La importancia de las formas: por qué fallamos al escribir personajes gordos en televisión

Las críticas sobre la nueva serie de Netflix, Insaciable, la señalan como una ficción irresponsable, gordofóbica y deshumanizante que, sin embargo no es una excepción. La representación de las personas gordas en televisión -especialmente de las mujeres- es una sucesión de tópicos, personajes planos y fantasías sobre una "delgada interior" deseando salir. ¿Por qué son dañinos estos personajes? ¿Cuál es el problema con el traje de gorda? Toca hablar sobre las formas y la manera de contar mejores historias.

Hambre es una colección de ensayos en los que Roxane Gay disecciona su cuerpo a través de su vida y de las decisiones que lo han formado. Gay no es solo obesa, es súper obesa mórbida, y con su más de 1.90 de estatura y sus 260 kilos de peso, reconoce que el mundo no está hecho para ella. Con la sinceridad y la pasión que la caracteriza, Gay mezcla vergüenza, orgullo y rabia en el cuento de una niña delgaducha que, bocado a bocado, construyó una fortaleza a su alrededor. Y cómo la sociedad la castigaba por ello.




Lo que diferencia a Hambre de cualquier otro relato sobre cómo vivir en un cuerpo que no es normativo, es que aquí no hay antes y después. No hay una pérdida de peso dramática. En cambio, encontramos a una protagonista que no solo es consciente de su peso sino también de su valor. Constantemente analizándose a sí misma frente a la sociedad (y viceversa), Gay ejemplifica las muchas dificultades que enfrentan las personas con sobrepeso dejando claro que debajo de los kilos hay un ser humano con conciencia, sentimientos y muchas otras virtudes y defectos que ofrecer. Durante los primeros capítulos conocemos que Gay ha rechazado someterse a una intervención de grapado de estómago debido a los múltiples problemas físicos y mentales derivados de la misma. Meses después de la publicación, y pese a que el final dejaba entrever una mejor relación con su cuerpo, Gay confesaba avergonzada que lo había hecho. En enero del 2018, tras un encontronazo con un inconsciente que usó su peso para avergonzarla, sus defensas –las mentales, no las de la carne- habían terminado por ceder y sola, sin ser capaz de compartirlo con su familia, se había sometido a la operación.

Roxane Gay

En What Fullness Is, uno de los mejores ensayos de la escritora norteamericana, hay mucho espacio para la estadística. La que dice que una gran proporción de los que se reducen el estómago sufre depresión o la que señala que, pese a adelgazar, no logran sentirse a gusto con su cuerpo. Desnutrición, enfermedades crónicas, avitaminosis, y una alarmante tasa de suicidio acompaña a los “antiguos gordos” que ahora, sin haber aprendido a desarrollar una relación saludable con la comida, se quedan sin alivio ni consuelo, con un tubo por estómago y mucho, mucho dolor. Los médicos, cuenta Gay, prefieren un paciente realmente enfermo a uno gordo, al que no se molestan en examinar pudiendo culpar a sus kilos de cualquier síntoma o enfermedad. Es una de las consecuencias de la deshumanización.

La enorme influencia que el cine, la televisión y la literatura tienen en la sociedad resulta incalculable. Cuando las historias se empapan en conocimiento, empatía e interés por hacer las cosas bien, el resultado amplía los horizontes del consumidor. Le educa, le enseña y lo hace mejor. Pero no siempre es así. A lo largo de muchos años, la ficción, los realities y la publicidad, ignorando cualquier indicación de lo equivocados que estaban, se han esforzado en hacernos creer que cambiar nuestro cuerpo nos hará felices. Que todos nuestros males están relacionados con lo que nos sobra, y que una vida perfecta está tan solo a unas dietas de distancia. Una mentira muy extendida que afecta a hombres y mujeres, a anónimos y famosos, en cualquier intervalo de edad.

