Krautrock: una guía para principiantes

¿Qué demonios pasó en la Alemania de los setenta para que allí apareciese una música tan pistonuda y, sobre todo, tan rara? Te contamos los trucos básicos para adentrarte en el universo de Can, Neu!, Faust y otras criaturas del krautrock sin marearte.

Cualquier aficionado a la música popular lo sabe, a poco que haya hurgado en sus intríngulis: el rock alemán, vulgo krautrock, es una de las mayores minas de ideas en la historia sónica del siglo XX… y del XXI. Parece que, entre finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1980, la entonces República Federal de Alemania fue como un laboratorio de mad doctors con melenas, dispuestos a realizar experimentos aberrantes y a dejar una huella perdurable. De Stereolab a Emeralds, de The Fall a Kanye West, pasando por David Bowie, hay pocos grupos o solistas en la fonoteca canina que no invoquen nombres como Can, Neu!, Cluster, Popol Vuh, Faust o, claro, Kraftwerk cuando la ocasión lo requiere.

Ante tanta referencia, es normal que al oyente le pique la curiosidad. De modo que acaba remitiéndose a su base de datos favorita (de esas que ayudan a manejarse por el mundo moderno) para acabar con un mareo de narices, ante centenares de elepés con portada cósmica y docenas de grupos con nombre raro. ¿Cómo evitar esto? Pues cómo va a ser: con una guía para principiantes de CANINO. A continuación, les damos claves para navegar por el proceloso mundo kraut que les permitirán quedar como unos robots (o como unos arcángeles del trueno) la próxima vez que oigan a una banda haciendo canciones con ritmo motorik, o exprimiendo guitarras y teclados hasta hacerlos sonar como bestias del Abismo.

Repollo rockero con codillo al horno

La historia del krautrock y sus cosas es tan interesante que, antes de entrar en harina, no nos resistimos a dejar caer un par de datos contextuales. Y el primero de esos datos es que, fíjense, “krautrock” no es un término muy respetuoso. Veamos las razones.

Según David Stubbs y su estupenda guía Future Days, el palabro nació como una coña del extinto semanario británico Melody Maker, allá por 1970 más o menos, aludiendo a la horda de bandas teutonas cuyos discos empezaban a llegar al Reino Unido. En alemán, de hecho, “kraut” significa “col”, como en “sauerkraut” (en español, “chucrut”), ese encurtido que tan bien queda como guarnición para un codillo de cerdo. Si se emplea en inglés, además, el lado chungo de la expresión se multiplica. Porque, en la Pérfida Albión, uno llama “krauts” a los alemanes de la misma manera que, si fuera francés, se referiría a ellos como “boches”: cuando quiere dejar claro que los odia a muerte. Por supuesto, el uso de ese apodo ha sido constante en tiempos de conflicto. Y cuando aparecieron las bandas que nos van a ocupar ahora, la Segunda Guerra Mundial aún rayaba cerca. Júntenlo todo, y calculen.

Con semejante candela de fondo, no es extraño que el término “krautrock” haya sido puesto en tela de juicio muy a menudo. De hecho, aún sigue creando fricción en según qué sitios. Pero, en honor a los grupos (alemanes) de marras, hay que decir que nunca se tomaron la cosa a pecho, e incluso algunos de los grandes nombres del asunto lo usaron con orgullo. Haciéndolo, eso sí, no pretendían evocar la imagen de coraceros prusianos con pincho en el casco (bueno, algunos a lo mejor sí…) sino más bien reírse de sí mismos. Porque, en el momento y en el lugar en el que surgieron estas bandas, el humor era una virtud muy necesaria. Tanto como la mala hostia.

