[FKM 2017] ‘El hombre de mimbre’: el origen del terror diurno

El hombre de mimbre (1973) es un extraordinario clásico del cine de género en su vertiente folk horror,  y el Festival FKM de A Coruña le ha rendido un sentido homenaje con la proyección de un director's cut que constata dos cosas: las canciones siguen siendo geniales y el miedo no es patrimonio exclusivo de la oscuridad.

El Festival de Cinema Fantástico de A Coruña FKM ha centrado su última edición en la figura de S. M. Satán, de jugosa presencia a lo largo de la historia del cine. Y al hilo de tan ilustre homenajeado, se han celebrado mesas redondas y proyecciones de filmes como El día de la Bestia (1995), Suspiria (1977) -en primorosa restauración en 4K supervisada y presentada por Luciano Tovoli, su director de fotografía-, trabajos del gran cineasta satánico por excelencia, Kenneth Anger, y una piedra fundamental dentro de la filmografía pagana como es El hombre de mimbre (1973), auténtica rara avis dentro del cine de género. En este artículo nos lanzamos de lleno a la piscina del folk horror y resaltaremos una de sus características más sensacionales: la de ser una película de terror puro que transcurre bajo el sol, con luz y taquígrafos.

Saturnales y sacrificios: la cosecha pagana

Otros forman de mimbres entretejidos ídolos colosales, cuyos
huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los
mimbres, rodeados ellos de las llamas rinden el alma.
Julio César (La guerra de las Galias, Libro VI)

Reconozcamos que es una idea de enorme plasticidad: construir una gigantesca figura humana de mimbre, encerrar su interior a unas cuantas víctimas sacrificiales -gallinas, cerdos, hombres, cabras- y prender fuego al invento con la excusa de conseguir buenas cosechas. Los druidas de la época de Julio César sabían lo que se hacían. Hoy día podemos encontrar ecos de tan bella costumbre en jaranas como la de los ravers del Burning man, el Beltane Fire Festival de Escocia -donde un alegre hombre-caballo simula que fecunda a jóvenes doncellas- y el Wickerman Festival, a mayor gloria de nuestra inmortal película. Incluso las Fallas y la Noche de San Juan no están tan lejos de tan ilustres precedentes. El caso es -parafraseando al Joker de Heath Ledger– ver a gente arder y “rendir el alma”.

Las Saturnales, festividades romanas celebradas en honor al dios Saturno y al nacimiento del Sol Invictus una vez pasado el solsticio de invierno, conmemoraban el reinado de la luz. La festividad del 1 de Mayo celebraba la renovación de la vida que traía la llegada de la primavera. Y el solsticio de verano, una de las fiestas paganas con más solera, festejaba algo tan importante como que los dioses aprovisionen de alimentos abundantes a la población durante todo el año. Existe un interesantísimo telefilm británico, Robin Redbreast (1970), claro precedente de la película que nos ocupa, en el que una guionista madura se va a vivir una temporada a una apartada villa escocesa para acabar siendo fecundada por un joven virgen al que luego sacrificarán en honor de deidades paganas entre alusiones a La rama dorada de James Frazer. Suena mucho más loco que lo que la sobria factura de la emisión deja entrever.




El cristianismo borró de un plumazo todo ese goce pagano y politeísta condenando a la humanidad al aburrimiento del dios sobrio, único y muy poco dado a carnavaladas. Un verdadero ejército de beatos nació al amparo de la religión católica, temerosos de todo lo que huela a pecado. Y el realizador Robin Hardy y el malicioso guionista Anthony Shaffer eligieron precisamente a un soldadito de ese ejército para protagonizar El hombre de mimbre, en la que un atribulado policía es lanzado al interior de una isla donde la antigua religión pervive libre y salvaje. Lo que sucedió a continuación os sorprenderá.

The Wicker Man: sol, terror y temazos folk

La copia de la película proyectada en A Coruña era un director’s cut con varios añadidos que aportan más enjundia al asunto -aunque no es la definitiva: cuenta la leyenda que ésta solo puede verse en un infecto VHS ubicado en una vivienda de Palo Alto-, tales como una escena inicial en la que vemos a nuestro héroe -soberbia interpretación de Edward Woodward– cantando salmos con pasión en una iglesia. Posteriormente, el título de la película aparece sobreimpresionado a la imagen de una pequeña avioneta que se acerca a una isla -la película, que pretendidamente sucede en primavera, se rodó en las islas escocesas de las Hébridas durante los fríos meses de Octubre y Noviembre con el consiguiente odio de todo el equipo técnico y artístico-. Y entonces podemos leer “Anthony Shaffer’s The Wicker Man”, algo nada habitual pero comprensible si tenemos en cuenta el atronador éxito que acababa de lograr el ilustre guionista con La huella (1972), otro relato donde el cazador es cazado y nada es lo que parece.