El aumento de la obesidad como mal endémico en occidente (y ligeramente manipulado), así como el vivir volcados en un mundo de imágenes, si no retocadas, sí irreales, ha aumentado el ya enorme interés que la sociedad tiene por los cuerpos, y la cultura pop ha respondido con un pequeñísimo aumento de personajes no-normativos que, no por casualidad, son siempre mujeres. La forma en que la ficción ha aceptado que quizás la presión por el físico es fundamentalmente asimétrica pasa por introducir poco a poco mujeres grandes en pantalla. ¿El problema? Sus historias casi siempre hablan de lo mismo: dietas, complejos, tristeza, milagrosos cambios de imagen… en muchas ocasiones, la presión va a más.

Con el estreno de Insaciable, Netflix demuestra que, tal y como pasa con los personajes trans y racializados, hay toda una escuela de escritores que parecen no querer perder la ola de la diversidad, pero, a la vez, no parecen estar dispuestos a documentarse para ver de qué quieren hablar. La historia de los personajes gordos en televisión resulta una mezcla de gordofobia, tópicos, excusas y misoginia que, con Insaciable, ha firmado otro nuevo y vergonzoso capítulo.

Insaciable: la deshumanización va más allá de un disfraz

La defensa de Insaciable ha ido en dos direcciones: la de los creadores; que mantienen que es una sátira y que, por tanto, no debe ser analizada de forma literal; y la de la legión de opinadores que aseguran que a los demás nos gusta ofendernos y, en consecuencia, se puede ignorar nuestra opinión. Ninguna de estas corrientes, como es habitual, se atreve a llegar al centro de las quejas, a analizar qué se dice y con qué intención para comprobar si hay algún problema. Detrás de las críticas a Insaciable lo único que hay -lejos de un odio a la cadena, a la actriz principal o a cualquier otra cosa que se haya comentado- es la necesidad de una correcta representación. El deseo de ver una historia que se parezca a la nuestra y que, con el poder que la ficción tiene en otros, consiga darnos el estatus de persona que todos deberíamos tener. Exigimos mejores historias. Nada más.

Insaciable, que se supone que iba a ser la fantasía de venganza de una chica gorda contra sus compañeros tras conseguir adelgazar, es en realidad la historia de un abogado y entrenador de misses que, tras ser acusado en falso de abusos sexuales a una menor (esto debe resultarnos gracioso), encuentra en una chica que acaba de perder mucho peso la esperanza para poder darle un giro a su vida. Esa adolescente es Patty, una joven que, tras ser insultada e ignorada durante años por sus compañeros, y después de romperse la mandíbula en una pelea, consigue adelgazar gracias a una dieta formada exclusivamente por líquidos. Interpretando a Patty, Debby Ryan, una antigua chica Disney que durante el primer capítulo de la serie y los sucesivos flashbacks, usa un “traje de gorda” para meterse en el papel. Una barriga, una papada y prótesis en los muslos, que los creadores acompañan de una melena sin peinar, ropa ridícula y maquillaje mínimo para reforzar lo poco interesante y atractiva que resulta una persona con kilos de más.

Cuando Patty pierde peso, de manera mágica y automática, se transforma en otra persona; una chica con carácter, que sabe lo que quiere, que no duda en seducir con grandes extensiones de pestañas y cuyos labios, deformados por el botox (las actrices delgadas también tienen complejos), siempre van en el tono rojo perfecto. Patti no tiene inseguridades, puede comer en público y, salvo en dos escenas, no tiene miedo a mostrar su cuerpo (ya que Ryan, actriz delgada, no parece tener estrías ni ningún tipo de «defecto» asociado a los cuerpos indisciplinados). Es una nueva persona. Volver a comer sólidos no le devuelve su físico anterior. Patti es una fantasía. La que dice que es posible cambiar, que el cambio será permanente y no conllevará esfuerzos ni dejará ninguna marca en nuestro cuerpo y personalidad. Ya lo habíamos visto antes. En la serie (también dirigida a un público adolescente) Pretty Little Liars (2010), Hanna Marin es la chica más popular del instituto, un icono de estilo, cuyo oscuro secreto es que solía pesar algo más.

