Gotlib, la vida, el humor y dos o tres conceptos más

[La muerte del dibujante frances Gotlib el pasado 4 de diciembre nos deja sin uno de los grandes del dibujo satírico internacional, aunque relativamente desconocido en nuestro país y siempre editado de forma irregular y sin el eco que merece. Para rendirle homenaje contamos con un colaborador de excepción: Manel Fontdevila, uno de los dibujantes de humor más destacados de nuestro país y claro discípulo del humor y el estilo de Gotlib, nos cuenta cómo lo descubrió y por qué su obra merece una recuperación inmediata]

Tengo pocas ocasiones para hablar de ello, pero una de los empujones clave en mi excursión vital hacia el humor gráfico me lo dió Miquel Esparbé, pintor de formación clásica pero, al mismo tiempo, dibujante de raíz gamberra que tenía en Manresa un taller donde grupos de niños aprendíamos a dibujar: copiar láminas de Emilio Freixas, iniciarnos en el uso de las ceras y, si el alumno progresaba, pasar al óleo. Esparbé, pero, me ahorró el proceso: había trabajado en Barrabás, El Papus o Mata Ratos, hubo una conexión, me cambió las ceras por la plumilla y hasta me envió un día a visitar a su amigo Manel Ferrer (el del Manolo y la Irene, sí). Éste me recibió en su estudio de Barcelona, vió mis garabatos quinceañeros y, entre otros sabios consejos, sacó un archivador de cartulina lleno de fotocopias y recortes que en su portada tenía escrita la palabra “Gotlib”. El mal ya estaba hecho.

Regresé con la cabeza dañada por la visión de esa historieta de la jirafa que se escurría por entre las viñetas y descacharraba el sentido de la lectura, por esas caras y gestos demenciados de algo que un día conocería como Slowburn gag, por esa mariquita que trazaba historias paralelas al discurso de la página y que servía, básicamente, para ahorrarse el dibujo de los fondos. Lo siguiente fue aún mejor: Esparbé me prestó, tomo a tomo, su colección de la época clásica de la revista Pilote, y allí estaba de repente lo mejor del mundo: Uderzo, Morris y Gir, pero también mi admirado Cabú, Bretécher, Mandryka o Leconte, Frydman y Touis y su Sergent Laterreur, Fred y su Philémon, la Hypocrite de Forest. Y, por encima de todo, Marcel Gotlib: Rubrique-à-brac. Pasar las páginas y toparse de repente con sus dibujos era éxtasis, maravilla y comunión absoluta: Gotlib estaba completamente loco, y, por mis manos permanentemente manchadas de tinta (por un uso inexperto del Rotring 0.4), juré que yo también lo estaría. Y así hasta hoy.

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Marcel Gotlib, pues: el majara, el genio. El maestro. Ya se puede decir: 1934-2016. Y añadir, sin temor a equivocarse, “siempre se van los mejores”, y nos quedamos cortos. Fue Goscinny quien lo acogió en el semanario Pilote en 1965, escribiendo él mismo los guiones de su primera serie allí: Les Dingodossiers. Sería un trabajo menor en la carrera de ambos autores, pero vale la pena detenerse en él porque, por una parte, ya adelantaba lo que sería un día Rubrique-à-brac y, por la otra, es uno de sus pocos trabajos rastreables en nuestro país: se publicó por entregas en la última etapa de TBO, la de Ediciones B en los primeros noventa, bajo el nombre de Informe comical. No es un dato gratuito: Gotlib es una leyenda del cómic y el humor en Francia, pero ello no ha impedido que su obra sea, aún hoy, prácticamente inencontrable en nuestro idioma.

