John C. Reilly: el gigante invisible de Hollywood

El viernes pasado se estrenó la nueva película de Jacques Audiard, Los hermanos Sisters (2018), y es un buen momento para repasar la carrera de uno de sus protagonistas. No, Joaquin Phoenix no, el otro. Jake Gyllenhaal tampoco. El gordito de pelo rizado, el de Chicago. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, John C. Reilly.

Contó el periodista de The Guardian Jason Solomons que una vez, en el Hotel Excelsior, en el Lido veneciano donde se celebra la Mostra, estando él a medio camino entre la prensa y la amalgama de gente que se reúne a las puertas por si cae el autógrafo o la instantánea con la estrella de turno, llegó Hollywood al certamen. Spike Lee se paró, posó con una camiseta de baloncesto rosa, dio unas cuantas entrevistas rápidas mientras chocaba esos cinco con los presentes y fue hacia la puerta donde estaba esperando un señor con pelo castaño y rizado y de casi uno noventa de estatura (1,88 para ser exactos). Las adolescentes entregadísimas y ultrapasionales que tenía al lado Solomons repararon entonces en algo: ese tiparraco robusto del lobby les sonaba. «Yo conozco a ese otro«, dijo una de ellas, señalándolo con el dedo inquieto fruto de la excitación. La amiga, con un desdén y una cachaza, cuenta el periodista, que solo el acento italiano puede dar, respondió: «Yo no, pero ha salido en buenas pelis«.

Veinte minutos después, cuando Solomons le contó la anécdota al susodicho, este se encogió de hombros y soltó: «La historia de mi vida«. John C. Reilly ha sido siempre alguien normal, con todo lo que ello supone, pero haciendo de su físico bonachón, casi estulto, con cierta alegría del idiota, medio patán y, en términos generales, sencillo, sus mejores atributos. No es un galán, pero puede seducir a Marisa Tomei en Cyrus (2010), Gwneth Paltrow en Hard Eight (1996) o, incluso, a Kristen Wiig y Jenna Fischer en la misma película, Dewey Cox: una vida larga y dura (2007). No es un zopenco, pero puede no enterarse de absolutamente nada de lo que ocurre a su alrededor con sus esposas cinematográficas: Renée Zellweger en Chicago (2002), Jodie Foster en Un dios salvaje (2011) o Julianne Moore en Las horas (2002). No es el más ingenioso de la clase, pero tiene la entereza suficiente para que le consideres tu mejor amigo, como si jamás interpretase, solo se pasease por el set hasta que alguien grita «¡Acción!«.

Con cara de vivir permanentemente en el Festival de Sundance -no por nada fue esta la parodia para la que le ofrecieron un cameo en Los Simpson (1989-) y, además, llegó a ser jurado del mismo certamen en 2005-, Reilly se ha labrado una carrera en la que ya no solo es que nadie dude de sus capacidades, sino que los agentes y las responsables de casting le buscan sabiendo todo el peso que infunde a una cinta su sola presencia. Así sucede en Los hermanos Sisters, que se estrenó el pasado viernes, y en la que parece que hay que recordar que él es el protagonista. Porque a la meca del cine le sucede todo lo contrario que a los espectadores: nadie va a las salas a ver la última película de John C. Reilly, sino que de repente aparece en pantalla y el público exhala un, a veces literalmente, «Anda, coño, si este sale aquí«.

Breve guía de cómo entrar en Hollywood

John C. Reilly es invisible porque quiere serlo, así de simple. «Me encanta que la gente no pueda ubicarme, que no sepan mi nombre. Es un ‘misión cumplida’ en mi vida», no ha dudado en decir en alguna ocasión quien vive en la parte este de Los Ángeles (alejado del mundanal ruido de las letras blancas de Hollywood del oeste). Y porque ha jugado muy bien las cartas para ser el secundario canónico que ya de por sí se le presupone a tenor de su carrera, ese pasar desapercibido, el ser un posible vecino de al lado con quien nunca te has atrevido pero te mueres por irte de cervezas.