El milagro sonoro del milagro económico

La caída del hitlerismo en 1944. La miserable posguerra. La división del país en dos estados irreconciliables. Y, sobre todo, esa reconstrucción industrial y económica pagada al precio de convertirse en polvorín atómico de EE UU durante la Guerra Fría. Si cualquiera de estos incidentes ya podría marcar la conciencia de un país, tengamos en cuenta que Alemania (Occidental) los padeció todos a lo largo de dos décadas escasas: ese fue el panorama vivido por muchos protagonistas del krautrock durante sus infancias y adolescencias tempranas. Normal que, llegados los sesenta, la mitad oeste del país teutón estuviera, como poco, revueltilla.

De este modo, escuchando las majaradas  de las que vamos a hablar ahora,  viene bien acordarse de que éstos nacieron en el mismo país de las películas de Werner Herzog y Rainer Werner Fassbinder (dos insignes aliados de la cosa kraut, a todo esto), de las novelas de Heinrich Böll y Gunter Grass… y, también, del asesinato de Benno Ohnesorg, de la Kommune 1 y de la Fracción del Ejército Rojo, con su Andreas Baader, su Ulrike Meinhoff y demás alegre muchachada con kalashnikov. Si tu infancia se había parecido a la del protagonista de Alemania, año cero, saber que la base aérea de Rammstein estaba (está) llena de megatones made in USA, que nazis multimillonarios como Friedrich Flick seguían cortando el bacalao económico y que la música pop alemana (el llamado “schlager”) tendía a apestar, podía producir estados de conciencia muy alterados. Haciendo creer, por ejemplo, que ese estado-cárcel más allá del Muro de Berlín era un aliado. O que retorcer el rock hasta dejarlo irreconocible era un curso de acción viable. Cualquier cosa antes de escuchar al jodido Heino otra docena de veces.

Con el ladrillo anterior no queremos indicar que uno tenga que combinar la escucha de estos grupos con una lectura de El tambor de hojalata (más que nada, porque la experiencia sería terminal). Pero sí aspiramos a explicar por qué el krautrock suena tan distinto a cualquier otra cosa. Porque, ojo al parche, no todo el rock producido en Alemania durante los 70 es krautrock: el país también dio bandas de rock a secas, de psicodela y, sobre todo, de rock progresivo. Algunas de ellas muy buenas, pero también alejadas de nuestro asunto.

Así pues, si el oyente quiere profundizar en las carreras de Hölderlin o de Nektar, o incluso en las de (¡gasp!) Eloy y unos primerizos Scorpions, está en su derecho. Pero aquí no vamos a ocuparnos de ellas. Para entender por qué de una vez por todas, basta con echarle una oída a nuestras primeras recomendaciones…

Si quieres melodía… Neu! 75 (Neu!, 1975)

Para el saber popular, Michael Rother y Klaus Dinger son dos señores importantes por dos razones: la primera, el haber sido guitarrista y batería de Kraftwerk cuando Ralf Hutter y Florian Schneider aún no tenían sintetizadores, pero sí unos peinados capaces de darle un susto al miedo. La segunda razón de su fama es haber formado el proyecto Neu!, responsable de popularizar el ritmo motorik: hablamos de ese soniquete que suena como un “chakachakachaka” repetido hasta el infinito, y al que los primeros Stereolab (entre otros grupos) le debieron el pan y la sal. Pero hacerles justicia implica reconocer que su mérito fue mucho más allá de una forma de acentuar la batería: la música de este dúo se parece a las portadas de sus discos, simplonas en apariencia, pero estudiadas a rabiar en el fondo.

Como se aguantaban más bien poco, Dinger y Rother sólo produjeron tres elepés durante su primera andadura (más un intento frustrado de regreso a finales de los ochenta). Y, aunque Neu! (1972) haya pasado a la historia por contener el apabullante Hallogallo, y por más que Neu! 2 (1973) demuestre una jeta de cemento armado (a fin de rellenar minutaje, los dos granujas completaron el álbum con versiones aceleradas y ralentizadas de sus temas), es su tercer disco el que triunfa, conteniendo piezas de pop experimental tan redondas como ISI junto a esa garrulada pre-punk que lleva por título Hero. Un álbum en el que David Bowie se miró cual en un espejo a la hora de grabar su trilogía de Berlín, y al que ustedes deberían estar echando un tiento ya mismo.

