In memoriam Bernie Worrell: Lo que le debemos al teclista funk definitivo

Una vez más: maldito cáncer. A consecuencia de esa enfermedad, los aficionados al rock, al funk y al pop de vanguardia, en general, hemos perdido a uno de los músicos más insignes que jamás han practicado esos géneros. Bernie Worrell, teclista que fue de Parliament, Funkadelic Talking Heads, ha fallecido a los 72 años, víctima de una larga enfermedad pulmonar que sufría desde hacía tiempo.

Resumir la carrera de Bernie Worrell (1944-2016) en pocos párrafos es difícil, si no imposible. Un joven prodigio de la música clásica, que tocaba el piano desde los tres años y había recibido instrucción en centros tan prestigiosos como la Juilliard School (por donde Miles Davis había pasado ya como una exhalación) y el New England Conservatory of Music, el teclista vio cómo hacer carrera en el mundo de la música clásica se le hacía muy cuesta arriba por una razón nada novedosa: el color de su piel. Si Worrell hubiera nacido una década antes, su destino natural estaría en el jazz: esa había sido la trayectoria de Herbie Hancock, sin ir más lejos. Pero, en lugar de eso, se pasó al rock con armas y bagajes, militando en un conjunto bautizado como Chubby & The Turnpikes (los futuros Tavares) en el que se cruzó con Joey Kramer, futuro baterista de Aerosmith. 

El punto decisivo de su carrera, sin embargo, le llegó al conocer a un cantante llamado George Clinton, líder por entonces de un conjunto de doo woop llamado The Parliaments, y con ideas poco ortodoxas sobre cómo combinar el rock con la música afroamericana. El resultado de dichas ideas, por cuya causa Worrell se mudó a Detroit, acabaría siendo conocido como Funkadelic, y, en su seno, Worrell realizaría experimentos por entonces inauditos, modificando con cachivaches diversos el sonido de su órgano y su piano eléctrico para acompañar los excesos del propio Clinton, del guitarrista Eddie Hazel y de otros titanes que, como el bajista Bootsy Collins, formaron parte de la troupe.

Buscando sonidos innovadores, Worrell acabaría contactando con Robert Moog: el famoso diseñador de instrumentos le haría llegar uno de los primeros modelos de su minimoog, el sintetizador que se convertiría en una pieza clave del rock de los 70, por portátil y por estruendoso. Armado con este cacharro, el músico realizaría otras piezas experimentales a nombre de Funkadelic… pero también se emplearía a fondo en otra encarnación de la misma banda, concebida por George Clinton para dar salida a sus temas más funkies. En 1977, a fin de darle vidilla a un tema titulado Flashlight, la banda tuvo una idea genial: en vez de encomendarle la línea de bajo a las usuales cuatro cuerdas, Worrell se haría cargo de ella con su minimoog, retorciendo el sonido cual chicle a lo largo de cinco formidables minutos. Así, de sopetón, nació el sonido definitorio del hip hop, del electro, de lo que ahora conocemos como r’n’b y, si nos apuran, de prácticamente todo el pop (negro o blanco) desde entonces hasta ahora.

Por si fuera poco, el ente Parliament/Funkadelic resultaba también una de las bandas de directo más formidables de su época, capaces de llevar al público a una dimensión cósmico-lisérgica sin por ello dejar de agitar su culo.

Por sí solas, hazañas como estas podrían situar a Bernie Worrell en un panteón donde también se hallan Sun Ra, Stevie Wonder, Hancock, los miembros de Kraftwerk, Afrika Bambaataa y otros pocos elegidos: el de quienes supieron hibridar los ritmos del jazz, el funk y el soul con el sonido electrónico. Pero aún había más: a principios de los 80, Parliament/Funkadelic se desmoronaban por su propio peso (o, mejor dicho, bajo el peso de todo lo que se metían, de las juergas que se corrían y de las locuras de George Clinton), así que Bernie aceptó la oferta de un grupo de tipos blancos (y una tipa) que reclutaban talentos funkies para reconducir su sonido. De este modo, en el seno de Talking Heads, Worrell seguiría haciendo historia. Aunque no llegó a participar en las sesiones del clásico Remain in Light (1980) sí que acompañó a la banda durante la siguiente gira, participando en aquelarres como estos.

Y, en el elepé Speaking in Tongues (1983) sí que participó como miembro extraoficial del grupo. Este temita, que tal vez te suene, no sería lo mismo ni de lejos sin su trabajo a las teclas (reforzado, en el estudio, por el de otro genio: Wally Badarou).

En honor a los Talking, hay que decir que siempre consideraron a Bernie como uno más de sus nutridas filas, incluyéndolo en su formación cuando se les homenajeó en el Rock’n’Roll Hall Of Fame. Un evento durante el cual, faltaría más, David Byrne Tina Weymouth no se miraron a la cara ni una sola vez. Ajeno a dichas majaderías, Worrell siguió viéndose en funciones de invitado ilustre durante las décadas posteriores: apareció como invitado tanto en álbumes de ex miembros del grupo neoyorquino (Jerry Harrison), de artistas africanos como la etíope Gigi y el mismísimo Fela Kuti, de músicos de hip hop (Mos Def) y de majaras como Les Claypool (Primus), a cuyo proyecto Colonel Claypool’s Bucket of Bernie Brains contribuyó. Todo ello sin dejar de regresar puntualmente junto a George Clinton y su armada funkadélica, ni de engrosar una discografía en solitario que llegó a constar de doce álbumes, y cuya última entrega (Retrospectives) apareció este mismo año.

Así pues, con Worrell nos ha dejado un teclista formidable y amigo del riesgo, cuya influencia es inmarchitable y cuyo legado resulta mucho más cachondo y bailable que el de otros colegas de su época como Rick Wakeman (con quien le hermanaba el gusto por dar el cante en lo indumentario) o Brian Eno. Así pues, nos despedimos de él entonando un «Libera tu mente y tu culo la seguirá». Hasta siempre, maestro.

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