[Halloween dura un mes] Día 6: ‘Trampa mortal’

[Celebramos Halloween como hacemos con todo en CANINO: sobredimensionándolo. Estiramos la noche de las brujas todo un mes: cada día, aquí, durante todo noviembre, tendrás una minireseña de una película, comic, videojuego o libro relacionados con el terror y que quizás no conozcas. Si te gusta descubrir cosas, nuestro Halloween dura un mes te va a encantar. Eso sí, ojo: algunas están muertas.]

Jean-Luc Godard decía que para rodar una película solo hacía falta una chica y una pistola. Tobe Hooper le enmienda la plana y afirma con orgullo que solo es necesario un motel y un cocodrilo. Eaten alive (1976) es un destilado grotesco y teatral del cine de terror más psicotrónico, como una actualización del grand-guignol de principios del siglo pasado, pero con un plus de brutalidad nihilista que convierte a aquellos espectáculos de estrangulamientos y miembros cercenados en adaptaciones de A la sombra de las muchachas en flor. Todo es irreal en esta película: los decorados, la iluminación, los actores, las pelucas, el argumento y el cocodrilo. Y sin embargo…

El inicio del film con Robert Englund bajándose la bragueta y pronunciando una línea de diálogo inmortal -“my name is Buck, and I’m ready to fuck”- bajo los acordes de la música electro-cacharrera más delirante que se recuerda -compuesta por el propio Hooper y Wayne Bell– es toda una agresión audiovisual al espectador contemporáneo, de un feísmo químicamente puro. Y como si se tratara una obra del Off-Off-Off-Off Broadway, prácticamente solo hay dos escenarios: un burdel reducido a una habitación pelada y a una madame que es una especie de linotipista momificada, y un motel enclavado directamente en el infierno del cartón piedra. La suspensión de incredulidad no existe, ésta es una experiencia de otro tipo y contra todo pronóstico, fascinante, en la línea del Tarantino de Death proof (2007), para entendernos. Tobe Hooper, recién aterrizado del éxito brutal de La matanza de Texas (1974), sube la apuesta en zafiedad, sadismo, mal gusto y abstracción: la línea argumental se reduce a que un tipo enajenado tiene un motel y una charca inmunda con un cocodrilo que se come a los huéspedes. No hay más coartadas.

Todos los personajes sin excepción están desquiciados y se comportan como enfermos mentales -en ese apartado vuelve a reinar Marilyn Burns, como era de esperar- a los que ni por un momento se les ocurre abandonar ese pozo negro en medio de ninguna parte pese a que los cadáveres se amontonan. El dueño del motel forma una entente cordiale con el caimán y pasa por la guadaña a aquéllos que escapan de sus fauces, para luego abandonarse al solaz en unas escenas de transición entre crimen y crimen absolutamente aterradoras por lo inexplicables, que se limitan a mostrar a nuestro héroe deambulando sin rumbo por la casa. Las máquinas de humo funcionan a destajo en los alrededores del motel, bañado permanentemente en una luz roja que no es del amanecer ni del atardecer, que no viene de ningún sitio concreto ni falta que hace. Es la mejor luz posible para iluminar a monos muertos, niñas colgando de alambradas, perros devorados y cuerpos histéricos desangrándose. La asimilación de la serie “B” —e incluso de la serie “Z”— por parte de los miembros del apparatchik hollywoodiense que ha dado lugar a los productos pulcros y aseados que asolan hoy en día las pantallas, hace que sea más urgente que nunca volver a películas como ésta y comprobar de lo que un día fue capaz el género. Chaos reigns.

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Eaten Alive!

Año: 1976
Arte Povera con un motel, una guadaña y un cocodrilo.
Director: Director: Tobe Hooper
Guión: Guionistas: Kim Henkel, Alvin L. Fast, Mardi Rustam
Actores: Intérpretes: Neville Brand, Mel Ferrer, Carolyn Jones.