El joven John C. Reilly era un veinteañero (nació en 1965, así que estamos a mitad de los ochenta) cuando, con la confianza que le dieron varios años una compañía de teatro de su Chicago natal, tuvo el valor de enviar, sin casting previo, una cinta a Brian de Palma. Consiguió su primer papel al instante en Corazones de hierro (1989). El rol era pequeño, pero de Palma le subió el minutaje para que Reilly se luciera. Es una de las tres razones por las que siempre le estará agradecido: la segunda fue coger por primera vez un avión y salir de Estados Unidos (el rodaje fue en Tailandia); y la tercera, conocer a Alison Dickey, por entonces asistente de Sean Penn, y con quien se casó en 1992. Siguen juntos.

La carrera de C. Reilly comienza a despegar sin vértigos. Y en Hollywood todo son contactos. En los años siguientes, donde estaba Sean Penn él estaba detrás. Encadena una serie de trabajos y empieza a llamar la atención de la industria por ser un secundario solvente, que no te roba el plano pero lo llena y, básicamente, por el boca oreja de productores y tramoyas extracinematográficas. Tras Corazones de hierro, repite con Penn en Cuando fuimos ángeles (1989) y El clan de los irlandeses (1990). Sus apariciones llaman la atención de Tony Scott, que le recluta para acompañar a Tom Cruise en Días de trueno (1990), y aunque él se confiesa admirador del líder cienciólogo y misiónimposibilista, cumple su sueño de trabajar con Robert Duvall. Tras aprovechar las oportunidades que le brindan Danny DeVito de trabajar con libreto de David Mamet y conocer a Jack Nicholson en Hoffa: un pulso al poder (1992) y Lasse Hallström cuando era alguien en ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993), la carrera de John C. Reilly está a punto de cambiar.

De la mano de Paul Thomas Anderson

John C. Reilly es John C. Reilly por Paul Thomas Anderson. Hasta entonces, el actor siempre competía por los papeles con quien sería uno de sus mejores amigos y con quien solían confundirle, incluso periodistas, en sus comienzos: Phillip Seymour Hoffman. Anderson fue el único que pareció ver que ambos podían casar perfectamente en plano.

Hasta en tres ocasiones trabajaron conjuntamente Anderson y Reilly, en los primeros compases de la genial trayectoria del cineasta. La inicial, en 1996, con Hard Eight, la cinta de la que ni el propio Anderson quiere oír hablar a pesar de su calidad, por culpa de productores que le cambiaron desde el título original (Sidney, por el personaje de Richard E. Grant) hasta el montaje. Tiene cameo de Seymour Hoffman, pero el protagonismo de este cuento moralista con trasfondo de casinos recae en Reilly, un pazguato al que Grant acoge bajo su ala junto a Gwyneth Paltrow para saltar la banca gracias al frágil azar de los dados y las ruletas. Tarantino le debe muchísimo de su Jackie Brown (1997) aunque solo sea por el rol de Samuel L. Jackson en ambos largometrajes.

Tras Boogie Nights (1997), donde da vida a un sidekick y mentor de Dick Diggler/Mark Wahlberg dentro de la industria pornográfica de los setenta, uno de los seis relatos que componen esa oda a la casualidad que es Magnolia (1999) lo vertebró Anderson a la medida de un Reilly en estado de gracia. Estado de gracia, digo, porque en su tercer y último trabajo para el realizador de The Master (2012), éste le caracterizó como el patán, crédulo y buenazo, creyente católico y confeso sin el cual no se comprendería la inesperada y climática lluvia de ranas final. Toda esa fe, esa inopia y un pequeño golpe de suerte conviven en su Oficial Jim Kurring al que hasta sus compañeros desprecian. Ser bondadoso nunca tuvo tantas consecuencias.

Anderson y Reilly era una dupla sinónimo de calidad. No pudo protagonizar Embriagado de amor (2002) por estar trabajando en la película que le cambiaría la vida (el musical Chicago), pero para Pozos de ambición (2007) el director le escribió un papel a medida. Cuando Reilly lo leyó, telefoneó a Anderson y le dijo que no lo hacía. «No me pongas en la peli solo porque seamos amigos, méteme únicamente si soy el tipo adecuado para el papel«, le espetó con su voz, más aguda de lo esperable en alguien corpulento. El director entró en razón y acabó eliminando al personaje. Reilly estaba más que satisfecho. Quieren volver a trabajar juntos alguna vez.

