Junji Ito trae el manga de horror del futuro

Parece que por fin, tras resistirse una década, el fenómeno Junji Ito se expande por nuestro país de forma acelerada. La publicación continua de sus obras o su visita en el pasado Salón del Comic confirman el interés creciente por el autor estrella del manga de terror en España. La coyuntura es ideal para preguntarse el por qué de este súbito interés, también global. ¿Quizá, como en los cincuenta, el medio esté dándonos señales de por dónde debería caminar el género en el resto de formatos?

Mirar hacia un conjunto de formas de entretenimiento y arte sin encontrar ningún trazo de relación entre ellos es síntoma de que su diversidad está mal entendida. No es posible entender el mundo del videojuego sin sus influencias fílmicas, nisiquiera el noveno arte sin la literatura y la pintura. El problema es cuando una de las partes no acaba de pillar lo que funciona en otra. Sí, me refiero, por ejemplo, a la versión cinematográfica de Silent Hill (2006), que sólo captaba parcialmente la textura que lo ha convertido en uno de los videojuegos de horror más revolucionarios.

Silent Hill viene al caso por la devastadora noticia, el año pasado, de que se cancelaba una de sus secuelas planeadas en la que estaba implicado el director Guillermo del Toro y, sorpresa sorpresa, el mismo Junji Ito. Aunque no llegó a suceder, que un medio que está superando en popularidad (y facturación) al cine se haya fijado en Ito da que pensar.

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Las razones por las que el autor japonés está infectando librerías y comienza a cobrar relevancia tienen una razón sencilla. El tipo es prolífico. Condenadamente prolífico. Esto significa que el conjunto de su obra es una amalgama no completamente inabarcable, pero sí lo suficientemente difícil de rastrear como para percibir un cuerpo de trabajo pertinente y completo. Esto ha generado un efecto ovillo. Empezamos hace más de diez años, con la publicación de Uzumaki (1998-1999) en nuestro país, su obra más conocida, épica y aterradora.

Poco a poco se ha ido deshaciendo una madeja de ediciones importantes que, acompañadas por la publicación de otros autores como Shintaro Kago, ha llevado a un punto en el que el seinen de horror ha alcanzado un público con gusto adquirido, una cultura propia que ya no sólo abrazan los magakas. La consecuencia es una explosión, comandada principalmente por ECC Ediciones, que demuestra que hay mucho más que Gyo (2001-2002) y Tomie (1987 – 2000) en el horizonte.

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Para empezar con lo publicado el pasado verano, Tomie ha sido reeditada de forma completa, corrigiendo así el intento frustrado de La Cúpula de hace unos años, que apenas llevó a las librerías la mitad del material. Este relato de una muchacha demonio, cuyas historias cortas no están relacionadas, fue tan popular en su país que se han hecho hasta nueve películas sobre la chica que es imposible matar. Si no tienes Tomie, no deberías empezar por otra cosa. Muy recomendables también son los dos pequeños tomos de Historias terroríficas pertenecientes a diferentes épocas, recopiladas según esta edición en base a otras compilaciones. El gran problema de las historias cortas de Ito es que están desperdigadas por distintas recopilaciones algo complicadas de seguir. En cada país se compilan de una manera. La iniciativa de Ecc de crear tomitos ultraeconómicos para ir sacando ese material es esperanzadora.

Más historias cortas en Voces en la oscuridad (2003), esta sí, una recopilación de cuentos concebida directamente así por su autor. Edita Tomodomo en dos volúmenes, y en ellos podemos encontrar obras maestras como la grimosa Glicérido. Los últimos one shots que han salido a la venta son El muerto enfermo de amor (1997), donde el autor juega con las leyendas urbanas y la superstición para crear sus típicos personajes obsesivos, con sus grotescas consecuencias, y su visión de Frankenstein (1998), un enfermizo viaje por la obra de Shelley llevado a su terreno. Cualquiera de los puntos es bueno para adentrarse en su mundo, aunque su faceta más inédita en nuestro país quizá fuera el formato de historia corta.

