Kate Bush: 40 años de cumbres borrascosas

Más allá de las cumbres borrascosas aguarda un mundo de canciones supremas, buen humor e historias delirantes. La genial Kate Bush lanzó su disco de debut hace 40 años, y nosotros lo celebramos invitándote a descubrir una obra que ha influido en casi todo el mundo y sigue sin parecerse a casi nada.

En la vida, en general, y en el arte en particular, una mujer que quiera ser ella misma siempre lo tendrá muy crudo. Tal vez la música pop, siempre en busca de personalidades arrolladoras, ofrezca algunas excepciones a esa norma, pero eso tampoco es mucho decir. Así pues, cuando una artista femenina logra torear a los leviatanes de la industria durante cuatro décadas largas, manteniendo el control absoluto sobre su obra y cosechando hits sin dejar de innovar y experimentar, hay que celebrar sus logros. Y nosotros lo hacemos con gusto: el santoral de CANINO tiene lugares muy especiales reservados para Madonna, para Joni Mitchell, para Cecilia, para Lauryn Hill… y para Kate Bush.




El 16 de febrero de 1978, con 19 añitos escasos, esta chavala de Kent con muchas octavas en la voz y unos pómulos impresionantes publicó The Kick Inside, su disco de debut y el primer paso en una carrera que depararía muchas maravillas. ¿Cómo reaccionó el mundo a esa revelación? Pues, a grandes rasgos, riéndose de ella (de sus agudos estratosféricos, de su vocación de drama queen y de sus ojos desorbitados) mientras iba disimuladamente a comprar su ejemplar del álbum. Cuatro décadas más tarde, mientras la propia se prepara para celebrar sus sesenta años en este planeta, dicha carrera todavía colea y ser fan de Kate Bush sigue siendo un privilegio al alcance de todo el mundo. Cuando termines de leer esta guía para principiantes con consejos para adentrarse en su obra, tu también lo disfrutarás.

1. Ponte en marcha con The Kick Inside

Cuando Kate Bush publicó The Kick Inside hace 40 años, muchos críticos orgullosos de estar en la pomada lo cubrieron de improperios. Y no sólo porque les pareciera cursi (eran los años del postpunk, qué le vamos a hacer) ni porque su lenguaje musical participase de géneros tan odiados por la intelligentsia como el folk, el pop para las masas o (¡cielos!) el rock progresivo. El principal argumento que panfletos como el New Musical Express arrojaron contra el elepé era que su autora era un producto prefabricado por la discográfica EMI… y por alguien tan poco á la page como David Gilmour. Sí, ese David Gilmour: en 1975, el guitarrista de Pink Floyd había escuchado las maquetas que Kate grabó en el aula de música de su colegio de monjas, y se había quedado pasmado.

Esto último es natural: ante las grabaciones contenidas en discos pirata como The Cathy Demos cualquiera perdería los palos del sombrajo, sobre todo sabiendo que su responsable tenía sólo trece o catorce años cuando compuso muchas de ellas. Pero como su grupo se había pasado los setenta llenando estadios, Gilmour pudo hacerle honor al descubrimiento. Con un arrojo que nos lleva a perdonarle muchas cosas, Dave se plantó frente a los directivos de EMI y exigió para Kate un contrato cuyas condiciones serían, además, peculiares. Nada de lanzar de inmediato el trabajo de la joven y exprimirla como flor de un día: a cambio del derecho de publicar su debut, la multinacional se pasó tres años pagándole a la señorita Bush lecciones de canto, de baile (a cargo de Lindsay Kemp, nada menos) y de piano, que ella compaginó con sus clases de secundaria.

Aun así, cualquiera pensaría que Kate llegó a los estudios Abbey Road intimidada por el estatus de los señores que la rodeaban, desde el productor Andrew Powell (el mismo de Al Stewart en Year Of The Cat) hasta su banda de sesión. Pero la artista dejó claro desde el principio quién mandaba en el cotarro: ella venía de una familia culta y musical y tenía a su hermano Paddy Bush tocando a su lado en el disco, así que titubeos, los justos. La anécdota que mejor explica todo esto llegó al elegir el primer single del álbum: pese a la oposición de los ejecutivos, Bush se empeñó en que su tarjeta de presentación debía ser aquel tema cuya letra rendía homenaje a Emily Brontë y cuyo estilo iba a contrapelo de todas las modas del momento. Por si alguno no lo ha adivinado, el tema era este.

