La eclosión del giallo (1970-1977): Entre la brutalidad y el manierismo

La llegada de la década de los setenta, precedida por el éxito y la influencia de una cinta como El pájaro de las plumas de cristal y un autor como Dario Argento, dio como resultado la explosión del giallo y la invasión de las carteleras con un sinfín de títulos que comenzaron a llevar un paso más allá los hallazgos formales de las obras precedentes, fusionando más si cabe la unión entre Eros y Thanatos.

Mario Bava arranca 1970 con dos títulos enmarcados en el género: Cinco muñecas para la luna de agosto y Un hacha para la luna de miel. En la primera de ellas, Bava recrea, con alma de exploitation, el espíritu de La aventura (1960) de Michelangelo Antonioni. Los protagonistas de la obra vuelven a ser, como es habitual en estos primeros giallos, individuos de la aristocracia o de la alta burguesía. Pero en esta ocasión, la mirada de Bava es más perversa, donde se entremezcla y confunde la atracción hacia un estilo de vida banal y superficial con el rechazo al mismo.




Bava aporta una mirada misántropa a un universo de seres vacíos, representados en un escenario aséptico que contrasta con la organicidad de la muerte, trasladando el relato gótico al espíritu de la modernidad. Formalmente la película destaca por la ritualización y sacralización de los asesinatos, reforzado por la mirada fría de los testigos y por el uso de una paleta cromática que va inundando el metraje a medida que este avanza y que junto a la arquitectura geométrica de los escenarios acaba aportando un elemento irreal al relato.

En Un hacha para la luna de miel, Bava introduce varios elementos novedosos al género. En primer lugar, revela la identidad del asesino al principio de la trama, rompiendo la estructura clásica de los acontecimientos. Esto le sirve a Bava para que la mirada del asesino se convierta en el narrador de los acontecimientos de la historia. Su mente fracturada le permite al director introducir al giallo en el terreno de lo poético, no solo con la aparición de la figura infantil de la que proviene el asesino, sino también con la representación espectral de los maniquíes como elemento perturbador en el género -metáfora de los bellos e inertes cadáveres femeninos asociados al giallo-, los flashbacks formalmente distorsionados, etc… llevando a la película más al terreno de lo fantástico y lo onírico e influyendo -junto a El pájaro de las plumas de cristal (1969) de Dario Argento– en el estilo de las cintas que vendrán después, donde del relato gótico se pasó al thriller contemporáneo y ahora ese thriller está inundado de los elementos del relato gótico tradicional, pero con ecos y formas de la modernidad.

Todos los colores del giallo

1971, junto al año 1972, se convierte en el año de la explosión del género, con una cantidad de títulos que oscila entre los ocho y los diez anuales. El éxito de público y la economía de medios con los que se realizaban estas películas es una consecuencia clave de la proliferación de los mismos, en un acontecimiento parecido a lo ocurrido en España con el cine del destape. De la cosecha de 1971 habría que destacar dos títulos fundamentales dentro de la riada de películas estrenadas: La perversa señora Ward de Sergio Martino y Bahía de sangre de Mario Bava. No porque sean cintas sin mácula, sino porque ambas llevaron un paso más allá dos de los componentes fundamentales de la fórmula giallo: el sexo y la violencia.

La perversa señora Ward se decantó por la representación de una sexualidad con una mayor carga erótica: la sexualidad femenina -por supuesto desde una perspectiva algo misógina y machista-, las fantasías eróticas que entroncan de nuevo con el onirismo adscrito al género y sobre todo una poética de la violencia donde el sexo y la muerte crean un círculo simbiótico. Aunque en honor a la verdad, Martino está más capacitado para representar las escenas eróticas que las relacionadas con el suspense o el horror. El resultado es una cinta que intenta aunar todos los elementos anteriormente mencionados, pero sin conseguir un todo compacto, aunque sus secuencias de ensoñación y fantasías son una muestra interesante de las mutaciones del género.