Magnolia

Mientras su ciclo con Anderson tenía lugar, Reilly había probado lo que fue trabajar, en 1998, con Terrence Mallick en La delgada línea roja (la primera cinta en la que trabaja nominada a Mejor Película en los Oscar), protagonizar una cinta (The Settlement, en 1999) y conocer el fracaso estrepitoso con Sam Raimi y Kevin Costner en Entre el amor y el juego (1999). Pero entrando en el nuevo milenio, John C. Reilly iba a conseguir no solo que su nombre empezase a ser conocido, sino a dejar de ser invisible.

2002, el año C. Reilly

Uno de los aspectos más curiosos en la vida de John C. Reilly es el Premio John C. Reilly. No lo busquen como algo oficial: es un galardón apócrifo de los Oscar. Y, de hecho, ni siquiera Reilly fue el primero en lograrlo (lo poseen, por ejemplo Claudette Colbert o Richard Laughton en la década de los años treinta). ¿En qué consiste esta extraña, falsa e invisible medallita? Con el premio John C. Reilly se encumbra a aquel actor o aquella actriz que, en una misma edición, participa en al menos tres de las nominadas a Mejor Película. Lo creó el comediante Griffin Newman en el año 2002: el año C. Reilly. La diferencia con el resto de intérpretes que lo han conseguido (incluido el Michael Stuhlbarg de 2018 o el anterior a Reilly, Douglas Croft, en 1943) es que John C. Reilly lo alcanzó cuando el número de nominadas en la categoría reina era de únicamente cinco películas. Hay quien dice que algo tuvo que ver que las tres estuviesen producidas por la Miramax de Harvey Weinstein, pero viendo la calidad de dichos films, pocos no las hubieran nominado aquel año.

JOHN C. REILLY, eterno secundario e impecable intérprete de carisma arrollador: acaba de estrenar su nueva película, LOS HERMANOS SISTERS, y revisamos su espectacular filmografía.

Tuitea esto

En 2002, el invisible Reilly no sabía dónde esconderse. Con uno de sus ídolos, Martin Scorsese, trabajó en Gangs of New York (2002). El cineasta comentó que era el actor más educado con el que había trabajado nunca. ¿La razón? Fue el único de todo el set que se negó en rotundo durante todo el rodaje a llamarle Marty, como él exigía, y se dirigía a él como Mr. Scorsese, por el respeto que le tenía. Mr. Scorsese no daba crédito y tuvo a bien hacerse su amigo para que la cosa cambiara en el rodaje de El aviador (2004) años más tarde.

También trabajó en 2002 con Stephen Daldry, con un personaje llamado Dan Brown (nada que ver con el escritor de best-sellers excepto en estar pasado de moda). Era el esposo de una fatigada, inconformista, libre y carcomida Julianne Moore en el segmento temporalmente central de Las horas. Tras este papel y su cercanía con su obra magna, Chicago, le caería un sambenito en forma de cliché en algunos de sus papeles: el de San José, ese tipo de marido que desconoce el resentimiento de su esposa contra él, estólido e ingenuo, y que no se entera de la misa la mitad.

Pero detengámonos en su Amos Hart de Chicago, porque es paradigmático y ejemplificante de los personajes que ha encarnado John C. Reilly, de su absoluta invisibilidad, hasta el punto de verbalizarla completamente. Y, además, se puede hacer solo en base a dos canciones. La primera de ellas, Funny Honey, la canta Renée Zellweger. En ella comienza a alabar a Amos diciendo que, aunque es tonto de remate, tiene un alma gigantesca. Normal, está cargando con el muerto. Pero cuando Amos se va dando cuenta de que el finado era el amante de su mujer se pone a gritar como un descosido. Bien, ¿qué hace la música? Le da de lado. Toda su verborrea fatálica y llena de exabruptos pasa a un segundo plano: a nadie le importa.

Y más tarde en la película vemos por qué. Porque Amos Hart es un pringado que nunca va a estar con una mujer como la Roxie Hart de Zellweger. Y se arrastra. Pobre iluso, enamorado aún. Quiere volver con ella. A ver: ahora es aún más nadie. Mr. Cellophane (Señor Celofán) es una canción que quiere, por su propio énfasis, pasar desapercibida dentro del musical, con esa reminiscencia de dolor soslayado que retrotrae al aria Vesti la giubba, también conocida como Ridi, Pagliaccio, de la ópera Pagliacci, de Ruggiero Leoncavallo.