La cabezonería de Kate Bush defendiendo Wuthering Heights no sólo la llevó a desterrar a ABBA (y a los ABBA de Take A Chance On Me, para colmo) del número uno de las listas de sencillos: también la convirtió en la primera artista femenina que llegaba a ese puesto en Reino Unido con una canción escrita por ella misma. Aunque The Kick Inside no llegase a coronar el Top 10 británico (se quedó en el tercer puesto), y por más que no todos sus temas estén a la altura de tamaño clasicazo, es un prólogo perfecto para que te adentres en el mundo bushiano:  la misma Kate reconoce que temas como Kite, Oh To Be In Love Moving son lo menos experimental que ha grabado en toda su carrera, lo cual permite saber con quién te estás jugando los cuartos antes de ir al meollo. El verdadero salto a la piscina (o al océano con icebergs) es la siguiente etapa de este viaje.

2. Llega al fangasmo con Hounds Of Love

Entre la grabación de The Kick Inside y la de este álbum transcurrieron solo seis años, pero cualquiera lo diría: a juzgar por la voz, la instrumentación y (claro) las canciones, Hounds Of Love suena como el trabajo de una artista que ha viajado al fin del mundo y vivido para contarlo. Lo cual, en cierto modo, es cierto: en 1985, Kate Bush había tenido tiempo para grabar más éxitos, para hartarse de Wuthering Heights, para sufrir fracasos comerciales y para abominar de las actuaciones en directo tras su primera y única gira. Y, más importante aún, de convertir el sampler en su instrumento de cabecera. Pero, aunque todo esto sea muy interesante, no explica el sobresalto que recorrerá tu cuerpo cuando pongas el elepé y escuches su primera canción.

Desde el acorde inicial de sintetizador, y no digamos desde ese loop de percusión que suena a valquirias al galope, Running Up That Hill (titulada originalmente A Deal With God, pero rebautizada para no herir sensibilidades en EE UU) demuestra que Hounds of Love es un disco ‘de madurez’… pero también que, en contra del significado habitual de la expresión, no es un sopor. Guiando a sus cacharretes con una mano y dirigiendo con la otra a la habitual plétora de músicos de sesión (en la que caben desde violinistas folk hasta Youth, el bajista de Killing Joke), Bush se permite locurones de todo tipo.

Los coros del tema titular suenan como ladridos, mientras que los de la discotequera The Big Sky parecen música tradicional búlgara. Las letras tratan asuntos tales como el miedo a enamorarse y la vida del mad doctor Wilhelm Reich, el de la energía orgónica y la psicología de masas del fascismo. Y si la cara A del vinilo está llena de sencillos en potencia (cuatro de sus cinco temas lo fueron), los siete cortes posteriores forman una suite que, con el título de The Ninth Wavedescribe las alucinaciones de una náufraga agonizando en un mar helado. Todo lo bastante demencial y lo bastante accesible a la vez como para propinar una nueva colleja:  el día en el que este álbum salió al mercado, Madonna y Like A Virgin tuvieron que despedirse del número uno en Reino Unido.

Algunas canciones de Hounds Of Love  pueden bailarse, otras pueden llorarse y otras, directamente, se sueñan: si escuchas este disco y te gusta, date por iniciado en la secta bushiana. 

3. Tómate un respiro con Never For Ever

Si hubiera que sacarle un defecto a Hounds Of Love, que ya serían ganas, ese sería que el disco apabulla: de tan épico, redondo e impetuoso, puede dejarte los tímpanos hechos polvo tras un par de escuchas. Así pues, nuestro itinerario nos lleva hacia atrás en el tiempo en busca de la Kate primigenia, la que aún cantaba en falsete y cultivaba su reputación de jovencita excéntrica. Y también la que presentaba el segundo sencillo del álbum vistiéndose de Red Sonja y practicándole tocamientos torpes a un contrabajo.