Bahía de sangre es un cambio en el estilo de Mario Bava y un precursor del futuro cine slasher norteamericano, sobre todo la saga Viernes 13 (1980-2009) y su Crystal Lake, el campamento escenario y lugar de origen de los mitos de la saga. Todos los elementos del futuro slasher se encuentran en el primer acto de este trabajo: jóvenes promiscuos, sexualidad latente y gráfica, espíritu lúdico y confrontación entre dos generaciones, donde la última de ellas pagará los pecados de sus padres.

Bava confronta un entorno plácido y poético en su arranque con la crudeza de la muerte brusca, inmediata y gráfica, donde la estilización de Dario Argento, evolución del estilo de Bava, da paso a unas formas que se alejan del ambiente onírico y se acercan más a la crudeza, organicidad y suciedad de La matanza de Texas (1974) de Tobe Hooper, título estrenado dos años más tarde en Norteamérica. Pero el conjunto y la valoración global del filme, debido a la división de las dos partes de la cinta, hace que tras los asesinatos de los adolescentes -la primera y más interesante mitad de la cinta- pierda su poderío visual, formal y narrativo para convertirse en una intriga policial y criminal, con toques de gore, mucho más convencional y vulgar que su atractiva primera mitad.

Continuando dentro de 1971, nos encontramos con otros tres trabajos interesantes, que aunque ninguno de ellos es memorable, si que contienen elementos tanto formales como conceptuales destacables. Dichos títulos serían Una lagartija de piel de mujer de Lucio Fulci, La muerte camina con tacón alto de Luciano Ercoli y La cola del escorpión de Sergio Martino. Una lagartija con piel de mujer destaca por la introducción del mundo de los sueños, elemento estilístico del giallo, en la propia trama a través de elementos freudianos, sirviéndole a Fulci para entregar imágenes estéticamente poderososas, tan excesivas y manieristas como interesantes al introducir el subtexto del deseo reprimido a partir de ellas. A su vez Fulci, al igual que Bava en Bahía de sangre, aumenta las dosis de violencia gráfica y crueldad, en un trabajo que es más un giallo en las formas que en el fondo.

El interés de La muerte camina con tacón alto -segunda parte de la trilogía gialli de Luciano Ercoli tras Días de angustia (1970)- es el intento de Ercoli por realizar una cinta formalmente más sofisticada en apariencia -llamativo el uso del scope para realzar la propuesta- pero que en su resultado se acerca más al erotismo chic del cine de Just Jaeckin que al arrojo visual de Dario Argento o el mejor Mario Bava. El resultado es un trabajo que es loable por su intención de salirse del corsé del género, pero que no funciona ni como thriller erótico -demasiado relamido y pacato en su representación de la sexualidad- ni menos aún como relato de horror macabro, quedándose a las puertas y preconizando el cine de Paul Verhoeven, pero sin el cinismo y la divertida crueldad del director holandés.

Para terminar el año 1971, destacar el segundo trabajo de Sergio Martino, La cola del escorpión, un título inferior a La perversa señora Ward, donde Martino continúa indagando en la psique de las figuras femeninas y la insatisfacción que les provoca su vida matrimonial y sexual -de nuevo desde una perspectiva misógina- en un trabajo con ecos noir y donde el componente explícito de La perversa señora Ward da paso a una representación pacata de la violencia y el sexo.

Dentro de la prolija cantidad de giallos estrenados en el año 1972, habría que destacar dos trabajos sobre el conjunto de títulos de un género absolutamente consagrado en la cinematografía italiana: Todos los colores de la oscuridad de Sergio Martino y Cuatro moscas sobre terciopelo azul de Dario Argento. La primera de ellas, nueva incursión de Sergio Martino en el giallo, introduce un nuevo componente a la ecuación, el satanismo, asociado al tema fundamental de la filmografía de Martino, el deseo sexual femenino. Pero el satanismo a través de la mirada del director es un satanismo kitsch, heredero lejano de trabajos como La semilla del diablo (1968) o Repulsión (1965) de Roman Polanski, rompiendo el tono de la cinta en el momento en que este irrumpe.

