[Galería] Adiós a Bob Wakelin, el ilustrador estrella de los 8 bits

Nos despedimos de Bob Wakelin, portadista de cabecera de Ocean Software durante los ochenta y uno de los más grandes ilustradores de videojuegos que jamás han existido. Aquí encontrarás sus trabajos más espectaculares.

Que los videojuegos de 8 bits se han convertido ya en clásicos del entretenimiento pop es algo cada vez más claro. Y lo es por una razón muy siniestra: el mundillo va empezando a tener sus propios muertos ilustres. Tras decir adiós a Alfonso Azpiri, el portadista español de juegos por antonomasia, nos toca hacer lo propio con Bob Wakelin. El dibujante de Liverpool, responsable de algunas de las mejores cubiertas de la historia, se despidió del mundo durante la noche del sábado al domingo, víctima de la leucemia.

Como recordábamos al escribir sobre Oliver Freyotro titán de la especialidad, el papel de los ilustradores de juegos durante los ochenta y los noventa era crucial: ellos convertían en imágenes espectaculares aquello que en la pantalla solía aparecer como un mazacote de píxeles. Y, de la misma manera que Frey, David Rowe y otros ilustres colegas, Wakelin jamás se planteó dedicar su carrera profesional al ocio pixelado. Es más: tampoco se molestó en distinguir un arcade de una videoaventura, y menos en empuñar un joystick, porque todo aquello le resultaba ajeno. Incluso se rumoreaba que odiaba los juegos a muerte, algo que desmintió (sin mucho entusiasmo) en una entrevista concedida en 2015. “No es que lo detestase, era sólo que no me importaba una mierda: aquello eran cosas para críos, y yo ya no era un crío”, explicaba con una sequedad muy scouse. 

Mientras los chavales y chavalas que admiraban sus creaciones se dejaban los ojos con el Spectrum, el Amstrad CPC o el Commodore 64, Wakelin centraba sus esfuerzos en otras actividades que resumía sucintamente: “La música ruidosa, fumar porros, leer libros y cómics, emborracharme y follar“. Su trayectoria en alguno de estos menesteres es mejor dejarla a la imaginación, pero dejemos constancia de que Bob Wakelin cultivó varios de ellos con ahínco: sus trabajos como historietista llegaron a aparecer en Epic!, la revista de Marvel para cómics ‘de autor’. Y, como teclista de la banda postpunk Modern Eon demostró que los sintetizadores no se le daban nada mal. Fiction Tales (1980), único elepé del grupo, apareció en DinDisc, el mismo sello que publicó trabajos de OMD, Martha and the Muffins The Monochrome Set.

Pero, aunque a él se la repateara olímpicamente, los trabajos por los que Bob Wakelin ha pasado a la historia son sus cubiertas para los programas de Ocean Software. Una compañía que siempre se movió por el mundillo británico de los juegos como si fuera una major de Hollywood, y para la cual Wakelin diseñó portadas que bebían del imaginario cultivado en los cines y los videoclubes de la época: señores cachas (las chicas curvilíneas a lo Luis Royo no hubieran pasado la censura de Reino Unido), máquinas tan hipertrofiadas como los bíceps de los héroes y deslumbrantes colores de aerógrafo. Cuanto peor era el juego, reconocía, más le pedían sus jefes que se empeñase a fondo.

El propio artista recordaba, en una charla con El mundo del Spectrum, cómo recurría a técnicas de todo tipo para obtener la mayor espectacularidad posible. Por otra parte, sus raíces en el cómic se dejaban ver más de una vez: las cubiertas de Batman Batman: The Caped Crusader bebían a chorros de Neal Adams, Dick Giordano Steve Englehart. Y él mismo recordaba con sorna cómo le metió un gol por la escuadra a Ocean inspirando la portada de Wizkid en el estilo de Robert Crumb. Pequeños respiros en un trabajo que le exigía adaptarse a un formato puñetero y a aguantar que sus obras fueran masacradas por los requisitos de la publicidad y los caprichos de las distribuidoras. Él mismo recordaba cómo su cubierta para Miami Vice (la poco lucida adaptación de la serie Corrupción en Miami) fue vetada por el representante de Don Johnson.




En un mundo justo, el trabajo de Bob Wakelin gozaría de la misma consideración que el de los mejores cartelistas de cine. Pero, tanto entonces como ahora, apenas tiene reconocimiento fuera de los círculos de aficionados: si muchos de sus originales no se perdieron en su día fue porque él mismo corrió a los almacenes de Ocean tras la quiebra de la empresa, salvándolos así de acabar en la basura. Durante las últimas dos décadas, el artista se dedicó al diseño gráfico y la ilustración publicitaria y literaria, campos que tampoco le entusiasmaban. “Me hubiera esforzado más [durante los 80] si hubiera sabido que alguien me prestaba atención”, admitía con sorna. Y tal vez, en esa tesitura, acabase echando de menos los juegos. Aunque sólo fuese un poquito.

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