La Kingpedia #3: ‘El resplandor’

Sigue adelante, inexorable como una macabra danza de la muerte medieval, nuestro repaso cronológico y sistemático por todos los libros de Stephen King. Y tras el explosivo debut de Carrie y la confirmación como maestro absoluto del horror con Salem's Lot, llega otro clásico, más popular quizás por su adaptación cinematográfica que por el propio libro. ¿Preparados para adentraros en lo más oscuro del Hote Overlook?

Esta vez nuestros tres kingófilos son Yago García, Mariano Hortal y John Tones. Se han metido debajo de la mantita con una linterna y una bolsa de ganchitos, han leído El resplandor y han reflexionado sobre el desventurado Jack Torrance y la cabin fever más famosa de todos los tiempos.

JOHN TONES (JT): Para empezar afrontemos lo inevitable: uno de los ejercicios más complicados y a la vez necesarios a la hora de hablar de El resplandor (1977) es olvidarse de la adaptacion de Stanley Kubrick de 1980, tan criticada por el propio King por motivos que iremos comentando. Y olvidándose de ella nos encontramos con la primera sorpresa para todo aquel que asocie indefectiblemente el rostro de Jack Torrance al físico de Jack Nicholson, y es que El resplandor no es la historia de una casa encantada que vuelve loco a un desprevenido conserje, sino la de alguien que ha llevado el Mal en su interior -marcado también por una infancia turbia y llena de maltratos, que comienzan a encontrar eco en su propia relación con su hijo- y se introduce en un sitio que tiene un historial de auténtico agujero negro moral, y que saca a relucir lo peor de sí mismo. Y uno de los muchos diablos que Jack lleva dentro vive dentro de una botella, claro.

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YAGO GARCÍA (YG): Con respecto a lo que comenta Tones, quisiera recordar que el propio King considera El resplandor como el momento en el que dejó de tantear y comenzó a plantearse una carrera literaria ‘seria’. Vamos, que cayó en la tentación de la Gran Novela Americana, cosa que me escama mucho porque si Carrie, Salem’s Lot y las obras primerizas que publicó después como Richard Bachman no eran serias, entonces nada lo es. Seguramente debido a esto, en este libro se hayan presentes mi faceta favorita y mi faceta menos favorita del autor. La cara buena es la de ese señor que posa como un plácido palurdo de Maine, pero que se lo ha leído todo, lo ha entendido casi todo y, gracias a ello, controla los recursos del narrador con una soltura que le saca los colores, no ya a la totalidad de profesionales del best seller, sino a muchos novelistas mainstream. Por la parte fea, aquí nace ese King grafómano que no sabe cuándo parar de darle a la tecla y moverse a la siguiente sección, o al siguiente capítulo.

Es irónico, pues, que este fuera el libro más autobiográfico de King a fecha de su publicación: él es el primero en admitir lo de Jack Torrance,c’est moi. Y yo postulo lo siguiente: el personaje es una mezcla del King juvenil, inseguro y sin una gorda en la cuenta corriente, y del King que, a punto de consagrarse como rey de las librerías, se ve a sí mismo con sus muchas adicciones a cuestas, zozobrando en su papel de esposo y padre (ay, Tabitha, cuánto le habrás aguantado…) y que, para colmo, está encerrado a solas con sus tormentos íntimos y con su ego en el hotel Overlook. Un lugar que, para quien escribe, no es eso tan socorrido de «una metáfora de EE UU», sino una condensación del lado más negro del país en tanto que organización socioeconómica: el lugar donde una mayoría de currantes lo pasa de puta pena para que una minoría de depravados ricos lo pase de puta madre. ¿He dicho ya que uno de mis aspectos favoritos de King es su forma de mantener la perspectiva de clase -de clase obrera, además, asumida y orgullosa- cuando plantea sus terrores? Pues eso, en los mejores momentos de El resplandor, se nota esplendorosamente.