Con una ilustración de portada tan bonita como provocativa, y con un sonido que bascula entre el rock seventies y el sonido ochentero (al fin y al cabo, llegó a las tiendas en 1980), Never For Ever suele ser arrinconado con la etiqueta de ‘disco de transición’. Y ahí reside su interés, porque delata la capacidad de nuestra amiga para enterarse de todo antes que nadie. Resulta que Kate se había hecho por entonces amiga de Peter GabrielResulta también que el cuñado de Gabriel se encargaba de distribuir en Reino Unido el Fairlight CMI, mastodóntico aparato cuyas capacidades (samplear sonidos y secuenciarlos después) están ahora al alcance de cualquier portátil apañado, pero entonces eran lo más. Y resulta, por último, que Gabriel le reveló a Bush la existencia del cacharro, ayudándola a conseguir uno. El resultado: nuestra amiga (asistida al principio por Richard James Burgess, miembro de Landscape y productor de Spandau Ballet) usó aquel mostrenco como si le fuese la vida en ello, sacándole partido con más creatividad que casi ningún otro de sus usuarios.

Ahora y siempre, las artistas tienen que sudar sangre para que se les reconozca su pericia técnica. Así pues, da que pensar el hecho de que Bush se ganara una reputación como virtuosa de la alta tecnología hace casi cuatro décadas, compartiendo titulares en la revistas especializadas con tocones de melena y túnica. Pero lo que perdura es el uso de esa tecnología, y las canciones de Never For Ever delatan una capacidad sorprendente para reconocer su potencial.

El instrumento de percusión que domina en la antibélica Army Dreamers es el cerrojo de un fusil y la sección final de All We Ever Look For es un collage de sonidos separados entre sí por puertas que se abren y cierran, mientras que la espeluznante Breathing recurre a la voz de un locutor de la BBC describiendo los efectos de una explosión nuclear. El trabajo de Bush en Never For Ever no está tan lejos de lo que Disco Inferno acabarían grabando quince años más tarde, pero resulta infinitamente más accesible. Porque el abismo de oscuridad al que la fama y el trabajo incansable arrojarían a la artista estaba a sólo un álbum de distancia…

4. Ten pesadillas con The Dreaming

Aunque siempre haya ido a su bola, hay que admitir que Kate Bush es hija de su época. Lo cual significa que ella también se volvió siniestra, a su debido tiempo y con sobradas razones. Su primera y única tournée, durante la que se dejó la piel cantando y bailando, había tenido un resultado trágico, con la muerte de un técnico en plena actuación. La crítica y el público seguían sin tomarla en serio. Y, para colmo, sus ansias por superarse no la dejaban en paz. Nuestra amiga respondía a tanta presión encalomándose cantidades industriales de marihuana y atenuando la gazuza subsiguiente con leche y chocolatinas. Pero su afición al tabaco verde no volvió más dócil a la cantante: todo lo contrario.

La gestación de The Dreaming, el disco publicado por Kate en 1982, fue un grandísimo calvario. Y no sólo por los tormentos personales de la autora, aunque de eso también hubo. Asumiendo por primera vez el trabajo de productora en solitario, Kate tuvo que aguantar el poco respeto de Hugh Padgham, célebre ingeniero de sonido que menospreciaba tanto sus innovaciones artísticas como su costumbre de pasarse los días fumada. De modo que ella optó por despedirle y llamar a Nic Launay, un chaval de su edad que había trabajado para Public Image Ltd. en The Flowers Of Romance: si aquel muchacho tenía lo que había que tener para aguantar a John Lydon, estaba preparado para ella.

La fantasía siempre ha sido importante en la obra de Kate Bush. Pero, en The Dreaming, dicha fantasía se alimenta de pesadillas: estamos ante un disco raro con ganas, cuyos arreglos suenan a crujido del abismo y cuyas voces diríanse surgidas de una dimensión paralela diseñada a medias por Michael Powell (uno de los directores favoritos de Bush) y Clive Barker. 