Y, si necesitas más… La saga de los Neu! es una de las menos difundidas, pero más ricas, del mundo krautista. Aparte de los álbumes, bastante aprovechables, lanzados por Michael Rother (Katenmusik, 1979), tenemos a La Dusseldorff, el trío liderado por Dinger que perpetró, de 1975 en adelante, una fusión entre la incipiente Nueva Ola y el rock progresivo (no pregunten cómo, pero lo hicieron). Y, para quienes no tengan miedo de acercarse a territorios más pastorales y melenudos, los berlineses Agitation Free pueden ser una buena opción, especialmente su 2nd (1973).

Si quieres guitarrazos… Wolf City (Amon Düül II, 1972)

Los riffs de guitarra como catedrales, las vocalistas desmelenadas y las ambientaciones épicas a la par que alucinógenas no son cosas que suelan citarse mucho a colación del rock alemán. Afortunadamente, aquí tenemos a estos peludos de Munich, una de las bandas más hippies salidas de la escena (no podía ser menos, habiéndose formado en el seno de una comuna) y, también, el punto de entrada ideal para quienes prefieran el exceso a la concisión. Y si Yeti (1970) es el disco de la banda que más aparece en las antologías, esta macarrada con gárgola funciona mejor como primer contacto: las canciones son más cortas, los arreglos son menos caóticos y, además, permite disfrutar a fondo de los aullidos de Renate Knaup, una de las poquísimas mujeres en el santoral kraut.

En esta ciudad de lobos, los momentos melódicos vienen cargados de amenaza (la inicial Surrounded by the Stars, sin ir más lejos) y las piezas más brutas transpiran una atmósfera sintética que, a veces, parece ciberpunk antes de tiempo: quítenle la voz a Deutsch Nepal, y dígannos si esa base no recuerda a lo que harían Godflesh quince años más tarde. Con o sin ayuda química, esta es una pesadilla en la que vale la pena perderse, ya se disfrute de lo que hacían Hawkwind (los de Lemmy) por aquel entonces, bien de lo que Dungen y Black Mountain hacen ahora.

Y, si necesitas más…  Hasta que se tiraron por la pendiente del mainstream, Amon Düül II fueron una máquina de generar locura. Dejando aparte la primera etapa de la banda, cuando aún firmaban sin el numerito, Phallus Dei (1969) es un trallazo de brutalidad apocalíptica, mientras que el ya citado Yeti se tira a un sonido más vaporoso, a la par que apocalíptico, y Carnival In Babylon (1972) ofrece temas más melódicos (pero también apocalípticos). Si se ha sobrevivido a la experiencia, toca fijarse en otros pesos pesados como Kraan (su primer trabajo, también del 72), el muy incógnito Crawling to Lhasa de Kalacakra o, ya que estamos, German Oak, seguramente el único grupo de la época que tuvo los cojonazos de usar la imaginería de las cruces de hierro y las camisas pardas.

Si quieres mover el culo… Ege Bamyasi (Can, 1972)

Sí, son ellos. El grupo más citado, sacralizado y alabado del krautrock está aquí… para demostrar que todas las hipérboles vertidas hacia su música son ciertas, al menos hasta cierto punto. Pero si esperan encontrar las loas de siempre hacia su precisión rítmica, su ausencia de virtuosismo o su papel pionero en tantísimas cosas, busquen en otra parte: lo que nos interesa aquí es que, durante casi toda su andadura, los miembros de Can no sólo pusieron patas arriba las normas del rock, sino que también se lo pasaron como enanos en el proceso. Y eso que, al tratarse de un grupo formado en su mayoría por señores ya talluditos, el resto de bandas kraut no los podían ni ver. Ellos, sencillamente, estaban en su propia órbita.