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MARIANO HORTAL (MH): Muy de acuerdo con tu apreciación, Yago: mi King favorito es el trabajador humilde que busca hacernos sufrir visibilizando sus propios miedos. De ahí que esta novela se convierta en su aproximación más autobiográfica y, al mismo tiempo, un intento de hacer algo distinto de una manera consciente; comentaba el autor a George Beahm, en el curioso libro de 1999 Stephen King Country: The illustrated Guide to the Sites and sights that inspired the modern master of horror, la necesidad de salirse de las ciudades pequeñas de su Maine nativo de sus dos primeras novelas para desplazarse a un escenario diferente; parece mentira que Boulder (Colorado) y el Hotel Stanley en particular (que se utilizó en la miniserie de 1997) fueran el resultado de abrir al azar un atlas en busca del posible nuevo escenario para sus terroríficas aventuras. En el mismo libro se narra la experiencia según la cual el matrimonio King viajó a dicho hotel a final de temporada y vivieron en primera persona el embrujo que les transmitió la localización: eran los únicos invitados, cenaron en un inmenso salón sin ninguna compañía, entraron en la habitación 217 (que se suponía que estaba encantada), incluso King recorrió solitariamente sus largos y vacíos pasillos y finalizó la noche tomando copas en la barra del bar servidas por un camarero que se llamaba Grady. Qué mejor forma de estimular su ya fértil imaginación. Esta inmersión geográfica, unida a su reciente lectura de un relato de Ray Bradbury (The veldt, 1950), donde se trataba el tema de los sueños que se hacen realidad, son piezas de un puzle que le ayudaría a conformar la nueva historia.

Lo autobiográfico, además, según comenta en The Stephen King Companion estaba más que presente en la elección de uno de los temas que le obsesionaban en esa época: el maltrato infantil. King utiliza la literatura en aquellos años para transmitirnos sus mayores miedos, era padre de dos hijos y le aterrorizaban (no puedo estar más de acuerdo con él desde mi rol de padre) esos momentos en los que llegas al límite de tu enfado y serías capaz de parar a tus hijos por medios poco pacíficos. El protagonista Jack Torrance se convierte en la personificación de estas dudas. Nuevamente lo cotidiano es parte de nuestro mayor temor. Es una técnica que irá utilizando en novelas sucesivas, como bien sabemos, pero da la impresión de que es con este libro cuando empieza a utilizarla ex profeso.

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JT: Sentados los precedentes e influencias vitales artísticas que King metió en el caldero, me temo que tengo que coger el toro por los cuernos: pese a sus indiscutibles valores, El resplandor me parece un libro mucho menos equilibrado que Salem’s Lot, donde se dosificaba al monstruo, así como la información sobre los personajes, de forma magistral y con mucha inteligencia. Y del mismo modo, es menos impactante que Carrie, que renunciaba a contar los hechos de forma lineal en busca de un impacto que yo vi casi heredero del pulp… Yo diría que de esta etapa inicial de King es uno de los libros menos conseguidos del autor.

Su principal problema, creo yo, es la incontinencia que señala Yago, y que no siempre es un problema (Apocalipsis o La Torre Oscura están bien como están, épicamente diarreicas), pero aquí creo que esa misma incontinencia relaja la tensión que debería producir el punto de partida de la novela desde su mismo concepto: tres personas absolutamente atrapadas en un espacio aislado. Pero describir el pasado e historial emocional de todos los personajes, incluidos muchos secundarios que van más allá del trío protagonista, hace que la atención vagabundee un poco, me parece a mí. En ese sentido el mal abstracto, inasible (y mucho más urgente en lo narrativo) no solo de la adaptación de Kubrick, sino de los referentes de los cuentos de casas encantadas que maneja el autor, me parecen más efectivos. La cuestión es… ¿no creéis que la novela sería mucho más interesante si el hotel no tuviera una historia tan profusa y específica de hechos maquiavélicos en su pasado y simplemente fuera un gatillo que disparara la locura en el protagonista?

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YG: Pues miren que, para mí, es casi lo contrario: frente a una película tan abstracta, tan despersonalizada (y ojo, que lo digo en el buen sentido) como la de Kubrick, lo que se me hace más cuesta arriba en El resplandor son las cuitas de la familia Torrance. No porque los personajes me parezcan mal trazados, todo lo contrario, sino porque momentos como la disquisición sobre los poderes de Danny resultan contrarios a ese empeño del libro por envolvernos en lo inexplicable. Ahora bien: todo lo que tiene que ver con el hotel y su pasado me parece canela en rama.

