Ha muerto Prince

El autor de Purple Rain, Sign "O" The Times, Around The World In A Day y tantos otros discos cruciales para el pensamiento canino ha pasado hoy a mejor vida en su Minneapolis natal.

Hay noticias que uno no espera tener que escribir jamás. Obituarios, especialmente. Y, claro, esas noticias acaban dándose, y uno acaba viéndose en la obligación de darle a la tecla. La muerte de David Bowie fue una de ellas, y ahora llega la del fallecimiento de Prince Rogers Nelson. O, más sencillamente, Prince. El músico de Minneapolis ha fallecido hoy en Paisley Park, el estudio que poseía en su ciudad natal, a los 57 años.

Medir la influencia de Prince en la música pop es una labor que un texto de estas características no puede asumir. Baste decir que, desde su álbum de debut (For You, 1977) y culminando con el que sigue siendo su elepé más popular (Purple Rain, 1984, banda sonora de la película homónima), este hijo de  se consagró, no ya como una de las voces más personales de su tiempo, sino también como un pionero cuyo ojo para demoler las barreras entre géneros estuvo a la altura de su excentricidad: partiendo siempre del inmenso legado de la música afroamericana, Prince aunaba en sus canciones la electrónica, el rock virtuoso (su faceta como guitarrista, a veces infravalorada, revela a un digno alumno de Jimi Hendrix), el recurso descarado a lo bailable o los puros sonidos de chicle. La serie de álbumes publicada entre 1980 y 1987, con o sin su banda The Revolution, queda como un ejemplo magnífico de este eclecticismo: además del mencionado Purple Rain, es obligatorio citar Dirty Mind (1980), 1999 (1982), Around the World in a Day (1985), Parade (1986, otra BSO) y Sign «O» The Times (1987) como los mejores testimonios de su genialidad.

Además de por su música (respaldada por otra faceta digna de mayor estudio: la del experimentador en el estudio de grabación), Prince se ganó titulares por otros aspectos. Su reputación amatoria, sin ir más lejos, marcada por una incesante serie de conquistas que, en algunos casos (Vanity) acababan editando álbumes escritos y producidos por él. O la de cazatalentos, lanzando a otros grupos de Minneapolis como The Time. Pero, al final, todas estas caras de su personalidad se veían eclipsadas por un ego del tamaño de Júpiter: anécdotas como la desaparición de The Black Album (1987), su decisión de reemplazar su nombre por un signo indescifrable para hacerle la puñeta a la discográfica Warner o esas incursiones en el cine sobre las que conviene correr un tupido velo fueron anécdotas muy sonadas en su momento. Y, claro, siempre están los chascarrillos suscitados por la narración de Kevin Smith, a quien Prince contrató para dirigir un videoclip… sabiendo de antemano que éste nunca vería la luz.

Con sus salidas de tiesto, su actitud ambivalente hacia la distribución digital (fue uno de los primeros artistas en abrazarla, para así eliminar intermediarios, pero también fue uno de los enemigos más acérrimos de YouTube y otros servicios de streaming) y sus patinazos a la hora de reconocer los devenires del gusto público (al igual que Michael Jackson, tardó mucho en reconocer la importancia del hip-hop para la cultura afroamericana), Prince surcó los 90 y la primera década de este siglo lanzando álbumes a un ritmo extremadamente prolífico, pero suscitando mucho menos interés que en sus días de gran estrellato. Justo ahora, cuando colaboraba con artistas en ascenso como Janelle Monáe y se prodigaba más en los medios, su estrella parecía volver a brillar. Pero eso importa poco: lo importante es que Prince Rogers Nelson (1958-2016), hijo de una cantante y una pianista de jazz, nos ha dejado muchas más canciones maravillosas que otros pueden soñar con componer en toda su vida. Tanta paz lleve como gloria nos deja.

Publicidad