Mientras Hildegard Schmidt, su sufrida manager, intentaba mantenerlos en vereda, los cuatro dementes llamados Holger Czukay, Michael Karoli, Irmin Schmidt y Jaki Liebezeit cocinaron un sonido que sólo podemos describir como “The Velvet Underground y James Brown haciendo una jam en otro planeta”. Y, mientras estaban en ello, obtuvieron varios hits, dos de los cuales aparecen en Ege Bamyasi. Con el tiempo, Vitamin C ha quedado como una de las canciones más inextinguibles del grupo (y como explicación de por qué Mark E. Smith –The Fall- quería ser el cantante Damo Suzuki), mientras que Spoon lleva por bandera algo que sorprenderá a quienes sólo vean al krautrock, y a Can en particular, como proveedor de largos y sesudos desarrollos: un estribillo. Y pegadizo, además.

Y, si necesitas más… En el caso de que este álbum haga picar el anzuelo, la oyente se topará con una verdad terrorífica: salvo ciertas excepciones (de Soon Over Babaluma -1974- en adelante, hay que cogerlos un poco con pinzas), todos los discos de Can merecen la pena. ¿Que precisemos? Pues vale: Monster Movie (1969) es para quienes busquen guarrería guitarrera, Tago Mago (1971) contiene los veinte minutacos de funk mutante titulados Hallelluwah, y Future Days (1973) abunda en atmósferas tropicales. Tampoco olviden los discos en solitario de sus componentes, porque en ellos hay petróleo. A todo esto,  ¿existe otro grupo similar? Difícil, difícil: lo más parecido que se nos ocurre es el UFO (1970) de Guru Guru, debido a su común querencia por el disparate.

Si quieres electrónica… Zuckerzeit (Cluster, 1974)

Cuando se habla de la faceta tecnológica del krautrock, es inevitable referirse a Tangerine Dream, Klaus Schulze y otros miembros de la llamada ‘escuela de Berlín’, con sus “tiroriroriroriro” de secuenciador. Pero qué demonios: aquí la cosa va de discos que entren facilito, y, además, Dieter Moebius y Hans-Joachim Roedelius también vivían en la ciudad dividida. Para ser exactos, en el Zodiak Free Arts Lab, una sentina de vicios que cobijó a todos los artistas mencionados, y a unos cuantos más. El ambiente del Zodiak se prestaba mucho a los desparrames, algo en lo que anduvieron Cluster en sus comienzos, cuando se hacían llamar Kluster y grababan discos patrocinados por una secta religiosa (!). Por suerte para la salud de nuestros tímpanos, este álbum funciona en parámetros muy diferentes.

¿A qué suena, pues, Zuckerzeit? Pues, si su título (“día de azúcar”) no da una pista, digamos que a lo que hubieran grabado Kraftwerk si, a la altura de Radio-Activity (1975) alguien les hubiera cambiado los teclados por instrumentos de juguete, desafiándolos a que hicieran algo coherente con todo aquello. No todas las canciones de este álbum son especialmente accesibles, si bien muchas de ellas (como Rosa) contienen melodías que se pegan rápido, pero el conjunto transmite una sensación lúdica y feliz, sin ironías ni imposturas. Brian Eno, amiguete y colaborador del dúo, tomó buena nota de todo esto para su Another Green World (1975), y quienes disfruten de dicho discazo entrarán en la onda de Cluster muy fácilmente.

Y, si necesitas más…  Dado que los primeros discos de Cluster (o Kluster) y los de su miembro fundador, el brutalista Konrad Schnitzler, son sólo para valientes, recomendamos seguir con otros tres capítulos de su historia: los álbumes posteriores a Zuckerzeit (especialmente Sowiesoso, 1976), sus trabajos junto a Eno (en Cluster & Eno -1977- hay más de ellos que del calvo, mientras que Brian manda en After the Heat -1978-) y, también, Harmonia, el fiestón a tres bandas montado por Moebius, Roedelius y Michael Rother -de Neu!- Musik von Harmonia (1974) no sólo está lleno de referencias cachondas a los aspectos más pretenciosos del rock alemán, sino que, además, incluye una oda al coñac Veterano.

