El fandom: Manual de instrucciones de una ecuación imposible

El estallido de furia de Paul Feig contra los fans nos lleva a preguntarnos cuál es el papel de los espectadores más fanatizados en la cultura pop actual. ¿Son necesarios? ¿Son un estorbo? ¿Lo son todo o no sirven para nada?

El director Paul Feig ha terminado estallando y, desde nuestras humildes posiciones, en parte lo comprendemos cuando afirma que existe un problema con la existencia de abundantes “gilipollas” dentro de la cultura popular. Las numerosas críticas al tráiler de su inminente remake de Los Cazafantasmas (1984) le han llevado a arremeter directamente contra los fans de la primera, en un manifiesto que tiene tanto de arrebato punk como de impotencia lacónica ante la situación actual. CANINO estudia la influencia del fandom en el cine de hoy y se pregunta hasta qué punto Feig –que, de paso, tenemos que decirlo, ha demostrado sobradamente ser mejor director de comedia que Ivan Reitman– tiene razón, analizando los pros y contras del momento que atravesamos.

1 – Henry Jenkins, uno de los pioneros de la cultura participativa en la red, describió en sus primeros libros, Textual Preachers y Convergence Culture, un cambio de paradigma que era, ante todo, un ejemplo más, especialmente significativo, de la mutación continua del mundo globalizado y de la forma de entender el cine por parte de la audiencia. Una época en la que el fan “quedaba al margen del funcionamiento de nuestra cultura, ridiculizado en los medios y estigmatizado socialmente” y otra, la presente, en la que el fan es fundamental en el proceso de la creación de esta propia cultura. Aunque a veces pecara de ingenuo y excesivamente humanista, Jenkins no se equivocaba. El cambio se ha producido y es innegable. Considero que el hecho de que algunas veces haya sido para bien y otras para mal es innegable también, aunque es muy difícil determinar si el proceso ha sido globalmente beneficioso para ambas partes, es decir, si gozamos ahora de un cine de evasión superior al de la época directamente anterior, y si ello, en cualquier caso, sería una responsabilidad directamente achacable al crecimiento del poder de la audiencia participativa, a la que de ahora en adelante, llamaremos simplemente «fandom».

 

2. Kevin Smith fue fan antes que fraile. Esto sólo puede significar una cosa: conoce sus resortes y puntos débiles mejor que nadie. Incluso cuando dejó de ser fan para convertirse en artista y dar pábulo y metralla a otros fans, Smith siguió interpretando al arquetipo de fan en las películas de otros. Quizá Jay y Bob el silencioso contraatacan (2001) sea la película del fandom por antonomasia y, como no podía ser de otra manera, le da al fandom lo que quiere, adora al fandom, respeta al fandom para luego defecar sobre él a la chita callando. Su (reveladora) broma final está hecha más desde la honestidad que desde el rencor: los personajes de Jay y Silent Bob –uno de ellos, tengámoslo en cuenta, el propio Smith- se enteran de que por Internet están poniendo a parir antes de tiempo la película que van a hacer sobre ellos que, de alguna manera, es la propia película que el espectador está viendo. La (meta)venganza está servida, como en el más oscuro western europeo. Armados sólo con sus propios puños sudorosos, van a buscarlos a sus casas y les dan una paliza uno por uno. En una serie de secuencias cómicamente inspiradas, Smith describe al fandom como una amalgama en el que caben desde ejecutivos agresivos a niños de papá en edad de triciclo. Gente o gentecilla frustrada o amputada (o “de mala calidad”, por usar un término digno de Cavestany) que lleva una vida oculta en la deep red a costa de criticar el trabajo de los demás o simplemente de impedir que éste tenga lugar. Su reflexión o pataleta es ególatra, pero no deja de tener sentido y coherencia. Nunca una película ha sido tan justa y profética al mismo tiempo. El resultado, curiosamente, hizo reír a los fans, porque precisamente ellos se reconocieron en el retrato entrando a participar en la gran broma, aunque la recepción de la venidera obra del director, por esas alturas ya reciclado en autor, implica subrepticiamente que, al darse cuenta de la jugada, no le acabaran de perdonar del todo la sangrante parodia.

 

3. Volviendo al remake de Los Cazafantasmas, no puedo evitar entender al mosqueo generalizado del fandom como una cuestión de género. Nadie se rasgó las vestiduras cuando Los siete samuráis (1954) pasaron a ser Los siete magníficos (1960) y, posteriormente, en una mezcolanza genérica muy propia de la serie B –pero, ojo, a partir de un guión de John Sayles-, Los siete magníficos del espacio (1980). Primero porque en aquella época no existían las redes sociales y su equivalente era gritar por la ventana u orinar en la butaca del cine. Segundo, y más importante, porque el trueque se centraba en la raza y no en el género. Las nuevas cazafantasmas no son tan diferentes a las reinas magas de Manuela Carmena. Se da aquí un error muy típico de la izquierda más responsable o de la derecha más irreflexiva: impedir a toda costa que la historia se cambie o se transforme, como si los políticos fueran los funcionarios justicieros de El ministerio del tiempo. Nadie pone en duda de que los Cazafantasmas no existieron jamás. Y a nadie le importa si los Reyes Magos existieran o no, aunque está claro que no existieron nunca como los concebimos ahora, es decir a través de una distorsión pactada y por tanto, legítima. Existen, eso sí, en la memoria colectiva y en la memoria personal y esto les proporciona una existencia performativa que es, si cabe, más fuerte y poderosa. El fan no quiere una interpretración del artista; exige una recreación más o menos fidedigna; pide, ante todo, respeto, no hacia las fuentes, sino hacia sí mismos, hacia la participación en el proceso que citaba Jenkins. Sabe que va a ver lo mismo otra vez pero quiere que al menos se pulsen los botones adecuados. Limita la libertad del artista porque sabe que la libertad del arte es en realidad un enemigo de su memoria más íntima. Y la memoria feliz e idelizada es, en muchos casos, lo único que le queda a un fan superado por el peso de los años y que no ha logrado, en muchos casos, cumplir sus sueños de infancia.

 

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4. En el capítulo The China Problem, octavo episodio de la duodécima temporada de la serie de animación South Park, Trey Parker y Matt Stone (más bien Trey Parker mientras Stone se pasaba de vez en cuando por ahí) se posicionaban a favor del fandom a partir de su destructiva, inclemente y divertida crítica a la última entrega de la saga de Indiana Jones. Lo más fácil sería pensar que Parker y Stone sólo quieren ser polémicos haciendo de abogados del diablo, pero el asunto es mucho más complejo. Los creadores de South Park, al contrario que Kevin Smith, se consideran cómicos antes que artistas. Y sobra decir que también han sido fans y de alguna manera no han dejado de serlo, porque su serie no es sino una reconstrucción crítica y satírica de los sucesos del mundo real con un indisimulado mensaje, no una reinterpretración privada de los mismos. Así como el talón de Aquiles del artista es la vanidad, el del cómico es el cinismo. Y ellos mismos pecan de cínicos poniéndose del lado de aquella gente que ve su serie, quienes les suministran indirectamente su dinero y su prestigio. En la peripecia llegan a concluir que las obras maestras no pertenecen a los artistas, sino a la memoria colectiva, y que el artista no es libre de hacer con ellas lo que les venga en gana, pues estaría cometiendo una afrenta contra su propio legado. Un punto de vista cuando menos discutible, ya que Parker y Stone no están hablando de colorear clásicos del cine en blanco y negro, ni de doblar las canciones de los musicales, ni siquiera de adaptaciones de libros o cómics, sino de secuelas y remakes. De ahí la icónica imagen de Lucas y Spielberg violando a Indiana Jones en clave de envenenado homenaje a la seminal Deliverance (1972), como si violaran los recuerdos de infancia, la memoria privada, de su público. La metáfora de la violación no es fortuita: seguimos hablando, en cierto modo, de género.

 

5. El cómico construye destruyendo. Destruye, antes que nada, su propia imagen, sus defectos más íntimos y privados. Todo vale a la hora de provocar la risa porque la autoflagelación siempre funciona: como resorte cómico, como exorcismo público, incluso como incentivo erótico. Así como sólo un judío está legitimado para reírse de la historia judía, aquel que fue freak puede y debe reírse abiertamente de otros freaks. Un caso extremo de lo propuesto por Parker y Stone lo tenemos en el sketch de Triumph the dog en el que se choteaba abiertamente de un grupo de jovencísimos fans de Star Wars. No negaré que decirle a un cosplayer que el hecho de que va a morir solo es un spoiler es oscuramente divertido, pero principalmente porque quien hace el chiste es otro monigote, un hombre atado a una marioneta de falso y costroso perro de tela. Este fragmento vendría otra variante del discurso planteado por Parker y Stone, aunque en realidad no es más que un complemento del mismo: el cómico, parapetado tras su cinismo, está por encima y por delante de todo: de la nostalgia, del recuerdo y la memoria. En este sentido podríamos entender la comedia Fanboys (2009) como una oportunidad perdida, por la excesiva suavidad de su discurso, a la hora de establecer una posición clara del humorista frente al fenómeno fandom.

 

6. En Internet Safari (2015), Noel Ceballos definía las exitosas sesiones de Phenomena, recreación colectiva de la memoria en clave de ritual que se concibe a sí misma como “experiencia” en el tiempo presente por antonomasia, como una mezcla de “identificación generacional, glorificación solo-medio-irónica de tecnologías añejas, creencia firme de que cualquier tiempo pasado fue mejor, apelación a la memoria pop sentimental, sentido del humor inofensivo, despliegue de grafismo a la última (…) para vender pura nostalgia.” Es decir, el polo opuesto, y complementario, a esas sesiones que programan clásicos trash –Trash-o-rama, Cutrecon, VHSZ, Trash entre amigos, etc- para regocijo del personal y en el que son más importante el sentimiento de grupo, el cachondeo generalizado y prima el escaso respeto sobre el referente. Personalmente, soy algo alérgico a los dos tipos de manifestaciones (no creo que vivamos en un tiempo peor que el anterior, al menos cinematográficamente hablando, respeto tanto mi nostalgia que no quiero revisitarla y prefiero consumir el cine de serie B y Z en privado, en parte para disfrutar sin interferencias de sus briznas de genuino y esquinado talento), pero es precisamente esta dualidad entre trash y kitsch, una división tan propia de Fernández Porta, la que define al fandom contemporáneo en nuestro país. Cachondeo versus respeto reverencial y cuasireligioso. El referente como objeto de culto y como objeto de mofa. El cine como discoteca o el cine como iglesia. Y sobre todo, el fan concebido a sí mismo como partícipe de la juerga o como parte de un ritual que, en uno y otro caso, es siempre colectivo y plantea el feed-back, ruidoso o respetuoso, como forma principal de comunicación con el pasado irrecuperable.

 

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7. Vamos terminando. En la disparatada y asfixiante coyuntura actual conceptos como el de la secuela, la adaptación de un cómic o la adaptación de una novela plantean problemas similares. En el caso de la novela convencional, irónicamente parece ser que el público respeta más la perspectiva del adaptador, aunque no cuente con el respaldo del autor, porque el público o bien no lee tanto, o bien no lee tan apasionadamente o bien está más predispuesto a aceptar que novela y película representan cosas diferentes. El fandom del cómic y el espectador de remakes no suele ser tan complaciente y ha ido creciéndose con  los años, lo que ha provocado que tanto Marvel como DC Comics, como cualquier secuela de un clásico que tenga un peso significativo en la memoria colectiva, hayan llegado a respectivos callejones sin salida. No creo que ni autores de intachable trayectoria como Shane Black o Joss Whedon sean completamente libres a la hora de afrontar sus correspondientes adaptaciones, por mucho que, a veces, lo parezcan. DC Comics, optando por una postura circunspecta, en teoría más autoral, frente al producto meramente lúdico y desenfadado, ha salido mejor parada, aunque sus últimas películas empiezan a mostrar idénticas suspicacias en un fandom cada vez más intransigente. En cuanto a la última secuela de Star Wars frente a la primera entrega, es lógico que provocara enfado y el malestar en el mismísimo George Lucas: él hizo lo mismo con los ojos vendados, mientras que Abrams lo ha hecho contando con el beneplácito y el clamor del fandom más tradicionalista; vendiéndose, tal vez, al enemigo de antemano. Un salto con red.

La conclusión de todo esto vendría a ser la más sencilla y evidente: el fandom no puede ser omnipotente, porque si así fuera, conseguiría justo lo contrario a lo que realmente quiere. No puede situarse por encima del poder del autor, al menos si éste aspira a tener una parte de la responsabilidad autoral de su película. El autor está en su derecho de violar la obra que adapta, si con ello construye algo nuevo, destruye construyendo a la manera del cómico. Pero igualmente ingenua parece la solución de Kevin Smith de “patear el culo al fandom”, teniendo en cuenta que es la boca que te da de comer. No hay que seguir su dictado, pero sí es conveniente dialogar con él, escuchar su opinión y su crítica, aceptar su participación relativa en el proceso.

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Feig, en su pataleta, tiene toda la razón: ningún espectador potencial, dentro o fuera del target de la película, está en el derecho de exigirle a un autor cómo tiene que hacer o plantear las cosas. Pero, al mismo tiempo, el autor debería asumir cuentas si la cosa no funciona o el salto sin red acaba en catástrofe. Se crea, pues, una ecuación extraña, pero no irresoluble. Sólo con cineastas valientes y arriesgados conseguiremos disfrutar de un cine libre, ajeno a presiones, y que refleje el sentido y la sensibilidad de su momento. El tiempo de los artesanos ha quedado lejos, o debería (siempre en mi opinión) reducirse a otro tipo de películas o adaptaciones, y no debemos desenterrarlo a favor de presiones externas; el cineasta actual es víctima de tantas órdenes y tantas directrices desde arriba y desde abajo que no tiene otro remedio que jugársela con cada película y cruzar los dedos por terminar cayendo de pie, esquivando tanto la vanidad de los artistas totales como el cinismo de los cómicos. Si finalmente eso es lo que consigue, será esa extraña abstracción llamada fandom la primera que le dará la enhorabuena. Y si no es así, como dicen las abuelas sabias, al tiempo, que no hay nada más imprevisible y voluble que la evolución de la historia del cine y los gustos de su público.

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