Canciones como Get Out Of My House (otro homenaje, esta vez a Stephen King El resplandor), Houdini Suspended In Gaffa revelan a una artista tan dispuesta a darlo todo como atacada de los nervios, convirtiendo el elepé en un desafío para fans que (como tú, a estas alturas) estén familiarizados con sus facetas más accesibles y no se hagan cruces cuando la oigan desgañitándose como una banshee. En cuanto a la estupefacción que sacudió al público de entonces, y que se tradujo en unas ventas penosas, fue resumida en una sola frase por cierto Neil Tennant, plumilla de Smash Hits con algunas ambiciones musicales“Este disco es muy raro”.

5. Sube a las alturas con Aerial

En 2005, la situación de Kate Bush dentro del mundillo musical era tan incómoda como sólo puede serlo la de una presunta has been’.  Si muchos músicos la citaban como influencia (artistas de hip hop como Tupac Big Boi -Outkast- la tenían en un altar), llevaba doce años sin publicar un disco. Para variar, además, una ausencia motivada por su hartazgo del show business y las ganas de estar con su familia había motivado rumores maliciosos de todo tipo: que si había decidido cambiar su nombre por Catherine Earnshaw (la protagonista de Cumbres borrascosas, claro), que si su falta de éxito en EE UU la tenía atormentada, que si fumaba más porros que nunca… Las maldades de la prensa canallesca y los foros de internet eran innumerables, pero dudamos que tuviesen algo que ver en el origen de Aerial: Bush decidió desempolvar las máquinas aquel año y grabar su octavo disco porque, sencillamente, le apetecía.

Según ha señalado Grace Morales, el videoclip de King of the Mountain (primer tema de Aerial, primer sencillo del disco y su canción más convencional) es una declaración de principios: Bush no sólo jugaba en él con su imagen de artista ermitaña, equiparándose con Elvis Presley, sino que también entregaba una canción que, en aquel año, resultaba fuera de lugar en cualquier lista de éxitos. Tanto el single como el resto del doble álbum (16 canciones, casi 80 minutos: tela) revelan que Bush seguía componiendo y produciendo como una reina, que seguía cantando como Dios… y que no estaba dispuesta a adecuarse a un panorama cuyas tendencias ella había anticipado antes que casi nadie.

Tanto por su apuesta por el pop experimental como por su longitud, y por la presencia de un ciclo de canciones (A Sky of Honey) en su segunda mitad, Aerial parece una segunda parte de Hounds Of Love. Sólo que al ser más reposado, y también muchísimo más largo, resulta apto más bien para oyentes avezados que quieran pasar una tarde entera tomando el té con la señora Bush. Así, uno escuchará sus historias sobre matemáticos obsesionados con el número Pi, la oirá derrochar orgullo por su hijo Bertie (quien, claro, ha salido músico y toca con su madre a menudo) y aprenderá tanto sobre instrumentos recónditos como sobre el nuevo sonido insólito que ella le ha exprimido al Pro Tools. A nosotros, la verdad, nos falta tiempo para responder que sí, pero allá cada uno.

6. Descubre sus discos ‘menores’

Según el credo bushista, Kate Bush no tiene discos malos. Y eso es cierto, pero también lo es que no toda su obra triunfa por igual. Más allá del subidón inicial de The Kick Inside y de la santísima trinidad de Never For Ever, The Dreaming Hounds Of Love, su producción de los ochenta echó el primer borrón en su segundo elepé, Lionheart. El álbum contiene éxitos como Wow y Hammer Horror (a esta mujer hay que quererla), pero el hecho de haber sido grabado nada más terminar las sesiones del primer disco y las ambiciones de Kate por lograr un sonido más rock, a ver si así los críticos dejaban de dar la puñeta, hacen que no brille tanto como debiera.

