[Entrevista] El Kanka: “Sobre el escenario no soy feo ni gordo, no estoy triste ni resfriado: se me pasa todo”

El Kanka te llena un bar, como una sala o un auditorio. Tablas no le faltan. Dentro de su gira El de arte saltar (2018), Juan Gómez continúa reafirmándose en cada bolo como uno de los mejores trovadores del panorama musical actual. Acompañado de sus inseparables Álvaro Ruiz a la guitarra y Juan Rubio en la percusión, el deleite se sirve fresco y al natural.

Es fácil percibir la ironía y el cachondeo entre esa barba asilvestrada. La ilusión y la simpatía de un tipo que hace diez años llegaba mal a fin de mes. A caballo entre Jorge Drexler y Robe Iniesta, El Kanka es humilde y cercano. Suena a tópico, ¿verdad? Pues no, quizá por eso se ha hecho una parcela en este mundo de la música. Eso y la extraordinaria capacidad de hacer saltar a la señora sesentona de la séptima fila y emocionar al mismo tiempo al grupo de millennials de la cuarta en cualquiera de sus conciertos. Uno de los grandes poderes de este malagueño treintañero con el que hablamos de cantautores varios, sus directos y las giras interminables en la ‘furgo’.




JOE PACHORRA (JP): Hace casi seis años que empezaste a contarnos Lo mal que estoy y lo poco que me quejo (2013). Aquello fue bien y nos narraste El día de suerte de Juan Gómez (2014). Luego nos hablaste de la dualidad cotidiana en De pana y rubí (2015). Ahora en 2018, ¿qué nos cuentas en El arte de saltar? ¿Ha cambiado tu mirada a la hora de componer en este tiempo?

EL KANKA (EK): Pues como siempre, de mi vida. Procuro partir en cada canción de una idea, de algo que me surge en el camino natural de los días, mis reflexiones cotidianas. Luego musicalmente tampoco me caso con nadie, me gusta jugar con los estilos. En este disco se me nota mucho las influencias latinoamericanas que, por otra parte, he tenido siempre. Cruzar el charco me despierta esas raíces que ya estaban ahí. Vamos, que hay de todo, tío. Si me pongo a pensar la palabra siempre sale eclecticismo.

A mí siempre me gustar ir componiendo, tener una canción entre manos, una idea nueva. Cuando me tiro mucho tiempo sin escribir nada, me rayo y me pregunto: ‘¿qué es lo que me está rayando ahora mismo?’ Hostia, pues ‘me he enamorado’ o ‘me indigna mucho que la gente de las redes se meta con el trabajo de alguien sin respeto‘ y hablo de eso. Son sentimientos cotidianos que le fluyen a cualquiera y  hago canciones porque es lo que sé hacer, son como mi vía de escape. No me levanto un día pensando en cómo voy a cambiar el mundo, simplemente compongo letras sobre cagarse en el Gobierno o estar cabreado con tu pareja.

JP: ¿Y cómo va El Kanka de mitomanía? Háblame de tus referentes en esto de la música.

EK: A ver, pretendo llevar mi propio camino y, por otra parte, estar sano mentalmente (risas). Pero bueno, referentes musicales tengo muchos. Hay uno que clave para mí que es Jorge Drexler. Siempre lo digo a él y al final le acabarán pitando los oídos. Me parece un maestro, no solo por cómo compone o escribe. O tenga una voz bonita. Qué también. Pero para mí es muy importante esa riqueza musical: le encanta tocar la guitarra, experimentar con el sonido sin dejar de buscar cosas nuevas. Es un tío inteligente, con muchos recursos musicales y poéticos. Además, me gusta mucho su carrera: no ha sido un alguien de un pelotazo, ni un solo disco ni de tres. Saca alguno de vez en cuando, es alguien bastante exigente y coherente consigo mismo  sin buscar la fama gratuita. Me parece una carrera muy honesta. Y joder, tiene un Oscar (risas). Todo ello hace que sea muy respetado por los músicos, es una carrera envidiable.

Luego también me encanta Robe Iniesta, por ejemplo. Me parece un tío que no ha parado de crear y que hace las cosas a su manera. Alguien que apenas concede entrevistas y se pega una gira cada dos o tres años haciendo lo que él quiere. Un poco lo que nos gustaría a todos sin dejar de hacer algo honesto. Vivir de esto dignamente que, a veces, es muy difícil, por desgracia.

JP: Géneros y subgéneros transversales por dóquier, la vuelta de OT, diversos espacios para la creación, grandes discográficas frente al poder de las redes para visibilizarse, ¿cómo percibes la situación actual de la música en España?

