Folletines, exotismo, planos secuencias y pringues inhumanos: 7 películas de San Sebastián 2018 a reivindicar

Damien Chazelle, Jia Zhang-Ke, Spike Lee, Jean Luc Godard, Carlos Vermut, Jafar Panahi... Roma de Alfonso Cuarón, Ha nacido una estrella de Bradley Cooper, The Sisters Brothers de Jacques Audiard… Entre una potente sección oficial y las siempre interesantes recopilaciones de Perlas y Zabaltegui-Tabakalera, la 66ª edición del Festival de San Sebastián ha acogido muchas de las películas más esperadas de este año. Rebuscamos entre ellas las que pudieron pasar desapercibidas y merecen figurar entre lo más alto.

Hay una regla no escrita en los festivales de cine con la que hacemos nuestras quinielas del palmarés y planificamos artículos como esta selección de películas que pasaron bajo el radar: ninguna película suele ganar más de dos premios principales. Aunque la Concha de Oro donostiarra a la mejor película lo recibió Isaki Lacuesta por el excelente relato documental que es Entre dos aguas, la sexagésimo sexta edición del festival de San Sebastián será recordada como la edición en que Rojo, del argentino Benjamín Naishtat, rompió con las quinielas. Llegó como la propuesta sugerente de un joven director y se marchó con la Concha de Plata al mejor director, al mejor actor (Darío Grandinetti) y a la mejor fotografía. No es lo único que ha roto Rojo, cuyo hilo narrativo va haciendo eses por un pueblo de Argentina a finales de 1975 hasta envolvernos y desconcertarnos en la atmósfera enrarecida y violenta que posibilitó la sanguinaria dictadura de Videla; eclipse rojo y psicodélico incluido.

Nadie se esperaba lo de Rojo. No que ganara tres premios. Y es que esta edición del festival ha contado también con una de las secciones oficiales más sugerentes de los últimos años, con películas de Rodrigo Sorogoyen, Naomi Kawase, Peter Strickland, Claire Denis (y, bueno, como nadie es perfecto, Icíar Bollaín). O la excelente Quién te cantará, de Carlos Vermut, un relato gótico en clave pop en donde caben Hitchcock e Ingmar Bergman, favorita de las quinielas y ausencia más dolorosa del palmarés.




Dicho esto, dejamos a un lado las reconocidas películas de Alfonso Cuarón, Koreeda, Audiard, Damien Chazelle, Jia Zhang-Ke o el mismísimo Jean-Luc Godard y rebuscamos entre aquellas otras que pasaron más desapercibidas y merecen figurar entre lo mejor del festival.

Un asunto de familia (Hirokazu Koreeda, 2018)

Koreeda y San Sebastián mantienen una hermosa amistad. Tras ser seleccionado cuatro veces a competición y recibir, en dos de ellas, el Premio del Público, este año el festival de San Sebastián ha premiado al director nipón con el Premio Donostia. Y no había mejor película para ello que Un asunto de familia, Palma de Oro en Cannes y un compendio de toda la carrera del director: una reflexión sobre los lazos familiares -de sangre o no- habitual en sus últimos trabajos, enriquecida por la inteligencia formal de haber indagado en procesos criminales con El tercer asesinato (2017) al mismo tiempo que un regreso a las familias problemáticas e irresponsables de Nadie sabe (2004). Difícilmente puede decirse que Un asunto de familia haya pasado bajo el radar de esta edición, pero proyectada como una sesión especial y desplazada en las conversaciones por títulos como Roma, el premio a Koreeda enmarca a la perfección los gustos del público donostiarra entre cuyos olvidos e injusticias aquí indagamos.

Todo comienza con el primer plano de un niño antes de desvalijar un supermercado con su “padre”. En realidad, Osamu y su mujer no pueden tener hijos y “rescataron” a Shota cuando era pequeño, igual que harán al comienzo de la película con Yuri. Todos ellos malviven, entre robos, estafas y trabajos basura, en unos pocos metros cuadrados junto a una “abuela” con la que no tienen ningún vínculo biológico y su nieta, de quien sus padres se han desentendido. Son, sin embargo, una verdadera familia unida por vínculos afectivos y dependencias criminales y económicas. Cuánto pertenece a lo uno y cuánto a lo otro deberá decidirlo el espectador tras después de presenciar escenas enternecedoras de las irresponsables dinámicas familiares y revelaciones inquietantes.

Ha habido muchas películas sobre la familia en el festival. Algunas crueles, otras reflexivas y críticas, otras entregadas a la ternura; pero ninguna consigue fundir las interrogaciones morales y el enternecimiento como esta proyección especial, fuera de toda categoría.

El cuaderno negro (Valeria Sarmiento, 2018)

Durante la proyección en la Sección Oficial de El cuaderno negro, un exquisito folletín de época, la sala de cine reía y reía. Saltaron los créditos y comenzaron los comentarios. Unos, muchos, se habían reído de la película. Otros, nos reímos con ella. Nada es tan estrecho como la línea que separa el ridículo de la ironía, y pocas películas han jugado tanto con ambos términos como el último trabajo de Valeria Sarmiento.