En Mr. Cellophane, Reilly interpreta el sentimiento de insignificancia, de impotencia, de abnegada mediocridad, de no haber hecho nada con una vida. Ser alguien totalmente intrascendente. Es un payaso triste que no solo no es el padre del hijo que espera su mujer, sino que tendría que dar gracias porque aún pueda tener relevancia en su vida. Hasta cuando acaba la canción se tiene que disculpar, como si mera presencia ya fuera un suplicio para quienes le rodean.

Reilly sabía que era su papel y se lo llevó a su lista de IMDb enviándole un vídeo a Rob Marshall vestido de traje y cantando. Le granjeó su primera y única nominación al Oscar (también al Globo de Oro, pero ahí ha repetido). Fue como secundario porque un cantarín Richard Gere, que sí ganó el de la Asociación de la Crítica Extranjera, sonó a broma entre los académicos, casi como si pensaran que hubiera desentonado menos en Mamma Mia! (2008) al lado de Pierce Brosnan & Co. Pero de Reilly, nadie en Hollywood sabía que cantaba. Ni que cantaba bien. Y desde entonces, siempre que pueden y la trama lo permite, coge el micrófono.

Un comediante ha nacido

Pero ya llegaremos a sus escasos premios y sus geniales canciones. Por ahora nos centramos en cómo C. Reilly toma las riendas de su propia carrera. El resultado fue dispar, porque si bien repitió con Scorsese en aquel biopic de Howard Hughes que fue de más a menos en la temporada de premios (aunque acabó cosechando cinco Oscar aquel año, 2005, arrasó Million Dollar Baby -2004-), su intento de protagonizar una película (Criminal -2004-, un remake peleón de la argentina Nueve reinas -2000-) fue otro fracaso que le sumió en una especie del síndrome del secundario. El lo ha dicho, y le han nombrado como el nuevo Gene Hackman, incluso Michael Caine, pero mientras que aquellos funcionaban como protagonistas, él no lo conseguía. Así que tras trabajar con Robert Altman en El último show (2006) y, según EW, mandar a esparragar a Lars von Trier en mitad del rodaje de Manderlay (2005) porque no soportó ver que verdaderamente se estaba maltratando a un burro, reflexionó sobre su situación y acertó de pleno en su siguiente movimiento: hacer reír.

El paso a la comedia de John C. Reilly no se comprendería sin varias caras conocidas del mundillo. En especial, el tándem Will Ferrell y Adam McKay. Ellos ya le habían querido para el papel de Champ Kind, que finalmente interpretó con un resultado muy por debajo de sus compañeros David Koechner, en El reportero. Ña leyenda de Ron Burgundy (2004). Pero su segundo rodaje con Scorsese se lo impidió. Para la siguiente vez que le necesitaron, se recordó la necesidad jovial que tuvo de explorarse improvisando más allá del guión. El resultado fue una comedia de dos horas, tremenda en su extensión como en su magnífico uso de toda clase de humor: Pasado de vueltas (2006).

En ella, John C. Reilly tiró de su propia experiencia para sacar adelante su personaje: un segundón. Es crucial este rol, porque, en él, el actor de Chicago se descubrió como un comediante sensato en un arco dramático que parecía provenir de su vida. La historia, sobre un piloto de carreras que siempre es el número 1 (Ferrell) le daba la ocasión a Reilly de no edulcorar su tristeza vital. Él es su mejor amigo, el que siempre hace, gracias al rebufo, que su compañero sea el primero. Hay una frase improvisada, cosecha de Reilly, que define muy bien a su personaje, tras preguntarle a Ferrell si podría dejarle ganar alguna vez. Ferrell le contesta que no puede dejarle ganar porque entonces él no gana y no puede haber dos ganadores. Reilly acepta sumiso: «Bueno, no hay nada de malo en la plata. Solo enterraré ese sentimiento en lo más profundo de mí. Es doloroso, pero te quiero«.

