In memoriam Paul Kantner: Los 8 discos imprescindibles de la psicodelia de San Francisco

Otra estrella del rock que se nos va, y otro tributo que rendimos: Paul Kantner, guitarrista que fue de Jefferson Airplane, ha fallecido a los 74 años. Y, en su recuerdo, recordamos ocho testimonios en vinilo de los años en los que la Bay Area fue una fiesta.

Tal vez Hunter S. Thompson tuviese razón, y vivir en San Francisco a mediados de los 60 fuera una experiencia irrepetible. O tal vez no. Lo que nos importa es que una de las personas que podría haber confirmado esa afirmación acaba de dejarnos. Al guitarrista Paul Kantner, fallecido ayer jueves por las secuelas de un ataque cardíaco, puede reprochársele haberse apoderado de los Jefferson Airplane ninguneando al pobre Marty Balin, fundador de la banda y exponente de su faceta más pop. Y también le toca mucha responsabilidad en ese dantesco viaje al rock para radiofórmulas emprendido por la banda (rebautizada Jefferson Starship) a partir de 1974. Pero también cabe recordarle como un fan a ultranza de la ciencia-ficción, como la mitad de una relación (creativa y, a veces, también personal) con la formidable Grace Slick y, en sus buenos momentos, como un músico de raro talento.

El fallecimiento de Kantner, debemos confesar, nos da en un punto sensible: la música psicodélica, y más concretamente aquella que se fraguó en San Francisco. Durante unos pocos años, la ciudad californiana fue uno de los epicentros del pop más creativo y vibrante jamás grabado, de modo que recordamos esa época de esplendor con una colección de ocho álbumes que merece la pena escuchar para entender qué pudo ser aquello. Por supuesto, aquí hay omisiones importantes (las primeras que se nos ocurren: The Beau Brummels, Quicksilver Messenger Service, los Charlatans y la Chocolate Watchband), pero garantizamos que todos estos discos valen la pena, con o sin estímulos químicos que complementen su escucha. Ah, y si alguien echa de menos a The Doors, Love The Byrds, ahí tenemos excusa: esos eran de Los Ángeles, y su rollo era otro muy distinto.

Jefferson Airplane – Surrealistic Pillow (1967)

Sí: es el que lleva Somebody To Love. Pero, por favor, olvídense del karaoke de Jim Carrey en Un loco a domicilio (Ben Stiller, 1996) y admitan lo evidente: antes de convertirse en cliché (primero) y de lanzarse al AOR (después), el grupo de Paul Kantner pergeñó álbumes mucho más raros (After Bathing At Baxter’s, también del 67) y de sonido mucho más potente (Volunteers, 1969), pero ninguno tan colmado de gemas como este: más allá de la canción ya mencionada, y de White Rabbit, maravillas como She Has Funny Cars, My Best Friend 3/5 of a Mile in 10 Seconds muestran a un grupo capaz de recorrer todo el camino que va desde el pop pegadizo hasta ese sonido de garaje que precedió al punk. Y, lo que es mejor, sin derrapar nunca.

Moby Grape – Moby Grape (1967)

Marcados por una mala suerte casi patológica, Moby Grape han quedado como el eterno ‘what if’ de la Costa Oeste: si su discográfica les hubiese promocionado mejor, o si su líder Skip Spence (antiguo batería de Jefferson Airplane, a todo esto) hubiera estado menos majara, tal vez el mundo se hubiera dado cuenta de lo buenas que eran y siguen siendo Omaha, Changes Hey Grandma. En cualquier caso, su debut sigue quedando como un elepé tan fiestero como metamórfico y lleno de sorpresas.

Blue Cheer – Vincebus Eruptum (1968)

Tranquilo: a tus tímpanos no les pasa nada. Sólo están experimentando lo que pueden dar de sí tres garrulones garañones (con el muy peludo Dickie Peterson al frente) que combinan el rock’n’roll clásico con copiosísimas ingestas de LSD, todo ello a través de amplificadores que sufren más que los de Spinal Tap. Sin las piezas de este disco, especialmente esa versión de Summertime Blues (Eddie Cochran) que ocupa el primer corte, bestias pardas como Black Sabbath jamás hubieran existido.

Fifty Foot Hose – Cauldron (1968)

Aquí sí que nos tiramos a por lo raro, raro, raro. Porque, seguramente, este disco es el eslabón perdido que une a Karlheinz Stockhausen con Throbbing Gristle, pasando por Hawkwind. Si no has pillado lo anterior, ni preocuparte: dejémoslo en que se trata de una colección de canciones muy agresivas, muy mareantes y muy ruidosas, aliñadas con un sintetizador de fabricación casera. La voz de Nancy Blossom, por otra parte, es de las que no se olvidan.

Sly and the Family Stone – Stand! (1969)

Antes de girar definitivamente hacia el lado oscuro con There’s A Riot Going On (1971), y de convertirse en el genio perdido por antonomasia de la música afroamericana, Sly Stone fraguó junto a su pedazo de banda un disco tan, pero tan generoso que en él hay espacio para Everyday People, I Want to Take You Higher y You Can Make It If You Try, por citar sólo tres de sus temazos de funk vitaminado y mineralizado. El manifiesto definitivo cabe en el título de una de esas canciones: Don’t Call Me Nigger, Whitey.

Grateful Dead – Live/Dead (1969)

Dejen de arrugar el ceño y admítanlo: tenían que salir. Por mucho que Jerry Garcia, Bob Weir y compañía hayan pasado a la historia como una panda de brasas insufribles, admitamos que sus intenciones fueron honestas, al menos durante un tiempo, y también que sabían hacer bailar a la peña: en este maratoniano disco en directo (responsable, en parte, de la fiebre por los dobles álbumes grabados en vivo que tanto daño habría de hacer) hay mucho ombliguismo, pero también hay muchos nobles esfuerzos por convertir el concierto de marras en una fiesta con mucho cimbreo de caderas y mucha alegría de vivir. A St. Stephen, The Eleven Turn On Your Lovelight nos remitimos.

Santana – Abraxas (1970)

En el momento de la publicación de este elepé, presencia fija en las colecciones de tíos y primos ex hippies en los 80, la palabra «Santana» aún no designaba únicamente al guitarrista Carlos Santana. Aunque resulte fácil olvidarlo, hablamos de un grupo mayúsculo de rock latino y chicano (incluyendo al percusionista Chepito Areas y al cantante y teclista Greg Rollie) capaz de hermanar el lenguaje del rock con los del mambo, la salsa y el son cubano. Las colaboraciones con Maná, afortunadamente, eran aún cosa de un futuro mucho peor.

Janis Joplin – Pearl (1971)

A su espalda, los álbumes con Big Brother and The Holding Company y la Kozmic Blues Band, así como la triunfal aparición en el Festival de Monterrey (1967) y la adulación como la mejor vocalista de su época. Frente a ella, una muerte por sobredosis y una muy publicitada condición de icono. Con tamaño currículum, es fácil olvidar que la Joplin obtuvo con este álbum (el primero en solitario, aparecido después de su muerte) su disco más soulero y más bailable. Cuando la escuches tronar en Move Over, Half Moon Trust Me, recuerda que esta mujer le rompió una botella en la cabeza a Jim Morrison. E hizo bien, qué duda cabe.

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