Sin ir más lejos, el hecho de que el millonario (asqueroso en tantos aspectos) que financió la reapertura del Overlook sea un trasunto de Howard Hughes gana enteros si sabemos que el susodicho llevaba un año escaso en la tumba cuando salió el libro, y que su aura de leyenda era entonces más grande y más sórdida que nunca. O el ejemplo penoso de movilidad social que nos da el hombre del cuarto de calderas, un descendiente de la familia que construyó el hotel condenado a currar en el lugar más ínfimo de sus tripas. En ese sentido, el lugar donde se desarrolla El resplandor me parece una metáfora muy conseguida del orden social que ha convertido a Jack en un despojo humano.

Es más, ¿no les han quedado ganas de leer ese libro sobre la historia del Overlook que el protagonista aspira a escribir, pero que jamás terminará?

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MH: No puedo negar que lo leería, pero me temo que estoy más de acuerdo con Tones con la sensación no sólo de que es un libro menos equilibrado que su anterior obra, sino que sus referentes (incluyendo la adaptación fílmica) resultan más concretos y, por lo tanto, más centrados en el conflicto que interesa más al lector: el hotel como desencadenante de la locura del protagonista; también es cierto que esa necesidad de hacer algo nuevo arrastró a King hacia este tipo de narración, con digresiones de por medio, que luego llevaría a cabo con mayor fortuna, de ahí que entienda El resplandor como un campo de experimentación imprescindible para crear al futuro King.

Todo esto no es óbice para que el libro tenga verdaderos hallazgos como algunos de los que comenta Yago o, sobre todo, cuestiones relativas a su estilo narrativo y a los recursos utilizados; este tercer libro supone un afianzamiento de su técnica de estilo paralelo (por llamarlo de alguna manera), y que todos los lectores habituales conocemos, basada en la utilización de paréntesis para expresar pensamientos o acciones que se producen al mismo tiempo que la acción principal y que reproducen nuestra forma real de actuar/pensar (cuando decimos algo pero estamos pensando en otra cosa, normalmente más oscura). Lo mismo puede decirse con otro de los recursos que se van a convertir en leitmotiv de King: dar un poder al personaje más débil en apariencia y que se convierta en la llave para solucionar buena parte de la trama.

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JT: Reflexionando acerca de qué problema le veo exactamente al libro llego a la conclusión de que todo se deriva de una leve caída en la intensidad en el estilo con respecto a los anteriores libros del autor: Carrie era muy breve y estaba atado y bien atado; y Salem’s Lot es de una precisión asombrosa en su manejo de los resortes del suspense y el horror. Es posible que la intención de King de contarlo TODO juegue un poco en su contra, y a veces parece que usa cosas como la voz interior de los personajes, tan bien aplicada en libros como La larga marcha, más como una muleta para ayudarse a describir los personajes que como una auténtica decisión de estilo.

Por eso el libro funciona en sus innegables momentos álgidos, en los que King pone en marcha cierta economía de medios narrativos y cuenta las cosas sin dispersarse demasiado y con un innegable talento para la prosa macabra: la incursión de Jack en la habitación 237, tan pesadillesca y atroz que Kubrick la tocó muy poco -salvo que en el libro sí sabemos quién es esa vieja del demonio; una historia de trasfondo, por cierto, Yago, que sí me resulta enormemente atractiva, posiblemente porque cuando la cuentan lo hacen con un aterrador acento en los detalles mundanos y horribles del día a día de una existencia triste y decadente, y que aquí sí, me recordó a lo mejor de Carrie y Salem’s Lot-. O los animales cobrando vida en el jardín, un capítulo que, por contra, no tiene nada de raro que Kubrick prescindiera de él. O el a menudo muy olvidado capítulo -frente a tantas escenas de impacto-, pero muy bien escrito y también calcadísimo en la peli, de la primera aparición del barman y su conversación con Jack, sin entrar en demasiadas explicaciones de por qué sucede algo tan loco y pillando al lector con la guardia baja. El resplandor, creo, funciona mejor cuanto más enigmática es su lógica.

