Joe Begos: El fan que quiso ser rey

Tras algunas esporádicas proyecciones en salas selectas, la tercera y penúltima incursión del cineasta estadounidense Joe Begos en el campo del largometraje, Bliss (2019), se estrena por fin en algunos cines españoles. Un buen momento para repasar someramente, y partiendo de datos extraídos de algunas de sus entrevistas disponibles en la Red, la figura de su director y su corta filmografía. 

“Mi experiencia en la vida consistía solamente en fumar
montones de maría y ver películas con mis amigos. Así que eso
es lo que hice: películas que eran como cápsulas de lo que había
visto mientras crecía, y que necesitaba expulsar de mi cuerpo.

Greñudo, barbudo y siempre enfundado en camisetas de películas de horror de los ochenta y los noventa, la prototípica y simpática figura freak de Joe Begos ha sido saludada por una parte del público del cine fantaterrorífico, al que pertenece la práctica totalidad de su filmografía, como la de un fan capaz de dar el paso al otro lado del patio de butacas. Un cineasta que en su tremenda irregularidad da también muestras de una cierta coherencia fílmica, fruto en parte de trabajar casi siempre con el mismo equipo humano y de las recurrencias argumentales y/o referenciales de gran parte de su cine, muy reforzada por el celoso grado de control creativo ejercido sobre sus películas pese, o debido, a la libertad que le otorga las precarias condiciones económicas con las que ha trabajado hasta el momento.

Begos nació y creció en la ciudad de Rhode Island de Nueva Inglaterra, EE.UU., en la que transcurrirían sus dos primeros largometrajes. Tempranamente interesado por el cine como futura forma de ganarse la vida, a los doce años tomó conciencia de que la labor de director, le permitiría cumplir su sueño de hacer películas. Con ese objetivo en mente, empezó a trastear con la cámara doméstica familiar para, más adelante, hacerse con una propia y rodar incontables cortometrajes junto a su amigo Josh Ethier, futuro productor, montador, diseñador de sonido y, también, actor en casi todas sus películas. Ambos admiradores de maquilladores como Screaming Mad George, Tom Savini, Rob Bottin o los miembros de KNB (Robert Kurtzman, Greg Nicotero y Howard Berner) desde las páginas de la revista Fangoria, y también de directores como Sam Raimi o el primer Peter Jackson por su capacidad para hacer cine sin prácticamente recursos, Ethier y Begos se trasladaron a Los Angeles al terminar el instituto, en busca de un aprendizaje sobre el negocio del audiovisual que fuese, además, lo suficientemente rentable como para, algún día, poder levantar su primera película.

Diez años después, tras curtirse trabajando en la obra Re-Animator: The Musical y, a veces sin cobrar, en los rodajes de numerosos videoclips y cortometrajes -incluyendo uno propio: Bad Moon Rising (2011)- Begos y Ethier volvieron a casa con la experiencia, los contactos y los ahorros necesarios para poner en marcha, pagándola de su propio bolsillo, el tan ansiado debut de Begos: Casi humanos (2013). Una película que contó con el irrisorio presupuesto de 50.000 dólares para pagar un rodaje de solo 18 díasy cuyo resultado, una vez montado, fue el anzuelo para conseguir la financiación necesaria para su posproducción, de nuevo en Los Angeles.

Definida por Begos como una mezcla de Terminator (1984) y Fuego en el cielo (1993) con elementos de Communion (1989) y Xtro (1982), Casi humanos daba rienda suelta a su obsesión por la ufología y las abducciones extraterrestres desde una perspectiva cotidiana, basada en las vidas de sus amistades de Rhode Island, y a la vez próxima al terror venéreo de las primeras películas de David Cronenberg. Con estos precedentes, y abriendo brecha con una secuencia de créditos de idéntica tipografía a la de los del cine del gran John Carpenter (de cuyas composiciones sonoras también bebe esta película), Casi humanos explica cómo una noche de 1985 Mark Fisher (Ethier) desaparece bajo una luz brillante en el cielo, ante la pasmada mirada de su novia Jen (Vanessa Leigh) y su mejor amigo Seth (Graham Skipper). Dos años después, Mark es encontrado desnudo e inconsciente en un bosque para, al despertar, asesinar a todo aquel que se cruza en su camino e ir hacia los brazos de la que un día fue su novia, convirtiendo a sus víctimas en crisálidas extraterrestres…

