¡Grabad, grabad, malditos! – 10 discos oscuros de artistas de éxito a desenterrar con urgencia

Pasar inadvertido es lo peor que puede sucederle a un músico. El éxito es la mejor opción pero, si hay que estrellarse, nada como hacerlo envuelto en una leyenda. Sesiones de grabación endiabladas, productores traicioneros, decisiones artísticas equivocadas… hay decenas de desgracias que pueden cruzarse en el camino y condenar tu trabajo a la vez que lo rodean de un aura de fatalidad.

Al menos con cierta leyenda negra a tu alrededor puedes aspirar a ingresar en el club de los músicos malditos, que es un lugar al que nadie en su sano juicio iría a buscarte… salvo que esté preparando una lista para CANINO con algunos de los discos más malditos de los últimos 50 años.



Craig Smith – Apache / Inca (1971-1972)

Las escasas copias de Apache (1971) e Inca (1972) que Craig Smith logró financiar con sus propios ahorros se ofrecen hoy día por auténticas fortunas en internet. Smith los vendía en un puesto callejero en Los Angeles, donde vivió como un vagabundo hasta su muerte en 2012. Pero la historia de Craig Smith es todavía mucho más inverosímil: cantautor folk adolescente, llegó a filmar un episodio piloto para una serie ambientada en el Greenwich Village de Nueva York, a imitación del exitosísimo show televisivo de los Monkees, para quienes compuso algunas canciones. La serie no llegó a producirse y Smith se dirigió a California, donde formó un grupo pop de éxito limitado (The Penny Arkade) y se codeó con celebridades como Mike Love de los Beach Boys. Sin embargo, algo no andaba bien en su cabeza; fascinado con el misticismo oriental extendido por los Beatles, Smith se zambulló en el hinduismo y el LSD, abandonando todo para viajar a Turquía con el proyecto de llegar caminando a la India. Su viaje terminó en Afganistán, donde fue asaltado y quedó malherido. Recluido en un hospital afgano, la embajada norteamericana logró repatriarlo y Smith, rebautizado como Maitreya Kali, regresó a Los Angeles.

Maitreya Kali pasó el resto de sus días deambulando por la ciudad, tocando su guitarra en la calle y cargando con su adicción al ácido y un diagnóstico de esquizofrenia aguda. Se autoproclamó la nueva encarnación de Buda, se tatuó una araña en la frente a imitación de Charles Manson, y garabateó decenas de canciones de folk psicodélico que de alguna manera consiguió grabar. Tanto Apache como Inca son piezas de una belleza extraña, llenas de melancolía y delicadeza. La voz suave de Smith borda canciones de una rara languidez que podrían haber brillado en el repertorio de artistas como Nick Drake o Tim Buckley. Son dos pequeñas obras de arte perdidas, el legado de un músico loco.

Bad Religion – Into the Unknown (1983)

El primer disco de Bad Religion (How Could Hell be Any Worse) es una de las piedras angulares del hardcore punk. Editado en 1982, supuso el estreno de una de las bandas más rompedoras y longevas del punk americano, y alcanzó un éxito inmenso en el circuito underground. Bad Religion dieron en la diana con un sonido agresivo, rápido y melódico que los colocó de golpe a la cabeza de la escena, junto a grupos como Circle Jerks o Minutemen.

En 1983 Bad Religion se recluyeron para grabar su segundo disco y tratar de revalidar el impacto de su debut. Pero lo que salió de allí fue una pedrada que dejó boquiabierto a todo el mundo. Into the Unknown fue blanco de las peores críticas imaginables, además de un fracaso comercial en toda regla; la mayoría de las 10.000 copias distribuidas por Epitaph Records fueron devueltas por las tiendas, que no conseguían venderlas. Todo el mundo odió ese disco, hasta el punto de que el grupo terminó organizando una quema pública de los ejemplares sobrantes. Eso hace que Into the Unknown nunca haya sido reeditado, que la banda jamás toque ninguna de sus canciones en directo y que los pocos discos que se salvaron (literalmente) de la quema hoy valgan cientos de dólares.