Paso siguiente: 1968, Goscinny no da abasto con sus guiones para los clásicos de la revista y considera que su pupilo ya puede volar solo y crear su propia serie. Y vaya que si puede, porque Gotlib entrega entonces lo que será su obra magna, una colección de discursos disparatados sobre cualquier tema (Rubrique-a-brac es un juego de palabras que se traduciría como “sección de objetos sin valor”), para los que no se escatima ningún recurso humorístico e incluso se crean otros muchos para la ocasión, convirtiendo el todo en una referencia como hoy pueda ser el Flying Circus de los Monthy Phyton o el MAD de la época de Harvey Kurtzman. Se dan charlas sobre animales más o menos salvajes, se parodian cuentos y géneros, se ridiculizan usos y costumbres, y poco a poco el tono enloquece hasta que cada entrega puede ser cualquier cosa: un homenaje a Brassens, una fotonovela sobre las reuniones de redacción o un nuevo caso del Comisario Bougret y su ayudante Charolles, desternillante serie detectivesca que acaba con este género en entregas de cuatro páginas. Hay juegos y pasatiempos, arte y filosofía y, por encima de todo, una militancia sin fisuras en el humor como forma de entender el mundo y las gentes que lo habitan. Rubrique-à-brac trata sobre la vida misma vista por un ojo demente: el de su autor.

Una página de 'La rubrique-à-brac' de Gotlib

Una página de ‘Rubrique-à-brac’

Para ello Gotlib se apoya en no demasiados personajes: el primero, el profesor Burp, especialista en fauna que nos muestra jirafas, hienas, cocodrilos y perros de caza en todo su esplendor. No tardan en aparecer por ahí Isaac Newton, especializado en surgir de improviso, recibir un trastazo en la cabeza, recitar la ley de la gravedad y salir de cuadro otra vez. Más personajes: el loco que pinta el techo al que otro loco grita “¡agárrate al pincel que me llevo la escalera!”, poco más se necesita para teorizar sobre el lenguaje y sus mecanismos. La mariquita ya mentada más arriba, que protagoniza sus propias historias al margen (o no) de la principal. El comisario Bougret y Charolles, interpretados por caricaturas de Gebé y el propio Gotlib, mientras que Fred y Goscinny estaban siempre en el papel de los sospechosos (y decir más sería ya spoiler). También Superdupont, el superhombre en lucha contra la Anti Francia que acabaría dibujando el malogrado Alexis y continuarían Lob y Solé ya en las páginas de Fluide Glacial, nace en una entrega de esta serie.

Y, discretamente al principio, ya sin disimulo más adelante, la vedette principal del asunto: el propio autor, convertido en megalómano presentador de sus propias historias, en eje narrativo y única justificación. En protagonista. Gotlib aparece y habla de lo suyo, no hace falta nada más; la prueba es que, a partir de entonces, este modelo será exportado e imitado por humoristas sin escrúpulos de toda condición y pelaje (ejem). La Rubrique-à-brac, por cierto, sigue inédita en nuestro país.

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Pero al mismo tiempo llegan los setenta con fuerza al journal Pilote: los tebeos quieren hacerse adultos y se produce una desbandada de autores para los que el modelo Goscinny se ha quedado desfasado. Druillet, Moebius y otros harán historia fundando la cabecera Métal Hurlant. Gotlib se alía con Mandryka y Claire Bretécher y fundan L’echo des savannes, una revista hecha a medida de su hambre de transgresión y cómic adulto de alto voltaje. Lo cual se traduce, finalmente, en un empacho severo de escatología, miembros viriles, orgasmos y eyaculaciones desquiciadas, todo ello mezclado con implacables ataques a la censura y a la sociedad sexualmente represora de la época. Lo cierto es que todo ello ha envejecido bastante mal y se lee hoy con poco interés, por no decir con puntuales destellos de vergüenza ajena. En fin, a veces pasa. Y en esa época, más.

Sea como sea, ahí se gestó uno de los mayores éxitos del Gotlib para adultos: Gods’ club, diez páginas para la historia en las que vemos a Júpiter invitar a una fiesta privada a otros dioses colegas: Alá, Buda, Wothan, Jehová y Jesucristo. Allí se fuma, se bebe, se cuentan chistes obscenos, se consume alcohol, drogas y pornografía, se canta, se baila y suenan pedos y eructos de continuo. Gotlib, judío de nacimiento, se reafirma en su ateismo en esta barbaridad donde la herejía raya el esperpento, y el humor grueso se convierte en instrumento de liberación. Gods’ Club, que, además, nos ahorra las pinceladas de psicoanálisis básico tan frecuentes en el Gotlib de la época, llegó a publicarse en España en la revista de Norma Editorial Humor a tope allá por los noventa. Quien la haya visto no la olvida.

