Famosos solidarios: las causas más justas y los egos más gigantes

Uno de los gags más populares de Muchachada Nui es el de Bono cantante-de-rock versus Bono-estrella-solidaria: no es para menos. Los famosos parece que nunca han escuchado aquéllo de que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda, y a la hora de mostrar su solidaridad caen con frecuencia en el autobombo o el mayor de los ridículos.

Cuando M.I.A. lanzaba a finales de noviembre el vídeo de Borders, las redes sociales en seguida comenzaron a arder con elogios. Incluso quienes nunca habían parecido mostrar el más mínimo interés en la cantante, de pronto no dejaban de decir que estábamos ante el vídeo del año. El de los refugiados es un tema candente, y que M.I.A. sacara vallas con concertinas y pateras para presentar su tema fue alabado hasta la sociedad. Pero honestamente, la artista, hija de un refugiado tamil, lo podía haber hecho mucho mejor: todos los refugiados de su videoclip parecen modelos listos para posar en la portada de i-D, y entre ellos no se ve ni a una mujer, ni a un niño ni a un hombre que sobrepase los 25 años. Que pinchase Kim Kardashian vistiendo como si estuviera en una alfombra roja cuando visitó el monumento a las víctimas del genocidio en Armenia es algo que esperábamos, pero que M.I.A. la cagara en la representación del drama de los refugiados es casi imperdonable. Y no, no es el vídeo del año, por mucho que las tuitstars y despistados se empeñen en decir lo contrario.

La de M.I.A. no es la primera ni última cagada del famoso solidario. Toda estrella de pop que se precie tiene que dar su opinión aunque nadie se la pida, pero la línea que separa llamar la atención sobre un problema de hacer el ridículo es finísima. Hace unos días Madonna cruzó esa línea echándose a llorar por las víctimas del atentado de París durante un concierto en Suecia. Al margen de lo sinceras o no que resulten sus lágrimas, huele a márketing 2.0 que sea su mánager el que subiera el vídeo a internet. La cosa no quedó ahí: hace sólo unos días repetía jugada subiendo un selfie con hijo a Instagram y anunciando concierto sorpresa en la Plaçe de la Republique parisina para homenajear a los muertos. No podía ir y rendir tributo sin más: primero tenía que avisar por las redes sociales con una sonrisa de oreja a oreja, no fuera a ser que nadie se enterase y su gesto pasara desapercibido. Bono la caga mucho, pero estuvo mucho más fino que la de Michigan cuando invitó al escenario a Eagles of Death Metal sin anuncio previo. O Savages, que versionaron I love you all the time durante su gira francesa (EODM han anunciado que destinarán de por vida todos los royalties de la canción a las víctimas)

Somos el mundo.

La fiebre por ayudar a los más desfavorecidos comenzó con We are the world (1985), canción almibarada donde las haya y en cuya grabación hubo que lidiar, ante todo, con los egos de todas las superestrellas que se dejaron caer por allí. Gracias al disco y al merchandising lograron recaudar millones de dólares, y el 99% de los beneficios llegaron a su destino. La iniciativa descubrió a muchos el poder de convocatoria de una cara famosa (más efectivo que decenas de comunicados de prensa y estudios) y pronto empezaron a hacerse más habituales las iniciativas solidarias (Red Hot + Dance fue el más famoso de los noventa).

Era más fácil convencer a un adolescente para que se gastase los cuartos en un disco que para que los donase a una ONG, pero algunos descubrieron una vocación redentora que los fagocitó por completo. El caso más famoso, sin duda, es el del líder de U2, que de repente parecía inmerso en una cruzada contra el mal que le ha llevado a hacer el ridículo más espantoso y a caer en contradicciones tan difíciles de justificar como que pague buena parte de sus impuestos en Holanda en vez de en Irlanda, mientras sigue esponsorizando productos a precio de Beluga con la coartada de la buena causa de turno. En nombre de una buena causa ahora puede uno fumar con Snoop Dogg, montar en bici con Bono o compartir alfombra roja con Meryl Streep. Dicen las malas lenguas que Pet Shop Boys tenían en mente al líder de U2 cuando compusieron How can you expect to be taken seriously? Yo me lo creo, la verdad.

Otros que han perdido el norte son Radiohead, que en su cruzada buenrollista solidaria se propusieron echar un órdago a la industria musical con In rainbows (2007), donde el fan era el que decidía cuánto estaba dispuesto a pagar por la edición digital del disco. Parecía un plan perfecto, pero con la contradicción topamos cuando llegó el vinilo. Nada barato, dicho sea de paso. Yo, pobre pardilla, decidí apoyar al grupo comprando la edición física que el propio grupo distribuía en su web y que aún no he recibido. Cuando mandé un mail para preguntar qué pasaba, me dijeron que para minimizar la huella de carbono no usaban correo aéreo y que por eso tardaba. Debe estar entregándolo en mano el propio Thom Yorke casa por casa, porque la gasolina también contamina. Aunque se ve que el medioambiente no cuenta a la hora de usar todos los materiales necesarios para fabricar un vinilo y su envoltorio. Desde aquel incidente, no he vuelto a mirar al grupo con el mismo respeto ni a comprar uno de sus discos. Prejuiciosa que es una.

Tal y como está el percal, me quedo con Morrisey, que será un bocachancla, pero al menos es coherente y no toca en fetivales en los que se sirve carne, o con The Knife, que se niegan a actuar en escenarios patrocinados, o con Die Ärzte, que dan todos los royalties de su Schrei nach liebe a los refugiados y no andan buscando la foto fácil con el político o multimillonario de turno o el millón de likes en redes sociales.

 

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