Guía para principiantes: Franco Battiato

Mucho más que una nariz y un centro de gravedad permanente: la obra de Franco Battiato es una de las más atípicas (y las más divertidas) del pop italiano, europeo y mundial. CANINO se enorgullece de ofrecerte esta invitación a recorrerla.

Si hay algo en lo que España suele mostrarse pródiga es en razones para avergonzarnos de ella. Y, para un servidor, una de esas razones es nuestro empeño en darle la espalda al rock y el pop de los países vecinos. Aquí estamos nosotros, tal felices siguiendo el último caprichito de la Pitchfork y sin darnos cuenta de que ignorando a Portugal nos perdemos carreras tan valiosas (y delirantes) como la de Antonio Variaçoes, que el poco interés por los sonidos de Francia permite a Los Planetas metérnosla por la escuadra fusilando a Etienne Daho y, sobre todo, que considerar a Italia como un país de baladistas en busca del laxante perdido supone pasar de largo frente a una auténtica mina de oro. Peor para nosotros: desdeñar los sonidos del país de la bota nos deja ayunos de carreras tan poliédricas como la de Lucio Battisti, de una diva tan prototípica como Minay de uno de los mayores genios de la historia de la música popular, cuyo recuerdo (parece ser) siempre quedará asociado en nuestra conciencia colectiva a un sketch de Martes y Trece.

Afortunadamente, las cosas parecen estar cambiando: el relevo generacional, sumado a los poderes de una discografía catedralicia, han hecho que el nombre de Franco Battiato ya no evoque sólo a Josema Yuste cantando Yo quiero verte danzar junto a un Millán Salcedo vestido de pollo balcánico. Y, como el genio siciliano ha tenido tiempo de hacer mil y una cosas (la mayoría bien, y unas cuantas bastante menos bien) a lo largo de sus 71 años de vida, CANINO se enorgullece de ofrecer esta guía para iniciarse en una obra a la que le pega muy bien ese adjetivo tan sobado de “laberíntica”. De ahí que le hayamos dado la estructura de un “Elige tu propio Battiato”, permitiendo que el lector se mueva de epígrafe en epígrafe según desee indagar en sus diferentes facetas.

1 – Empieza por La voce del padrone

Estamos en 1981, y Battiato se frota las manos. Él, que primero intentó hacérselas de cantautor para más adelante labrarse un nombre en el rock progresivo, y que iba para gran figura de la música clásico-contemporánea, ha decidido convertirse en estrella del pop… y la jugada le ha salido bien. Su elepé La voce del padrone (“La voz de su amo”) va camino de coronarse como el primer disco italiano con más de un millón de copias vendidas, y el single Centro di gravitá permanente suena sin parar desde su Catania nativa hasta el brumoso Milán: sólo el Thriller de Michael Jackson puede hacerle sombra en las listas de ventas, ahí es nada. Con casi cuarenta tacos de calendario, este señor de nariz piramidal ha obtenido por fin la fama y el poderío a los que aspira desde los comienzos de su carrera. ¿Se los merece?

La respuesta es un rotundo “sí”. La voce del padrone no es sólo un discazo monumental, sino también la puerta de entrada perfecta al mundo de su autor. De duración ajustada (poco más de media hora), contiene siete canciones prácticamente perfectas de tecnopop elegantísimo y soleado, desde la inicial Summer on a Solitary Beach hasta esa formidable oda a las cosas del follar titulada Sentimiento nuevo, pasando por Bandiera bianca y, claro, por el himno gravitatorio al que nos hemos referido antes. Hablamos de un álbum que te enamorará tanto si tienes afinidad por los sonidos ochenteros, por la psicodelia (ojo a Gli uccelli) o por la electrónica chicletera, o si sencillamente te gustan las canciones bien hechas. Estás avisado: unas cuantas escuchas de este disco, y sentirás unas irrefrenables ganas de más…

¿Quieres seguir en esta línea pegadiza a la par que sesuda? Ve a 2.
¿Quieres saber en qué trajines andaba metido Franco antes de hacerse rico? Ve a 3.

2 – Viaja con sus discos ochenteros

En propiedad, la etapa nuevaolera de Battiato comienza en el ecuador de los setenta y los ochenta. Harto de no comerse un colín, comercialmente hablando, y muy atento a las mutaciones que llegan desde Gran Bretaña, nuestro hombre edita en 1979 L’era del cinghiale bianco, un disco que deja pálidos del susto a sus seguidores veteranos y donde se sientan las bases del Battiato que acabó haciéndose famoso en la España de los 80: melodías pegadizas aunadas a letras de supino cebollón existencial (pero agraciadas también con un humor considerable) y arreglos entre lo sintético y lo orquestado. La misma fórmula se prolongaría, algo más depurada, en Patriots (1980), y llegaría a su culminación en el megaéxito de La voce del padrone.

A partir de entonces, Battiato daría bastantes bandazos, algo que ya ha sido (y que seguirá siendo) una constante en su carrera. En L’arca di Noè (1982) repetirá los estilemas de su anterior álbum de forma un tanto flojeras, mientras que Orizzonti perduti (1983) resulta su salto al tecnopop puro y duro, cuando no al italodisco. El resultado chirría un poco, pero se lo perdonamos porque lo encabeza un sencillo redondo donde los haya, de título La stagione dell’amore. En la misma línea chicletera (un chicle que sabe a gloria, eso sí) el siciliano emprende la maniobra más inverosímil de su asalto al estrellato: participar en el Festival de Eurovisión, cantando con su protegée Alice un temazo titulado I treni di Tozeur. La pareja quedó en quinto puesto, pero la canción está a la altura de Waterloo, de Poupée de cire, poupée de son o de Euphoria. Eso, como poco.

La versión solista de I treni di Tozeur se encuentra en Mondi lontanissimi (1985), un disco al que calificamos sin rubor como lo mejorcito del Battiato tecnopop: letras que aluden a la ciencia-ficción de forma obsesiva, melodías subidamente cubistas y arreglos en los que la acostumbrada dupla “caja de ritmos + cuarteto de cuerda” suena mejor que nunca. Tras hacerse grande en España mediante las recopilaciones Ecos de danza sufi (1985) y Nómadas (1987), sendas ristras de clásicos regrabados y traducidos a nuestro idioma, Franco se despediría de esta faceta con Fisiognómica, trabajo melancólico y pochete en cuyo tracklist se encuentra E ti vengo a cercare, un baladón italiano como la copa de un pino entre cuyos fans se halló (de verdad de la buena) el mismísimo Juan Pablo II.

El Papa más mediático de la Guerra Fría invitó a Franco a interpretar la canción en el Vaticano, requerimiento al que nuestro hombre accedió, y durante el cual (según puede verse en el vídeo) su Santidad pareció aburrirse como una ostra. Claro que, siendo justos, también hay que decir que Franco desafinó lo suyo: sería la emoción.

El Battiato de los 80 no se acaba aquí: si quieres saber de qué hablamos, ve a 5.
¿Quieres saber cómo Franco recuperó su fama tras un bajón existencial? Muévete a 4.
Y, si te apetece saber por qué nuestro hombre llegó a los ochenta sin un duro en el bolsillo, ve a 3.

3 – Piérdete en su etapa progresiva

Como hemos señalado, el joven Battiato trató de hacerse un hueco en el estrellato pop de todas las maneras posibles en la Italia de los sesenta: primero, como cantante protesta, y después dándose a los temitas románticos. Con decir que, allá por 1969, llegó a participar en el concurso radiofónico Un disco per l’estate compitiendo con unos jóvenes Al Bano (que ganó, por cierto) y Gigliola Cinquetti, uno se hace cierta idea. Pero, entre que su físico no daba mucho de sí y que sus letras ya presentaban una semántica complicadilla, el éxito se le resistía. Y a nuestro héroe, por si no se ha notado aún, eso de ser célebre y admirado le pirra. Así pues, acabó por lanzarse a la nueva moda que, por entonces, arrasaba en su tierra: el prog rock.

Para explicar esto, debemos apuntar que los sonidos sinfonicorros gozaron de una popularidad desaforada en tierras de Dante: el fandom era tan numeroso que unos dementes como Van Der Graaf Generator podían ser número 1 en ventas, y los grupos locales se daban al tema con una grandilocuencia frente a la cual Yes, Genesis y demás señores con mellotrón acababan resultando tan austeros como Leonard Cohen: tal vez Israel Fernández, nuestro progger residente, decida algún día ilustrarles sobre Premiata Forneria Marconi, Area, Goblin y demás dementes. Nosotros nos limitamos a decir que, cuando el progresivo italiano es bueno, es muy bueno, y cuando le da por ser un coñazo, aburre a las piedras. Afortunadamente, en la obra del Battiato seventies hay mucho de lo primero, y casi nada de lo segundo.

Al grano: tras estrenarse con La convenzione (1970), un sencillo extremadamente macarra a la par que pegadizo, Franco debuta en largo con una criatura titulada Fetus (1972). La cual, en contra de los chistes que podría inspirar su título, resulta muy bien parida: en este álbum de portada tan gore hay pocos solos pajilleros y muchas canciones melódicamente estupendas (Una cellula, o el producto de la hipotética copulación entre Kraftwerk y Adriano Celentano) aliñadas con samples que van desde Neil Armstrong a Johann Sebastian Bach, pasando por inquietantes vocecillas infantiles que ponen los nervios de punta. Pollution, su siguiente trabajo, baja algo el listón, pero incluye Areknames, una canción que aún hoy sigue sonando en sus directos. Y suena a gloria, oigan.

De Sulle corde di Aries (1973), lo mejor que puede decirse es que no suena a nada, o a casi nada, de lo que un oyente potencial pueda tener en su discoteca: generalmente se lo suele considerar como un disco folk, porque está grabado en buena parte con instrumentos acústicos, pero dichos instrumentos aparecen loopeados, distorsionados y tratados electrónicamente. Finalmente, Clic! (1974) supone el trabajo más puramente electrónico del opus battiatesco, con secuenciadores y toda la pesca: si les gustan los propios Kraftwerk, Tangerine Dream o Brian Eno, lo gozarán de lo lindo.

Hasta que le llegó el momento de pasarse al pop con armas y bagajes, Franco entregó unos cuantos discos más… pero estos merecen, digamos, un apartado propio. Dejémoslos piadosamente de lado, y pasemos al siguiente apartado, en el que nos vamos a encontrar con más de una sorpresa.

Battiato es capaz de cosas aún más raras: ve a 6 si quieres descubrirlas… y prepárate.
En esta época, Franco ya tenía su propia ‘famiglia’. ¿Quieres saber de qué hablamos? Ve a 5.

4 – De los 90 en adelante: el Battiato macarra

Tras su subidón ochentero, Battiato llegó a 1990 con una barba de patriarca bíblico y la neurona muy castigada: durante la década anterior, y lejos de convertirle en un George Harrison de la vida, ese interés suyo por la meditación y el esoterismo le había animado a dejarse de monsergas y seducir al gran público de una vez por todas, pero ahora le impulsaba hacia un misticismo de poco tirón pop. Para colmo, su país se hallaba de nuevo bajo la férula del siniestro Giulio Andreotti y de una administración más corrupta que nunca (lo cual es decir mucho, tratándose de Italia) mientras que la política internacional daba los primeros pasos hacia el Nuevo Orden Mundial. ¿Qué podía hacer él ante tamaño sindiós?

Pues su primera reacción fue grabar un álbum muy serio: Come un cammello in una grondaia (1990) puede resultar un sopor con orquesta, pero funciona muy bien en momentos de recogimiento y, además, contiene Povera patria, una canción que señala con el dedo a la política italiana de entonces (y, nos tememos, también a la de ahora) con una contundencia digna de La Polla Records, si bien con un lenguaje bastante más elaborado. El siguiente movimiento de Franco, ya en el 92, fue irse a Bagdad a dar un concierto con una orquesta iraquí, a ver si la comunidad internacional levantaba aquel bloqueo que sufrió el país mesopotámico tras la Primera Guerra del Golfo. Y, tras Café de la Paix (93), cuando el Battiato dadaísta y trotón que todos conocíamos y amábamos parecía perdido ya para siempre… surgió el milagro.

El milagro atendía por Manlio Sgalambro, un profesor siciliano de instituto con un aspecto tan peculiar como el del propio Franco, mucha mala leche y una carrera medianamente popular como filósofo for the masses. Los autores del libro Made in Italy (un volumen muy aprovechable sobre la historia del pop italiano) describen esta faceta suya como la de “un Emil Cioran de Segunda B”. A nosotros, el valor de Sgalambro como pensador nos importa bien poco, pero su relación con Franco (profesional, como letrista de sus canciones y, se rumorea, también amorosa) es como para escribir un libro… o como para dedicarle un buen cacho de este texto.

El caso es que la colaboración entre estos dos sujetos, que se prolongó hasta el fallecimiento de Manlio el año pasado, no empezó con demasiado buen pie: si algo enseña L’ombrello e la macchina da cucire (1995) es que uno sólo debe titular su disco con una cita de Lautreamont si su nombre artístico es Nurse With Wound. Que luego pasa lo que pasa. Pero la pareja perseveró, y con L’imboscata (1996) llegó la sorpresa: no hablamos sólo de un disco inesperadamente guitarrero y brutote, que funciona con mucha dignidad de principio a fin, sino también del disco que contiene La cura.

Y hablar de La cura (“El cuidado”, en castellano) es hablar de la pieza de Battiato que más devoción suscita en Italia, hasta el punto de haber sido versionada por el mismísimo Celentano y por alguna que otra triunfita local. Todo ello, afirmamos, con plena justicia. La canción de amor para acabar con todas las canciones de amor, una (inútil, y por ello doblemente conmovedora) declaración de guerra al Universo por el bien de la persona querida, le granjeó una nueva generación de fans entregadísimos y jovencísimos a nuestro protagonista cuando éste acababa de cumplir los 61 años. Para que luego digan de ese Bob Dylan que acudió a los Oscar en estado semifósil: así, sí que se envejece bien.

Si bien L’imboscata queda como el mejor disco del Battiato madurito, sus siguientes discos andan cortados por un mismo patrón. Desde Gommalacca (1998) a Ábrete Sésamo (2012) y Joe Patti’s Experimental Group (2014), pasando por Dieci stratagemi (2010) y las tres entregas de Fleurs (una colección de álbumes en los que versiona material ajeno), todos son tan irregulares que dan hasta rabia, pero contienen uno o dos temas que rompen la pana, aliñados con excentricidades tales que su colaboración con las MAB (un grupo de lolitas góticas y metaleras al que Franco se arrimó para grabar Il vuoto -2007-) o ese vídeo a base de selfies para Inneres Auge, la canción que presta su título a la recopilación de rarezas publicada en 2009. El tema de marras, además de resultar el sencillo más logrado del siciliano en años, resultaba un elegantísimo insulto dirigido a Silvio Berlusconi y sus corruptelas: incluso su ritmillo machacón parece un eco de aquel “bunga bunga” que tanto dio que hablar.

¿Cómo aprovechó Franco este regreso a la palestra? Tendrás que ir a 6 para averiguarlo.
Y, si no tienes bastante con eso, deberás acudir a 7 (para tu desgracia).

5 – Deja que te presente a sus amiguetes

Hagamos un inciso entre tanta recensión discográfica para señalar que Battiato no es sólo un solista de tronío: como buen siciliano, el músico siempre ha aspirado a formar una famiglia de colaboradores a los cuales lanzar al estrellato cual cerebro en la sombra. Y, lo que es mejor, esto le ha salido bien más veces de las que parece. Durante su época hippie, Franco apadrinó a bandas de rock progresivo (Osage Tribe, Capsicum Red) y a Juri Camisasca, cantautor tirando a plomizo que correspondería años después regalándole un temazo como Nómadas. Pero fue en los 80, claro, cuando Franco pudo desfogar a gusto esta faceta suya.

No estamos exagerando: el enjambre que se congregó en torno a nuestro héroe tras su llegada a la fama fue conocido como la ‘Battiato Factory’, y en él hallamos piezas de cuidado, en todos los sentidos. Sin ir más lejos, Alice (aquella jovencita que acabaría acompañándole a Eurovisión, y de la que sigue siendo buen amigo) se benefició de sus talentos en Capo Nord (1980) y Alice (1981), discos que triunfaron de lo lindo en el mercado italiano y cuya escucha recomendamos sin duda. El resto de su obra tiende a lo pesado, pero, cada vez que se decide a interpretar una pieza de su ex mentor, la tía lo borda.

También conviene mencionar a Giuni Russo, siciliana de estruendosa voz y poco disimulada militancia lésbica (escuchen de ella Energie, del 81). Y, cómo no, a Giusto Pio, un señor que había sido primer violín de la orquesta de la RAI, que trabajó junto a Franco durante años como arreglista y a quien debemos Legione straniera (1982), álbum de difícil clasificación que bien puede resultar una delicia de tecnopop con arreglos de cuerda, o una horterada capaz de hacer picadillo los nervios de cualquiera. Igual que tantas obras del propio Battiato…

Si te interesa más Franco en solitario, ve a 3.
Y, si quieres saber dónde encontró Battiato a un compañero para toda la vida, muévete a 4.

6 – Sus obras ‘clásicas’: sólo si tienes valor

Ya lo hemos indicado: allá por los 70, Franco Battiato se hizo amigo de Karlheinz Stockhausen. Dicha relación prosperó hasta el punto de que el tronado compositor alemán acabó ofreciéndole al italiano un papel en uno de sus óperas. Un papel de mimo. No sabemos si esto tenía una honda significación conceptual, pero sí tenemos claro que resume muy bien la carrera de Battiato en la música llamada ‘culta’. Una carrera resumible, también, mediante aquel bonito dicho que reza “si no sabes torear, ¿pa’ qué te metes?”.

El caso es que, desde 1975, los álbumes de un Battiato con la cabeza aún muy a pájaros empezaron a volverse… ‘distintos’. Allá donde antes hubo canciones más o menos extrañas, pero pergeñadas desde una sensibilidad pop, ahora había collages sonoros de media hora de duración, o bien improvisaciones (también de media hora, como poco) al órgano de una catedral siciliana. Por si semejantes desmanes (contenidos ambos en M.melle le ‘Gladiator’, 1975) no fueran suficientes, los elepés Battiato (1977) y L’Egitto prima delle sabbie (1979) pretendían hacernos comulgar, bien con momentos en los que nuestro hombre se daba como un loco a mover el dial de la radio, grabando lo que le salía, o bien a mastodónticas piezas para piano… de un solo acorde. Al lado de estas joyitas, la Piano Phase de Steve Reich resulta una canción de los Monkees, no decimos más.

Pese a haberse llevado el Premio Stockhausen de Composición en 1979 (lo mismo su colega Karlheinz quería compensarle por lo del mimo, quién sabe), Battiato abandonó estas veleidades con el final de los 70: habiendo comprobado in situ que las alabanzas críticas no son comestibles, nuestro héroe vuelve al redil con los felices resultados que todos conocemos. Pero, en 1987, vuelve a las andadas con nada menos que una ópera, de tema bíblico y titulada Génesi. A partir de entonces, llegarán más óperas, una misa y composiciones orquestales que resultan siempre demasiado abstrusas para satisfacer al oyente rockero, demasiado melódicas para que los expertos les den su aprobación y siempre, siempre, aburridas hasta decir basta. Haznos caso, y no te las lleves a casa aunque el nombre de Franco figure en sus portadas: corres el riesgo de acabar odiándole para toda la vida.

Por suerte, no todo lo que hace ahora Franco es un coñazo: descúbrelo en 4.
Pero nuestro héroe puede caer todavía más bajo: avanza a 7, y reza lo que sepas.

7 – Huye de sus películas como de la peste

Ahora que en su país se le considera una institución viviente (su apodo más o menos oficial allí es nada menos que ‘Il Maestro’) y que enfrenta su ancianidad con la mente lúcida, Battiato ha aprovechado para ser un poco el perejil de todas las salsas: se ha metido en política, como consejero de Cultura y Turismo de Sicilia, liándola parda al tildar de “casa de putas” al parlamento regional de la isla. Y también ha llevado a cabo una carrera como director de cine de la que, al menos, puede decirse algo bueno: que consta sólo de tres películas.

Haznos caso: Perduto amor (2003) es un dramón medio autobiográfico ambientado en la Sicilia de los 50 y Musikanten (2006) apuesta por acercarse a la figura de un Beethoven interpretado, ojo al dato, por ese Alejandro Jodorowski en cuyas maléficas garras Franco estaba destinado a caer tarde o temprano. De nuevo con la colaboración de ‘Jodo’, Nada es lo que parece (2007) apuesta por narrarnos las angurrias espirituales del varón italiano cercano al climaterio.

En estas tres películas, Franco se convierte en aquello que su producción musical no le ha permitido ser hasta ahora: un artista ‘maduro’ en el peor sentido, autocomplaciente y muy, muy coñazo. Ante ellas, uno desearía que los únicos contactos entre nuestro hombre y el cine hubieran sido esa interpretación horrísona (y descojonante) de E ti vengo a cercare que Nani Moretti se marcaba en Palombella rossa (1989), o ese momento de Hijos de los hombres en el que sonaba su versión de Ruby Tuesday. Pero no son sus únicas agresiones al sentido de la vista: den gracias a que no vayamos a hablar de su carrera como pintor…

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