[Entrevista] Pamela Palenciano: “Hay que resetear esta sociedad”

Pamela Palenciano lleva ya casi diez años transmitiendo un mensaje sencillo y claro por los institutos españoles, que “el amor de verdad no duele”. Y que, cuando duele, No solo duelen los golpes, que es el título de su monólogo. Dos pilares sobre los que esta activista andaluza desarrolla la deconstrucción de los valores del amor romántico, revelando que “el amor te hace crecer” y que somos “personas completas, no la mitad de nadie”. Mensajes que parten del optimismo y el empoderamiento feminista y que han recibido, por un lado, una denuncia por incitación a la violencia (ni más ni menos), y un Premio Godoff por su trabajo teatral.

A este tipo de contradicciones, Pamela Palenciano las define como parte de la “Península Histérica” en la que vivimos, y que ella ve con distancia después de casi seis años de trabajo en El Salvador. Allí, el mensaje recaía no solo en adolescentes de instituto, también en pandilleros. Resulta surrealista pensar que su trabajo con “los seres más violentos del mundo, que matan entre trece y catorce personas al día”, haya pasado sin una sola denuncia, mientras que aquí, en el llamado Primer Mundo, en Europa, en España, donde dicen que ya no existe el machismo, que hemos avanzado y somos todos “iguales”, ya haya entrado en trámites legales.

Nos reunimos con Pamela para hablar de los límites (legales) del humor, sus impresiones ante su reciente denuncia y premio, y los mecanismos del sistema para que seamos nosotros mismos los que nos pongamos las cadenas. De cómo el humor puede ser también herramienta de cambio. “Primero, yo no me considero cómica. Yo soy actriz y activista feminista. Utilizo el monólogo y el humor y, la verdad es que en otras obras que he hecho en El Salvador, siempre mi rollo ha sido el humor, porque soy andaluza, porque me muevo bien ahí, porque he encontrado en el humor una herramienta política muy potente para denunciar cosas.”

El humor de Palenciano se diferencia de los monólogos al uso no solo en su finalidad terapéutica y pedagógica, sino al incluir la imitación de personajes de su entorno. Sobre todo, a su ex maltratador, Antonio. Un acto poco común en la comedia española. “Es muy gracioso ver a un hombre imitando a una mujer. Es muy gracioso que un hombre hable de cosas de mujeres. Pero, al revés, no. Una tía se ponga a hablar de cosas de tíos no es divertido. Y las que lo hacen, paradas en tacones, con esa voz impostada para imitar a un tío… a mí no me da risa. Porque ellas siguen estando estereotipadas como mujeres (que las respeto a ellas como a las del burka). Pero desde esa feminidad de ‘estoy buena que te cagas’, no da risa. Porque realmente, imitar a un tío es cuestionar muchas cosas del sistema. A una tía, como es reírnos de ella, pues nos reímos de la tía, del niño, del maricón, de la lesbiana, del discapacitado… todo lo que esté por debajo del modelo blanco heterosexual masculino y capitalista, todo lo que esté por debajo de eso (los moros, los negros), todo eso da risa. Ahora, reírnos de los de arriba, no. ¿Cómo te vas a reír de los de arriba?”

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En el caso de Pamela, no solo se trata de utilizar la risa para introducir conceptos que, de otro modo, resultan demasiado dolorosos (tanto para ella, como actriz, como para el público, incomodado): el maltrato psicológico, la complicidad del resto de la sociedad en casos de violencia en pareja… y, sobre todo, las estructuras de poder que hacen posible, tanto a nivel físico, mental e institucional, que la violencia continúe y se perpetúe. “El humor vino después. Yo daba talleres sobre violencia de género en institutos desde mi experiencia como mujer maltratada. ‘Yo me llamo Pamela, me pasó esto con mi primer novio…’. No decía siquiera su nombre, decía ‘mi ex’. Pero la gente me juzgaba tanto a mí, que yo empecé a rayarme. Las primeras preguntas siempre eran ‘¿Pero por qué tus padres no hicieron nada?, ¿pero tú cómo aguantaste esto?’ Cuando empecé con el teatro en El Salvador, yo me daba cuenta con cada ejercicio que hacíamos, que el monólogo me ayudaba. Me di cuenta de que, a través del humor, la gente iba reflexionando. Antes era desde las tripas y desde el dolor. Acababa muerta, estaba destrozada, incluso quería dejarlo. A través del humor y del teatro, parto del artificio del recuerdo para contar lo que cuento, no revivirlo.”

