Guía para Principiantes: Richard Wagner

La primera vez, Wagner da miedo y se pone cuesta arriba. A la segunda, empieza a infectar el alma como una droga. Si alguna vez has querido atreverte y no has sabido cómo empezar, esta guía te ayudará a adentrarte en el mayor torbellino (o volcán) de la música, la más sublime y la más peligrosa.

No intentes descifrar el enigma de Wagner a lo bestia: empieza por lo fácil y adéntrate poco a poco en lo desconocido. No ha habido otra figura tan influyente en las artes del siglo XX. ¿Por qué, entonces, se le atraganta Wagner a tanta gente?

Al acercarnos a la figura de Richard Wagner (1813-1883), tenemos que ser conscientes de que su importancia va más allá de lo estrictamente musical. Para sus admiradores irredentos ya no se trata únicamente de su obra -mayestática y abrumadora como pocas en la historia de la composición occidental-, sino de sus ideas sobre el arte y, por tanto, de su influencia en genios posteriores, que ha sido incalculable e incomparable durante todo el siglo XX -y todavía hoy- en disciplinas distintas a la ópera o la escritura sinfónica. No son sólo notas, sino certezas: Wagner es religión, más que sonido. Tal como intentará explicar Alex Ross en su próximo libro, Wagnerism. Art in the shadow of music -como diría Aznar, está trabajando en ello, sin que se sepa cuándo se publicará-, Wagner ha sido el creador más influyente desde la irrupción de la modernidad, y su sombra se extiende por la literatura, la poesía, el cine -que él ni siquiera llegó a imaginar- o la arquitectura. O, tal como sugiere el actor Stephen Fry, otro wagneriano convencido, acercarse a él es como admirar la cumbre del monte Everest desde las faldas del Himalaya: Wagner es lo más alto a lo que ha llegado el arte.

Esta es una de las barreras que alejan a Wagner de los comunes mortales: su lenguaje es incomparable y ambicioso, sus formas son inmersivas, y a lo largo de generaciones ha perdurado el sentimiento dual de admiración y rechazo -y esto va mucho más allá de la cuestión nazi- porque admirar su genio no es tan fácil, tan inmediato, como el de Mozart o Beethoven. Con Wagner siempre hay un problema inicial: cómo entrar en su mundo. No tiene hits ni fragmentos sencillos que se puedan extractar de sus monumentales óperas para un consumo casual -salvando la Cabalgata de las Valkirias, o el coro de los peregrinos de Tannhäuser-, y en caso de haberlos, no son suficiente entrenamiento para afrontar más tarde una representación de aproximadamente cuatro horas, que es lo que dura Parsifal. Se puede ser fan de Bach, o de Schubert, sin haberlos escuchado en profundidad. Pero eso no ocurre con Wagner: para entrar en su música, hay que sumergirse hasta el fondo.

Si ese trabajo previo ya se ha hecho y usted pertenece a la secta, enhorabuena: dediquémonos un saludo secreto, como los masones, y, si quiere, puede dejar de leer aquí para ocupar su tiempo en menesteres más provechosos. Esta guía lo que intentará es ayudar a abrir la puerta a quien aún no sabe que Wagner le cambiará la vida algún día. ¿Cómo enfrentarse a ese lenguaje sinfónico que nunca concluye y que se desarrolla como el oleaje interior de un océano sin costas? ¿Cómo aguantar horas y horas de representación en estos tiempos de déficits de atención y demanda de placeres inmediatos? ¿Por qué deberían interesarnos los temas de sus dramas mitológicos y místicos? Respiremos hondo, y empecemos a bucear.