Con un ritmo que no decae durante gran parte de su metraje, una desprejuiciada visión de la violencia, un buen diseño sonoro (mérito de Ethier, quien se convirtió en el azote de sus vecinos por llevar a cabo su trabajo en su propio apartamento y sin ningún tipo de insonorización) y unos espléndidos efectos especiales artesanales, que supusieron el veinte por ciento del ya de por sí exiguo presupuesto de la película, esta primera incursión de Begos en el campo del largometraje como director y también productor, guionista, director de fotografía, operador de cámara y montador, se salda como una película de serie B orgullosa de su propia condición. Un filme capaz de tomarse a sí mismo muy en serio en algunos momentos, como la grotesca violación alienígena a Jen o su seco final, que lo elevan por encima de la modestia de algunos de sus aspectos. Casi humanos da también la impresión de estar hecha con más entusiasmo que talento, debido a una puesta en escena no siempre lograda y unas interpretaciones poco convincentes, quedando en una enérgica pero insuficiente muestra de cine de género dignamente elaborada a través de métodos más propios de la más rampante (y precaria) guerrilla cinematográfica.

En cualquier caso, Casi humanos supuso la acelerada creación de la productora de todo el cine de Begos, Channel 83 -cuya carátula supone un nuevo guiño, esta vez a Videodrome (1982)- y que el cineasta se situase en el mapa gracias a su estreno mundial en la sección Midnight Madness del Festival de Toronto, y su paso posterior por el Festival de Sitges de ese mismo año 2013 en la sección Midnight X-Treme. Galvanizado por su éxito, Begos afirmó ya entonces que tenía entre sus planes inmediatos una mezcla de una trama psicoquinética similar a la de Scanners (1981) y una de venganzas al estilo de El justiciero de la ciudad (1974). Si el proyecto funcionaba en taquilla, encararía entonces una película de episodios que, en la mejor tradición de Creepshow (1982) o El gato infernal (1990), serían todos dirigidos por Begos. Pero en el caso de que su segundo filme fuese un fracaso, llevaría a cabo una segunda parte de Casi humanos: un cruce entre ¡Sanguinario! Halloween II (1981) y Aliens: El regreso (1986) que empezaría en la morgue de un hospital que haría las veces de ratonera para sus castigados personajes. Aunque, como veremos más adelante, esta secuela jamás tuvo lugar. Y no por los motivos vaticinados por un jovencísimo Begos, que todavía estaba en la veintena.

El ojo de la mente

Pero, en cualquier caso, el proyectado guión sobre psicoquinéticos con ansias de venganza fructificó en lo que dos años después se estrenó en España bajo el título de Poder mental (The Mind’s Eye, 2015), un filme de presupuesto más holgado que su predecesor aunque también fue rodado al filo de la precariedad. Bajo la máxima de que el incremento presupuestario debía notarse delante de la cámara y no detrás, Poder mental se levantó, a falta de un director de casting que pudiese auditar a los posibles actores candidatos, echando mano de un equipo interpretativo y técnico ya conocidos, incorporando una mayor ambición en el departamento de efectos especiales, con un frontal rechazo hacia las posibilidades del CGI, heredado de Casi humanos, y que se convertiría en uno de los rasgos fundamentales de la filmografía de Begos. 

Partidario de su utilización no solo desde una perspectiva estética y práctica, Begos rodó (y sigue rodando) los planos de efectos especiales con una segunda unidad de reducidísimo equipo, que entra en acción cuando la primera unidad ha terminado ya con su trabajo, abaratando costes tanto en personal como en el proceso de posproducción, agilizado enormemente gracias a este proceso y a la ausencia de imágenes CGI. Aunque este abaratamiento no implica una mayor comodidad o privilegios en otros aspectos del rodaje de sus películas. Los 37 días de rodaje de Poder mental, exentos de las mínimas condiciones de seguridad marcadas por la ley de Nueva Inglaterra que casi implican el cierre del rodaje, estaban inicialmente previstos para otoño de 2014 pero fueron aplazados hasta el invierno, coincidiendo con una de las mayores tormentas de hielo jamás registradas en Rhode Island, donde una vez más se situaba la acción de la película.