Lo curioso es que John C. Reilly hizo todo lo contrario en su carrera. Entendió que el gran público, una vez ha dejado de ser invisible, lo ha vuelto translúcido. Es decir, que solo le verán quienes quieran verlo, tanto si es el protagonista como si es de reparto. Es el Reilly que conoce qué pasos debe seguir para asentarse en la industria y, como le había cogido el gusto a la comedia, decidió que poder elegir es un derecho que no todos tienen en Hollywood. Así que lo primero que hizo tras el éxito de de Pasado de vueltas fue una cinta de culto. Comedia gamberra donde las haya. Y musical. Y un falso biopic. Y él sería el protagonista desde que el personaje tiene 14 años hasta que tiene setenta y tantos. Dewey Cox: Una vida larga y dura es magistral.

El personaje inventado fue tan aclamado que le valió nominación al Globo de Oro, no solo como actor principal en Comedia o Musical, sino también a mejor canción. No es nada raro: la historia de un remedo de Johnny Cash (hacía dos años, en 2005, que se había estrenado En la cuerda floja), mezclado con su etapa folk de Bob Dylan, con ecos de Stevie Wonder y de las composiciones posteriores al Sgt. Peppers de los Beatles es un personaje que se da una vez en la vida. El tema principal, Walk Hard, es de los que sientan cátedra. Hizo una gira con el falso personaje que triunfó como solo pueden funcionar las buenas excentricidades. John C. Reilly tenía su nicho ahí: en la comedia estúpida, en el indie sundancero y en su voz.

Esa es la estela que se propone seguir. La comienza con Hermanos por pelotas (2008), quizá la película con la que la masa de gente que no se hubiera acercado jamás a ver Chicago o Las horas le encuentra en el panorama. Su química con Ferrell es pura combustión humorística: el tonto y el descerebrado, intercambiándose continuamente los trajes. Se comienza a volver conocido. Pero Hollywood ya le ve como un payaso. No conseguirá cambiarlo. Se lo demuestra a la cara: le planta con Jack Black y con su amigo Ferrell en la ceremonia de los Oscar de 2007 para un número musical basado en por qué los comediantes no ganan el Oscar. La letra de Reilly es, asimismo, reflejo y oprobio hacia sí mismo.

Así que la siguiente vez que alguien pregunta por él, le tiene bien dicho a su agente que espere unos años para un proyecto mayúsculo, que antes ha de hacer una de esas cintas que adoran los críticos y los Satellite Awards o los de los Film Independent Spirit. Le llega con Cyrus.

En la cinta de los hermanos Duplass, John C. Reilly encuentra su madurez interpretativa: encarna a un señor de mediana edad (aunque siempre la ha aparentado) que no ha superado su antigua relación y que de repente se ve enamorado y correspondido por el personaje de Marisa Tomei. Una de las frases más perfectas de la película la pronuncia al comienzo su personaje, borracho como en un karaoke: «¿Estás coqueteando conmigo? No puede ser. Tú estás buenísima y yo, mírame, soy como Shrek«. Pero lo consigue, él puede ser alguien feliz sin más necesidades. Sin embargo, el hijo manipulador y egoísta de ella, interpretado por Jonah Hill, se interpone. Las excusas dramáticas para que el extraño triángulo funcione en pantalla le valieron valoraciones muy positivas, así que pospuso lo de pasar obras mayores y se centró en ganarse ese target.

Tras un par de cintas destinadas, sin peyorativos, a Sundance directamente (Terri y Convención en Cedar Rapids, ambas de 2011), John C. Reilly se encuentra con dos guiones que le vuelven a poner en el mapa aunque para ello tenga que retomar su papel de San José bonachón y algo zoquete que, en su interior, cree saber más de lo que dice, aunque suela estar equivocado en sus conclusiones. Le es indiferente: no puede dejar pasar la oportunidad de matar el gusanillo teatral y aprovechar para dar una masterclass de actuación en Un dios salvaje junto a Kate Winslet, Christoph Waltz y Jodie Foster. Se lo pasó fenomenal y así lo hizo saber en las entrevistas: «Por suerte no hubo ninguna diva en el set, ni siquiera Polanski«. Tampoco se podía permitir no encarnar al lado oscuro de esos San José medio lelos y lo lleva a cabo hasta sus últimas consecuencias junto a una superlativa Tilda Swinton y bajo la dirección de Lynne Ramsay en Tenemos que hablar de Kevin (2011).