Antes de ello, Martino entrega quizás los momentos más logrados de su obra, desde un surreal arranque, donde lo macabro y lo grotesco, lo feo y lo bello se interrelacionan, provocando una pesadilla febril, atmosférica y sinuosa. La belleza se encuentra en el cuerpo femenino mancillado y hay una sexualidad pegajosa, sensual y peligrosa a través de una banda sonora etérea y la utilización de unos travellings circulares. Todo ello junto a unos contrapicados forzados y expresionistas aportan una sensación de vértigo, entregando al espectador un fascinante mundo onírico que sumado al uso de puntos de fuga infinitos que provocan una sensación de los espacios psicodélica y una paleta cromática que va virando hacia los colores primarios, adentra al género en una etapa hiper-manierista y formalista, donde lo irracional y las sensaciones son el motivo final de estos trabajos y de la experiencia del espectador.

Cuatro moscas sobre terciopelo azul, tercer trabajo de Dario Argento y capítulo final de su trilogía animal es prueba evidente de la evolución de la bella y excesiva estilización del director, comenzando a experimentar con el minimalismo de los escenarios. El negro y la oscuridad ahogan y definen los mismos, sirviéndole para comenzar a jugar y a probar con artificiosas pero efectivas decisiones formales, como el contraste entre la parsimonia del plano subjetivo del asesino frente a la intensidad emocional del punto de vista de la víctima, el fuera de campo en la representación de los crímenes o la dilatación de las escenas de suspense. Aporta además al género una reducción del componente sexual de la obra, introduciendo a cambio el elemento sobrenatural de manera imprevista y a golpe de montaje o la inclusión de elementos como el negativo y la fotografía, que sirven de metáfora y ruptura de la cuarta pared, convirtiendo la huella fílmica de André Bazin en elemento del mal y recordatorio de aquello que quiere ser enterrado y se niega a desaparecer.

Entre el resto de estrenos del año 1972 podría hablarse de El ojo del laberinto de Mario Caiano, un thriller surreal con algunos elementos giallo, tales como su crimen inicial o un final sorpresa que reescribe lo anteriormente visionado o los sueños de nuevo como elemento premonitorio, aunque finalmente se acerque más a un trabajo de Alain Robbet-Grillet. También son interesantes aspectos puntuales de trabajos como ¿Quién la ha visto morir? de Aldo Lado, que introduce el asesinato infantil y la sombra de la pedofilia en el género, Trópico de cáncer de Giampaolo Lomi y Edoardo Mulargia que hibrida el giallo con las relaciones interraciales, representadas a través de un erotismo soft, pegajoso y brumoso. Pero entre estos trabajos menores destacan La dama roja mata siete veces de Emilio Miraglia, fusión entre el giallo y el relato gótico de influjo hammeriano o Siete orquídeas manchadas de rojo de Umberto Lenzi, heredera de Seis mujeres para un asesino de Mario Bava, menos elegante que éste, pero con un interesante trabajo de ambientación, donde lo orgánico y lo pútrido, de texturas descompuestas, le dan un toque más trash, si eso es posible, al género.

Excesos gráficos y formales: de la violencia carnal al rojo oscuro

1973 fue el año de Torso: Violencia carnal del prolífico Sergio Martino. Nos encontramos quizá con la obra más lograda del director, junto a La perversa señora Ward. Al igual que Bahía de sangre, se convierte en precursora del slasher, donde los protagonistas son un grupo de jóvenes cercanos al movimiento hippie con las hormonas desatadas, alejándose de los ambientes burgueses y aristocráticamente conservadores de trabajos anteriores. Esas hormonas desatadas y una mirada hipócrita y conservadora de Martino hace que la cámara se recree en el bello cuerpo desnudo de las figuras femeninas, cuerpos asociados indisolublemente, tanto en el giallo como en el posterior slasher, al sexo y a la muerte, ambos aspectos representados un paso más allá en ambos trabajos y donde el primero es causa del segundo.