EK: Tengo sentimientos encontrados. Veo una escena que esta de puta madre y de la que formo parte. En mi caso, la canción de autor que es por donde me muevo y donde hay cosas muy underground más interesantes que nunca. De hecho, a día de hoy admiro más a colegas míos que a lo que suena por la radio. Y es bonito. Además se le está dando valor a ese underground creciendo a través de las redes. Por ejemplo, es más factible que una persona como yo, que siempre he sido más independiente que una liebre, tenga su propia discográfica junto con mi socia y mánager para que vaya haciendo mi camino a mi manera. Hoy creo que se puede hacer. Poco a poco, paso a paso. El hecho de que ya no haga falta asociarse con una ‘multi’ ha dado mucha libertad para la autogestión. Parece que si te lo curras, puedes hacerte un hueco. Esa es la parte buena, la que me está gustando.

Pero sí que veo muy poca respuesta por parte de los grandes medios y todavía hay una dinámica que si no estás en esas ‘multis’ se te cierran según que puertas. Ahí veo un poco cositas de siempre. Por eso, en mi experiencia concreta, ya no me interesa nada lo que me dan los medios. Nada en absoluto. Busco mi música que encuentro porque estoy dentro. Aparte me da siempre la sensación de que en España somos un país pequeñito en el sentido que yo cuando voy a Latinoamérica todo es mucho más abierto. A mí me han entrevistado Los 40 Principales en Colombia, cosa que en España nanay. Incluso allí hay gente que puede ser fan mía y de Maluma, es flipante (risas). Me parece bueno de alguna manera, aquí somos mucho de poner etiquetas: ‘Si soy heavy, soy heavy ya no salgo de ahí’. Las modas me parece que son mucho más fuertes aquí: cuando llegó el indie, todos los festivales a tope con el indie. Ahora con el flamenquito fusionado…  Se imponen con mucha fuerza, somos un país muy variado, pero pequeñito en ese sentido.

JP: No es un secreto que eres un tipo tímido. Lo digo porque suele comentarlo en las entrevistas. La cosa es: ¿cómo se gestiona esto en un auditorio ante más de mil personas?

EK: Al final son tablas. Lo haces tantas veces que te acostumbras. Lo mismo que habrá profesores o actores más introvertidos pues yo también. Pero bueno, que me considero un tío extrovertido: me gusta la gente, pero siempre he sido tímido en el sentido de echarse pa’ lante. Mi carácter siempre ha sido al contrario. El subirme al escenario es un curro aparte. Yo he visto a compañeros que se suben muy tranquilos al lugar como mi amigo Mikel Izal que cuando empezó estaba superpancho. Qué envidia me daba.

Pero está profesión te cambia, ahora tengo más tablas que el Papa, ¿sabes? (risas). He ido trabajando recursos que he vivido. Cuando me mudé a Madrid e iba a los micros abiertos, tenía que desenvolverme. O sea, soy tímido, pero no gilipollas (más risas). He aprendido a interactuar, vamos.

JP: Seguimos sin ponernos de acuerdo al definir qué es ser un cantautor. Por ejemplo, ¿Rosalía es cantautora? ¿Un cantante de trap? Me gustaría saber lo que entiendes por el concepto y, ya que estamos, me recomiendes a gente del mundillo, a priori, no tan conocida.

EK: Hay varias teorías: hay gente que considera cantautor a alguien que coja una guitarra, rollo Silvio Rodríguez. Para mí, por ejemplo, Robe Iniesta es un cantautor. Lo entiendo como alguien que canta y compone sus propias canciones con un mínimo compromiso poético. Si Bustamante por ejemplo hace un tema y lo canta no sé si sería cantautor. Sin embargo, Iniesta aunque vaya con una banda de rock a sus espaldas, trabaja ese lirismo. Para mí tiene que haber esa mezcla de la poética con lírica.

¿Gente emergente? Pues El Jose me parece muy guay y tiene dos discos. De hecho, tengo una canción con él: Un solo corazón en su nuevo álbum Yo sin tú. Me mola un montón y pagaría lo que fuera aunque no hace falta porque somos colegas y me invita (risas). Después está Alberto Alcalá, muy en la onda del gaditano Javier Ruibal. Te diría también Mundo Chillón, Víctor Lemes, que es un canario que está a caballo entre el humor y la música o Rocío Ramos y Patricia Lázaro, entre muchas otras. Son peña muy buena que por lo que sea aún no están haciendo grandes aforos. Les falta ese ‘empujoncito que es cuestión de tiempo. Gente muy puto buena sería el concepto (risas)

JP: Refunk, Instrucciones para bailar un vals o Espero que disfruten de mi sufrimiento son solo algunas pruebas de que el humor es omnipresente en tu trabajo.

EK: Ante todo, yo me considero cancionista. Pienso en gente como el Víctor Lemes que es posiblemente un 60% cómico, 40% músico. Yo hago canciones, no pretendo que todas sean graciosas, hay algunas que son serias. Pero para mí como persona el humor es súper importante. La vida es insoportable si no te ríes de ella, vamos. O de nosotros mismos, ¿no? Me parece una buena forma de relativizar las cosas para darnos cuenta que no tenemos importancia ninguna en el universo y como especie somos unos putos bichos en medio de la nada.

