Heroin chic: Cuando la estética de la droga está de moda

En los años noventa surgió el heroin chic, una corriente estética cuya principal característica radicaba en que las modelos tenían un aspecto desaliñado muy similar al que la mayoría de la gente asocia al de las personas que consumen drogas. Chicas jóvenes como Kate Moss o Jaime King ocuparon las portadas de las mejores revistas. Muchas voces cercanas al sector de la moda criticaron duramente esta tendencia hasta que a principios de los dosmiles se esfumó. ¿Qué fue y cómo surgió el heroin chic? ¿Acabó desapareciendo o sigue presente en el mundo de la moda hoy en día?

El 4 de febrero de 1997 murió de sobredosis el fotógrafo italiano Davide Sorrenti. Tenía tan solo 21 años. Tres meses después, en mayo de 1997, el por aquel entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, dio una rueda de prensa en la que criticó las fotografía de moda de los últimos años ya que según él intentaban presentar la adicción a las drogas como algo glamuroso, sexy y cool. Clinton hablaba de la campaña de 1995 de la marca Calvin Klein Jeans que fue investigada por el FBI debido a sus referencias al abuso de drogas y a la pornografía infantil y de las fotos en ropa interior de Mark Wahlberg y Kate Moss cuando esta aún era menor para Calvin Klein Underwear.

Una década antes, en los años ochenta, la cosa era muy diferente. En la conocida como “década de la moda del poder”, el número de diseñadores reconocidos aumentó, así como el de firmas de alta costura y sus ventas. Diseñadores como Gianni Versace o Christian Lacroix llenaron de color la pasarela. En 1983 Jean Paul Gaultier lanzó su colección Dadaïste, conocida por sus originales corsés que años más tarde luciría Madonna en su gira Blonde Ambition. También surgieron las supermodelos como Cindy Crawford, Naomi Campbell o Claudia Schiffer, con aspecto saludable y cuerpos atléticos: Cindy incluso daba clases de aeróbic. Pero el cambio de década trajo una nueva corriente estética que se llegó a conocer como heroin chic: las supermodelos de aspecto saludable pasaron a compartir protagonismo con modelos de aspecto aniñado y enfermizo. Los colores vivos y el exceso de adornos de los años ochenta dejó paso a ropa minimalista y conceptual con diseñadores como Martin Margiela. Las caras maquilladas y los peinados muy trabajados dejaron de ser tendencia y las caras lavadas y las melenas lacias, despeinadas y con aspecto sucio ocuparon su lugar.

En el capítulo Heroin, the Needle and the Politics of the Body del libro Zoot Suits and Second-Hand Dresses (1989), Martin Chalmers define el abuso de drogas como una forma de desafiar a una sociedad demasiado preocupada en juzgar el aspecto exterior: al sentir esa presión los individuos se encerraban en sí mismos, provocando comportamientos autodestructivos. Los noventa se caracterizaron, además, por un sentimiento de desesperanza a raíz de la recesión, muchos jóvenes crecieron desilusionados con el sistema político y social de la época. Ante esta situación, la industria de la moda vio una oportunidad de aumentar las ventas, en especial entre los más jóvenes, que hasta entonces se habían mantenido alejados de lo que ocurría en el sector.

En el libro Fashion, Desire and Anxiety: Image and Morality in the 20th Century (2001), Rebecca Arnold afirma que en aquella época revistas como Vogue, antes dirigidas a un público adulto con unos valores muy clásicos, decidieron dar un giro radical y comenzaron a apostar por editoriales protagonizados por chicas pálidas y delgadas con aspecto de estar sufriendo una sobredosis en ambientes sórdidos. Buscaban que los lectores más jóvenes se sintieran identificados con lo que veían o bien desearan vivir experiencias similares. Consiguieron aumentar las ventas de revistas pero también consiguieron que el consumo de drogas, hasta entonces fuertemente rechazado por la sociedad, comenzara no solo a ser aceptado, sino también a ser considerado como un símbolo de libertad y buen gusto. El diseñador Tom Ford encontró la clave del éxito del heroin chic, un intento por demostrar que se había hecho y probado todo aunque fuera dañino para la salud.

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Modelos como Christy TurlingtonLinda Evangelista, que llegó a afirmar en una entrevista para Vogue que no se levantaba de la cama por menos de diez mil dólares diarios, dejaron de ocupar portadas y de ser las protagonistas de los desfiles. Y chicas que en su mayoría ni siquiera llegaban a la mayoría de edad, como Kate Moss o Jaime King -novia por aquel entonces de Davide Sorrenti-, pasaron a ser las modelos más solicitadas. Además los diseñadores comenzaron a dar más importancia a la ropa antes que a quién la lucía, volviendo de esta forma a la idea, propia de los inicios de la figura de la modelo en los años veinte, de que las modelos solo son meras perchas.

Rebecca Arnold recopila en el citado Fashion, Desire and Anxiety: Image and Morality in the 20th Century muchas de las críticas que recibió el heroin chic desde dentro de la propia industria, la gran mayoría fruto de la preocupación por la imagen que se estaba dando a la sociedad, en especial tras la muerte de Davide Sorrenti. “Cada vez será más y más extremo hasta que mueran” escribió Barbara Lippert en su columna del New York Magazine. Francesca Sorrenti, madre de Davide y hasta entonces defensora de esta corriente, definió el heroin chic como un reflejo de la vida de sus protagonistas, en la que el consumo de drogas era algo más que habitual. Brenda Polan, una de las periodista de moda más importantes de la época, afirmó que cada vez más gente del sector opinaba que no se podía seguir así. Incluso Leonard Lauder, presidente en aquella época de la marca de cosméticos Esteé Lauder, llegó a quejarse a la revista Vogue, de quién era uno de los anunciantes más importantes, por el uso de modelos sin maquillar y con el pelo sucio. Sin embargo, otros tantos defendían el heroin chicCorinne Day, fotógrafa por excelencia de este período, afirmó que era mucho más realista que la imagen tradicional que la moda solía dar del mundo. Riley John-Domel, director de la revista Surface, hablaba de una democratización de la moda gracias al heroin chic.

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Y de repente, como todas las tendencias de la industria de la moda, el heroin chic dejó de ser importante y volvieron el lujo y la alta costura. Algunos dicen que fue gracias la aparición de Gisele Bündchen. Otros, que el mensaje de Clinton y la muerte de Davide caló en la sociedad y en el sector de la moda. Hay quién incluso afirma que fue la mismísima Anna Wintour, que por aquella época ya mandaba en Vogue USA, la que tras el ultimátum de Lauder decidió poner fin a este tipo de anuncios en la revista.

Sin embargo, esta tendencia nunca se ha llegado a ir del todo: siempre ha estado ahí disfrazada de otra estética (porque volver a llamarlo por su nombre ya era demasiado). Un claro ejemplo es el de la firma Saint Laurent cuya campaña publicitaria del perfume Black Opium, en la que se asemeja a la colonia en cuestión con una droga que crea adicción, fue investigada por la ASA, el organismo que regula la publicidad en Reino Unido. En 2012 también fue muy polémico el fichaje de Hedi Slimane como director creativo de Saint Laurent (ex director creativo desde abril de 2016). Las críticas surgieron con el segundo desfile de Slimane al frente de la marca en el que abundaron los minivestidos, algunos prácticamente transparentes, medias de rejilla y modelos escuálidas y excesivamente pálidas. Además, hace un par de años los artistas Gigi Ben Artzi y Loral Amir fotografiaron y grabaron a un grupo de adictas vestidas de firmas como Miu Miu o Louis Vuitton para el proyecto Downtown Divas (2014).

Gigi Ben Artzi y Loral Amir argumentaron que simplemente estaban visibilizando una realidad social: es curioso que esta justificación sea muy similar a la que ya usaron los defensores del heroin chic en los años noventa. Incluso hoy en día hay blogs de belleza con tutoriales sobre cómo maquillarte para parecer drogadicta sin serlo. En definitiva, la sociedad y  la industria de la moda no estaban muy cuerdos en los años noventa, pero desgraciadamente hoy en día tampoco están mucho mejor: con 250 millones de adictos a diversas sustancias según las Naciones Unidas, el consumo de drogas sigue usándose como arma comercial.

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