Fábulas de reconstrucción: el nuevo cine de ciencia-ficción de planetas

En este artículo os proponemos explorar la nada casual relación que existe entre el renacimiento del interés por la exploración espacial y la nueva oscilación del péndulo cultural que va desde el Apocalipsis a la Reconstrucción, desde la ficción “de desastres” a la ciencia ficción espacial, que aquí llamaremos “de planetas.” Un trayecto que es también el que nos lleva desde la nostalgia a la esperanza en el futuro, e incluso si me apuran, desde el cinismo a la (Nueva) Nueva Sinceridad.

Sucesos de los dos últimos años: un robot de seis ruedas recorre Marte, excava y examina muestras y se hace unos selfis. Un satélite recorre el cosmos durante diez años en trayectoria de precisión matemática hasta encontrarse con un cometa, lo estudia y deja allí una sonda. Otro recorre la vasta oscuridad que nos separa de Plutón en tan solo nueve años y lo fotografía, y aunque no encuentra allí a Yuggoth ni a los Mi-Go, sus imágenes nos muestran cordilleras, valles y canales con una definición increíble. Los cohetes de Space X, la empresa del multimillonario Elon Musk, la encarnación de Tony Stark en la tierra, realizan despegue tras despegue con éxito, acercándonos a su objetivo último: la colonización de Marte. Otros argumentan que Venus puede ser un hogar mejor que el planeta rojo y proponen construir allí ciudades flotantes. Mientras, Obama aprueba un presupuesto para financiar una misión a Europa, el satélite de Júpiter. Después nos espera Encelado, una vez la incansable sonda Cassini ha comprobado la existencia de un inmenso océano de agua bajo las cien millas de hielo que cubren esta luna de Saturno. O quizá la siguiente sea Titán, a la que la NASA enviará un robot submarino para explorar el Mar de Kraken, una inmensa masa de hidrocarburos líquidos.

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Así imaginamos las ciudades flotantes de Venus.

Tracemos brevemente este itinerario. Como es sabido, a mediados de la década de los 2000 presenciamos una explosión de la ficción apocalíptica mediada por la sacudida del 11-S y las repetidas alarmas de pandemias gripales. Está por escribir aún la narrativa de estas escatologías cinematográficas que comenzó quizá con El día de mañana (Roland Emmerich, 2004) y se prolongó después con la saga Transformers (2007-2014). Entre ellas hay muchas películas más que no citaremos aquí para no aburrir. Esta línea transcurre en paralelo con la explosión zombi iniciada con 28 días después (2002) y que continúa infatigable hasta nuestros días con The walking dead (desde 2010). Ambas temáticas se resumen en ciudades destruidas por fuerzas inconmensurables –olas gigantes, fallas tectónicas, extraterrestres, zombis incansables- y en ciudadanos que corren a esconderse de ellas como pueden.

Esta ola cultural coincide con la publicación del cuarto informe del IPCC en 2007, el primero en afirmar taxativamente la existencia del cambio climático, y del Informe Stern en 2006, el primer estudio riguroso de sus consecuencias económicas y de conclusiones, diremos resumiendo, nada bonitas. Cuando a todo esto se sumaron la crisis económica, la proliferación de imágenes del Detroit destruido por la reconversión industrial y de curiosos montajes fotográficos mostrando áreas costeras anegadas, el Apocalipsis se convirtió en un happening cultural. Y es que el imaginario del desastre puede ser, a la vez, fascinador y tranquilizador. Cuando llegan los créditos finales y se encienden las luces, todo sigue en su sitio.

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El día del mañana.

Esta fascinación global con el “ruin porn” tuvo poca oposición. Pocos ejemplos podemos encontrar en esa época de “fábulas de reconstrucción” (un afortunado término que creo le debemos a Guillermo Zapata), es decir, de historias en las que una vez sucedido el desastre presenciamos los intentos de los supervivientes de aprovechar la segunda oportunidad y crear una sociedad mejor. Las excepciones fueron Jericho (2006-2008), en la que los ciudadanos del pueblo que da titulo a la serie tratan de sobrevivir después de que varias bombas nucleares borren del mapa las principales ciudades norteamericanas, el último acto de Wall-E (2008) o la breve Terra Nova (2011), en la que la humanidad escapa del desastre ecológico a través de una apertura en el espacio-tiempo que lleva a un periodo cretácico alternativo. Pero el aldabonazo definitivo, el que nos terminó de despertar de nuestro ensismimamiento con la catástrofe fue aquel grito de Idris Elba en Pacific Rim (2013): “Today, we are cancelling the apocalypse!” Así, una película de mechas y kaijus servía para revertir una tendencia, para demostrarnos que debemos y podemos enfrentarnos a monstruos gigantes ya sean estos emisiones de CO2 desbocadas, gripes mortales o meteoritos kilométricos.

Esta llamada a la acción nos ayudó también a abandonar la modorra en la que estaba sumido nuestro interés por el espacio exterior, un estado de somnolencia al que contribuía una NASA en estado de asedio económico por parte de las autoridades. Tampoco ayudaron una concatenación de desastres técnicos (transbordadores averiados, sondas que se perdían sin decir siquiera «¡bip!») o el paso del analógico al digital, que nos impedía volver a la Luna usando la misma tecnología que nos puso allí en 1969. La cultura popular jugó a propósito con nuestro desinterés por lo espacial. En Kill the moon (2014), el séptimo episodio de Peter Capaldi en Doctor Who, se mostraba un futuro próximo en el que los humanos tenemos que desempolvar de un museo el último transbordador espacial para poder investigar unos extraños sucesos en la Luna. En Interstellar (2014), el personaje de Matthew McConaughey se indignaba al enterarse de que los libros de texto de sus hijos hablan de las misiones Apolo como un mero engaño destinado a arruinar a los soviéticos.

Interstellar: punto y aparte

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Interstellar.

De hecho, Interstellar supone un punto de inflexión en este devenir cultural. En su metraje conviven el cine apocalíptico y la ciencia ficción “de planetas”, es decir, aquella en la que se nos muestra al genero humano conquistando el espacio o al menos, viviendo en él. La primera parte del film muestra un fin del mundo pocho e indefinido (las primeras versiones del guión culpaban al cambio climático pero los hermanos Nolan cambiaron este punto para evitar polémicas con los negacionistas). La NASA intenta crear una colonia en el espacio pero tiene que trabajar en secreto para evitar la furia del contribuyente y pese a que el mundo que se está yendo al garete. La segunda parte del film muestra la maravilla de la exploración de otros mundos, una maravilla que solo es posible gracias a la ciencia y la tecnología. La salvación de la humanidad, su reconstrucción en el cosmos, es posible en último término gracias a la quinta dimensión, es decir, el amor (sic). Pero este abrazo desvergonzado a la pseudociencia, que contrasta tantísimo con el supuesto cuidado que la película toma en representar las leyes de la física, hemos de leerlo como lo que es: un intento de redimirnos mediante la sinceridad del cinismo que nos impregna. Un cinismo que se debe a la asfixiante idea de que no hay alternativas para nuestra civilización.

Este “sentimentalismo,” (lo entrecomillo porque no deberíamos rechazarlo de plano), también jugaba un papel importante en Gravity (2013). Los hermanos Cuarón (si, otro par) seguían el patrón Nolan (léase Inception) y colocaban al personaje de Sandra Bullock bajo la sombra de un trauma personal debido a la muerte de su hija. Pero Gravity era ante todo una pieza de orfebrería técnica y argumental que desarrolla la idea de alcanzar un nuevo renacimiento, más personal que civilizatorio, eso sí, a través de la experiencia espacial. Pese a que la catástrofe que articula la trama demuestre que las vastedades cósmicas son “como las fauces abiertas de un tiburón” (Lars von Trier dixit), el realismo con el que se representa la exploración espacial, así como la resistencia de su protagonista a todos los obstáculos, ya sean exteriores o interiores, inflaman a la película de una esperanza a la que nosotros, oh pobres cínicos, solemos oponer fiera resistencia.

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Gravity.

El año de Gravity también nos llegaba otra película de exploración espacial, Europa Report (2013), que aunque de tintes claramente lovecraftianos nos ofrecía de nuevo a un grupo de humanos consiguiendo lo improbable: cruzar los páramos del sistema solar hasta pisar Europa. Y si nos retrotraemos un poco más, podemos ver en Moon (2009) a otro pionero de estas ideas: La humanidad ha colocado una base en la Luna y allí obtiene, usando métodos nada éticos, nuevos recursos energéticos para la Tierra.

Pero ha sido en 2015 donde hemos llegado al (hasta el momento) cénit de esta ciencia ficción de planetas. Nos referimos a Marte (2015), a la que aquí llamaremos El marciano porque suena mucho mejor, dónde va a parar. Basada en el best-seller mundial de Andy Weir, El marciano es paradigmática porque en el núcleo de su historia de supervivencia tenemos a un señor que se dedica fundamentalmente a hacer números. Todos y cada uno de los días que pasa en la superficie del planeta rojo. Números basados en tasas de reciclaje, combustión y oxidación. Al otro lado del cosmos, los científicos que en la Tierra quieren rescatarle también hacen números: trayectorias, fuerzas gravitatorias, pesos, aceleraciones. Nunca en un blockbuster hubo tanta gente numerando, calculando, computando.

El marciano.

El marciano.

El marciano es también un canto a la cooperación humana, a la unión de los países y las razas en torno a un objetivo común. Sus protagonistas, como los de todas estas fábulas de reconstrucción ambientadas en el espacio, no son superhéroes ni espías, pero tampoco son gente corriente. Son científicos, astronautas e ingenieros que resuelven problemas. Son los mejores en lo que hacen. Por eso nos resultan fascinantes, porque siempre es asombroso ver a alguien haciendo algo con maestría. Las tramas de todas estas películas no cuentan con antagonistas humanos. Eso las diferencia de, por ejemplo, Sunshine (2007), donde el antagonista es el universo en el que sobrevivir, ante el que hay que sobreponerse. Son cantos al espíritu de superación humano.

Esta ciencia ficción de planetas “realista” convive con otra de espíritu pulp que también está viviendo un resurgir. Ahí están John Carter (2012) o Guardianes de la galaxia (2014) o la vuelta de las sagas Star Trek y Star Wars (aunque estas dos últimas traigan sus inevitables dosis de nostalgia). Ambas vertientes, la realista y la pulp, tienen en común un optimismo sobre el futuro del ser humano en el cosmos que contrasta con el inherente pesimismo apocalíptico. Y ambas pueden terminar influyendo en nuestra la realidad. Varios artículos científicos han propuesto ya que Interstellar se utilice con fines educativos. El marciano, que en ocasiones parece un publirreportaje de la NASA, podría ayudar a la agencia a ganar apoyo popular en estos momentos de dificultades y recortes. Necesitamos más astronautas, ingenieros, físicos, matemáticos, pero también a más narradores que nos señalen los caminos de lo posible, si queremos salvar de la autodestrucción a esta mota azul pálido en la que vivimos, si queremos encontrar nuestro hogar en las estrellas.

Como decía Cabal, el personaje principal de La vida futura (1936), nuestra elección es entre “todo el universo o la nada.”

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