¿Y la razón para semejante desastre? Sencillamente, Bad Religion habían grabado un disco de rock progresivo: melodías complejas, toneladas de arreglos, sintetizadores… todo lo que un punk detestaba. Guiños al rock de estadio, sesudas dedicatorias a Kurt Vonnegut, canciones de siete minutos: el perfecto pasaporte a la ruina. Escuchándolo hoy, Into the Unknown sigue sonando fuera de lugar, aunque contiene algunas canciones estimables; Chasing the Wild Goose tal vez hubiera sido un pelotazo diez años más tarde, cuando reconocer un riff inspirado en Ziggy Stardust de Bowie ya no era un sacrilegio… el disco equivocado en el momento equivocado.

Neil Young – Trans (1982)

Los ochenta fueron una época dura para las estrellas del rock surgidas en los sesenta; el público era ya de otra generación, el punk había tratado de demoler los cimientos del rock and roll y la estética sofisticada de la nueva ola los mantenía marginados. Neil Young acusó como pocos el despiste, y la mejor muestra es Trans, su decimocuarto disco de estudio. La desorientación de Young lo llevó a interesarse por la electrónica y a grabar todo un disco con cacharros tecnológicos, sintetizadores y vocoder. El resultado fue comercialmente calamitoso, e inexplicable para sus seguidores. Trans quedó como un punto negrísimo en la carrera de Young, que volvió a cambiar de registro para su siguiente disco (Everybody’s rockin’) huyendo hacia el sonido rockabilly.

Más de treinta años después, Trans parece una locura premonitoria; Daft Punk pagarían por esa portada retrofuturista, y es innegable que Young puede considerarse un pionero en la experimentación de la electrónica aplicada al rock con que hemos sido torturados en décadas posteriores… que lo hiciera en plena confusión, creyendo que imitar a Kraftwerk podía funcionar, es algo que ahora resulta entrañable.

De hecho, hay razones para reivindicar Trans, si uno se empeña. Contiene canciones aceptables como Computer Age (por la que Sonic Youth mostraron reverencia a través de una espléndida versión), y letras bastante honestas sobre la fascinación y el miedo simultáneo que inspira la avalancha tecnológica… en la que hoy vivimos todos.

El Beso Negro – Díselo a todos (1986)

El rock gótico español tuvo su momento. Fueron unos pocos años a principios de los ochenta, pero estuvieron bien aprovechados: la carrera efímera de Parálisis Permanente marcó el final con la temprana muerte de su cantante Eduardo Benavente, y los primeros singles de Gabinete Caligari quedaron como hitos de la escena oscura ibérica. Podemos añadir algún otro grupo notable como Seres Vacíos o Décima Víctima, pero el hecho es que la fiesta ya había terminado para 1983. Que tres años más tarde alguien tratara de reverdecer todo lo negro con un nombre así solo puede explicarse desde la parapsicología. El Beso Negro aparecieron sin avisar adornados con toda la parafernalia gótica en horario de máxima audiencia, actuando dos veces en Tocata, el programa oficial de música en la única televisión oficial de 1986. Pelos perfectamente cardados, camisas con chorreras, maquillaje a dolor y un sonido construido a imitación calculada de grupos británicos como Psychedelic Furs o Lords of the New Church. Publicaron un único EP de tres canciones (Díselo a todos) y atrajeron las críticas más despiadadas que he leído nunca, aún no superadas por el peor troll de Twitter.

La de El Beso Negro es la historia de un rechazo cruel y extrañamente unánime: se diría que a todo el mundo le molestó verlos en televisión o escucharlos en la radio. Una especie de conjura que derivó en un feroz concurso para apedrearlos. Misión cumplida: El Beso Negro se disolvieron y nunca volvieron a grabar. A partir de ahí, la leyenda se pone realmente fea con rumores del suicidio de uno de sus miembros.