Asistimos a uno de los monólogos que Pamela Palenciano desarrolla en el Teatro del Barrio todos los miércoles y sábados (con sold out habituales y consecutivos) para comprobar de primera mano las palabras de esta activista y buscar, si las hubiera, las razones para la indignación y la denuncia. En el escenario desnudo y negro del Teatro del Barrio solo nos encontramos con dos elementos decorativos: el banco de un parque, pintarrajeado como lo suelen estar todos, y una sudadera con la que Palenciano se caracteriza como Antonio llegado el momento. Durante dos horas, la jienense desgrana, mastica y explica todos y cada uno de los factores que la llevaron a ser víctima del maltrato, tanto como los factores que llevan a un hombre a sentirse con el derecho de maltratar. Todo aderezado con unas risas que se hacen necesarias para soltar la tensión acumulada, la incomodidad de sentirse parte de una estructura macabra. “Mi humor resulta incómodo porque no es humor. Yo no me estoy riendo de los tíos. Ni de las tías. Me estoy riendo del sistema. Que los ha puesto a ellos como orangutanes y a nosotras como estúpidas, con la boca abierta todo el puto día. ‘Es que te metes con los hombres’. ¡Y conmigo misma! Me pongo como imbécil, como una niña que era una marimacho de pequeña, y cuando me enamoré, me cayó la barbie encima. Me puse el pelo rubio, falda corta, todo, y estuve seis años disfrazada de barbie, porque era el estereotipo que yo aprendí para gustar a un tío”.

Durante la representación, presenciada por un 90% de mujeres y tan solo (si llega) a un 10% de hombres, ellas asienten, participan y aplauden. Sin embargo, al menos tres de ellos (uno sentado incluso en primera fila) se mantienen hieráticos, tensos. No se ríen en ningún momento. Otro de ellos, situado detrás de nosotros, hasta carraspea y habla de vez en cuando, ganándose un merecido “¡Chisst!”, tras el cual se rebaja. Es entonces cuando nos damos cuenta de que la denuncia que ha recibido Pamela no es, ni de lejos, el mayor de sus problemas. Que el boicot al que se enfrenta es diario y cotidiano. “La denuncia sale de un tío que se llama Juan López. En la denuncia sale su nombre, apellidos, DNI y dónde vive. Me enteré de la denuncia porque, un día, en Twitter, un tío me dice ‘Pamela, ten cuidado, te van a denunciar’. Y me dijo, ‘Mira, Pamela, yo estoy metido en un grupo de custodia compartida, porque yo estoy de acuerdo con la custodia compartida, pero también he visto tu monólogo y estoy completamente de acuerdo contigo’. Entonces el tío me dijo ‘Te voy a pasar una captura de pantalla para que veas que te han denunciado. Lo que ellos quieren es que dejes de ir por los institutos’. Le pregunté qué grupo era: ‘Custodia compartida y denuncias falsas‘. Y le dije que me se metiera en Custodia Compartida En Positivo, de mujeres y tíos pro feministas que quieren una custodia distinta”.

Y continúa relatando el origen de la denuncia: «Una amiga mía de otra amiga mía de otra amiga mía (así fue, en cadena) investigó. El tío que me ha denunciado tenía varias fotos en su Twitter (que ya ha cerrado) vestido de superman con una pancarta, pidiendo la custodia de su hija, que la perdió. Que su pareja lo violentó a él y que su pareja se quedó con la custodia, cuando la maltratadora es ella. El tío realmente está muy rebotado porque ha perdido la custodia de su hija. Pero, según él, todo es mentira, la justicia se equivoca.”