Una página de 'God's Club' de Gotlib

Una página de ‘God’s Club’

Por suerte, todos los sarampiones pasan y Gotlib, confabulado con un amigo de la infancia de nombre J. Diament, crea una nueva revista de nombre Fluide Glacial que es, esta vez sí, algo serio. Fluide Glacial aparece en 1975 y se consagra al humor: en sus historietas, en sus textos, en sus editoriales, en sus anuncios, en su diseño, el humor es el medio, el objetivo, incluso el tema a tratar. Entre las cosas que debemos a Fluide Glacial está, por ejemplo, haber convencido a Franquin para que acabase su serie Ideas Negras, un hito indiscutible en la carrera del padre del mejor Spirou; también el haber recopilado por primera vez las historietas del Hey,Look! de Harvey Kurtzman bajo el nombre de Hé, les mecs!. Gotlib sabe lo que es el humor mejor que nadie, y se dedica a propagar su palabra: descubre muy pronto nuevos valores que hoy ya son clásicos del país vecino, firmas como las de Édika, Binet o el gran Daniel Goossens, del que el año pasado ECC publicó en España su fundamental Enciclopedia del bebé. En las páginas de ese mensual empezaron también sus carreras firmes valores del cómic más actual como la pareja Dupuy-Berberian, Larcenet, el inabarcable Blutch o Riad Sattouf.

Otra nota autobiográfica: la primera vez que estuve en París, principios de los ochenta, fue bajar del autobús y directamente lanzarme sobre un kiosco para comprar Fluide Glacial. No había dibujos de monsieur Gotlib en el ejemplar de ese mes; no lo sabía, pero ya en esa época raramente dibujaba. Su aportación a su propia cabecera fue una no muy extensa colección de historietas, entre las que destaca una adaptación de El principito, una más nutrida colección de portadas, algunos guiones para su socio Alexis, dibujante superdotado que murió prematuramente y, finalmente, la serie Pervers Pepére, protagonizada por un vejete exhibicionista provisto de un sentido del humor absurdo y retorcido. Las mil y una variaciones a las que somete la escena del abrigo que se abre para mostrar las interioridades del anciano se recogieron aquí en el libro Viejo Verde por Ediciones de la Torre en un ya lejano 1993

Una viñeta de 'Viejo Verde' de Gotlib

Una viñeta de ‘Viejo Verde’

En los últimos años Gotlib se dedicó a ordenar su obra antes que a hacerla crecer, recopilando sus historietas, sus textos e incluso escribiendo sus memorias, donde nos descubre su infancia de niño marcado por la II Guerra Mundial, que vio como la policía francesa se llevaba a su padre a un largo periplo por diferentes campos de concentración hasta acabar asesinado en Buchenwald, y que pasó sus primeros años refugiado en una granja apartada esperando mejores tiempos; hoy, cuando este tipo de introspección testimonial es pan de cada día en el cómic moderno, nos sorprende que semejante experiencia no se refleje en su obra más que puntualmente y muy de refilón. Lewis Trondheim le retrata en Desocupado (editado por Astiberri en 2008) como un tipo algo cansado, quizás depresivo, que poco a poco dejó de dibujar porque, en resumen, ya había dicho todo lo que tenía que decir. Puede parecer un colofón triste a una carrera de puro exceso, pero no debería serlo. Gotlib creó una nueva manera de escribir el humor, se desnudó con esta excusa ante sus lectores y nos regaló, más que una revista, una academia donde aprender mil maneras de usar este raro e imprevisible mecanismo que es el chiste. ¿Para qué exigirle más? ¿Se puede pedir más? Muchísimas gracias, maestro.

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