La directora chilena adapta un clásico del portugués Camilo Castelo Branco como anteriormente hizo Raúl Ruiz, su esposo y colaborador, en Misterios de Lisboa (2010). No en balde Sarmiento encontró el proyecto abandonado entre los papeles de Ruíz tras su fallecimiento. Como en Misterios de Lisboa, se trata de realizar un folletín orgulloso de sí mismo, entre la reconstrucción afectuosa del género y la ironía. Pero nunca en clave de lo verosímil. Así, Sarmiento relata la historia de una mujer, una nodriza, en el siglo XVIII a las puertas de la revolución francesa con los códigos de la literatura popular de entonces. Por este relato desfilan Napoleón, Charlotte Corday pocos días antes de asesinar a Marat y María Antonieta, intrigas eclesiásticas y reuniones revolucionarias, la corte vaticana y la aristocracia francesa y, sobre todo, unos decorados estilizados y un Technicolor que no ocultan su artificio. Y es que a veces no hace falta más para mostrar los resortes de una época y de un género literario: al mismo tiempo sus convenciones y opresiones y sus posibilidades emancipatorias. El mismo año en que Cuarón en Roma ha rendido homenaje a las nodrizas de su infancia con todo el poderío de la industria, una película como El cuaderno negro es un delicado, humilde, sutil e inteligente complemento.

Angelo (Markus Schleinzer, 2018)

No tuvo mucha más suerte con el público Angelo, del austriaco Markus Schleinzer, colaborador habitual de Ulrich Seidl y Michael Haneke y coetáneo de Barbara Albert. La película, probablemente la más arriesgada y fascinante de la Sección Oficial, fue recibida con abucheos aun en presencia del director. Consiste, no obstante, en una lúcida deconstrucción del afro-exotismo frente al cual construyó Europa su identidad: un niño africano es trasladado a la fuerza a Europa en el siglo XVIII y comprado por una dama aristocrática que le bautiza como Angelo. Quiere demostrar científicamente que los negros pueden ser humanos.

Poco han cambiado las cosas desde entonces. Para entender la relación de Europa con los inmigrantes, como para tantas cosas, es importante volver al Siglo de las Luces (y de las sombras), cuando se fundó aquello que llamamos Modernidad. De manera similar a como hacía en la pasada edición la también austriaca Licht (Bárbara Albert, 2017) a partir de uno de los primeros casos clínicos, Schleinzer parte de un caso real, el de Angelo Soliman, músico, actor y masón negro que gozó de toda la fama que el exotismo podía concederle en la Viena del siglo XVIII y acabó, una vez muerto, catalogado y expuesto en un museo para bien de la ciencia.

Se trata, no obstante, de una película de época tan sui generis como El cuaderno negro aunque en unas coordenadas distintas. Muy lejos de los fastuosos diseños de producción en los que es habitual el género, Angelo mezcla escenarios de época y contemporáneos y opta por un formato cuadrado (1:1.33) y por planos fijos de gran fuerza pictórica que parecen tableux vivant de la época, en los que cada corte y primer plano es significativo. Una operación extremadamente formalista que disecciona con un bisturí cómo nuestra cultura se ha apropiado, bajo la bata de la ciencia, de la otredad.

Largo viaje hacia la noche (Bi Gan, 2018)

Pese a haber sido ovacionada en Cannes, una película china que se abre con instrucciones de uso sobre cuándo ponerse las gafas de tres dimensiones y que sitúa el título de apertura a mitad del metraje (al que sigue un majestuoso plano secuencia de 55 minutos en 3D) estaba destinada antes a la sección Zabaltegui-Tabakalera que a la cotizadísima selección de Perlas. Se trata, no obstante, de la mayor revelación del festival, si no del año.

La película de Bi Gan es la mejor inmersión sensorial en el mundo de los sueños y la memoria desde, por lo menos, 2046 (2004) y Deseando amar (2000), de Wong Kar-Wai. Como a él, a Bi Gan le interesa la diferencia entre el sueño y la memoria, la fantasía y el cine. En Largo viaje hacia la noche explora los difusos matices, con sus sensaciones, de estos planos de realidad a través de una trama propia del noir, donde la investigación y el recuerdo se funden en un único seguimiento del pasado; y, cuando el protagonista llega a una sala de cine y se pone unas gafas de 3D (y nosotros con él), también con el sueño. Allí regresan detalles de la investigación, a veces donde no deberían reaparecer, mezclando las identidades y sugiriendo, a través de la reconstrucción onírica, una epifanía para el protagonista. Sin embargo, acabada la película uno no puede evitar preguntarse si no estuvo más bien en un sueño dentro de un sueño y cuándo comenzó a desaparecer la frontera entre el recuerdo, la vigilia y lo real; o, como se preguntaría David Lynch, “Who is the dreamer?”(“¿quién es el soñador?”).