La violencia a la que se enfrenta Pamela Palenciano, visible a través de esta acción legal, es la misma que ella denuncia todas las semanas a través de charlas con adolescentes, obras de teatro y, ahora, con nombres y apellidos: los de personajes célebres como Toni Cantó, Lichis o Tontxu“A la gente que me acosa les da igual si soy buena cómica o no. Son colectivos del tipo S.O.S. Papá o Custodia Compartida y Denuncias Falsas, plataformas organizadas de hombres maltratadores, pero ellos se dicen ‘maltratados’. Ellos dicen que la violencia no tiene género. Toni Cantó ha hecho este tipo de declaraciones sobre las custodias y que los hombres sufren la ley de violencia de género. Y de Tontxu y Lichis me he enterado a través del documental Silenciados.org. Hubo una denuncia en Facebook para que el documental no siguiera adelante, pero hicieron un crowdfunding, donde decían que Tontxu y Lichis iban a hablar de que ellos habían sufrido también violencia por parte de tías. Son hombres que están muy rebotados con los discursos feministas, porque ven que se les acaba ya el chiringuito, y el folleteo y su abuso sexual».

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El visible hartazgo de Palenciano por este tema se nota en sus palabras y en su conocimiento de causa: “Hemos investigado sobre estos grupos, porque me han intimidado varias veces, porque vienen a mis espectáculos a intimidarme de manera estratégica. Tienen estrategia pandillera: uno aquí, otro en medio, otro ahí… y hacen triángulo. No se ríen en todo el monólogo, no aplauden, te miran tensos.”

¿Constituyen actos como los de las acusaciones de denuncias falsas, que Palenciano denuncia, el último grito de desesperación de aquellos que se corresponden con el estereotipo de varón blanco heterosexual cisgénero? ¿La última bocanada de energía de aquellos que ostentan el privilegio? Para Palenciano, se trata más bien del comienzo: “Para mi trabajo personal, así como el de Locas del Coño, o Patricia Sornosa… esto es el inicio de otras cosas. No van a querer que esto cambie. Lo que van a hacer es pasar de un discurso muy violento, mentiroso, de hombre maltratado, a un discurso sutil. Es hablar de ‘Igualitarismo’, que es la palabra que usan ahora. ‘Yo, ni feminismo, ni machismo, yo igualitarismo’. Es super perverso. Porque ese discurso es el discurso del capitalismo, el que vende. Esa doctrina va a ser mucho más perversa, porque se va a retorcer el discurso. Y nos van a boicotear de maneras muy sutiles.”

Sorprende de este diálogo, más que el debate sobre la custodia compartida, la resistencia de cierta parte de la sociedad a aceptar su parte de culpa. A autodenominarse como machistas, a admitir su participación de las estructuras que han “mamado” desde niños y asumir su parte del privilegio: “¿Quién no se va a sentir cómodo con el privilegio? El ser humano está hecho para el placer. Nos encanta la comodidad. Si el sistema capitalista te da placer, es porque te da privilegios. A mí me da otras cosas, pero bueno. Digamos que el sistema está montado de tal forma que, cuando no tienes esos privilegios, sientes que te falta algo. Los que tenemos privilegios los podemos deconstruir. Yo en El Salvador cobraba el doble que una salvadoreña solo por ser española. Porque mi carrera valía más por ser de aquí. ¿Y qué hice yo? Cuestionarlo. Por eso era incómoda también para las ONGs. Si todos los seres humanos hiciéramos pequeñas cosas para cambiar, esto cambiaría.”

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Un privilegio que tiene, también, su sombra, como explica Virginie Despentes en su Teoría King Kong: los hombres son obligados desde niños a abandonar su “parte femenina” y asumir la violencia como parte intrínseca de su personalidad. “En todos estos años que llevo con el monólogo, en una mano me caben los hombres que he visto cambiar de verdad. Con los que yo tengo vínculo, porque a través del monólogo dijeron ‘esta mierda yo me la quito’. En adultos. Sin embargo, en adolescentes, en un grupo de cincuenta chicos uno te dice ‘oye, me has hecho darle al coco… yo no quiero ser como tu ex’. De cincuenta, solo uno. Pero, oye, es una vida que cambias. Sí que es cierto que, de cincuenta chicas, le vas a cambiar la vida a cuarenta, mínimo. Porque a los tíos les estás cuestionando una cosa por la que han hecho un gran esfuerzo, que es ser hombres. Las chicas, hasta los doce años mantenemos nuestra voz interior en conexión. A los doce, empezamos a ponernos barbies, y ya se nos olvida. La voz interior te confunde. Pero a los tíos, a los cinco años se les corta. Ya eres o maricón, o macho alfa. No hay término medio. Mi hijo, ahora, se da besos en la boca con sus amiguitos. Tiene dos años y medio. Verás si con cinco años lo hace.»

El proceso de cambio comienza con la catarsis. El darse cuenta de que formamos parte de un sistema complejo, más grande que nosotros mismos, al que beneficia nuestra indiferencia, nuestra violencia, nuestra conformidad. El discurso de Pamela Palenciano resulta peligroso, desde ese punto de vista, al fomentar y provocar esa catarsis en el espectador. ¿Es posible cambiar, rehabilitarse? “Recibo entre cinco y siete mensajes diarios de chicas que me dicen ‘he dejado a mi pareja gracias a ti’. Todas hemos sufrido violencia machista: no conozco a ninguna mujer que no le haya pasado nunca nada. Que te hayan tocado sin tú querer que te tocaran, que te miren de manera lasciva, tener que ceder espacio por compañeros… todas hemos vivido eso. ¿Cómo, en un aula, no vas a encontrar a cuatro o cinco que te lo digan? ¿Y las que no me lo dicen? ¿Y las que me lo dicen años después? ‘Tengo 25 años, fuiste a mi instituto, y al principio me caistes mal, porque nos ponías a las chicas como tontas. Y cuando estuve con un tío, de lo primero que me acordé fue de tu charla’. Eso me pasa mucho, y es muy bonito. Cuando yo empecé esto, mi único objetivo era evitar que les pase lo que me pasó a mí.

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¿Y cómo cambiar las cosas? «Hay rehabilitación posible, pero no es la que están haciendo. La conductista no sirve para nadie. Bueno, sí, para los perros. Pero una persona que ejerce la violencia… si es ejercer la violencia reactiva, sí puedes trabajar desde el conductismo. Es una violencia que has aprendido, ‘si tú me tocas, pues yo a ti también’. Las víctimas de bulling después suelen ser victimarias o victimarios de otras violencias. Pero cuando hay violencia instrumental, es decir, que tú ya naces con el derecho a ejercerla, ¿cómo la vas a cambiar desde el conductismo? No se puede. Tienes que asumir que eres lo que eres para cambiar. Como un alcohólico o una alcohólica. Cuando dices ‘yo soy alcohólico’, es cuando puedes empezar a cambiar. Si la sociedad un día dice ‘queridas, queridos, somos machistas’. Si lo asumimos de una puñetera vez, entonces empezaremos a cambiar. Pero si yo, siendo activista feminista, en mi día a día tengo actitudes machistas, si es que lo he mamado, ¿cómo no se me va a salir? Si los tíos dijeran ‘soy machista, quiero cambiar’ y lo vivieran como un proceso de rehabilitación, de deconstrucción, de reaprender, de reiniciar…”

Sin embargo, este cambio se hace casi inviable cuando, desde las mismas instituciones, se niega el problema, o se desenfoca, o se enfoca como un “problema de las víctimas”, algo que esta activista también denuncia: “Esta sociedad hay que resetearla. Y eso vale mucho dinero. No quiere cambiar el estado, ni las instituciones, ni las personas queremos decir “tengo que cambiar yo y deconstruirme”. Es mejor decir siempre que el malo, o la mala, es otra persona.”

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