https://www.youtube.com/watch?v=60WR8dB0H-s

YG: Una cosa a la que le he dado mil vueltas conforme releía esta vez El resplandor es cómo Kubrick, un director tan ansioso por llevárselo TODO a su terreno (véase su tratamiento de la novela de Thackeray en Barry Lyndon –1975-, o del Relato soñado –1925- de Schnitzler en Eyes Wide Shut –1999-, por no hablar de sus topetazos con Arthur C. Clarke y con Anthony Burgess a cuenta de 2001 –1968- y La naranja mecánica -1971-) recogió en su película varias escenas escritas por King de forma casi literal. Hablo de las conversaciones con Lloyd el barman, claro, y dejo constancia de que hay truco: la primera vez que Jack llega al bar del hotel, la narración deja claro que está conversando con un personaje imaginario, mientras que la segunda ocasión supone un indicativo de que se le ha ido definitivamente la pinza, porque el camarero ya ‘está ahí’. La cuestión es que, aparte de ponerle al interlocutor el careto de Joe Turkel desde el principio, el barbas lo dejó todo tal y como estaba. Su única intervención significativa, que va intrínseca a su puesto como director de la película, es la gradación de las revelaciones, lo cual da ocasión de que Jack Nicholson le ofrezca a la cámara sus mejores ojos de loco, y que el director nos regale un susto muy fino y muy efectivo: el contraplano tras la carcajada del conserje.

Y, de ahí, el interrogante: está claro que la relación de Kubrick con King no era la que tenía con Vladimir Nabokov, a quien respetaba (entre otras cosas) porque ambos compartían la pasión por el ajedrez. De hecho, según todos los relatos disponibles, el cineasta y el director compartían la mutua aversión que sólo pueden profesarse entre ellos un campero de Maine y un intelectual de la Nueva York profunda. La única respuesta que se me ocurre: que a Kubrick le parecían tan buenas esas escenas, que las consideraba tan cruciales dentro del relato, que se vio incapaz de pasarlas por su trituradora para hacer con ellas lo que les diese la gana. No tenía más cojones que respetarlas, y hacer con ellas lo mejor que supiera (que fue muchísimo).

Respecto a la historia de la habitación prohibida y la señora de la bañera, así como ese otro cuarto del hotel en el que Wendy Torrance descubre a un señor vestido de perro felando el miembro de otro señor (esto último, señalemos, despierta a veces carcajadas en algunos espectadores del filme… pero no entre aquellos que han leído el libro), son dos momentos cuya razón se encuentra también en el libro y que, sospecho, le provocaron a Stanley grandes dolores de cabeza: las dos historias (la de la vieja rica timada por un chapero, la del millonario igualito a Howard Hughes que convierte a su amante en despojo humano) son terroríficas, y llevan a imágenes muy poderosas que no podían desperdiciarse en la película. Pero Kubrick las dejó así, aisladas, en parte por su afán de potenciar lo inexplicable… y también, sospecho, porque aprovechar la buena mano de King en esos momentos hubiese hecho perder la sensación de que su filme era Otra Cosa, que él estaba por encima del escritor y su libro. ¿Qué opinan ustedes?

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MH: No puedo estar más de acuerdo con lo que tan bien has comentado Yago; es evidente que el Sr Kubrick tomó lo mejor del libro de King y lo convirtió en algo propio, algo que estaba alejado de la idea general del escritor y que, además, funcionaba mucho mejor que el libro debido a esta potenciación de lo impredecible/enigmático y bueno, claro, gracias a la poderosa caracterización de Jack Nicholson; intentar explicar este desencuentro siempre suele ser difícil, la relación amor-odio del escritor con esta adaptación le llevó a quejarse de la elección de Nicholson para el papel principal (¡porque la gente podía prever su locura!) o incluso que no se escogiera el Stanley Hotel como localización. Sin embargo, lo que de verdad le molestó (y que ya comentamos al principio) fue el alejamiento de su componente más personal.