1. Empecemos con un buen precalentamiento

Una ópera de Wagner es un trayecto largo y espinoso, comparable a correr una maratón, y está claro que, de la misma manera que uno no se puede lanzar a trotar 42 kilómetros y pico sin haberse preparado bien antes, tampoco es prudente iniciarse en Wagner con las casi seis horas (incluyendo descansos) de El ocaso de los dioses (1876), que este 28 de febrero se ha empezado a representar en el Liceu de Barcelona -alguno empalmaría con la ceremonia de los Oscar-. Por supuesto que se puede, y un espíritu musical refinado reconocerá a la primera que eso es un rotundo monumento capaz de descolocar a cualquiera para el resto de su vida, pero hay otras vías de acceso menos dificultosas. La clave, para usted que nunca ha escuchado bien a Wagner, es ir precalentando, escuchando fragmentos sueltos. El mercado discográfico, y por extensión las plataformas de streaming, están repletos de selecciones de pasajes instrumentales, grandes highlights de las óperas de Wagner y los fragmentos más conocidos, y aunque sea sin conocer el contexto o el origen -o ubicación- exacto de cada pasaje, eso nos servirá para ir reconociendo patrones, motivos musicales o temperaturas. Ahí encontraremos las oberturas más granadas -o sea, prácticamente todas: la de Lohengrin  (1850), la de Parsifal (1882), la de los Maestros Cantores (1867), y por supuesto la de Tristán e Isolda (1859)-, los coros más célebres, la marcha nupcial -también de Lohengrin-, y algunas escenas dramáticas, como la Muerte de Siegfried, o los Susurros del bosque, que nos ponen en contacto con los ejes centrales del drama wagneriano. Es muy importante familiarizarse con estos greatest hits desgajados, porque luego serán las tablas de salvación a las que nos aferraremos cuando estemos en medio de una representación completa, los hitos en un camino desconocido que nos servirán para no perdernos.

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2. Comprendiendo el lenguaje wagneriano

A partir de aquí, podemos empezar a asimilar lo que son la melodía infinita y el leitmotiv, dos de los ejes estéticos de la escritura musical de Wagner. Aunque a lo largo de su carrera compuso alguna que otra fantasía para piano y un ciclo de canciones (lieder) dedicados a su amante Mathilde Wesendonk, lo único que interesa de verdad de Wagner, lo único que sobrevivirá hasta a las cucarachas, son sus óperas, y no todas en realidad: las tres primeras (Las hadas -1835-, La prohibición de amar -1834- y Rienzi -1840-) raramente se representan; y digo raramente porque a veces sí están en cartel, como es el caso de La prohibición de amar, que arrancó el 19 de febrero en el Teatro Real de Madrid. Pero el ciclo wagneriano básico es el que comienza con El holandés errante -1840- y acaba en Parsifal, y es a partir de El holandés cuando Wagner se fue alejando de las convenciones de la ópera a la manera francesa que estaba de moda hacia el año 1830 -mamotretos de cinco actos con ballet, pocos de ellos sobreviven hoy en los teatros- y comenzó a desarrollar un lenguaje propio cada vez más cercano a su idea del ‘drama musical’, acciones sin interrupción que son fundamentalmente teatro cantado, y no pirotecnia vocal con argumento.

Wagner, pues, compone como si su música fuera líquida, con un comienzo y con un fin, pero sin interrupciones: no hay arias, ni melodías, sino una masa sonora que no remite y que se transforma, y es una masa melódica pero sin estribillos ni puntos de agarre definidos. En cierto modo, es como escuchar ambient: parece que no pasa nada, pero pasa algo todo el tiempo. De ahí la idea de melodía infinita: hay breves instantes en los que esa melodía se convierte en algo pegadizo, fácil de recordar, pero como las olas en el mar, pasan rápido y desaparecen. Así que al escuchar a Wagner no hay que buscar el placer en las melodías, sino en los momentos de tensa espera entre lo que es armonía en desarrollo y la concreción de esa armonía en un motivo memorable. Esos momentos especiales son los leitmotivs: figuras melódicas sencillas que se identifican con un personaje, con un tema o con un objeto, y que van apareciendo incrustados en el flujo de notas cuando la acción lo permite.