Y sin embargo, Díselo a todos es una canción correcta de pop siniestroide, producida con lustroso aire británico. No es una maravilla, pero he escuchado cosas infinitamente peores. El disco se encuentra no muy caro en internet y yo lo escucho bastante. Claro que a mí no hay que hacerme demasiado caso, porque en mi juventud fui más gótico que la catedral de Burgos y eso me resta objetividad.

The Clash – Cut the Crap (1985)

¿Tienen The Clash un disco Maldito? Desde luego: Cut the Crap no solo fue una desgracia comercial, sino uno de los mayores ejemplos de cómo todo puede venirse abajo en un grupo de éxito. Para empezar, The Clash acababan de perder a Mick Jones, expulsado del grupo. Y sin Mick Jones no podía haber The Clash. Para continuar, el disco se grabó en Alemania, en unos remotos estudios en los que nunca llegaron a coincidir dos miembros de la banda: cada uno llegaba, hacía su parte y se marchaba. Eso puede no ser algo extraordinario en 2018, pero en 1985 solo podía significar que el ambiente de trabajo entre los músicos era infernal. Y si todo esto no parece ya la garantía de un descalabro, añadamos que el manager de la banda se arrogó el papel de productor y remezcló los pedazos grabados a su gusto, sin contar con nadie y añadiendo kilos de samplers y arreglos sin pies ni cabeza.

El resultado es un disco sencillamente infumable, en el que todo el crédito obtenido por The Clash desde 1977 se fue por el sumidero… melodías torpes, estribillos ramplones y un sonido artificial arruinan la escucha desde el primer instante. En el momento de publicarse, ni siquiera The Clash seguían existiendo; espantado por el resultado, Joe Strummer decidió disolver la banda y dejar Cut the Crap como una chapuza póstuma de la que renegó siempre.

Sin embargo, incluso en mitad de una hecatombe como esta hay restos de calidad. This is England, el único single del disco, es una canción emocionante. Acusa la pifia de un ritmo electrónico de baratillo, pero tiene un ritmo majestuoso y una letra que quedará como la última nota de genio de Strummer en el triste final de su grupo.

Prince – The Black Album (1987)

Otro fenómeno paranormal: un disco firmado por un artista de éxito que comienza a anunciarse (fecha de publicación incluida) preparando el camino para una presentación a bombo y platillo pero que, apenas a una semana de su lanzamiento mundial, es sorprendentemente retirado por la compañía discográfica. Este es el tipo de cosas que solo podían sucederle a Prince, peleado por siempre con las productoras y excéntrico hasta el tuétano.

El disco iba a titularse The Bible of Funk, y suponía el regreso de Prince a un sonido más genuinamente negro y menos pop, pese al éxito y las ventas de su anterior Sign o’ the Times. Se distribuyó una tirada limitadísima de copias promocionales enfundadas en una carpeta negra, sin títulos ni créditos. Y de pronto desapareció. Nunca se supo realmente qué había ocurrido, ni por qué Warner decidió suspender su publicación y destruir las copias ya fabricadas.

Desde entonces, el disco es conocido como The Black Album (el álbum negro), y los escasos ejemplares que se enviaron a emisoras de radio o prensa alcanzan precios astronómicos en el mercado de segunda mano. The Black Album ha sido reeditado varias veces en versión pirata, y lo sorprendente es comprobar que, excepto When 2 R in Love, ninguna de sus canciones fue reutilizada por Prince. Asombroso, teniendo en cuenta joyas como Le Grind o Dead on It.

Cinco meses más tarde Prince publicó Lovesexy, su décimo disco, grabado a toda prisa en siete semanas para sustituir al misterioso álbum negro del que nunca más se supo… ¿Una carísima rabieta o un astuto truco publicitario?