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¿Pero qué es lo que hace el trabajo del japonés tan especial y adictivo? Es difícil encontrar una respuesta satisfactoria o realista. Pero quizá la manera más fácil de resumirlo es que su trabajo consigue llegar a un estado de terror que toca las teclas adecuadas del subconsciente de forma parecida a los surrealistas, pero integrándolo en una narrativa que avanza como la pólvora y mantiene su lógica interna intacta.

Una nueva forma de terror, pero que siempre ha estado ahí. Llámalo pesadilla metafísica, llámalo obsesión somatizada en tinta y papel. El caso es que todos sus trabajos se perciben como algo sorprendente, desafían al cerebro pervirtiendo zonas en la que ningún autor había entrado antes. Sus historias siempre toman una historia simple, una idea. Conforme va avanzando la historia, la idea se va retorciendo, creciendo como una infección hasta que se convierte en una aterradora y grotesca exploración de los límites físicos, anatómicos y psicológicos del ser humano.

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La singular visión del autor se parece a poco de lo que podamos conocer en el género. Aparte de ciertos toques moralizantes de algunos (pocos) de sus relatos, que le pudieran emparentar con autores de E.C o Warren, no hay más precedentes en su obra que sus maestros directos, los también fundamentales Hideshi Ino, Shinichi Koga y, sobre todo, Kazu Umezu, de quien replica sus puntos de partida: personajes adolescentes, atacados o invadidos por lo sobrenatural de alguna manera. El propio Ito cita a Yasutaka Tsutsui como referente literario, un autor de literatura de ciencia ficción bastante popular en Japón, pero en realidad, todas las detonaciones cósmicas de muchas de sus obras son interpretaciones del universo de H.P. Lovecraft. Se aleja de los clichés del terror, de asesinatos y criaturas, para plantear preguntas que perturban por su trascendencia, a veces metafísica.

El medio gráfico le distingue por salirse de la norma de dibujo del manga de ojos gigantescos y de facciones exageradas. Los rasgos de sus personajes son suaves, reducidos para alcanzar una capacidad de expresión con el mínimo trazo, en un efecto que incluso recuerda a Milo Manara. La diferencia claro está, es que Ito no crea voluptuosidad en el erotismo sino en las transformaciones grotescas que irrumpen en la serenidad de los semblantes de sus personajes. Sus referentes para lo terrible se nutren del arte. Desde las extrañas imágenes de El Bosco a los sufrimientos de las láminas del Rollo budista de los Infiernos (Siglo XII) y la deformidad desproporcionada de las descripciones Yokai del folklore japonés.

Su presencia en otros medios, como el cine y la televisión, es relativamente amplia, con versiones de acción real de sus trabajos más conocidos y un anime de Gyo (2012) que trasladan parte de sus delirios de nueva carne. Pero como comentaba al principio, su universo no ha acabado de calar en otros medios. Y viendo la repetición y reciclaje de los mismos temas y recursos en el cine de terror, queda más en evidencia que el camino debe aprovechar la apertura de mente que proponen sus historias. Una permeabilidad hacia lo abstracto y el poder de la imagen sobre lo dialéctico permitiría ampliar el espectro de lo que realmente nos genera miedo.

Al igual que en los cincuenta, mientras las pantallas de cine utilizaban la ciencia y el miedo atómico, los cómics americanos se recreaban en lo atmosférico y las temáticas góticas aplicadas al mundo actual, usos que el cine acabaría adoptando en los sesenta y setenta. Ahora que nos encontramos en una situación de constante reutilización, exprimiendo el tirón de las marcas para seguir creando industria, puede que dentro de unos años exista una salida al futuro del terror en los mangas del autor. Tan sólo hace falta que algún productor se pregunte que los hace tan adictivos y apreciados en primer lugar.

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