Marin está interpretada por la espectacular Ashley Benson que, al igual que Ryan, tuvo que recurrir a rellenos para interpretar las escenas del pasado del personaje. La decisión, señalada y criticada en su momento incluso por los fans, no resultaba tan terrible al no ser el punto central ni de partida de la ficción. Insaciable, sin embargo, hace de eso su pilar, impulsándose por dos peligrosas ideas que muchas adolescentes pueden tragarse sin siquiera pensar: la de que dentro de cada gorda hay una “mujer de verdad” esperando salir y la de que adelgazar te dará el poder, la felicidad y el respeto que siempre has necesitado.

La otra excusa, la de que Insaciable es una comedia negra, tampoco se sostiene. En una serie cómica el humor viene de la anticipación creada por conocer a los personajes y por saber cómo van a actuar. En Brooklyn Nine-Nine (2013)donde el personaje de Terry también usa un algo-menos-ofensivo traje de gordo, por cierto. Es algo muy extendido-, por poner un ejemplo, sabemos que la dura, independiente y seca Rosa Díaz (Stephanie Beatriz) siempre va a intentar esconder sus sentimientos, por lo que enfrentarla a una situación emocional disparará los gags y propiciará el tono perfecto para hacer chistes. Esto no pasa en Insaciable. La personalidad de Patti no está definida y, según el capítulo, puede ser impulsiva, tranquila, rencorosa, inocente, manipuladora, inteligente o ignorante. Los demás personajes no salen mejor parados, por lo que la única constante son los chistes sobre la “despistada” orientación sexual de su mejor amiga.

Tampoco funciona como sátira porque Insaciable no tiene nada que satirizar. Los chistes sobre gordos, los abusos sexuales o las orientaciones sexuales no son “políticamente incorrectos”, son lo habitual, y se encuentran tan extendidos en los patios de colegio como en cualquier calle de cualquier ciudad. Insaciable solo sería una comedia negra, solo funcionaria como sátira, si revirtiera los roles. Si una Patti gorda tuviera el mismo poder que su versión estilizada y lo usara tanto para reírse de ella como para atacar a los demás. Si la serie no tratara de una chica mona que quiere ser miss sino de una adolescente con sobrepeso que, debido a su popularidad, incitara a sus compañeros a comer de forma compulsiva. Una oda a la obesidad. Eso sí que es algo escandaloso que no se puede decir. Y ya existe (casi). En Dietland (2018) y otras series que nos ayudan a conservar la esperanza.

Ejemplos para aprender (y conservar la esperanza)

Es común leer, cuando se habla de aumentar el número de personajes pertenecientes a minorías o a colectivos infrarrepresentados, que incluirlos por incluirlos es “forzar” y que solo deben aparecer cuando hay un motivo narrativo para ello. Para estas personas, las que no consideran que los jóvenes gordos, gays, trans, migrantes o racializados pueden, simplemente, existir y tener vivencias dignas de ser contadas, el único motivo para incluir a una persona gorda como protagonista en una ficción es que esta trate de sus complejos, de su pérdida de peso o que esta característica sea el blanco de varios de los chistes. Reducir a estos personajes a una sola característica -en este caso su peso-, como si no tuvieran más que aportar, es uno de los motivos que lleva a la deshumanización. Por eso, simplemente por salirse de la norma, series como El patito feo que surcó los cielos (2018), My Mad Fat Diary (2013) o la mencionada Dietland resultan tan reconfortantes. Historias con distintos tonos, de diferentes géneros y con unas protagonistas con mucho que decir, que resultan un ejemplo positivo para todos.

El patito feo que surcó los cielos es una serie japonesa que puede verse a través de Netflix. Se trata de la adaptación a imagen real de un manga de ciencia-ficción en el que una joven estudiante de instituto llamada Ayume (Kaya Kiyohara) intercambia a la fuerza su cuerpo con una compañera de clase, Umime (Miu Tomita), a la que todos ignoran y ridiculizan por su peso. Aunque el punto de partida puede resultar cliché, El patito feo que surcó los cielos lo utiliza para hablar de una forma totalmente novedosa de un tema que suele dejarse sin tratar: el privilegio de los cuerpos normativos.