Coincoin et les Z’Inhumains (Bruno Dumont, 2018, miniserie de 4 episodios)

Algunos antecedentes: también una miniserie autoconclusiva de cuatro episodios, Coincoin et les z’inhumains recupera el mundo y los personajes de El pequeño Quinquin (2014) cuatro años más tarde. Con todo lo que ha significado este tiempo para sus actores no profesionales, la geografía de la costa de Ópalo francesa, profunda y rural, y la evolución de Bruno Dumont y de la sociedad francesa (léase el aumento de la extrema derecha entre la clase trabajadora). Para quien no lo sepa, El pequeño Quinquin fue el Twin Peaks francés que pudieran haber filmado en colaboración Jacques Tati y Robert Bresson para el Gran Guiñol, con actores extraídos de la profunda realidad, problemas psicomotrices y una presencia que inunda la pantalla con ternura y desconcierto.

Cuatro años más tarde y mientras Quinquin supera, coqueteando con la ultraderecha, el abandono de su novia por una chica, la miniserie se centra en una nueva investigación del detective de gestos incontrolables Van der Weyden y el suboficial Carpentier. Hay un raro pringue de origen desconocido -extraterrestre- que cae del cielo sobre unos espacios inéditos en la bucólica entrega anterior: barrios residenciales, chabolas de sin papeles y campamentos de caravanas donde viven los votantes del bloque de extrema derecha. Una trama apocalíptica, con claras referencias entre ventosidades a La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), sirve a modo de parábola sobre las relaciones con el Otro. Mientras la trama coral avanza, la pareja de detectives siembra los cuatro episodios de gags propios del mejor slapstick y una extraña mezcla de ironía, prejuicios, frases hechas y sabiduría sobre dónde se encuentra la (in)humanidad.

Las hijas del fuego (Albertina Carri, 2018)

Cuenta la argentina Albertina Carri que llevaba mucho tiempo queriendo filmar una película como Las hijas del fuego, pero tuvo que esperar a encontrar un reparto que conectara con sus inquietudes -los cuerpos, la militancia feminista, el porno…- y que estuviera dispuesto a entregarse en cuerpo y cuerpo a la película. O, mejor dicho: las películas, porque a lo largo de dos horas Las hijas del fuego muta constantemente y posee muchas películas en su interior bajo la resplandeciente guía de la militancia. Es una película porno, aunque el sector no la reconoce como tal por su exceso de trama y reflexión. Es un ensayo sobre lo que significa hacer porno y filmar el cuerpo, no como un problema sino como un territorio. Es también una fantasía feminista sobre una pareja de chicas, que se reúnen tras un tiempo separadas y emprenden un viaje en caravana al que se incorporan otras mujeres por el camino con el único fin de explorar el goce y emanciparse del gusto y las dependencias del heteropatriarcado.

Es inevitable que una película con la diferencia y diversidad por bandera sea irregular, a veces incluso ingenua, o pedante en sus momentos más ensayístico-poéticos por vía de una voz en off emborrachada de Deleuze; pero resulta en todo momento de una libertad apasionante. Las hijas del fuego comienza con el objetivo de filmar la intimidad y el goce en una amplia galería de cuerpos, no necesariamente heteronormativos –desde masturbaciones en una cueva polar hasta orgias, pasando por los correspondientes orgasmos y squirts-, deriva hacia un viaje sensorial y onírico menos intimista y físico que fetichista y termina con el valiente plano secuencia y fijo de una mujer autosatisfaciéndose de cara a la cámara.

High Life (Claire Denis, 2018)

La cosa también va de cuerpos en High Life. Claro, que la firma Claire Denis, que ha dedicado toda su obra a filmar el cuerpo y el deseo en títulos como Buen trabajo (1999) o Viernes noche (2002). En esta ocasión la sorpresa llega más bien por el salto de la directora a los territorios de la ciencia-ficción, con los reclamos de Robert Pattinson y Juliette Binoche en el reparto. Una ciencia-ficción extraña, con ecos de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972) y un Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) sin monstruos -entiéndanme, sin más monstruos que el hombre y el espacio-.

High Life sucede íntegramente en una nave espacial sin comunicaciones, tripulada por un grupo de criminales reciclados por el gobierno en héroes y aventureros espaciales, en un mundo futurista donde todo gira en torno al reciclaje. Se reciclan heces, orines, muertos, criminales y puede que hasta recuerdos y sentimientos, sin ninguna consideración hacia lo que antaño era tabú. Pero además de conservar los propios recursos y fluidos, para expandirse la humanidad necesita de la (re)producción. Esa parece ser la misión del personaje interpretado por Juliette Binoche, antigua Medea reciclada en médico y bruja del esperma, obsesionada con fecundar a la tripulación en busca de la descendencia perfecta. En este ambiente criminal y mecanizado, donde surgen nuevos rituales en torno al placer y a la higiene, Claire Denis se recrea en los cuerpos y los fluidos buscando los rastros del deseo y de lo humano aun en el entorno más inhóspito. Una búsqueda física y desconcertante, en un relato desestructurado y elíptico, que confía en producir nueva vida para un género. Y con el que termina esta crónica.

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