Trabajo con el día a día y el humor me sale de una manera natural, por eso en las canciones no lo reprimo, pero tampoco me obligo a hacer ‘x’ canciones con bromas por disco. Tengo un gran respeto a esa disciplina porque yo no soy cómico. Pero sí que es verdad que en el directo tiendo más a decir pamplinas, a ser más socarrón. Quizás es una forma de luchar contra esa timidez. Por otro lado, mola distanciarse de la seriedad y el humor es un gran aliado en esa empresa, digamos. De hecho, creo que lo que más consumo a nivel cultural después de la música es humor: desde Les Luthiers a Woody Allen, muchos monólogos, el puto Broncano, ¿sabes? Todo lo que sea reírse, no hay que reprimirlo. Todo pa’lante.

JP: Hablemos de lo que te aportan los directos. Siempre juegas en ellos con la cercanía al público, el cachondeo y la improvisación. Para aquellos que aún no os hayan visto, cuéntame qué crees se van a encontrar cuando te vean subido sobre el escenario.

EK: Después de componer, muy cerquita, disfruto mucho el directo. Es como una comunión profana de las gentes. Un diálogo, una fiestecilla: que un grupo de personas totalmente heterodoxo te cante al unísono algo que has hecho tú es una pasada, ¿no? Ver que la gente vibra con mis experiencias me enseña que, al final, somos todos muy parecidos. En este trabajo hay cosas muy feas como los viajes, la ‘furgo’ y demás, pero luego en un concierto…  Sobre el escenario no soy feo ni gordo, no estoy triste ni resfriado: se me pasa todo. El chute energético de un espectáculo es una locura.

Y luego, ¿que qué le aportamos a la gente? Una experiencia. Nosotros nos lo pasamos muy bien y eso el público lo nota. Para eso están los directos, eso y que nos lo curramos, claro. Yo no he sido de vender muchos discos. Bueno, ya no se venden muchos discos, pero aunque se vendieran no sería de los que lo hacen (risas). Lo mío ha sido irme de Madrid a un bar de Barcelona a tocar para veinte personas que tienes que conquistar. En esos casos, tienes que establecer unos truquillos para seducir a la gente que no viene con los temas aprendidos. Se trata de atrapar a la peña, si te quedas solo en la ejecución de las canciones para eso que se escuchen las canciones en su casa.

JP: Esta gira es, ante todo, una recogida de los frutos de toda tu trayectoria, ¿cómo se asimila pasar de tocar en bares a que la gente te mande covers de tus propias canciones por Instagram o a colaborar con Drexler? ¿Hay temor a dejar de ser ese Kanka que hemos visto hasta ahora?

EK: Pues poquito a poco, tío. Lo digo con sinceridad, lo bueno es que ha sido así porque a mí me agobia un poco. De hecho, hay un punto de irrealidad que me incomoda bastante. Cuando llegas a un punto que llegas a tanta gente, pierdes la noción de la realidad. Quiero vivir de esto, me gustaría invertir para que la carrera fuera más cómoda. No tener que hacer, por ejemplo, tantos conciertos como en estos dos últimos años. Casi ochenta conciertos que son una tralla física y mental brutal. De hecho, el año que viene me voy a permitir tocar un poquito menos. Entiendo que hay que llegar a cuanta más gente mejor, pero quiero ser una persona. No quiero ser un tótem, quiero ser una puta persona (risas).

Y sí, claro se me pasa por la cabeza el perder mi personalidad como músico, pero creo que sé de dónde vengo. Al principio, hubo meses que costaba llegar a fin de mes, giras más incómodas y peores condiciones. He pasado por todas esas penurias y llevo bastante años ya construyendo esto. Al final haces una serie de lazos con gente del mundillo que no se rompen así como así.

JP: Hablas en Para eso canto de como tus letras sirven para “dejar en bragas al silencio”, “para que la chispa del amor nos de calambre” y para que, en definitiva, “las canciones sean las únicas banderas”, ¿cuál dirías que el propósito de tu música?

EK: La música al final tiene mucho power. Sin menospreciar a los compañeros pintores, escritores, actores y demás, creo que es el arte por excelencia. Lo es porque es el género cultural más popular: todo el mundo escucha música. En algún momento de su vida, una cancioncilla aunque sea un reggaeton. Hay ese contacto con las notas y los silencios en algún momento del día. Y eso no es casualidad, la música tiene un lenguaje interno que no se puede atrapar en conceptos: es mágica, te llega como por otro lado, casi directamente a la patata. Conecta de una manera más directa con los sentimientos, vamos.

Yo escribo desde mí. Mis canciones son profundamente egoístas (risas), pero entiendo que sean motivacionales porque a mí ayudan cuando me levanto con el pie torcido o con la neura. Sí que es verdad que la gente que hacemos canciones podemos, sin darnos cuenta, cambiar alguna conciencia, darle a alguien un qué pensar o incluso ayudar si lo estás pasando mal. Si es así, pues bienvenidas sean.

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