La voz, el dinero y a Europa

Y llegamos a su última etapa, que da comienzo cuando se cerciora de que para ser invisible pero seguir amando su profesión solo necesita una cosa: sus cuerdas vocales. Es casi increíble que de las cinco películas más taquilleras de su filmografía, en tres de ellas nunca aparezca. La primera es Guardianes de la galaxia (2014) donde, para ser sinceros, sale más tiempo en el tráiler que en el propio largometraje de James Gunn, pero las 3 siguientes son de un personaje hecho a su medida y su nueva pasión, el doblaje.

¡Rompe Ralph! (2012) fue un éxito absoluto. Su secuela, de 2018, igual. Y ¡Canta! (2016), más de lo mismo, aunque su personaje increíblemente nunca llegue a entonar una canción en toda la cinta. Hasta prestó su voz a la versión inglesa de El recuerdo de Marnie (2014) Pero volviendo a Disney: Reilly construyó a ese villano de videojuego reconvertido en héroe anónimo a su imagen y semejanza. Rompe Ralph fue un éxito en parte porque Reilly aúna el físico que no se ve y la voz suave que se intuye en un antagonista que quiere dejar de serlo. Estos papeles, junto con el Kong: La Isla Calavera (2017), le dieron algo con lo que no había contado: dinero. Mucho. Y la posibilidad de dedicar su tiempo a lo que ahora buscaba: el prestigio de dejar de ser nadie.

Como en Hollywood sabe que no volverán a verle más que como el secundario que empezó siendo o, en su defecto, como humorista, también gracias a su personaje de televisión paródico Dr. Steve Brule en Check it out! with Dr. Steve Brule (2010 -2016), su estrategia ha sido adelantarles por la derecha y meterse de lleno en el circuito de festivales europeos, trabajando con las mejores promesas o con directores consagrados del Viejo Continente. Sólo así se entiende que decidiera aparecer en la (casi) inexplicable Entertainment (2015), de Rick Alverson, o en Mi hija, mi hermana (2015), que compitió por la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el Festival de Cannes. Aquel mismo año pisaba la Croisette para dos películas más que optaban a la Palma de Oro con dos directores mayúsculos en estas lides: El cuento de los cuentos (2015), de Matteo Garrone y Langosta (2015), de Yorgos Lanthimos.

John C. Reilly ya busca salir de su zona de confort. Le da lo mismo si le siguen llamando el Gene Hackman de su generación o si nadie recuerda su nombre. Ni siquiera si gana el Razzie a mejor actor secundario por Holmes & Watson (2018) en una pirueta irónica del destino: casi el 90% de los premios que había ganado hasta ahora habían sido a todo el reparto y de los pocos que le otorgan a él solito es, además de a peor secundario, por una película junto a quien tanto debe, Ferrell. Quizá por ese desdén hacia los superfluo no tuvo problemas en pasar de tamaña patraña cinematográfica a enfundarse el sombrero vaquero y, con otro cineasta experto en amasar galardones, Jacques Audiard, meterse en la piel de Eli Sisters codo con codo con Joaquin Phoenix.

Y el mismo año, además, que dio vida en una interpretación tan física como gestual a Oliver Hardy, el gordo de El Gordo y el Flaco, en Stan & Ollie (2015), retroalimentándose en pantalla con un Steve Coogan igualmente destinado para su papel. Nominación al Globo de Oro y las mejores críticas de su carrera. “Trato de no aburrirme, no actúo deliberadamente en comedias ni en películas indies, pero sí que intento cambiar de estrategia. Esa es la clave para la longevidad en una carrera. Sorprender continuamente a la gente”, ha asegurado.

Porque si todo Hollywood, sea el papel que sea, busca a John C. Reilly,es porque hace mejores a quienes tiene alrededor, aunque sea a su propia costa. A él nunca le ha importado no ser nadie, ser invisible. Y a ti, que ya le conoces, tampoco. Es tan bueno, en ambos sentidos de la palabra, que a veces se le olvida hasta cuestionarse lo más básico: ¿quién quiere ser? Ahora ya lo sabe. Y tú, posiblemente, también.

Ah, por cierto, la C es por Christopher.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad