Hacedora de estrellas: Virginia Woolf y la ciencia-ficción

Virginia Woolf fue una de las más grandes escritoras del siglo XX, y también una aficionada a la ciencia ficción lo bastante nerd como para escribirle cartas a Olaf Stapledon, su autor favorito. Eso, sin tener en cuenta sus historias de cambios de sexo y viajes en el tiempo, claro...

Hoy, en uno de esos raros momentos que nos recuerdan que internet sirve para algo, las redes sociales se han volcado celebrando el 134 aniversario del nacimiento de Virginia Woolf. Frases insignes de la autora inglesa, como aquello tan cierto de «toda mujer que quiera escribir ficción necesita dinero y una habitación propia», circulan a destajo por las redes sociales, mientras que en la prensa generalista se suceden los recordatorios de rigor sobre su labor literaria, su tortuosa vida y su suicidio. Muy justo, porque estamos hablando de una de las escritoras más insignes de todos los tiempos. Y también, apuntamos desde CANINO, de una nerd de mucho cuidado.

Quede claro que no usamos la palabra «nerd» como un insulto: aviados estaríamos si fuera así. Es sólo que, entre tanto recordatorio a La señora Dalloway, Al faro y otras novelas igual de sesudas, nos apetece recordar que la señora Woolf fue una de las mentes del mundo literario ‘serio’ más interesadas en dos géneros que, aun hoy, suelen merecer un altivo desdén por parte de sus colegas escritores. Hablamos, cómo no, de la ciencia-ficción y la fantasía. Y hablamos, también, de un interés que no sólo se tradujo en adiciones a su poblada biblioteca, sino también en lo que ahora llamaríamos fan mail a su escritor preferido de la especialidad, así como en algunos pinitos de cosecha propia.

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Empecemos por el tema del fan mail, que tiene miga: en 2009, escandalizado por el poco caso que el Booker Prize le hacía (y le hace) a la literatura de anticipación, nuestro querido Kim Stanley Robinson se sacó un encantador as de la manga en un artículo para The New Scientist (vía The Guardian). Hablamos de la correspondencia intercambiada en 1937 por Virginia Woolf y Olaf Stapledon, uno de los padres fundadores de la ci-fi moderna. Resultaba que Stapledon, gran admirador de Woolf por lo demás, había tenido el detalle de enviarle a la escritora un ejemplar de su Hacedor de estrellas, novela que acababa de publicar por entonces. La respuesta de Woolf, emocionadísima, incluía frases como «a veces me ha parecido que usted ha captado ideas que yo he tratado de expresar, de forma mucho más difusa, en mi obra. Pero usted ha llegado mucho más lejos, y a mí sólo me queda envidiarle, como se envidia a aquellos que ya han alcanzado aquello a lo que una aspira». Tamaños elogios, viniendo de una mujer que consideró al Ulises de James Joyce como poco más que una broma pesada, significan muchísimo.

La cosa no se quedó allí: Woolf y Stapledon, ambos grandes prosistas, prolongaron su relación en una breve correspondencia muy educada y muy de entreguerras, con el escritor demostrando conocer a fondo la obra de su colega (tanto en lo narrativo como en el ensayo) y con ambos haciendo planes para verse en Londres, cenar juntos y charlar en persona sobre el cosmos infinito, el futuro de la humanidad y todas esas cosas. Nunca sabremos si dichos planes se tradujeron en un encuentro personal, pero sí que Woolf recomendó la obra de Stapledon a amigos suyos como el matemático y filósofo Bertrand Russell. Partiendo de esto, Kim Stanley Robinson apunta que la ciencia-ficción influyó bastante sobre la siguiente (y última) novela de Woolf, Entre actos (1941). Y especula que, de haber podido vivir más años, la autora le habría hecho poco caso a las presuntas barreras entre lo ‘popular’ y lo ‘culto’. «En lo que a libros se trataba, ella no tenía prejuicios», apunta Robinson. «Leía de todo, y su juicio era exquisito. Así pues, tengo la seguridad de que, si ella siguiese leyendo hoy en día, seguiría leyendo ciencia-ficción, al igual que todo lo demás».

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Más adelante, Robinson apunta que el reparo crítico hacia la ciencia-ficción es algo mucho más temprano de lo que pensamos, y que un escritor ‘respetable’ lo tenía mucho menos crudo entonces que ahora para saltarse las leyes de la Física o especular sobre futuros alternativos en sus novelas. O, también, para proponer una historia disparatada sobre un aristócrata inglés del siglo XVII que obtiene la inmortalidad, cambiando de sexo en el proceso, y que vive tres siglos saltando de época en época y de cama en cama. Y eso fue lo que hizo una Woolf algo más joven en Orlando: Una biografía, novela divertidísima que dio a la imprenta en 1928. Y que, dicho sea de paso, prueba que su interés por la cosa fantástica no era pasajero.

La intrahistoria de Orlando es bastante conocida, por lo demás: Woolf la escribió como un guiño a su amante Vita Sackville-West, novelista y poetisa vivalavirgen con la que vivió un romance que duró hasta 1929, aproximadamente. Ahora bien, si nos acercamos al libro en sí… pues lo que tenemos es un desparrame de humor y paradojas cuya elegancia verbal y atención al detalle lo vuelven tan fascinante como divertido, si bien hace falta un mediano conocimiento de la historia del Reino Unido (y, sobre todo, de su literatura) para pillar todos los chistes. Feliz en su devenir físico («¡Gracias a Dios, soy una mujer!», exclama en cierto punto de la historia), caradura irredento tanto en su encarnación masculina como en la femenina y poco aficionado a hacer distingos en cuanto al físico o la identidad de sus amantes, Orlando se parece más un(a) protagonista de la ciencia-ficción New Wave de los 70, o de sus epígonos actuales como China Mièville, que de otras formas más conservadoras del género. Y, para colmo, la versión cinematográfica del libro (dirigida por Sally Potter en 1992) le puso el rostro de Tilda Swinton. Lo que se dice un personaje con encanto, vamos.

Así pues, podemos decirlo: a Virginia Woolf no sólo le gustaba la ciencia-ficción, sino que también se permitió cultivarla en uno de los raros momentos de felicidad que tuvo durante su vida. La influencia de su vertiente fantástica, si bien soterrada, ha salido a la luz gracias en obras como la de Alan Moore, quien incluyó a Orlando como personaje de La liga de los caballeros extraordinarios. Y, en general, su acercamiento al género resulta ejemplar por lúdico e innovador. Sobre lo que hubiese podido hacer con él de haber pasado más años en este mundo sólo podemos especular (algo que, ya de por sí, resulta muy fantacientífico). Sólo cabe recordar que uno de sus cuentos más peculiares, A Haunted House (1921) fue una historia de fantasmas muy sensible y poco convencional. Y también es útil pensar que su nombre merece hallarse junto a los de Mary W. Shelley, Leigh Brackett Joanna Russ, entre otras autoras que contribuyeron a la literatura especulativa con una insumisa perspectiva de género y, también, con párrafos bien medidos y bien usados. Quienes gozan con todo ello tienen buenos motivos para desearle un feliz cumpleaños.

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