Aunque el inicio de la serie sea todo un tópico, aquí funciona como una metáfora de la obesidad estableciendo que, en un mundo tan obsesionado por cómo lucimos, es posible que nuestro exterior no refleje quiénes somos en realidad. Por tanto, estar gordo puede percibirse igual que estar en un cuerpo que no nos corresponde. En El patito, los personajes no son lo que podríamos esperar. Ayume, la chica popular, es dulce y comprensiva, siempre tratando de ayudar a los más desfavorecidos. Umime, por otra parte, es una joven envidiosa y triste, recelosa, a la que, sin embargo, se le da el suficiente trasfondo para que lleguemos a entender por qué ha resultado ser así. La sorpresa de la serie es que, pese a lo que Umime (o nosotros) pudiéramos pensar, ser tan delgada y guapa como Ayume no le ayuda en nada a ser feliz. No le da lo que quiere. En el otro lado, Ayume, que sigue siendo ella en el interior, no tiene dificultades en ir abriéndose y haciendo amigos en su nuevo cuerpo.

El patito feo que surcó los cielos brilla cuando Ayume, en el cuerpo gordo, no siente que tiene que corresponder a un amigo que la quiere “en cualquier físico” solo porque ahora podría resultar menos atractiva a su antiguo novio. Umime, por otra parte, cambia a golpe de amor y comprensión. De amistad y apoyo, en vez de con ayuda de una dieta. Porque lo que necesitaba era una segunda oportunidad, no un cuerpo normativo.

Sin embargo, El patito es un drama casi desconocido al lado de Dietland, la serie de AMC que en España podemos disfrutar a través de Amazon Prime. Pese a que, inexplicablemente (¿quizás porque la protagonista es gorda y la serie cuenta con mayoría femenina?), ha sido definida como una comedia, la historia de Plum (Joy Nash) es una especie de distopía, una versión feminista (y menos fascista) de El club de la lucha, que, como fantasía de poder auténtica que es, no nos incita a sentirnos mal con nosotras mismas sino que nos anima a eliminar esas molestias. A lo largo de la primera temporada, Plum pasa de ser una mujer a la espera (de recibir una operación de reducción de estómago, de convertirse en Alicia, su delgada interior, de obtener un mejor trabajo, de recibir reconocimiento) a una mujer activa, sin que su peso cambie por el camino. Y lo único que necesitan los guionistas es aplicar un cambio de foco. En vez de presentar a Plum como un personaje unidimensional cuya única característica es ser grande, la dibujan como una mujer inteligente, con talento, con carisma, con simpatía y con apoyos. Un retrato ante el que el espectador debe rendirse y asumir que si una mujer así no triunfa y no es feliz debe ser, obligatoriamente, culpa de la sociedad.

Pero, sin duda, la representación más realista de lo que supone tener un cuerpo no normativo y todo un ejemplo de cómo debe plantearse la inclusión de diversidad en televisión es My Mad Fat Diary. La serie inglesa, en antena entre 2012 y 2015, cuenta el día a día de Rae (Sharon Rooney), una adolescente que, como todas, deberá lidiar con sus estudios, su familia, su grupo de amigos y varias relaciones amorosas. Se trata de una comedia negra (esta vez de verdad) que, quizás por estar basada en un libro autobiográfico del mismo nombre, resulta a la vez entrañable, cercana y muy dulce. My Mad Fat Diary no tiene miedo de conectar enfermedades mentales, como la ansiedad, a una mala relación con la comida. Así como exponer de manera directa, pero sin recurrir a tópicos, algunas de las escenas más complicadas para las personas con sobrepeso, como comer en público o pasarlo bien con los amigos cuando somos muy conscientes de nuestro aspecto.

Para escribir a un personaje gordo, si nunca hemos sufrido sobrepeso, lo mejor es construir desde el entendimiento, desde las experiencias que nos hace iguales. Porque sea por nuestro peso, nuestra nariz, pelo, estilo, forma de hablar, inteligencia o cualquier otro tipo de complejo, todos nos hemos sentido autoconscientes alguna vez. Pero, aunque algunos (o nosotros mismos) solo sean capaces de percibir un punto dentro de nuestra pluralidad, siempre hay personas capaces de ver el conjunto y toda su profundidad. Los personajes deben ser complejos, las premisas pueden (y deben) alejarse de lo habitual. Por el bien de la representación, por el valor de las buenas historias.

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