Si quieres ruido… Ash Ra Tempel (Ash Ra Tempel, 1972)

Dado que produjo ciento y la madre de grupos (y los sigue produciendo), la escena de Berlín se merece dos entradas en esta lista. Y, puestos a quedarnos con otro álbum, elegimos el debut de la banda fundada por el guitarrista Manuel Göttsching y un Klaus Schulze que se apearía rápido de sus tambores. Una pena, porque el chaval tocaba de forma primitiva y contundente, cual una Moe Tucker cósmica. Por lo demás, este álbum de portada faraónica se aparta bastante de los criterios de sencillez por los que nos estamos guiando aquí: sólo contiene dos temas, uno por cada cara del vinilo, y los solos de Göttsching le salen por las orejas.

¿Por qué lo incluimos, entonces? Pues porque, efectivamente, Amboss (“yunque”) suena a noche de headbanging en el Valhalla, mientras que Traumsmaschine (“máquina de soñar”) produce los efectos de un tripi en malas condiciones. Julian Cope, ese señor que se ha autoproclamado evangelista del rock alemán (y que ha grabado discos sublimes, también) describe el álbum como aquello que habrían hecho The Stooges si se hubieran dejado llevar por sus desmanes primerizos en vez de darse al rock anfetaminado. Y algo de razón tiene.

Y, si necesitas más… Manda narices, pero, tras debutar con esta bestia devoradora, los Ash Ra Tempel (es decir, Manuel Göttsching) dieron multitud de bandazos… hasta entregar, firmando ya como Ashra, discos que son pura golosina ambient. Para nuestro gusto, New Age of Earth (1976) y Blackouts (1977) son los mejores productos de esta etapa: de ahí en adelante, ni caso. En solitario, Göttsching tiene un par de álbumes muy estimables: Inventions for Electric Guitar (1975) y E2-E4 (1981), formidable trabajo que su autor grabó con la intención de escucharlo en su walkman y que, debido a una historia muy larga, acabó suponiendo el nexo de unión entre el krautrock, el italodisco y el primer techno de Detroit. En resumen, una joya.

Si quieres levitar… Hosianna Mantra (Popol Vuh, 1972)

La cinefilia canina habrá reconocido el nombre de este grupo, o más bien de este alias para el teclista Florian Fricke, por las bandas sonoras de Werner Herzog. Es posible, incluso, que les suene el hecho de que Popol Vuh grabaron dos discos de música electrónica (Affenstunde -1970-, bastante pelmazo, e In den Garten Pharaos -1971-, mucho más digerible) hasta que Fricke decidió que aquello de los sintetizadores era cosa de Satán y optó por sumergirse en la religión. Vamos, que el muy tunante tuvo una paranoia con su Moog modular durante un viaje de ácido (o eso dicen) y, como tantos otros melenudos, se dio a la mística para quitarse el muermo. Bendito mal viaje, y bendita mística, si sirvieron para generar esta joya.

Desde su título, Hossiana Mantra no esconde su inspiración religiosa. Una inspiración que, menos mal, no desemboca en lo complaciente, sino en lo angustioso: en su mayoría, las canciones están basadas en motivos de piano cuyas armonías rara vez se resuelven, acompañados por guitarras alejadas de lo masturbatorio. El conjunto, pues, no evoca una revelación (con las consiguientes sospechas de timo), sino una búsqueda, algo mucho más noble. Sumando la voz etérea de la cantante Djong Yun, sospecharemos que algo tuvo que ver el álbum en el sonido de Cocteau Twins y This Mortal Coil. Y, por tanto, con el de School of Seven Bells y buena parte del dream pop más popular hoy en día.

Y, si necesitas más… Salvo álbumes puntuales como Letzte Tage, Letzte Näche (de 1976, con Renate Knaup a las voces y mucho más ruidoso de lo habitual), la carrera de Popol Vuh es una caída libre hacia la ñoñería de la que sólo se libran sus BSOs para Aguirre, la cólera de dios (1976), Corazón de cristal (1977) y Nosferatu, vampiro de la noche (cosecha del 78). Así pues, si el oyente busca el lado apacible del rock alemán, le sugerimos el Saat (1972) de Emtidi, el Trips und Traume (1971) de Withusser & Westrupp o el muy ignoto, pero muy dulce, álbum de Kozmic Corridors (72).

Si quieres locura… So Far (Faust, 1972)

Efectivamente: esta guía está llena de elepés publicados en 1972. Pero qué le vamos a hacer nosotros si ese año le echaron algo raro al agua en Alemania, o algo. Y, además, eso nos aleja de nuestro objeto de estudio. No se esfuercen en adelantar minutos del vídeo: todo el tema consta de un solo acorde. Y lo de “it’s a rainy day, sunshine girl / it’s a rainy day, sunshine baby” es su única letra. Pero lo mejor viene al decir que So Far, el álbum que empieza con este acto de terrorismo, es el disco más accesible de los Faust. Y que esta canción es la más pegadiza de la banda, básicamente porque, o se te pega y la tarareas como un zombie durante días, o te da algo por la ansiedad esperando que llegue a algún sitio.

Cualquiera se imagina las caras de los mandamases de Polydor cuando oyeron esto. Ellos, que le habían firmado un cheque en blanco a Üwe Nettelbeck (el director de konkret, la revista donde escribía Ulrike Meinhoff antes de echarse al monte) para que fundase una banda que aprovechara la moda krautrock, se encontraron con que el susodicho había reunido en una masía de Wümme (Baja Sajonia) a unos cuantos amiguetes flipados para que hiciesen lo que les saliera de los pelendengues sin límite de gastos. La trayectoria de Faust merecería un reportaje entero por lo desquiciada, lo propensa a los cortes de manga y, también, lo genial, así que dejémoslo aquí: So Far es un disco que ustedes necesitan oír inmediatamente. Aunque sufran en el proceso, serán mejores personas cuando lo hagan.

Y, si necesitas más… Insistimos en que a Faust hay que acercarse con los nervios bien templados. Pero, si quieren iniciarse en sus misterios, allá va: el debut homónimo (1971) es el más inclasificable, aunque algo de Frank Zappa hay ahí. Ya en Virgin Records, la banda entregaría The Faust Tapes (1973), un collage de temas inacabados que suena a puro infierno, y IV (73), que empieza con doce minutos de ruido titulados Krautrock, por si alguien aún no hubiese pillado aún la broma. Veinte años después de su disolución, a partir de 1994, el grupo empezó a grabar discos y dar conciertos… por duplicado, porque sus miembros Jean-Hervé Peron y Hans Joachim Irmler lideran cada uno una versión distinta de Faust, con el beneplácito de la otra parte y sin pleitos de por medio. Ya les dijimos que a estos señores les gustaba mucho tomarle el pelo a la gente.

Si quieres drogarte… The Cosmic Jokers (The Cosmic Jokers, 1974)

Anda que ya nos vale. Llevamos casi cuatro mil palabras de parrafada y aún no hemos hablado del periodista, manager y productor Rolf-Ulrich Kaiser. Se trata de uno de los máximos impulsores del rock alemán, por su labor organizando festivales, por su faceta literaria (el libro El mundo de la música pop -1969-, conocido en España por su portada con Jimi Hendrix vestido de Superman), su tarea al frente de los sellos Ohr, Pilz y Kosmische Musik… y por su picaresca, que le permitió montar el auténtico gran timo del krautrock. Porque los Cosmic Jokers no existieron nunca como grupo: Kaiser obtuvo el material de este álbum invitando a varios amigos músicos a una jam session bien aliñada con LSD. Después, el productor Dieter Dierks editó el cebollón para darle una forma escuchable. Y, por último, el bueno de Rolf-Ulrich lanzó el álbum resultante sin permiso de los implicados. Encantador, ¿verdad?

