Érase una vez el Neowestern: cuando el cine del Oeste se modernizó

El western es un género orgánico. Se secó como todo lo que tiene raíces profundas. El tronco se ve invadido de vida ajena cuando los insectos pululan excitados por sus oquedades, entonces cruje de alegría. Desde lejos, en lo alto del promontorio, puede verse la silueta del árbol esquelético con sus brazos abiertos de par en par. Parece que baila al ritmo sincopado de un ritual antediluviano. Es un espejismo. Un cuerpo inerte que revive gracias a la magia sin apetito ni gónadas. El Neowestern es un género aranero y huérfano que ha nacido de luto.

El cadáver andante

El forastero del extraño traje se introduce con cuidado la yemas de los dedos en la herida de su pecho. Su corazón no cierra. Supura. Sigue vivo. Quizá se deba al embrujo del amigo que se ha encontrado en el camino, el indio Caronte. Sabe que el poeta desconoce que lo fue algún día. Se ha perdido; debe devolverlo al otro lado. El mundo a su alrededor se ha vuelto loco por culpa de esos sudorosos engendros mecánicos. El progreso los ha vuelto a todos salvajes sin escrúpulos. Hombres de negocios empeñados en matar a un muerto. Cada suspiro de la respiración entrecortada del que ha regresado de allí funde a negro. Dead Man (1995) es una fábula alucinada que escribe la reverberante balada del Neowestern.

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‘Dead Man’ (1995)

El Neowestern reescribe su defunción en duermevela. Un muerto pesa más que un vivo. La carga se vuelve insoportable cuando arrastra con él la injusticia y el duelo; la tierra queda inerte cuando el amigo se ausenta. Los tres entierros de Melquíades Estrada (2005) es un filme sobre la presencia y la experiencia vital. Pete Perkins –Tommy Lee Jones– y Mike Norton –Barry Pepper– son los encargados de llevar a Melquíades a la otra orilla. El muerto se reivindica en cuerpo presente, es el amuleto con el que dar un salto atemporal hacia la tierra primigenia, pintada con la luz y los colores del paraíso. Habla y cabalga como ellos. Perkins consigue que su amigo marche en paz y que Norton se redima. El precio que paga es alto: abraza la locura y la soledad, hermosa y amarga, tras perder el calor de la pútrida amistad, la única posible para él.

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‘Los tres entierros de Melquíades Estrada’ (2005)

El llanero solitario (2013) despierta para vengarse. Tonto, un potawatomi errante y martirizado (Johnny Depp), acata la orden de los espíritus y ayuda a levantarse al malogrado Ranger John Reid (Armie Hammer) para que pueda vengarse, impartir justicia y unirse a él dando sentido a sus sinos. Ambos formarán un baluarte defensor de la añeja gran aventura, extinguida en cuanto se coloca la primera traviesa de un tren eléctrico gigante atrofiado, demasiado largo y ruidoso. Dos zombis enmascarados expulsados de la era moderna aprovechando cada instante en el que puedan hacer cabriolas por un paisaje ya irreconocible por el serpenteo del desbocado caballo de hierro.   

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‘El llanero solitario’ (2013)

Los que cabalgan juntos

La muerte se estira desde el origen al destino en una ruta paralela. El viaje hacia la muerte del relato supone el entierro del propio viaje y de la naturaleza de la aventura. Este tránsito es la única narración posible. Arrastra de nuevo a este plano de la realidad una vetusta iconografía que se proyecta en un cielo estrellado que evoca la esencia del cuento. Ya no hay historia ni leyenda, sólo queda un trayecto hacia la oscuridad de una noche cerrada y tétricamente invernal de contrastes mortecinos.

En El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007) el mito ya no puede disimular; es un embuste. Remolca penosamente ristras de fiambres. Ya no hay aventura posible ni historia posible. Bob Ford (Casey Affleck), envenenado de leyendas, escruta a Jesse James (Brad Pitt), el héroe de sus novelas. Está vivo; no es de papel barato. Lo desmonta, lo desarma. Incapaz de asumir la falsificación decide acabar con ella para así liberarla. El tiempo pasa rápido para los forajidos; sus sombras recortadas se esfuman pronto. Las nubes pasan rápido, la resurrección no durará mucho más, el fuego invisible se agota. Para entender la tragedia del hombre legendario, se debe desarrollar un sexto sentido para oler la patraña. Es el mismo tufo que tienen los que estiran la pata.     

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‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’ (2007)

Tras la toma de conciencia de la(s) muerte(s) el Neowestern vivirá de nuevo la(s) pérdida(s) de la inocencia. Ya no se puede volver al paraíso ni pagando el peaje de la locura. La realidad se antoja alucinada, fascinante y temible. En Valor de ley (2010) la niña Mattie Ross –Hailee Steinfeld– se baja en la estación de un mundo lleno de peligros y dominado por hombres. Quiere vengarse, como todos. Duerme en un ataúd porque sueña que se encuentra con la muerte y la vence. No ha aprendido nada aún. El alguacil Rooster Cogburn –Jeff Bridges– se convierte en improvisada e indomable figura paterna, mientras el remilgado Ranger LaBoeuf –Matt Damon– encarna el primer amor ideal y al ángel de la guarda. Ross cae en un agujero del que saldrá más sabia pero con el aguijón de la nostalgia bajo la piel. Es el precio del viaje hacia la adultez. Los tiempos pasados viven encarcelados en una osamenta.

