que comprara el primer Macintosh, que era en blanco y negro y con ese ordenador hice la primera página a color. Era difícil porque la pantalla era en blanco y negro y, por tanto, tenía que indicar el color sin llegar a verlo.

También me acuerdo de que escribíamos los textos y los llevábamos a filmar. Teníamos que indicar: “Esto tiene que ir en tal tipografía, tal cuerpo y tales textos en negrita…”. Todo iba sobre un fotolito… Así es como hacíamos las páginas de texto de El Víbora. Recuerdo la primera vez que hice una página montando las columnas en el ordenador e indicando dónde tenía que ir el dibujo que luego se tendría que contratipar encima. Antes, el montador era Ramón Boldú pero lo dejó porque no quería usar el ordenador. Lo sustituyó Pablo López, un exalumno mío que había empezado a realizar las portadas de la revista con aerógrafo. Le daban el dibujo escogido para la portada y él le metía el color con aerógrafo. Durante un tiempo las portadas de El Víbora se estuvieron hac­iendo así. Si te fijas, verás que hay muchas. Luego, cuando mi amigo murió, entró Isa –la compañera de Jaime Martín­­–, que estuvo en La Cúpula hasta que murió de Berenguer, una época en la que se estaba perdiendo mucho dinero.

RM: En los noventa cayeron muchas revistas, aunque El Víbora resistió hasta el 2005. En cambio, la mayoría cerraron antes y los autores tuvieron que reinventarse hacia la ilustración u otras actividades relacionadas.

JF: Decayó totalmente. Hacían cómics mensuales y se perdía dinero mes a mes. Berenguer murió en el año 2012 dejando a cinco hijos como herederos, accionistas mayoritarios de La Cúpula. Una chica, nacida de una primera relación con una mujer que vive en Suecia, y otros tres hijos –dos chicas y un chico–, que viven en Sant Cugat. Entonces, Emilio Bernárdez era el jefe de producción y tenía el 10% de las acciones, pero la familia acordó traspasarle más de la mitad de las acciones y convertirlo en el accionista mayoritario. Momento que coincidió con la decisión de abandonar la redacción de la plaza de les Beates y trasladarnos a la calle Viladomat, que es su ubicación actual. Pasamos a tener la mitad de espacio para pagar la mitad de alquiler. He estado trabajando allí hasta hace muy poco, que lo tuve que dejar por motivos de salud. Ahora solo me dedico a dar clases de canto.

RM: Háblame de la revista Globo, dedicada básicamente a las drogas y en la que también participaba Max ilustrando las historietas del Dr. Zap, que eras tú. La idea de crear la revista fue cosa tuya, de Cote y Joan Ramón Guzmán, ¿verdad?

JF: Habíamos visto ese mundo por Real Free Press y la revista High Times. De hecho, los de High Times vinieron a Barcelona para no sé qué movida y también fueron a Amsterdam, donde nosotros también los vimos.

RM: En la primera historia sobre el dr Zap empieza con tu personaje volviendo de la Unión Soviética.

JF: Se hizo justo entonces. Cuando me casé allí.

RM: Debería ser la primera revista en España que hablara tan abiertamente sobre drogas y que estaba financiada por un grupo libertario.

JF: Supongo que esa gente debió descubrir que sabíamos hacer una revista de cabo a rabo y que además éramos capaces de controlar las imprentas.

RM: Tuvo una vida muy corta. Solo duró cuatro números, aunque supongo que la creasteis para que fuera más duradera.

JF: Al menos, pensando en que tuviera cierta regularidad. Luego, los de Makoki sacaron la revista Cáñamo, que aún existe.

RM: ¿Qué recuerdos tienes de tu librería, Zap 275? Tanto malos como buenos.

JF: Lo malo era que los clientes actuaban como si yo fuera su criado. Pensaban que tenían derecho a forzar mi vida en cualquier momento. ¡Con el cuento de que me lo pagaban! Nunca obtuve beneficio de los cómics underground. También tenía otras cosas qué hacer en la vida. No todo eran los cómics para mí. Por la noche trabajaba en el Hotel Palace con unas personas que no tenían nada que ver con ese otro mundo underground y también estaba lo de la música.

RM: ¿Qué te decía la gente del mundo underground sobre tu doble vida y de que trabajaras en un hotel en pleno Eixample?

JF: No lo entendían y ni tan siquiera lo veían. Si te miras el Ajoblanco, encontrarás unos anuncios sobre la librería Zap donde ponía algo así como de que “allí encontrarás a un chico que está cantando y estudiando y que te regalará un cómic”. En esa época estaba estudiando música. Se acababa de fundar el primer coro profesional de Barcelona y estaba intentando formar parte, pero al final no lo conseguí. Así que, mientras me preparaba para entrar en el coro, estudiaba en la librería cantando y poniendo música. En general, la gente no entendía mis cosas. Veían que tenía una tienda de cómics, trabajaba en un hotel, estudiaba música clásica, estaba metido en el rollo de la Unión Soviética… Los del mundo del cómic no entendían nada de todo lo que me rodeaba y aún ahora tampoco lo entienden. Max sí, por amistad personal.

Cartel publicitario de Zap 275 realizado por Max en 1977. Tiene la particularidad de ser el primer dibujo que se publicó de su personaje Gustavo

RM: Sois amigos casi desde toda la vida. Bien, desde que os unió el underground.

JF: Sí. Además, él ha estudiado música y su hija Aïna también. Ella ha estado mucho tiempo cantado en corales en Palma hasta hace bien poco… Hasta que se profesionalizó en el grafismo. Max incluso ha tocado la gaita.

RM: ¿Max toca la gaita?

JF: Sí. Estuvo un tiempo yendo a clases en el centro galego de la calle Joaquim Costa.

RM: ¿Y cuál es tu mejor recuerdo de Zap 275?

JF: Haber ayudado a difundir la información internacional a todas partes. Era un tipo de información que yo ya tenía desde hacía tiempo, porque había viajado por el mundo –incluso desde antes de abrir la librería–, pero que no llegaba fácilmente a la gente del país.

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