El leitmotiv es fundamental en Wagner porque, una vez se reconocen cuáles son los temas fundamentales, estos ayudan a seguir el argumento -y el sentimiento- de la ópera, y además permiten comprobar cómo aumenta la riqueza de su música. Esos leitmotivs crecen y se transforman a lo largo de una obra, primero son como una leve semilla musical y llega un momento en el que que crecen hasta dar forma a un pasaje de poder admirable. Por ejemplo, está el leitmotiv que identifica a Siegfried en el ciclo del Anillo: la primera vez que aparece es en la ópera La Walkiria (1870), en el primer acto, pero ese mismo leitmotiv no culmina hasta el último acto de la cuarta ópera, Götterdammerung (El ocaso de los dioses, 1848), en el momento de la traición y muerte del héroe. Durante horas y horas, con paciencia, Wagner va madurando el momento, construyendo una tensión a largo plazo. La primera vez que nos enfrentamos a estas obras estos detalles pasan desapercibidos, pero con el tiempo nos convencen de su grandeza: sólo un genio puede estar anticipando la llegada de sus momentos culminantes con tanta previsión, con tanta paciencia. Al reconocer los leitmotivs, tenemos una razón más para seguir surfeando la ola de Wagner.

3. Empiece por una ópera sencilla

El trance de Wagner pasa por enfrentarse a una ópera completa. En disco o streaming va bien, sobre todo si son las grabaciones históricas con las mejores voces, pero lo mejor es en teatro, lógicamente. Si no hay pasta, hay infinidad de grabaciones en YouTube, aunque el sonido sea una basura. En cualquier caso, hay que ver las ópera de principio a fin, y hay tres puertas de entrada principales: las dos más cortas –El holandés errante y El oro del Rin (1854) duran ambas dos horas y media, menos que una película de Christopher Nolan-, o la ópera de duración media con el lenguaje más romántico y ‘asequible’, que es Lohengrin: tres horas y media de riqueza melódica inigualable. Todas ellas añaden un obstáculo, por supuesto: El holandés tiene buenos momentos, pero es la ópera más floja de entre todas ellas; El oro es el comienzo de la tetralogía, y quizá vengan ganas de seguir, lo que implica enfrentarse a trece horas más de drama; y Lohengrin es más larga de lo deseable si usted va con prisas, esas casi cuatro horas se pasan un poco de frenada en comparación con las dos horas ligeras de cualquier ópera de Puccini.

De todos modos, como el paso habrá que darlo igualmente, y ninguno será fácil, lo mejor es buscar la historia que más nos interese. Si nuestro ánimo es más bien sentimental y nos gustan las historias de amor, entonces tendríamos que optar por Lohengrin, El holandés errante o, directamente, por Los maestros cantores de Nuremberg (1867) o Tristán e Isolda, esta última el hueso wagneriano más duro de roer. Si nos va el conflicto espiritual, claramente hay que ir por Parsifal, y si nos va la fantasía épica, la Tetralogía (1876) cunde más que cualquier temporada de Juego de Tronos.

4. Consejos básicos para no hundirse

En un artículo en The Guardian, decía Stephen Fry: “Si alguien me pregunta cómo escucho a Wagner y cómo entro en la representación, yo le digo: simplemente empiezo en el primer acto y lo voy siguiendo. No hay nadie que cante encima de nadie, es todo hermoso y directo. Es un drama, Es una historia. Es fantástico”. Seguir la historia es la mejor idea: en Wagner no sólo tiene fuerza la música, sino también el argumento, las lecturas que podemos extraer de cada uno de ellos siguen siendo modernas y universales –Tristán e Isolda es la mejor historia de amor de todos los tiempos; la Tetralogía del Anillo sigue estando vigente porque una de las muchas lecturas que ofrece, la de la lucha de clases y la ecologista, era tan necesaria a finales del siglo XIX como lo es a principios del XXI-, y por tanto Wagner sobrevive porque la idea de su arte no sólo fue revolucionaria y futurista, sino también porque sus preocupaciones no han sido resueltas aún.

Una vez metidos en la historia, hay que avanzar sin estresarse. Habrá momentos arduos, pesados, es posible que pesen los párpados, pero hay que recordar siempre una cosa: cuando Wagner lo pone difícil, pronto llegará un momento especial -un coro, un leitmotiv desarrollado con esmero, la entrada de un nuevo personaje- que nos vuelva a poner en tensión. Muchas veces, la recompensa llega muy avanzada la representación: algunos de los momentos cruciales, los que te hacen saltar del asiento o llorar de emoción, se producen cuando han pasado horas de melodía infinita sin concretar. Por ejemplo, La Valquiria: el primer acto empieza tétrico y convulso, pero no tiene un arranque heroico hasta pasada la primera hora; el segundo acto empieza también como un tumulto, pero lo mejor no llega, quizá, hasta el final del tercero, tres horas y cuarenta y cinco minutos después de empezar, cuando Wotan enciende el fuego sagrado en el que rodeará el cuerpo durmiente y castigado de su querida hija. Y cuando acaba la ópera, sólo por esos minutos, sabes que todo ha valido la pena.

5. Cultivar la virtud de la paciencia

Normalmente, las óperas de Wagner arrancan rozando lo sublime. Las oberturas –Tristán e Isolda, Parsifal, Lohengrin, Meistersinger, Tannhäuser (1845)- son de llorar, diamantes sinfónicos de una pureza y una belleza extraordinarias, y al estar repletas de leitmotivs son como montañas rusas melódicas excitantes. El problema para un oído del siglo XXI, tan acostumbrado a la satisfacción inmediata, es que esta densidad no se da a lo largo de toda la ópera: en el drama, Wagner administra las melodías y las escenas dramáticas con mucha paciencia, y por eso el viaje, sobre todo las primeras veces que se recorre, resulta a veces tan agotador. Pero una ópera de Wagner no es un bloque de cemento, sino una sucesión de etapas fluida, y por sistema, siempre, se dejan lo mejor para el final. Una de las claves de escuchar a Wagner y fliparlo a muerte está en sentarse y dejarse llevar (como dice Stephen Fry, “empezar por el primer acto y seguir”), y sobre todo saber que al final habrá recompensa. Los instantes finales en todas y cada una de las óperas de Wagner son lo mejor: tanto en La Valquiria, como en El ocaso de los dioses (1848), como en Parsifal, los acordes finales -momentos de diez, cinco o dos minutos, da igual- son tan poderosos que nunca se tiene la sensación de haber empleado mal la tarde. Wagner es tan poderoso porque te hace esperar cuatro horas para servirte un pasaje final de tal trascendencia que borra de inmediato la noción del tiempo y te suspende en una irrealidad infinita.

Esto queda muy claro en Tristán e Isolda, una ópera que es, en realidad, la búsqueda de respuestas a una pregunta. La famosa obertura, con el no menos famoso acorde de Tristán, queda en suspenso desde el principio: es un motivo musical abierto, sin resolución, sabemos que deberían sonar unas notas después de ese acorde, pero esas notas no suenan. Durante cuatro horas y pico, Wagner va dejando la música en ese estado de suspense, y justo al final, cuando Isolda decide morir para reunirse con su amado, y suena el pasaje del Liebestod, es cuando la melodía de varias horas antes por fin se cierra y culmina en el pasaje más glorioso de toda la escritura wagneriana. Al esperar, se abren los cielos y se manifiesta el genio. Y así es todo Wagner: dándole oportunidades, sin prisas pero con atención, con esfuerzo y recompensa garantizada, este hombre te puede cambiar la vida. Lleva haciéndolo desde hace más de 150 años.

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