De la misma manera, la Bush de los noventa acabó sonando un tanto a medio gas. Lanzado en 1989, pero perteneciente de lleno a esta etapa, The Sensual World empieza con uno de sus temas más apabullantes (jamás los homenajes a James Joyce y su Ulises sonaron mejor) para después resultar más lánguido que reposado y más madurito que señorial: la propia Kate acabaría rehaciéndolo por completo en The Director’s Cut (2011), incluyendo en el primer tema ese texto que los pérfidos herederos de Joyce no le habían permitido usar entonces. Bush aparcó tanta orquesta y tanto perifollo en The Red Shoes (1993) para ensayar una entrega más bailable, con colaboración de Prince incluida. El intento puede dejar a más de uno a medias, aunque seguro que alguno acaba atesorándolo.

El último trabajo de menor cuantía publicado por Kate Bush es también el último hasta la fecha de su discografía. 50 Words For Snow (2011) llegó con la etiqueta de Fish Music, el sello propiedad de la cantante, y tanto su brevedad (siete canciones de nada) y la abundancia de colaboraciones estelares, desde Stephen Fry Elton John, delatan su condición de álbum grabado ante todo para divertirse, sin excesivas pretensiones. No decepciona, ni mucho menos, pero tampoco te revienta la cabeza.

7. Deslúmbrate con sus videoclips

Primer dato: a Kate Bush le da mal rollo actuar en directo. Los 22 conciertos que ofreció en Londres en 2014 han sido su único contacto con las tablas desde aquella gira de 1979, y no parece dispuesta a repetir la experiencia. Segundo dato: además de resultar una bailarina muy estimable, Kate Bush sabe actuar y es una cinéfila de mucho cuidado que no se arredra detrás de una cámara. Tercer dato: la etapa juvenil de Kate Bush transcurrió durante la primera edad de oro del vídeo musical, algo que (según apuntaron ya The Beatles) puede ser una buena forma de escaquearse de la obligación de dar conciertos. Resultado: los clips de esta señora se merecen de sobra un apartado propio en esta introducción a su obra.

Dejando a un lado los dos vídeos de Wuthering Heights (el del vestido blanco y el del vestido rojo), que tanto jolgorio provocan aún ahora, nuestra protagonista mostró desde que le fue posible un control férreo de su propia imagen. Y lo usó para proyectarse como una figura inclasificable: bien como soldado, bien como embrión radiactivo, bien como aviadora intrépida, bien homenajeando a Hitchcock (en el vídeo de Hounds Of Love que pueden ver arriba) o a François TruffautBush cruzó los ochenta como una criatura polimórfica que derrochaba imaginación visual.

El prestigio de la artista y el presupuesto con el que contaba le permitieron llamar en 1985 a Donald Sutherland para el vídeo de Cloudbusting. Pero aquello no era todo: el colmo de la Bush visual dio comienzo en 1986 con Experiment IVdirigido por ella misma para promocionar la canción que le daba título (incluida como extra en el recopilatorio The Whole Story) y en el que interpretaba a una suerte de Fénix Oscura creada en un laboratorio, con Hugh Laurie Gary Oldman entre sus víctimas. En 1993, Kate llegó todavía más lejos con The Line, the Cross and the Curvetodo un señor mediometraje musical con las canciones del disco The Red Shoes Miranda Richardson actuando. Claro que, de toda esta faceta suya, el momento más gracioso es el que pueden ver abajo.

De Kate Bush se pueden contar muchísimas más cosas. Algunas de sus mejores canciones, como This Woman’s Workno aparecen en sus álbumes oficiales, y los contenidos de sus letras (donde la carnalidad sin complejos y la alegría de vivir se dan topetazos continuos con el terror existencial) darían para un artículo entero. Pero ese no es nuestro objetivo. Nosotros sólo queremos dejar constancia de tres hechos que debes conocer: Kate Bush existe, Kate Bush es muy grande y Kate Bush ha compuesto, grabado y producido canciones que harán que tu vida tenga sentido y te darán ganas irrefrenables de acudir al Kate Bush Day que se celebra anualmente en Australia, a ponerte de largo y cantar la maldita Wuthering Heights a coro con otros cientos de fans. Escúchala ahora mismo: es una orden.

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