[Guía para principiantes] Shane Black: El último gran guionista pulp

Quizás su nombre te suene a chino. Quizá lo conozcas por películas como Arma Letal o incluso tal vez sólo te suene porque acaba de dirigir a Ryan Gosling y Russell Crowe en una nueva buddy movie. O puede que ya seas un experto. En cualquiera de los tres casos, esta pequeña guía básica sobre uno de los mejores y más personales guionistas/directores de Hollywood en activo resulta imprescindible para conocer todo su universo, un lugar donde hay más lecciones que en uno de esos máster de escuela de cine de miles de euros.

Puede que después de Iron Man 3 (2013), probablemente el mejor guión de Marvel Studios, no sea tan extraño que el estreno de una película como Dos buenos tipos (2016) atraiga cierta expectación, e incluso haga  saltar a la palestra a los inevitables sabihondillos, como yo, que te quieren explicar  a toda costa quién es ese señor que la dirige,“¡Hey, ese tipo  llamado Shane Black ya molaba desde los ochenta!”. Claro, hoy me ha tocado a mí ser ese pesado. Me disculpo por adelantado, pero el caso es preocupante. ¿Por qué este tío no está en todas partes? ¿Por qué aún, para una gran mayoría, a veces necesita presentación? Bueno, quizá es que algunos exageramos. Cuando aún nos sorprendíamos con películas comerciales y llenas de acción como El último gran héroe (1993) ignorábamos que tras la flamante dirección de John McTiernan, había un guión de diamante. Pero claro, Shane Black sólo era un guionista. Pero era el mejor. En su momento, uno de los más demandados, valorados y prestigiosos. Sentó por dos veces el récord de precio de venta de un guión durante los noventa. También los fracasos de muchas de sus películas fueron tan épicos que le tuvieron bien enterrado en el lodo hasta su pequeña resurrección durante los 2000.

La importancia de sus guiones millonarios se suele calcular a la baja. Su carácter de producto de industria –lo que suele asociarse inexplicablemente, en ciertos circuitos culturales, a signo de baja calidad– puede impedir ver más allá del bosque, de las explosiones, y no darse cuenta de que el cine de acción de autor existe, y que en el entramado de alambre de sus estructuras clásicas hay un pulso de ritmo preciso y personajes más grandes que la vida, con colecciones de líneas de guión para enmarcar. Su trabajo creó algunos precedentes para los que el sistema no estaba preparado. El vuelo de la figura de guionista hacia al firmamento creó malestar entre los productores, acostumbrados a pagar lo mínimo por los libretos, cambiando la impresión del trabajo de escritor en los estudios. Con su afición por romper los límites, asfaltó la autopista para que la voz nuevos autores como Tarantino, Paul Thomas Anderson, David O. Russell o David Fincher pudieran incluir locuras y referencias, juegos meta y todo lo que los grandes autores del cine independiente consiguieron en la época dorada de éste. En su momento, Black redefinió el blockbuster de acción, lo elevó a los altares y luego lo deconstruyó. Todo ello acompañado, claro, de los mejores directores del género de hace veinte años. Por eso, cuando hablamos de Shane Black como autor, como figura cinematográfica a tener en cuenta, no es para ponernos gafas de pasta y aplaudir a un tipo que sólo ha dirigido tres películas: es como si mencionáramos a Matt Groening dentro del mundo de la animación.

Arma letal y la consagración de la buddy movie

Paso por paso. Todo empezó con un guión. Shane Black acababa de salir de la escuela de cine y, con 23 añitos, consiguió vender el libreto de una “peli de polis” por la friolera de 250000 dólares. Por entonces, el concepto de buddy movie no se aplicaba de la misma manera que ahora. Aquello era terreno de la comedia, parejas cómicas como Walter Matthau y Jack Lemmon, Dean Martin y Jerry Lewis, Richard Pryor y Gene Wilder. No fue hasta 1982 cuando el género policíaco absorbió ciertos manierismos de la fórmula y las aplicó rompiendo la seriedad, sin renunciar a la violencia; un sello del cine de Walter Hill, que en Límite 48 horas (1982) crearía la semilla sobre la que Black abonaría su texto. Una de las aportaciones de este fue una humanización de los personajes más orgánica, hasta tal punto que los policías nos caen realmente bien. Subvierte una tradición muy de Harry el sucio (1973), mediante una complicidad con el espectador que va más allá de los one liners molones y se extiende a situaciones de auténtico peligro para los protagonistas. Sus reacciones humorísticas en esos momentos de tensión son su variación de la fórmula Hill. Tarantino tomó buena nota  y muchas veces, los momentos de la pareja de Pulp Fiction (1994) parecen sacadas de una verdadera buddy movie en la que son los delincuentes los que hacen las bromas.

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Arma Letal es un debut que avisa de  todas la pautas de personalidad de sus posteriores trabajos. Tacos, personajes locos y acabados en busca de redención y una trama llena de giros y vueltas que consiguen confluir armoniosamente en un gran final con un sentido del espectáculo que usa como unidad de medida la exageración. Producía Joel Silver, que se convertiría en el gurú de los blockbusters de acción durante las siguientes décadas, y orquestaba Richard Donner, el veterano director de La profecía (1976). Su éxito brutal hizo que Warner le encargara la secuela, pero su visión nunca vería la luz. Aunque que la idea original del guión se mentenía, Play Dirty fue rechazado por su tono oscuro, su contenido violento y el final trágico, con la muerte de Riggs. Es considerado por Black su mejor guión de lejos, y en contraste, las sucesivas secuelas fueron diluyendo más el espíritu duro y cínico de la original. Veremos que tal se traslada éste a la serie de televisión.

La Navidad y el sentimentalismo, por Shane Black.

Si enumeráramos los tics más clásicos del escritor llenaríamos dos guías como esta, pero intentemos desgranar algunos. Hay detalles de su estilo curiosos, como su afición por poner notas dirigidas al director o los ejecutivos encargados de leer su trabajo, métodos de complicidad con el lector como parte de su estrategia para mantener la atención. Estas técnicas son descritas por Black como una copia del método de su mentor, William Goldman, cuyos guiones de Marathon Man (1976) y Dos hombres y un destino (1976) le impactaron. Lograr lo inesperado, romper las reglas del cliché dentro de un religioso clasicismo con subidas de tensión  progresivas, los arrebatos de violencia inesperada o el secuestro como desencadenante de nudos de la trama son técnicas garantizadas en sus trabajos. Pero el tema que une casi todos sus guiones como una profunda marca personal es la Navidad.

Kiss Kiss Bang Bang

Kiss Kiss Bang Bang

La novela que inspiró La jungla de cristal (1988), publicada en el año 1979, ya desarrollaba su trama en Nochebuena. Independientemente influenciada por ella o no, Arma letal abrió la veda a otro tipo de películas navideñas. Joe Dante ya la había enseñado en Gremlins (1984) un fantástico con monstruos suavecito, más bien juvenil, pero no tantas películas ambientadas el 25 de Diciembre tenían tiroteos, muertos, tacos, blasfemias y prostitutas. La fórmula cuajó tan bien que sólo un años después Joe Silver repetiría con La Jungla con más éxito, convirtiéndose con el paso del tiempo en la película de Navidades más popular, quizá junto a Que bello es vivir (1946). El propio Black le comentó bromeando que no tenía por qué hacer todas sus películas en esas fechas. A pesar de eso, él mismo lleva utilizando el mismo truco en la mayoría de sus películas. Para él, la Navidad es algo divertido, un evento especial que congrega a todos los personajes bajo un mismo manto, asienta todo en un microcosmos unificador para las distintas subtramas. Según el propio Black ”la primera vez que lo ví fue en Los tres días del cóndor (1975), en la que funcionaba como un extraño y escalofriante contrapunto a la trama de espionaje. También tiene esos detalles de belleza escondidos que se encuentran en los lugares más inseperados.”

La atmósfera de fraternidad crea un efectivo contraste para que sus personajes solitarios sean más conscientes de sus problemas y miseria se acentúa bajo toda esa alegría latente. Por ejemplo, en Arma Letal, mientras Robert celebra su cincuenta cumpleaños, Riggs pasa sus horas en la caravana, pensando si dar el paso del suicidio. En Kiss Kiss Bang Bang (2005), el personaje que interpreta Robert Downey Jr se nos presenta robando un muñeco protocop en una tienda de juguetes para dárselo a su hijo, que vive con su ex mujer. De nuevo, las fiestas son un microscopio implacable de fracasos que se hace extensible al Tony Stark de Iron Man 3, autoexiliado de los sentimientos como un Scrooge millonario que aprende a reconocer su importancia para los que le rodean. Y es que el carácter cínico y sarcástico del tono de su obra nunca esconde ese aprecio por los momentos cálidos que puede llegar a ofrecer una época de valores positivos. La ternura existe en el cine de Shane Black. Sin llegar al sentimentalismo lacio, hay ejemplos de camaradería y vida familiar en Arma Letal o, a pesar de todo, en El último boy scout (1991), llegando a puntos casi poéticos en la relación de los dos protagonistas de Memoria letal (1996), dos desarrapados, seres marginales a causa de un trabajo que ha eliminado de sus vidas la posibilidad de un día a día legítimo, y que encuentran en el otro una amistad que crece sobre esas ruinas.

La joya de la corona. El guión del millón de dólares.

Así es cómo se conoció entre bastidores el libreto de El último boy scout, aunque en realidad su precio real fue de 1,75 millones, lo que supuso el primer récord en la carrera del todavía muy joven guionista. Si bien otros de sus esfuerzos manifiestan su buen manejo de la acción, el tempo narrativo y el minucioso tratado de tira y aflojas con el espectador, El último boyscout regala su mejor trabajo de diálogo. Captura de forma tremenda la naturalidad de las palabras y le da un trasfondo de épica de andar por casa que hace que los personajes sean más que figurantes de un comic book de detectives. Cuando lo personal se filtra en el trabajo, a veces, da estos resultados. Tras la mala experiencia de la secuela de Arma letal, Black se encontraba en un círculo vicioso de tabaco y lectura de noveluchas pulp tras la pérdida de su esposa. Su amargura se transformó en palabras tras pasar días solo, un ejercicio de catarsis y redención sin precedentes en su carrera. Puede que otros filmes suyos sean más equilibrados, más perfectos o con detalles de sensibilidad más adecuados a los gustos de la crítica, pero bastaría con poner un resumen de su colección de frases memorables de esta película para que el libreto se defendiera solo.

Joe Hallembeck (Bruce Willis) salvó la vida del presidente, pero fue humillado al salvar a una joven de los abusos de un senador. El boy scout que hace lo correcto cae en una espiral de autodestrucción que explica la perfecta duología del antihéroe de Black. Los problemas del pasado que regresan a condenar la existencia del protagonista. Una tradición del cine negro que sirve aquí para mostrar la devoción de Black por el género. De hecho El último boy scout no deja de ser un neo noir más tradicional de lo que parece a primera vista. Si en los cuarenta los personajes acababan siendo aspirados por una espiral de perdición, en el cine de Black suelen encontrar una salida noble a su condición de antihéroes. Se amplifica su lado oscuro a través de finas transgresiones de la línea que separa el bien y el mal. Así la chulería macarra (el mítico “si me vuelves a tocar, te mato”), la autoflagelación, la socarronería y los superpoderes casi fantásticos son una caricatura del detective atormentado pero que esconde un corazoncito.

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Tony Scott declaraba que el guión era mejor que la película que consiguió sacar de él. Puede que tenga razón: a día de hoy sigue siendo uno de las piezas más duras de Black, pero tiene las marcas más importantes de su trabajo como guionista. El recurso del secuestro como catalizador explosivo de las motivaciones del héroe es otra marca personal de Black, que aquí lo lleva al extremo para conectar con el protagonista y enganchar el segundo y tercer acto. Suele llevar asociada una escena de tortura y coincide con el típico momento “todo está perdido” de los guiones de estructura clásica.

Autoparodia y metajuegos

A pesar de ser una reescritura de un guión existente, El último gran héroe (1993) es uno de los trabajos a los que Black guarda un cariño especial. Al igual que Una pandilla alucinante (1987), en la que un grupo niños se definían principalmente por ser fans del género de terror, el protagonista aquí es un chico aficionado al cine de acción que acaba encontrándose a sus ídolos en carne y hueso en el mundo real. Como en aquella, tenemos a un Shane Black ligero y juguetón, cargado de sentido de la maravilla, que deja ver cierto desbarajuste cohesivo, como en una colección de escenas y sketches sueltos. Quizás se trate de su proyecto más caótico a nivel de estructura, aunque no por ello sea en absoluto desdeñable. Su recuerdo engaña y pese a algunos detalles meta que ahora ya no sorprenden, y algún gag desafortunado, su poder satírico incluso crece con el tiempo. Ante todo, es un ejemplo sin mella de otro de los gestos típicos del autor, la capacidad de recrear una  relación especial de tipos duros con críos sin entrar en el terreno de la sobredosis de almíbar.

La idea de partida no se desvía mucho de La historia interminable (1984), pero en vez de fantasía, hay una peli de John McTiernan dentro de una peli de John McTiernan. Otro precedente claro, más afín en temática, es Juego secreto (1984) de Richard Franklin. El resultado es una gigantesca cinta de acción arquetípica cuyo guión va destrozando cada uno de sus códigos tópicos plano a plano, celebrando al tiempo la fruición que es capaz de crear en su sinsentido: un análisis de su propio trabajo para reírse de sus mitos. El niño protagonista insiste a Jack Slater que deben formar una pareja de socios: “somos material perfecto para buddy movies: yo te enseño a ser vulnerable y tú me enseñas a ser valiente”. Como una extensión real de las parodias con el actor extranjero que ya tenían Los Simpson (1989-), daba un repaso desde la propia Jungla del director a productos Cannon que apenas necesitaban parodia, pasando por las persecuciones vistas tan solo un año antes en Terminator 2 (1992), con el mismo Schwarzenegger de protagonista, que ya andaba citando su one liner mítico con más gracia que en sus apariciones revisionistas veinte años después. Con todo, bajo su apologético análisis de género se esconde un velado “esto es lo que hay, ya lo sabes, calla y disfruta”. La misma maniobra que utilizaría Wes Craven en el cine de terror tres años después.

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Ocaso y huída

El guión de Memoria Letal (1996) rompió otro nuevo récord al ser comprado por la friolera de 4 millones de dólares. Un récord sólo superado hasta ahora por el de Déjà Vu (2005). La primera versión era mucho más grande, pero el ajuste presupuestario lo dejó mucho más centrado en personajes, con arranques de acción más medidos aunque con uno de los clímax más absurdamente espectaculares de su filmografía. El resultado es culpa de la lectura compulsiva de novelitas de James Bond y de otras producciones primordialmente pulp como Nikita (1990), que atraen al escritor al cine de espionaje. Hay un intento de acercarse a algunas texturas del cine de los setenta y los filmes de Don Siegel pero el elemento de amnesia y de un asesino con un pasado oculto se adelantaba tanto a Una historia de violencia (2005) como al personaje de  Jason Bourne, con una década de antelación.

Una de las novedades es que presenta es a su primer protagonista femenino, Charlie, interpretada por una inmensa Geena Davis. El trabajo de Black ha sido acusado de estar muy centrado en el lado masculino, aunque en ningún caso las mujeres se retratan de forma menor. Si bien hay ausencia de figuras femeninas de peso en su cine, la escritura de la mujer es similar a los de cualquier otro personaje. Otro leit motiv de sus trabajos que aparece claramente en Memoria Letal es el villano como reverso oscuro, casi idéntico al héroe, una némesis clara para asegurar una lucha final a la altura de la sobrecarga dramática que ha ido acumulando el protagonista. En el estilo se nota que la violencia y el humor negro están mucho más sueltos, reflejando la permeabilidad de los estudios para incluir ciertas frases y más violencia en los guiones tras Pulp Fiction (1994). Aunque no fue un fracaso, no llegó al éxito esperado y sumió a Black en un largo silencio de una década. Tras veinte años, resulta ser uno de sus mejores y más infravalorados trabajos.

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Los antigoonies: Black and Dekker.

No, no me refiero a una marca de bricolage. Shane Black guarda una estrecha relación con su compañero de universidad Fred Dekker, un infravaloradísimo director de culto que consiguió cierta fama en los ochenta con su guión de House, una casa alucinante (1986) y su debut como director, El terror llama a su puerta (1986). Bien: Dekker fue el culpable de que uno de los primeros guiones de Black llegara a ciertos agentes y este empezara a alternar con ejecutivos de Hollywood, lo que le consiguió un trabajo en 20th Century Fox para reescribir manuscritos. En esta etapa, y gracias a los hilos de su amigo, logra vender a Warner su Arma Letal, y casi al mismo tiempo, coescribe con Dekker el guión de la maravillosa Una pandilla alucinante, una mezcla de La pandilla de los siete (1945) comandada por Alfalfa con un monster mash típico de las películas de Abbot y Costello.

El resultado es uno de esos trabajos de amor al género que funcionan como una galera llena de remeros que van hacia el mismo lugar. La conexión entre la obsesión mitómana de Dekker y la limpieza del guión con Black han convertido su escueta hora y veinte en una pieza cada vez más de culto entre toda una generación. La pandilla del monstruo era la contrapartida pobre pero con actitud de Los Goonies (1985). Más canallas y vivos, los integrantes de la pandilla son macarras que espían a la vecina mientras se cambia, fuman cigarros y se ríen de sus profesores. Tienen a su Slot particular en la criatura de Frankenstein y, como el espectador, son geeks de los monstruos, lo que hace que esos niños que ven secuelas de Viernes 13 (1980) con su padre sean de los nuestros. Por cierto, el padre del protagonista es un policía y tiene un compañero negro. Detalles Black.

Ahora que es un director de éxito, Black se ha propuesto tener cerca a Dekker. La primera parada es una prueba de piloto para una serie de Amazon. Edge (2015) es, de momento, el intento de crear una serie a partir de las novelas baratas de los setenta Edge el solitario de George G. Gilman. El resultado es un comic book ligero, en la línea de Deadwood (2004-2006), pero con un tono mucho más pulp y serie B; un artefacto arquetípico con historia de venganza, cowboys sucios, alcaldes corruptos y forajidos hijos de puta. Parece que haya salido de alguna historieta de Garth Ennis: diversión sin cortapisas, con lo salvaje mostrado de forma salvaje, aunque reducido a momentos particulares. Una minipelícula de una hora que achaca un poco el bajo presupuesto. La textura de la óptica de la cámara da un sabor digital, demasiado televisivo, en una época en la que hasta la series menos populares lucen un poquito mejor. Con todo, lo importante es el factor diversión, que hay de sobra: aunque las críticas no han captado el humor negro del producto, no damos por perdida la opción de que la serie se vea convertida en una temporada completa.

El regreso de Shane (y de Robert)

Kiss, kiss, Bang, Bang (2005) supuso una resurrección para Black, pero por la puerta pequeña. Un proyecto independiente, una producción modesta que hizo poco ruido pero que, al mismo tiempo, presentaba al autor en un nuevo rol que le ofrecía mayor control sobre su propio material, destilando un estilo de dirección aprendido de la mayoría de maestros con los que había trabajado. Un inequívoco giro hacia la vieja escuela, sólo factible por la gracia del bajo presupuesto; dentro de una industria que no era como él la recordaba, su trabajo se encontró con indiferencia en los despachos. Ya nadie peleaba ni pujaba millones por sus textos. Tampoco ayudaba que estuviera escrito expresamente para Robert Downey Jr. El ahora multimillonario clon de su propio reflejo, Tony Stark, era un recién llegado del infierno, todavía aquel apestado que no dejaba de salir en las noticias por asaltos, entradas y salidas de cárceles y clínicas de desintoxicación. La conexión con Joel Silver sirvió de gancho y el proyecto salió adelante sin mucho ruido, pero creando una bomba entre los que aún recordaban el nombre del mejor guionista del cine de acción de la industria.

Kiss kiss bang Bang tiene guión brillante, lleno de detalles personales, como el tema de la paternidad. Fue su propio padre quien le introdujo en el mundo del hardboiled a través de Mickey Spillane. Todo tiene aroma a Chandler, pero el propio director admite su afinidad con Brett Halliday. El proyecto también responde a la necesidad de Black de cambiar de registro, intentando crear una comedia romántica, aunque al acabar de escribir comprobó que no acababa de funcionar, por lo que incluyó un asesinato en medio. El resto, muestra un director que experimenta con la voz en off metatextual, guiños a la cultura pop y diálogos a gran velocidad, un estilo hawksiano de gran calado cómico que brilla gracias al timing dramático del reparto.

Es casi un hecho que a Downey, este papel le sirvió de reel video para volver presentarse ante el mundo como un brillante cómico, con rapidez para los diálogos y un carisma que le llevaría, prácticamente a él solo, a ser el generador de la salud de la que gozan las franquicias Marvel que copan hoy las multisalas. No es casualidad que su sueldo sea mayor que el de varios de sus compañeros juntos. Sin él, puede que no hubiera Capitán América, ni Vengadores, y lo saben. De probarse vestidos borracho en casas ajenas a dominar la industria: si eso no es una historia de redención sacada de una historia de Shane Black, no sé que lo será. Muchos ejecutivos deberían agradecérselo personalmente al director, pero ya se encargó de ello Downey Jr. al poner como condición para seguir en la franquicia que contrataran a la persona que había confiado en él cuando nadie lo hacía. La cadena de favores, de nuevo, crea una justicia poética digna de película, cuando su Iron Man 3 resultó ser una de las 10 películas más taquilleras de la historia y convirtiendo al director, de nuevo, en un nombre caliente en la industria.

Iron Man 3 surfea entre todos los tics propios de Shane Black, adaptándose al universo Marvel y consigue aterrizar de pie. Navidades, redención, one liners, niño más listo de lo habitual, e incluso hace su pequeña buddy movie con Máquina De Guerra. En ocasiones, parece una secuela fantástica de la propia Kiss Kiss Bang Bang. Quizá el argumento se sobrecomplica demasiado, pero en realidad, la trama de sus películas suele tirar de mcguffin, lo que le da espacio para recrearse en las relaciones entre sus protagonistas. No es extraño que un porcentaje muy generoso del metraje se dedique a presentar a un Stark sin armadura, aplazando las escenas de acción hasta el espectáculo final, otra marca de la casa. Con todo, a nivel de dirección no ofrece un despliegue visual tremebundo: su opción estética no es muy diferente a las del resto de del franquiciado, pero sí que eleva la sensación de urgencia y aventura, prestando atención especial a los momentos de comedia y llevando la película al terreno de sus guiones.

Depredador y otros proyectos

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Como pequeña coda final, un muy breve recordatorio de sus próximos proyectos. Aunque siga ataviado con Marvel, intentando llevar a cabo su anhelada visión de los cómics de Doc Savage, y también esté preparando una adaptación de las novelas de Remo Williams, su siguiente aventura como director y guionista es otra incursión en una franquicia: Depredador. Aunque en esta ocasión, ese universo no le es completamente ajeno: su relación con la saga, primera coincidencia con McTiernan y Schwarzenegger, comienza en la odisea original de 1987, en la que interpreta a uno de lo mercenarios. Durante su etapa laboral como escritor y corrector de guiones a sueldo le preguntó a Joe Silver si podía hacer un papel (por supuesto, el guión de Depredador tiene contribuciones suyas y aunque no aparezca acreditado, se hace notar). Como un guiño del destino, para cerrar el círculo, Black regresa como director creativo absoluto de esta nueva secuela pura que promete ser a la original lo que fue Aliens: el regreso (1986) a su precedente. El tema de una película en el que un grupo de tipos armados se enfrentan a una criatura en un emplazamiento exótico no parece una casualidad: uno de sus primeros intentos de crear un guión coherente fue The Shadow Company, un thriller sobrenatural ambientado en Vietnam que presumiblemente convirtió en un corto llamado AWOL (2006) bajo seudónimo. Para su vuelta a lo grande ha rescatado a su colega Dekker, tal y como Robert Downey Jr. hizo con él en Iron Man 3, creando una ciclo que más que nepotismo sabe a pequeñas reivindicaciones. Y nosotros lo celebramos.

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