Más allá de la visión perversa de Martino -de la que hace partícipe al espectador, voyeur a la distancia, representado en la mirada subjetiva del asesino- el director hace uso de efectivos mecanismos del suspense en su puesta en escena de los crímenes, sobre todo a través de la atmósfera y la dilatación de los acontecimientos -en especial en su primer y tercer acto, ya que el segundo acto hace que el ritmo de la cinta desfallezca relativamente-. Se convierte además en precursora directa, tanto en forma como en fondo, de títulos tan dispares como Posesión infernal (1981) de Sam Raimi o Los cronocrímenes (2007) de Nacho Vigalondo, donde el protagonista de esta última, recuerda en su apariencia física, al asesino de este título.

Aunque 1974 tuvo títulos como El asesino ha reservado nueve butacas de Giusseppe Bennati, donde el BDSM con elementos de terror se emparenta con un misterio criminal al estilo de los 10 negritos de Agatha Christie, o Atormentada de Duccio Tessari, giallo más por las decisiones formales -bebiendo de nuevo de Repulsión de Polanski- que por su narración, el gran título de este año es Rojo oscuro de Dario Argento. Un trabajo que será de nuevo un paso adelante tanto en el género como en la filmografía de Argento y primera colaboración del autor con Goblin, el grupo de rock progresivo italiano que iría asociado al sonido del cine de Argento desde entonces. Si el giallo en sus orígenes era brusco, tosco, de cámara en mano nerviosa, casi heredero bastardo del neorrealismo italiano, Argento tira hacia la otra dirección, al barroquismo, al preciosismo y subjetivismo del punto de vista, a una cámara flotante y fantasmagórica, de largos travellings cenitales subjetivos, donde la mirada del asesino es la mirada de Argento, del dios que sobrevuela la obra y controla todos y cada uno de los detalles y donde el rojo inunda la pantalla.

Un trabajo donde lo elegante y lo vulgar, lo ridículo y lo fascinante, se dan la mano y el crimen en su brutal belleza se convierte en una de las Bellas Artes. Porque las decisiones formales de Argento, en especial la importancia de la paleta cromática y el diseño de producción convertido en el personaje principal de la obra, demuestran a un autor y una obra donde cada elemento, su situación en el plano y la concatenación de los mismos son elegidos para dar como resultado una experiencia plástica que busca el contraste brusco entre la belleza compositiva y la brutalidad de lo mostrado, por encima del argumento o la lógica del mismo.

1977: el año del giallo

1977 daría dos obras cumbres en la historia del género y que introducirían definitivamente el elemento sobrenatural en el mismo, donde la presencia en plano subjetivo del asesino clásico del giallo se convierte aquí en presencia sobrenatural. La primera de ellas es Shock, el retorno de Mario Bava al giallo tras Bahía de sangre en 1971. Un trabajo donde el director colaboró por primera vez con su hijo Lamberto, futuro director de títulos del género, y donde el maestro abraza algunos elementos de su heredero, Dario Argento.

Es una macabra pieza que aparenta ser mucho más que lo que sugieren sus crudos primeros compases, pero que va adentrando al espectador en una progresiva atmósfera malsana, donde las relaciones incestuosas, la necrofilia y lo paranormal -con ecos de nuevo de Repulsión de Polanski, pero también de títulos recientes del nuevo cine de terror americano como El exorcista (1973) de William Friedkin o La profecía (1976) de Richard Donner trasladan el relato gótico al mundo contemporáneo para desembocar en un escalofriante y catártico final que aúna sueño y realidad de manera magistral. El resultado es un trabajo inundado de erotismo malsano y subrepticio, desde las transparencias del camisón de Dora bajando las escaleras del sótano a sus pesadillas húmedas y febriles, donde la mano pútrida de su marido muerto acaricia el cuerpo de su esposa, excitado por el roce del hombre muerto.

El otro gran título del año 1977 es, como no, Suspiria de Dario Argento. Pero su importancia, su legado y su condición de obra cumbre del género, hace que la tercera parte de este especial sobre el cine giallo tenga su nombre.

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