Además de como director y guionista, Begos volvió a repetir en funciones de productor, director de fotografía y cámara, llevando a puerto un filme de tono similar a Casi humanos pero de argumento algo más complejo: en 1991, un joven telequinético llamado Zack (Graham Skipper, repitiendo como protagonista) recibe a contracuerpo la ayuda del Dr. Slovak (John Speredakos) para que aprenda a controlar sus poderes bajo su supervisión en una institución médica presuntamente equipada para este menester pero que en realidad es utilizado por el siniestro Slovak para sus propios y narcisistas fines.

Como puede verse, Poder mental vuelve a construirse, al igual que Casi humanos, a modo de ermita fandom, con los mentados ecos de Scanners y El justiciero de la ciudad, pero también, y entre otros, de Acorralado (Rambo) (1982), La furia (1978) o, en forma de guiño, del protagonista de 1997: Rescate en Nueva York (1980) y su secuela 2013: Rescate en L.A. (1996). Pero más allá de estos apuntes, Poder mental también hace gala de un mejor desarrollo de su historia, así como un control de la tensión notablemente mayor que el filme precedente gracias a una planificación más elaborada. Aunque todo ello, y destacando la personalidad de Begos, sin dejar de mirarse en el espejo del cine de serie B estadounidense de finales de los ochenta gracias en gran parte a la saturadísima paleta de colores de su fotografía y una banda sonora de Steve Moore inspirada en la que Brad Fiedel compuso para el primer y ya mentado Terminator… Pero, desgraciadamente, y siguiendo con la tónica marcada por Casi humanos, Poder mental también incurre en defectos como unas interpretaciones insuficientes o una excesiva deuda para con sus reverenciados modelos que provoca las inevitables comparaciones ante las que Poder mental sale, pese a sus buenas intenciones, inevitablemente perdiendo en términos como puesta en escena, planificación y, en consecuencia, fuerza expresiva.

La bendición y otras continuaciones

Pero todas estas carencias estilísticas fueron solventadas, y cómo, en su siguiente y más personal película: Bliss. Escrita, producida, rodada, posproducida y finalmente presentada en sociedad en el Festival de Cine de Tribeca de 2019 en apenas diez meses, rodada en 16mm. y presupuestada en 200.000 dólares Bliss es, pese a la modestia reflejada en estos datos, el primer filme rodado por el director de Casi humanos en cuatro años. Un periodo de tiempo considerablemente largo, teniendo en cuenta tanto el irregular paso de Poder mental por festivales como el de Sitges como el intenso ritmo de trabajo demostrado hasta ese momento por el cineasta en sus dos películas anteriores, que no en vano coincide también con un complicado instante vital en la vida de Begos. 

Al filo de la quiebra económica, incapaz de conseguir financiación para rodar los numerosos guiones que escribía (y entre los que se encontraban desde un slasher playero y satánico hasta otros considerablemente más caros, como una película de viajes en el tiempo y otra sobre hombres-lobo), mientras se recuperaba de una difícil ruptura sentimental, Begos asegura que la idea y desarrollo argumental de Bliss adapta, cambiando el género y oficio, su propia experiencia vital. Refleja esos años en la ciudad de Los Angeles en los que su consumo de alcohol y de drogas como la Dimetiltriptamina fue en inquietante aumento.

