[Halloween dura un mes] Día 11: ‘El Carnaval de las almas’

[Celebramos Halloween como hacemos con todo en CANINO: sobredimensionándolo. Estiramos la noche de las brujas todo un mes: cada día, aquí, durante todo noviembre, tendrás una minireseña de una película, comic, videojuego o libro relacionados con el terror y que quizás no conozcas. Si te gusta descubrir cosas, nuestro Halloween dura un mes te va a encantar. Eso sí, ojo: algunas están muertas.]

Cuando se habla de El carnaval de las almas suele citarse el contraste entre su valor artístico, su influencia en el cine posterior y su paupérrimo presupuesto. Pero este condescendiente comentario sobre la parquedad de recursos, que escuchamos ahora tan repetidamente a propósito del cine “low cost” y casi siempre blandido como una disculpa, esconde el hecho incontestable de que esta película, aún más de medio siglo después de su estreno en cines de sesión doble, aún posee la capacidad de hipnotizarnos y atraernos hasta sombríos recovecos.

Como otras tantas películas de culto, El carnaval de las almas fue el resultado de una serie de afortunadas dichas, encadenadas por el talento de su director Herk Harvey, encargado hasta entonces de films comerciales y educativos, y que jamás volvería a asomarse al largometraje tras la tibia recepción de esta historia que comienza con una carrera a lo Rebelde sin causa (1955) en la que un coche con tres chicas dentro se precipita por un puente sobre un río enfangado. Unas horas después, sin entenderse bien cómo, emerge Mary, sonámbula y con el vestido mojado, en una escena que recuerda a la aparición de Teresa Banks en Twin Peaks. Este paralelismo no es un capricho mío, como veremos.

De Mary sabremos que es organista de iglesia y que ha encontrado trabajo en Salt Lake City. Hasta allí irá. Pero entonces comenzarán a sucederle cosas extrañas. Un hombre pálido, cadavérico que se le aparece por la ventanilla, después en la carretera, después en el hostal donde se aloja, después por las calles. Por si fuera poco, en ocasiones Mary parece invisible a los demás, nadie la escucha. Todo esto mientras se siente cada vez más atraída por un edificio derelicto construido en la antigua orilla del lago salado, ahora recedido: una antigua sala de fiestas, un lugar de baile, recreo y diversión, el “carnival” del mal traducido título original.

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Harvey aplicó sus conocimientos del medio para facturar un blanco y negro exquisito y unas composiciones de picados y panorámicas que sirven para crear una atmósfera etérea, que se apoya también en la insistente música de órgano, una atmósfera que se troca en malsana en cuanto aparece en escena el repulsivo Sr Linden, el vecino de Mary en la casa de huéspedes, un acosador en toda regla y un violador en potencia que sin embargo supone su único asidero firme a una realidad que Mary siente que se le escabulle por momentos. No será la única presencia masculina desasosegadora. El Dr Samuels a quien encuentra en la calle y que intentará hacerla sanar de su “histeria” o el reverendo que la ha contratado y que mantienen hacia ella una actitud de paternalismo en ocasiones severo y en otras infantilizante.

Quizá sea ese uno de los aspectos más notables de El carnaval de las almas vista cinco décadas después de su estreno: su feminismo, probablemente involuntario. Mary es una mujer que quiere abrirse un camino en la vida sin necesidad de un hombre. Encuentra un trabajo en otra ciudad y allá se va. Para desmayo del reverendo no necesita la fe. Para desmayo del Dr Samuels afirma no necesitar novio. Pâra desmayo de Linden, se resiste a sus nada disimulados avances. Como es normal en estos casos, los hombres rechazados la acusarán de desalmada, asocial o loca. Y es cierto que Mary tiene problemas para relacionarse con los demás. Esa complejidad, apoyada en la excelente interpretación de Candice Hilligoss, la convierte en un personaje femenino inaudito en el cine de entonces.

Cierto es que Mary se integra en una tradición de personajes femeninos del cine de la década que comienza con la Marion de Psicosis (1960) -imposible no ver el paralelismo entre la escena en la que Janet Leigh conduce sin saberlo hacia el Motel Bates y aquella en la que Mary tiene su primer encuentro sobrenatural-, y que después continúa con la Catherine Deneuve de Repulsión (1965) -Mary no siente repulsión hacia el otro sexo; no lo necesita-, hasta llegar a la Bárbara de La noche de los muertos vivientes (1968). La cita no es casual porque George Romero reconoció la influencia que sobre él ejerció El carnaval de las almas, y que puede comprobarse tanto en el uso del blanco y negro como, de forma más directa, en el parecido entre la fisonomía de las almas festivas de esta y los muertes vivientes de aquella. Y, por supuesto, no hay que olvidar a David Lynch. Sin El carnaval de las almas, Cabeza borradora (1977) o Mulholland Drive (2000) no habrían existido o serían muy distintas; incluso el hombre misterioso de Carretera perdida (1997) parece primo hermano del que se le aparece a Mary repetidamente hasta la fatídica noche final.

Aunque el twist final de El carnaval de las almas estuviera bien enmarcado en la tradición de The Twilight Zone, y fuera masacrado hasta la extenuación por obras posteriores (La escalera de Jacob, El sexto sentido), aún conserva su poder porque se enraiza en una tradición más antigua que la del cine, la de las medievales danzas de la muerte o “danzas macabras”, festivales de no-muertos y esqueletos que toman de la mano a los vivos para bailar con ellos y llevarlos danzando hasta el otro lado.

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Carnival of Souls

Año: 1962
Onírica, perturbadora y proto-feminista. Una joya del cine de serie B que sigue hoy tan actual y renovadora como en su estreno.
Director: Director: Herk Harvey
Guión: Guion: John Clifford
Actores: Intérpretes: Herk Harvey, Candace Hilligoss, Frances Feist, Art Ellison