Howlin’ Wolf – The Howlin’ Wolf Album (1969)

Chess Records fue una de las más reputadas compañías discográficas de blues desde los años cincuenta. En su catálogo se encuentran algunos de los mejores discos de rythm n’ blues y soul jamás grabados. Y en 1969, su fundador Marshall Chess creyó llegado el momento de expandir el negocio. El nuevo nicho de mercado lo componían los hippies blancos que escuchaban rock psicodélico, y con ese objetivo Chess comenzó a fichar bandas de rock. The Rotary Connection fue la primera y más exitosa de ellas. Animado por el resultado, a Chess se le ocurrió otra genialidad: aprovechar el tirón para poner al día a algunos de sus bluesmen negros, como Muddy Waters o Howlin’ Wolf.

Chess decidió juntar a los Rotary con Wolf en un estudio. Grabaron diez canciones de pesado blues rock con guitarra eléctrica, fuzz y pedales wah-wah por doquier. Y el veredicto de Howlin’ Wolf al escuchar el resultado fue tajante: “esto es una mierda”. Wolf detestó el disco desde el primer momento: odiaba el sonido de su guitarra, odiaba el efecto rugoso del wah-wah, odiaba todas y cada una de las canciones. Se negó a participar en la promoción de aquel artefacto y renegó de cada acorde. De manera que Chess tuvo una nueva idea brillante: tratar de explotar el rechazo del artista como gancho comercial. ¿Qué podía salir mal?

The Howlin’ Wolf Album se editó con una portada en blanco en la que se leía, con gruesas letras negras: “Este es el nuevo disco de Howlin’ Wolf. A él no le gusta. Tampoco le gustaba su guitarra eléctrica al principio”. Una estrategia promocional tan ingeniosa… que nadie compró el disco.

La realidad es que The Howlin’ Wolf Album es un gran disco. Puede que en 1969 sonara demasiado blues para el público rockero y demasiado moderno para la audiencia tradicional, pero contiene perlas indiscutibles. Siete de sus diez canciones son versiones de Willie Dixon, grandiosas como Back Door Man y The Red Rooster, o contundentes como Spoonful. Las tres canciones restantes son del propio Wolf, que tampoco quiso involucrarse mucho en el repertorio. Sin embargo, su sonido puede rivalizar y aún zurrarle la badana al debut de Led Zeppelin, que manejaba los mismos ingredientes y apareció casi a la vez.

Big Star – Third (1978)

Third se titula así simplemente porque es el tercer disco de Big Star. En realidad no es su título, solo el orden de publicación. Third no tiene título ni tampoco una historia comparable a la de ningún otro disco que conozcas. Espero no volverlo a tener que escuchar nunca” fue uno de los comentarios más amables que su productor Jim Dickinson cosechó en su desastroso intento por encontrar una compañía que lo publicara. Third anduvo tres años dando tumbos de negativa en negativa hasta que, en 1978, fue finalmente editado por dos minúsculos sellos independientes.

En realidad, nadie sabe si Third es un disco de Big Star o si es únicamente obra de su guitarrista y cantante Alex Chilton. En cualquier caso, es un disco que ilustra perfectamente una catástrofe emocional, el caos de un grupo que ni siquiera existe; Third es un torrente de canciones deshilachadas compuestas desde las tripas por Chilton, canciones tremendas y descarnadas, sin anestesia ni el menor artificio. En Third hay monumentos imponentes como Holocaust o Kangaroo, melodías de oro puro como Big Black Car, villancicos eléctricos como Jesus Christ y hasta una versión de Velvet Underground (Femme Fatale) capaz de subirse a las barbas del propio Lou Reed.

Con el tiempo, Third ha ganado el estatus de disco mítico, venerado por bandas como R.E.M. o Teenage Fanclub e invitado a toda lista de influencias que se precie de culta. Un tardío premio de consolación para el disco que nadie quería tener que volver a escuchar.

Alberto Bourbon – Años de amor (1974)

En torno a Alberto Bourbon todo son leyendas. La más extendida pretende que su verdadero apellido era Borbón y estaba emparentado con la Familia Real. Solo parece confirmado que nació en Madrid en 1944, y que entre 1957 y 1959 perteneció a varios grupos musicales. Después abandonó España y residió primero en París y después en Londres. En 1967 regresó y comenzó una oscura carrera como cantautor. Escribió canciones para Mocedades, Marisol, Massiel y Rocío Jurado. Todo esto suena fascinante.

La realidad es que Bourbon no era familiar de Juan Carlos, pese a su supuesto parecido. Era hijo de un diplomático francés, y se trasladó a París al terminar sus estudios. Allí decidió hacerse músico. Reclutado por el ejército francés, estuvo destinado en Alemania y, al acabar el servicio, marchó a Inglaterra donde comenzó su carrera como cantante de jazz. Al regresar a España comprobó que el jazz tenía menos futuro que la canción de autor, y se transformó en una especie de crooner elegante con influencias de Jacques Brel. Bourbon tenía una voz cálida y grave que aprovechó para canciones de regusto folk urbano, con arreglos refinados y letras románticas. Como un Gainsbourg con camisas planchadas, Bourbon tenía una clase que no tenía nadie más. Trató de demostrarlo con algunos singles publicados entre 1968 y 1970 (El metro, Un mechón de la noche) y tal vez lo hubiera logrado si la mala suerte no se le hubiera cruzado en la forma de un grave accidente de tráfico en 1971.

Bourbon tardó en reemprender su carrera, y lo hizo en 1974 con Años de amor, un disco a medio camino entre la colección de baladas románticas y el capricho por sonidos tan distantes como el tango o el folk. Años de amor contiene lo más parecido a un éxito que llegó a conocer Bourbon (Antes de ti no hubo antes) y un puñado de canciones distinguidas, decadentes y perfectas para una noche de dandismo golfo en Madrid. Tristemente, nadie hizo caso a Bourbon, que prefirió dejar de lado su vocación de cantante y dedicarse a componer para otros artistas. Años de Amor quedó en el más completo olvido.

Johnnie Ray – Cry (1957)

Johnnie Ray nació en un pueblo de Oregón en 1927. Tuvo una infancia difícil y quedó sordo de un oído siendo niño. No son las mejores condiciones para cumplir tu sueño, si tu sueño es tocar el piano y cantar blues como LaVern Baker o Kelly Smith.

Pero Johnnie se sobrepuso y logró salir adelante; en 1957 consiguió un éxito inmenso con su canción Cry, una torrencial balada dramática en la que exhibía un poderío vocal sin comparación, y que le valió una merecida popularidad en todo Estados Unidos. Johnnie se convirtió en una estrella a velocidad de vértigo, aunque su destino estaba marcado… apenas un año después, se sometió a una operación para tratar de recuperar la audición que tuvo el efecto contrario: Johnnie quedó prácticamente sordo.

Ni siquiera en esas condiciones se rindió. Johnnie trabajó duro para seguir sobre los escenarios y mantuvo su reputación gracias a un estilo inconfundible. Su voz era fulminante, y su estilo interpretando tan intenso que muchas veces terminaba las canciones llorando y haciendo llorar a la audiencia. Apasionado bajo los focos, Johnnie escondía una timidez patológica y el secreto de una homosexualidad que se vio obligado a ocultar en un mundo hipócrita que le hubiera despreciado por ello.

Sus últimos años fueron una sucesión de penalidades: olvidado por el público que lo había adorado, Johnnie se inscribió en la legión de artistas malditos que terminan atrapados en un laberinto de alcohol, drogas y fracasos, hasta su muerte en 1990. Aunque esta vez la maldición estaba en cualquier parte excepto en su música.

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