Justo en esa época estaba luchando contra su alcoholismo y los problemas derivados de él en su vida familiar y de ahí que escribiera su novela más confesional para afrontarlos, es lógico que se sintiera traicionado por el director, él estaba escribiendo con su alma y todo ello fue omitido deliberadamente poniendo otra base en la que sostenerlo, que no era definitivamente su novela; de ahí que quisiera que se rodará la adaptación televisiva homónima de 1997 con guión propio y utilizando la localización deseada. Lo más cachondo de toda esta situación es que el escritor incluyó la película de Kubrick en su lista de películas de terror que han contribuido a dar valor al género en su ensayo de 1981 Danza macabra; está claro que su obcecación fue más allá de su valoración objetiva del filme, de ahí todas las contradicciones.

Pasados los años, es una suerte poder observar estas circunstancias desde la distancia, lo que nos sirve no solamente para evaluar su extensa obra, sino para también comprender la compleja figura del propio autor con todas sus incoherencias.

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JT: No me gustaría acabar con este repaso a El Resplandor con un mal sabor de boca: parece que desde el principio he estado lanzando dardos al libro, y no es justo. Aunque lo veo un paso atrás con respecto a Salem’s Lot y Carrie, quizás por una desmedida ambición que King aún no ha sabido canalizar correctamente, no es ni de lejos un mal libro (que de esos también los tiene King, faltaría más): su terca explicación de lo que sucede en el Overlook por el tema sobrenatural, en contraposición a la explicación psicologista de Kubrick, hace del libro una propuesta decididamente menos moderna que su contrapartida audiovisual, pero también decididamente más clásica, y eso le da valores indiscutibles cuando decide dinamitar ese clasicismo. Como por ejemplo, un tema que sobrevuela constantemente en todo el libro sobre todos los personajes (incluídos los que viven en las historias del pasado): la necesidad del dinero y el poder corruptor de éste. De hecho, quizás ese sea el gran tema de la novela: estamos jodidos por culpa de la pasta, en esta vida y en la otra. Y eso, en el fondo, es bastante moderno.

En cualquier caso, El resplandor es el primer enfrentamiento de King con un escritor con problemas, es decir, con un sosías trágico de sí mismo. Solo por eso, Kubrick mediante o no, vale la pena zambullirse en su historia.

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YG: Reencontrarme con El resplandor ha sido, la verdad, una sorpresa agradable. No tanto por el libro en sí, que tiene los defectos señalados a lo largo de esta discusión, como por haber podido leerlo gozosamente libre de los prejuicios que arrastré durante tantos años y que se resumen en un «Kubrick genio, King garrulo«. Libre ya de todo ello, puedo decir que el libro no es una pasada, pero sí impresiona por presentarnos a un King que se debate (a veces a hostión limpio, de ahí sus descompensaciones y esos momentos en los que se le va la mano) tanto con su propia maduración como escritor como con su propia situación personal: como sabemos, aún pasaría unos cuantos años más propulsándose a base de pastillas, cerveza y farlopa. Este combate no sólo redunda en un libro interesante y digno de una disección, sino que le da la razón al viejo tunante. Porque, en sus propias palabras: «Cuando la gente me dice ‘Stephen, tus libros son irregulares’, lo que quieren decir es que en ellos hay partes buenas«. Lo más irónico es que esa máxima, aplicada a la vida en general, es la que Jack Torrance nunca entiende del todo, y la que acaba llevándole al cuarto de calderas para arreglar el desastre que él mismo ha causado.

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MH: Tengo que reconocer que esta relectura me ha deparado momentos más satisfactorios que la primera vez que lo leí; como adolescente fácilmente impresionable estaba más pendiente de los sustos y mi lectura estuvo muy polarizada por las imágenes de Kubrick. Es ahora cuando he podido aislar mejor este efecto y distinguir sus defectos y sus virtudes con mayor claridad. Me quedo sobre todo con la imagen de un creador efervescente en el principio de su carrera literaria, tan audaz como para intentar salirse de sus lugares comunes (que, por otra parte, le habían dado el éxito) y mostrarnos algo distinto y, sobre todo, comprometido personalmente. El resplandor fue el impasse necesario para forjar el futuro King: al escritor de Maine le quedaban unas cuantas obras maestras por escribir, que seguiremos revisando en nuestra Kingpedia. Diversión asegurada.

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