De esta forma, y tomándose a sí mismo y su situación vital como modelo, la que acabaría por ser su nueva película planteaba una situación tan básica en su punto de partida como enormes eran sus posibilidades audiovisuales: Dezzy (Dora Madison) es una joven pintora en plena sequía creativa que pelea por sacar adelante una nueva obra -creada para la película por Chet Zar– antes de que concluya un inminente plazo de entrega para su exposición en una galería de arte. Pero la situación da un vuelco después de una monumental farra alcohólica, llena de drogas duras y algo de sexo, que culmina en un trío con su amiga Courtney (Tru Collins) y el novio de ésta, Ronnie (Rhys Wakefield). Al día siguiente, el bloqueo ha desaparecido, siendo sustituido por intermitentes y violentas alucinaciones que ponen a prueba la capacidad de la artista para discernir la realidad de sus más retorcidas fantasías, y que solo parecen amansarse consumiendo una fortísima droga en polvo significativamente apodada “Diablo”… y bebiendo sangre ajena.

Un cóctel argumental, no siempre compensado y nunca sutil en sus capacidades metafóricas sobre la ambición creativa y sus demonios, que absorbe las asumidas influencias de Habit (1995) o de algunas de las películas rodadas por Abel Ferrara en su mejor época como director, la de la década a los noventa en Nueva York, con Teniente corrupto (1992) y The Addiction (1995) como piezas fundamentales. Al respecto, Begos afirma que con Bliss quería emular lo que Scorsese y Ferrara habían hecho con NY en los setenta”, convirtiendo así su Los Angeles en un lugar inhóspito, oscuro y deshumanizado en el que los bares y clubs heavies (de los que Begos fue acólito durante ese periodo) parecen los únicos refugios en una ciudad a la intemperie de la ambición y el individualismo más atroz. Pero este cariz autobiográfico no termina ahí. La actriz Dora Madison que interpreta, con un arrojo digno de elogio, a la artista protagonista, lleva la ropa del propio Begos, con quien a decir del director se solapaba tanto por su forma de ser como de hablar, fuera y dentro de la pantalla. 

Pero la soberbia interpretación de la actriz no es lo único destacable de la que, a falta de haber visto VFW (2019), es por ahora la mejor y más interesante película dirigida y escrita por Begos, arropado por su equipo habitual, con los inevitables Josh Ethier de nuevo a cargo del montaje y Graham Skipper esta vez en la piel de un personaje más o menos secundario. Esta vez, su agresivo envoltorio audiovisual, con un montaje picadísimo, una estupenda fotografía cromáticamente saturada cortesía de Mike Testin y una apabullante banda sonora, resulta memorable… aunque sea a costa de un desarrollo argumental que, al contrario que en sus películas anteriores, resulta prácticamente nulo, y sitúa el virtuosismo demostrado por Begos a un paso de la autoindulgencia. Un quiebro profesional respecto a sus trabajos anteriores que se ha visto bien arropado por la crítica y público de los festivales en los que se ha estrenado coincidiendo, curiosamente, con VFW, que fue rodada muy poco después de poner punto y final a Bliss.

Lo que probablemente se debe tanto al horror vacui profesional experimentado por Begos entre Poder mental y Bliss como al hecho de que VFW (acrónimo de Veterans of Foreign Wars) sea el primer filme de encargo jamás hecho por el director de Casi humanos. Adapta a la pantalla un guión ajeno (escrito a cuatro manos por Max Brallier y Matthew McArdle) y cuenta entre sus filas con técnicos habituales como Josh Ethier en las labores de productor y montador, Mike Testin como director de fotografía o Steve Moore como compositor de la banda sonora y las interpretaciones de Dora Madison, Graham Skipper y el mentado Ethier. Producida por el departamento cinematográfico de la revista Fangoria, con la que Begos se inició en su fascinación por el horror, VFW se dibuja como un retorno a los orígenes fílmicos de Begos, inspirándose en esta ocasión en Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) para narrar el asedio de una horda de mutantes humanoides a un puesto de reunión de veteranos del ejército estadounidense que pondrán en práctica las tácticas aprendidas en sus tiempos de guerra para sobrevivir. 

A falta de fecha de estreno en España, habrá que esperar para ver si se trata de una nueva, y legítima, cápsula nostálgica de fantaterror o una intersección entre los logros apuntados en Casi humanos y Poder mental y la revitalizada puesta en escena demostrada por Begos en Bliss.

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