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‘Valor de ley’ (2010)

Mark Twain se encarna en el hidalgo Jay Cavendish –Kodi Smit-McPhee–, que emprende el camino en busca de su amada anhelada y hará migas con Silas Selleck –Michael Fassbender–, cazafortunas y amigo forzoso, en Slow West (2015). Un diario de viajes ilustrado en el que el chico aprenderá que el mundo gira cuando hablan las balas y callan las palabras. Al igual que en la aventura de Mattie, Jay verá cómo la realidad, aunque mágica y por descubrir en su inmensidad y ferocidad, dinamita su idealismo y le arrebata su inocencia para siempre. Duele más que un balazo. Al contrario que la odisea de Mattie, la de Jay es luminosa. Un brillante claro abierto en el nublado del día de la resurrección que se antoja como un agujero de bala en la camisa recién planchada del cielo. El amor lo guía; no le hará inmortal para este mundo. Sólo se puede aprender la lección una vez.

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‘Slow West’ (2015)

El Neowestern tiene una frontera, la última posible. Linda con lo salvaje en su inmensidad. La vuelta a la vida ha traído consigo monstruos. Suponen una amenaza inconcebible que habita terrenos desconocidos. Bone Tomahawk (2015) advierte que la civilización y la armonía es imposible cuando tratamos con muertos vivientes. En un paisaje pálido, seco y rocoso sólo pueden prosperar los huesos. La llamada, primitiva y poderosa, pone en marcha a los últimos hombres respetables: el sheriff Hunt –Kurt Russell–, el afanoso Arthur –Patrick Wilson–, el playboy Brooder –Matthew Fox– y el sabio chiflado Chicory –Richard Jenkins–. Los exploradores recorren un enorme cadáver inclemente. Son profesionales y compañeros, los últimos que quedan. Saben a lo que se exponen, han hecho un pacto de caballeros, tienen el deber de llevar a cabo un último acto de humanidad. El horror despedaza a la razón. Los que regresen lo harán rotos. Certificarán la defunción de aquellos buenos tiempos que parecen la invención de alguien, soñados a su vez por otro alguien. Afrontarán lo inevitable: sobrevivir en la deformación grotesca de la ceremonia.   

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‘Bone Tomahawk’ (2015)

Tonto, convertido en arrugada maravilla de un circo itinerante bañado en cloroformo, cuenta su historia por última vez para que un niño le eche el lazo de la inocencia antes de evaporarse en un horizonte de papel pintado. Cogburn se bebe sus primeros últimos años del siglo veinte en una feria ambulante sin que pase un día en el que no recuerde la gran época en la que se redimió, como Norton, de una vida más arrastrada que la de la serpiente. Robert Ford convierte su traición en un bolo de etiqueta que repite una y otra vez como pena infligida. El resurgido es un gran farsante y triunfa como estrella del espectáculo. Aplausos. Tras la cortina las manos se aprietan, los puros se ponen erectos y los sombreros se lanzan al aire.    

El fantasma del viejo Oeste y toda su sacralidad se convierten en un fetiche de novela de saldo. Vive en los restos de la pintura de una madera desvencijada. Aplausos. Se abre el telón. Un teatro impostado presenta a la compañía de actores encabezada por el trovador Marquis Warren –Samuel L. Jackson–, una reencarnación del veterano guionista y director de Wéstern homónimo. Disfraz sobre disfraz. Son estafadores y juegan a inventarse un nuevo papel. Los odiosos ocho (2015) enseña con descaro sus mecanismos de suspense británico pese a resultar una función intrigada a oscuras en la ratonera de la memoria. Nos advierte que estamos ante la mentira de la mentira. Un reflejo deformado de otro reflejo. Tras tantas capas y espejismos, nos creemos el señuelo, no queda más remedio, a quién le quedan ases en la manga. La historia ocurrió como ellos quieran. Cada uno de los participantes, que espera su turno para lucirse, se sabe el rol a la perfección. Engañifa tras engañifa una rata revienta, después otra más, guiño a guiño, balazo a balazo. Es una fiesta salvaje y cruel de unos amigos que celebran el triunfo de la maldad natural de nuestro siglo y aplauden su(s) propia(s) mitología(s). Tienen la certeza de que nada puede salir del pozo salvo una buena ración de cenizas. Es demasiado tarde para todo. Sólo queda revivir a los muertos.

 

(L-R) SAMUEL L. JACKSON and DEMIAN BICHIR star in THE HATEFUL EIGHT. Photo: Andrew Cooper, SMPSP © 2015 The Weinstein Company. All Rights Reserved.

‘Los odiosos ocho’ (2015)

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