Pero si The Cosmic Jokers ha quedado como uno de los hitos del rock alemán más allá de Kaiser y su juego sucio, eso se debe a que su percal es sólido y elástico: los participantes en la cuchipanda, entre los que figuraron Manuel Göttsching y Klaus Schulze, tocaron con alegría y sin inhibiciones (natural, dado que pensaban que aquello no lo iba a oír nadie) mientras que las mezclas de Dieter Dierks (el auténtico héroe de todo esto) consiguen darles a los temas un tono más cercano a la épica que a la masturbación o a la pesadilla. Si el resto de discos reseñados aquí son ciencia-ficción new wave, toda ella paranoias y experimentos, aquí tenemos buena y honesta space opera.

Y, si necesitas más… ¿Se pensaban que Rolf-Ulrich Kaiser sacó un solo disco timando a sus colegas? Ni de coña: la obra de los presuntos Cosmic Jokers abarca cinco álbumes, todos montados a partir de la misma sesión de los cuales sólo este y Galactic Supermarket (1974) valen la pena. Así pues, si lo que buscan es un krautrock que sirva para acompañar efusiones tóxicas, tenemos que encaminarles hacia el siniestro Zeit de Tangerine Dream (1972), el muy enfermo Mandalas de Limbus 4 (1970), al desbordante Tarot de Walter Wegmüller (1973), al Psychonaut de Brainticket (1971) y, en general, a las criaturas más deformes  generadas por el rock alemán, que fueron muchas. Si, durante el trance, se les aparece el Gran Cthulhu, dirijan sus reclamaciones al maestro armero.   

Para terminar: Europa sigue estando ahí

A estas alturas, ya habrá quedado que el krautrock fue la pera y la repanocha. Y, por raro que parezca, su huella se dejó notar desde bien temprano: vía Bowie, vía Kraftwerk o vía la escucha directa de sus álbumes, una buena cantidad de grupos tomaron nota de sus lecciones. Ahí están Public Image Ltd. (uno de cuyos miembros, Jah Wobble, grabó un álbum junto a dos miembros de Can en 1982), las primeras andanzas de The Human League, el primer EP de Sonic Youth o, por remitirnos a España, Derribos Arias. Por mucho que, a comienzos de los noventa, algunos críticos de aquí afirmasen haberlo descubierto en una iluminación celestial tras escuchar un disco de Labradford (que ya hay que tener valor), un oyente que quiera profundizar en el linaje kraut tiene centenares de discos en los que fijarse, lanzados a lo largo de cuatro décadas. Alguno de aquellos críticos, por cierto, ha acabado yendo de consorte con Ismael Serrano…

Pero, claro, con Soulseek y paciencia, uno puede hacerse con buena parte de este maremágnum en un añito, o así. ¿Cómo paliar el mono? Pues muy sencillo: explorando el lado más freak del rock europeo, que proliferó a lo largo de los setenta y que generó bandas fabulosas en todo el continente. Por citar sólo unos ejemplos, podemos mencionar a Magma (Francia), Samla Mammas Manna (Finlandia), Univers Zero (Bélgica), Telectu (Portugal), al desbordante caudal italiano -con Franco Battiato como primer espada- o, en España, a La Romántica Banda Local, maravilloso colectivo de tarados madrileños cuyo actual olvido no debería resultar menos que vergonzoso. Tras exponerse a todas estas aberraciones, uno puede acabar pensando que lo de Alemania fue un síntoma más de un síndrome que sacudió al mundo entero, sólo que con mejor publicidad y la suerte de haber caído bien entre la gente adecuada y en el momento adecuado. A los teutones, ya se sabe, eso de la eficiencia se les da mejor…

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