El motor de la trama es la supuesta desaparición de una niña en la isla, pero nuestro policía pronto descubre que ése es el menor de sus problemas. Nos encontramos ante una clásica situación de “extranjero en tierra extraña” y cada paso del héroe lo conduce más a un mundo incomprensible y que es el reverso oscuro -luminoso, en este caso- de su mundo, sus creencias. La película es muy rica en imaginería pagana y detallista hasta el extremo, hasta el punto de que en muchas ocasiones tenemos la sensación de estar ante un documental antropológico, gracias entre otras cosas a un fantástico casting de extras y secundarios que aportan verdad al asunto.

La isla al completo se refocila en una serie de mitos y creencias libertinos donde el sexo está en boca de todos, niños y mayores, y las canciones picantes adquieren un nuevo significado, ante el horror vacui del gazmoño policía. Las escasísimas escenas nocturnas de la película asocian precisamente la oscuridad a las relaciones sexuales, no a lo inquietante ni al terror. En otra escena recuperada para esta versión extendida, el protagonista atisba a altas horas de la noche a decenas de parejas hozando sobre la hierba sin pudor alguno. Y en uno de los momentos más inolvidables de la película, Britt Ekland realiza un abracadabrante baile desnuda en la habitación contigua a la del sufrido policía -virgen, para más señas-, que ejerce el poder de un canto de sirena.

Las canciones adquieren una presencia y un protagonismo en la trama tal, que casi podríamos hablar de una película musical de horror. Paul Giovanni, el autor, mezcla canciones tradicionales con poemas del escocés Robert Burns y composiciones propias al estilo celta tradicional, en la línea de grupos como Clannad, Gwendal o los gallegos Luar na lubre. Cada poco tiempo nos sorprendemos tarareando alegres tonadas sobre hombres encima de mujeres y miembros viriles que se alzan al llegar la hija del patrón.

Mientras, la película transcurre entre niños procaces, cucarachas atadas a un clavo, liebres dentro de tumbas, sexo al aire libre, máscaras creepy de animales –Tú eres el siguiente (2011) de Adam Wingard no inventó NADA- y burlas al cristianismo. Estas últimas salen casi todas de la boca de Lord Summerisle, un Christopher Lee con pelazo al que nunca se le vio más dicharachero y feliz -el actor siempre consideró El hombre de mimbre como la mejor película de su carrera-.

Robin Hardy es muy inteligente a la hora de transmitir la creciente incomodidad del personaje de Woodward y el hecho de que todo se desarrolle durante el día convierte cada acto en algo inevitable: no hay sitio donde esconderse, no podemos cerrar los ojos ante la creciente amenaza. Estamos en una fiesta de la que desconocemos las reglas, los invitados y el sentido último. Todos están alegres y felices menos nosotros. Y eso es aterrador.

Toda la película conduce al apoteósico final, contenido ya en su título, donde se revela la mascarada y nuestro protagonista, convenientemente disfrazado de bufón –Thomas Ligotti también posee un aterrador relato sobre cosechas, bufones y sacrificios humanos: El último festejo de Arlequin-, se enfrenta a su destino en lo alto de una colina. El hombre de mimbre propiamente dicho es una imponente creación que esconde en su interior numerosas celdas individuales con patos, cabras y animales varios. Esta escena provocó la alarma de alguna asociación protoanimalista de la época sobre la veracidad de la misma, lo que fue zanjado por el productor de la cinta con un burlón “solo quemaremos a los animales más encantadores”. Debate cerrado. Definitivamente, eran otros tiempos. Mientras, el atribulado hombre de ley es despojado de su disfraz, ungido con dulzura y vestido con una túnica de blanca pureza. Luego, las llamas y los gritos a un dios ausente. La mascarada ha terminado y el sol se pone. Telón.

Una película tan poco convencional es difícil que tenga descendencia alguna, pero aún así, el desnortado Neil Labute perpetró un remake en el año 2006 que solo es reseñable por el one man show de un Nicolas Cage que alcanza nuevas cumbres de locura y peluquines -ya saben: “the bees, the bees, not the bees!”-. La película también conoció una tardía secuela/spin-off dirirgida por el propio Hardy llamada The Wicker Tree (2010), en la que una cantante country y su pareja, ambos cristianos renacidos y portadores de sendos anillos de castidad –we’re in Trump times– viajan hasta un remoto pueblo escocés para evangelizar a sus habitantes. Allí conocen a un satanista calvo -los satanistas siempre son calvos, esto es de primero de demonología- que se relame de placer ante la visión de dos víctimas tan perfectas. La trama transcurre plácida y sin sorpresas hasta la quema final del moñaco en una película que confunde el horror solar con iluminar todo como una cocina. La muerte del director frustró el plan de hacer una trilogía.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad

Suscríbete a nuestra newsletter semanal
Novedades y contenido inédito.

Un comentario

  1. pablo dice:

    Hola, esta pelicula la pusieron en la Maratón de cineuropa de Santiago de Compostela hace unos pocos años, y es impresionante una rareza y una joyita.
    Hay una especie de version o remake protagonizada por el caraflipao permanente de Nicolas cage muy mala que ni me acuerdo el nombre

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *