Isao Takahata: el hombre que daba vida a los cuentos

Cuando mueren ciertos artistas muere también parte de la realidad. Con ellos se va cierto modo de entender el mundo, una manera única de observar lo que nos rodea, retratarlo y hacérnoslo llegar. Entre esos estaba quien nos ha dejado hoy, Isao Takahata.

Isao Takahata era un hombre fascinado por los cuentos. Antes de Ghibli, antes de dedicarse de trabajar en la industria siquiera, pero ya de adolescente, se enamoró de la animación tras ver El rey y el ruiseñor, una película francesa que es una libre reinterpretación de La pastora y el deshollinador de Hans Cristian Andersen dirigida por Paul Grimault. Y a partir de entonces tuvo claro cuál era su destino. Sería animador. Director a ser posible. Y aprovecharía cualquier oportunidad que tuviera para conseguirlo.




Tras graduarse en la universidad de Tokyo en 1959, Takahata acabó recalando en la Toei, quienes estaban buscando en aquel momento directores asistentes, gracias al aviso de un amigo. De ese modo, se presentó a la prueba, consiguió superarla y se introdujo en la industria de sus sueños. Algo que le llevaría a pasar los años subsiguientes trabajando como asistente de dirección, tanto para cine como para televisión, lo cual, ya en 1963, le llevaría a encargarse de los storyboards y la dirección de varios episodios de Ket Pepito, el niño lobo. Trabajo del cuál debió salir bien parado porque, a partir de entonces, empezó a encadenar trabajos como director de episodios, con puntuales introducciones en el campo del storyboard.

Ket Pepito, el niño lobo

Eso condujo a Takahata a curtirse en algunas de las series más importantes de la época. De ese modo, dirigió episodios de Gegege no Kitarou, El secreto de Akko-chan o la serie original de Lupin III, obras hoy consideradas clásicas que tienen mucho de Takahata, especialmente esta última.

Pero su ascenso no acabó ahí. A partir de ese punto ya era un autor conocido y respetado, pero estaba lejos de ser una leyenda. Hasta que, trece años después de su estreno como asistente de dirección, llegó la revolución. Una niña de mejillas sonrosadas que vivía en el monte.

Heidi no necesita presentación. Estrenada en 1974, narra las aventuras de la heroína homónima a lo largo de 52 episodios, una niña que vive con su abuelo en los Alpes suizos, fue un éxito sólo comparable al de, sólo dos años antes, Mazinger Z. Un auténtico cataclismo que serviría para abrir camino a la progresiva globalización del anime que aún hoy sólo empezamos a intuir.

En cualquier caso, Heidi no es relevante sólo porque aún hoy toda una generación sea capaz de recordar dónde estaban cuando Clara se levantó de la silla de ruedas. También lo es por lo que supuso para Takahata: siendo aquel uno de los primeros proyectos donde trabajo con Hayao Miyazaki, con quien no mucho después fundaría su propio estudio, es particularmente relevante por cómo define ya su propio estilo. Preferencia por ambiente bucólicos, con historias narradas desde el punto de vista de niños y con una estética dulce y amable, pero que no por ello evita los aspectos más realistas y escabrosos de la vida humana. Todos ellos, rasgos muy marcados a lo largo de toda su vida profesional.

Por todo lo anterior Heidi ha de ser considerada una piedra de toque, tanto en occidente como en Japón. Porque si bien no era ni su primera obra como creador ni la más redonda, si es la que más repercusión sociológica ha tenido. Aunque después, en Ana de las Tejas Verdes insistió en intentar replicar la jugada con éxito desigual.

De todos modos, hemos de tener en cuenta que el cine fue el gran amor de Takahata. Y como tal, allí fue donde destacó primero: tras curtirse como asistente de dirección en varias películas y, como ya hemos señalado, aún después como director de episodios en televisión, en 1968, seis años antes de Heidi, dirigió su primera película: La princesa encantada.

La princesa encantada

Este será el verdadero punto de inflexión para Takahata. Porque además de dirigir la historia de Horus, el muchacho que deberá buscar la espada del sol para reunir a su pueblo y derrotar al malévolo Grunwald para cumplir el último deseo de su padre, será donde cruce sus caminos por primera vez con Miyazaki, el director de animación de la película. Y debieron congeniar a pesar del ya legendario carácter de Miyazaki, porque unos años después, en 1972 y 1973, estaban haciendo juntos dos cortos de animación, las dos entregas de Las aventuras de Panda y sus amigos, y tras más de una década trabajando codo con codo crearon su propio estudio en 1985, el hoy mítico Studio Ghibli.

Aunque no tan presente como la imagen prácticamente divina de Miyazaki, Takahata siempre fue la otra gran presencia del estudio. Algo que se nota en el hecho de que fuera el productor de Nausicaä (aunque, propiamente, no sea del estudio) y El castillo en el cielo antes de dar el salto a la dirección bajo el paraguas del estudio de animación más famoso del mundo, con perdón de Disney.

La primera y más recordada de sus películas es La tumba de las luciérnagas. Estrenada en 1988 y narrándonos la historia de dos hermanos huérfanos luchando por sobrevivir durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, fue un notable éxito de crítica y público, tanto dentro como fuera de las fronteras de Japón. Algo a lo que ayudó no sólo su descarnado tono antibélico, sino también un notable diseño de personajes, cortesía de Kondou Yoshifumi —quien moriría diez años después a causa de un aneurisma por exceso de trabajo, que llevaría al primero de los innumerables retiros de Miyazaki—, y un tono dulce y amable en los personajes principales, que hacía incluso más trágico el destino que acababan sufriendo a lo largo del metraje.

Convirtiéndose en una clásica película para llorar y fuente de inspiración más que evidente para la excepcional En este rincón del mundo de Katabuchi Sunao, La tumba de las luciérnagas ha acabado por convertirse en su película más recordada y querida. No sin motivo, pero ese motivo no será que no haya firmado una película enorme tras otra.

Encadenando durante los noventa tres películas sangrantemente infravaloradas como son Recuerdos del ayer (1991), Pom Poko (1994) y Mis vecinos los Yamada (1999), además de encargarse de varias directo a vídeo de Heidi, su obra creció rápidamente cuando tuvo el paraguas necesario para poder desarrollarse. Algo que culminaría, tras unos 00’s donde estuvo prácticamente ausente, en una fabulosa re-adaptación para el cine de Ana de las tejas verdes en 2010 y la que ahora es ya su última obra, y seguramente opera magna, El cuento de la princesa Kaguya. Una inusual obra de animación, realizada enteramente en acuarela, donde nos narra una reinterpretación del clásico (y muy triste) cuento japonés El cortador de bambú.

El cuento de la princesa Kaguya

A su muerte, aún mucha gente asocia Studio Ghibli exclusivamente a Miyazaki, como si fueran uno y lo mismo. Como si la obra de Takahata, con puntos de contacto con la de su compañero y amigo, pero moviéndose en otros valores estéticos diferentes, fueran menos Ghibli. Pero tan propio es del estudio el estilo de cotidianidad de lo fantástico que imprime en sus películas Miyazaki como el de cuento de hadas para antes de dormir (que sólo consigue desvelarnos, de tan bueno que es el cuentacuentos) de Takahata. Si bien es cierto que Studio Ghibli es la casa de lo tranquilo, lo fantástico y lo cotidiano, no es menos cierto que le debe tanto a Takahata como puede deberle a Miyazaki.

Por eso sería triste recordar a Takahata sólo como el autor de Heidi o uno de los fundadores de Ghibli. Que lo es y son logros notables, pero siempre fue algo más. Un artista por derecho propio. Un contador de cuentos. Como ese Hans Christian Andersen del cual se enamoró, siendo adolescente, de la mano de un Paul Grimault que aún hoy resulta bello, onírico y desconcertante.

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